sábado, 11 de mayo de 2024

LOS BARRIOS MARGINALES DE MANIZALES

Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato, una de las más emocionantes experiencias fue dar clases de albabetización para adultos en los barrios marginales de la ciudad, situados por lo regular en precipicios y barrancos que daban hacia abismos y que en ese entonces, y tal vez en la actualidad, solo saltaban a la fama cuando ocurría un deslizamiento y morían familias enteras arrastradas por el pantano y la tierra removidos por los aguaceros andinos.

Nuestra generación y otras anteriores y posteriores, han estado caracterizadas en nuestro país por tener una conciencia social que despierta desde la infancia cuando quienes tuvimos la fortuna de no carecer de nada nos enfrentábamos por primera vez al dolor de la pobreza generalizada y la romería nocturna de niños, mujeres o ancianos que tocaban en las puertas de nuestras casas para pedir los "sobraditos", en diminutivo.

Lo que más me impresionaba era que casi nunca se veían los rostros de quienes esperaban en silencio y en la noche junto a la puerta a que la madre o la abuela llegaran con la comida caliente que siempre les ofrecían. Esa misma escena ocurría en casi todas las casas de la "ciudad de arriba", lo que muestra la magnitud del hambre y la pobreza escondida desde siempre en los barrios periféricos de las hondonadas del norte, junto a la quebrada de Olivares, o más abajo de Hoyo Frío y las laderas del sur que bajan al río Chinchiná.

Empecé a visitar esos lugares de día, cuando con mi amigo León Duque y los hermanos Buriticá y otros compañeros de la infancia nos aventurábamos a correr con nuestras ruedas de caucho hacia aquellos alejados lugares del norte en cuyas laderas se olía el cisco de la Trilladora de café o el aroma de la cerveza que fluía hacia los precipicios desde la fábrica situada en El Carretero o más allá del barrio San José o de la estación del Ferrocarril, entonces ya abandonada y en ruinas.

Así algunas veces llegamos al famoso puente de Olivares, lugar de leyendas y fantasmas de suicidas, al que se accedía por los caminos de La Avanzada, zona sulfurosa de tolerancia y malevaje que suscitaba todo tipo de especulaciones. Y en otras ocasiones nos aventurábamos a recoger musgo en el Monte de León, que ahora casi ha sido devorado del todo por el cemento y la urbe, o llegábamos a un lejano barrio aparte, Minitas, situado cerca del matadero, a donde acudían los arrieros con el ganado subiendo las empinadas lomas desde el barrio Asunción, como en los tiempos de la colonización.

Ya más grandes, cuando se avanzaba en el bachillerato, descubrimos otros barrios del sur situados en las hondonadas que daban a Villamaría o al Morro de San Cancio, barrios recientes surgidos de invasiones, cerca de Fátima  o Aranjuez, a donde llegábamos a presentar las obras de teatro que montábamos con Antonio Leyva y Pedro Zapata, una de ellas, Soldados, basada en un texto del barranquillero Alvaro Cepeda Samudio.

Gracias a la efervescencia internacional provocada por el Festival Internacional de Teatro Universitario y al auge del arte comprometido en boga entonces, pudimos conocer uno a uno todos esos lugares marginales donde nos presentábamos y conocimos así la otra cara siempre oculta de Manizales, los rumbos de más allá de la fábrica de tejidos Única o la lejana cárcel blanca, donde actuamos para los presos.

Y ya animados por la emoción inigualable e inolvidable de sentirse útil en la sociedad al enseñar a leer y escribir a adultos atentos, mujeres y hombres ancianos de miradas profundas y tiernas, rostros marcados por el trabajo, el sol, el sufrimiento y la pobreza, una noche caímos en una redada al acudir de madrugada a presenciar una invasión en alguno de esos precipicios que daban hacia Villamaría, por lo que mi primo Olmedo Pineda García me dice, bromeando y señalándolos con la mano izquierda mientras conduce, que soy uno de los fundadores de esos barrios.

Unos diez imberbes muchachos amantes de la poesía y el teatro fuimos capturados por el ejército y encerrados varios días con sus noches en dos calabozos pútridos de la Permanencia de Hoyofrío, de donde nos sacó por fin después de una angustiante espera y cuando en la radio nos acusaban de ser peligrosos terroristas y guerrilleros, el alcalde Ernesto Gutiérrez Arango, quien conocía mundo y sabía bien que éramos solo unos niños que soñábamos con un país mejor sin tanta injusticia y miseria.

Más tarde, cuando con mis amigos Carlos Eduardo Hoyos Gómez y Alberto Giraldo fundamos en el Colegio Gemelli el periódico Conflictos, nos atrevimos a hacer un reportaje nocturno en la zona de tolerancia de Arenales, junto al bailadero Tico Tico o el legendario bar del marica Alberto, a donde nos internamos en algún prostíbulo para entrevistar, con la autorización irónica de la dueña del antro, a jóvenes menores de edad que se prostituían y a las que pensábamos sacar de ahí y redimir con la inocencia febril y utópica de la adolescencia. No olvidaré nunca la mirada de esa muchacha con la que hablé en Arenales, ni el rostro oculto de quienes pedían comida en la puerta, ni la mirada profunda de los adultos analfabetos sedientos de letras. ¿Qué habrá sido de todos ellos?
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de mayo de 2024.

sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.

domingo, 28 de abril de 2024

VARGAS VILA: EL OFICIO DE RABIAR


Por Eduardo García Aguilar

Jose María de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla (1860-1933) salió rabiando de su tumba barcelonesa y viajó a la tierra que lo vio nacer para descansar eternamente. Ministro plenipotenciario de dos países distintos al suyo, este enjuto y diminuto personaje de antiparras quevedianas, triste mirada de hipotético célibe, labios estrechos, grandes orejas y escaso cabello, considerado por Anatole France como el Victor Hugo de las Américas, fue incorruptible y terco liberal de prolífica pluma envenenada, iconoclasta y provocador profesional impugnador de la débil y mediocre burguesía colombiana, enemigo declarado del imperialismo yanqui (“estoy solo, casi  solo en mi campaña contra el imperialismo yanqui”) y del teatro, pues decía que Bernard Shaw era un “ejemplo de insanidad”: “Desprecio tanto al teatro que confundo en él al autor y a los auditores”.
El presidente Eloy Alfaro lo nombró representante diplomático de Ecuador en Roma, y Nicaragua, para protegerlo de los gringos, cónsul general en Madrid. De Colombia dijo que “nada tiene que darme y yo nada tengo que pedirle”. En una una de sus últimas entrevistas  expresó que “hace como diez años no leo un periódico del terruño. Es que no me queda tiempo sino para leer cosas grandes”. Admirado por liberales radicales y anticlericales, leído en muchos países de América Latina y en España, el panfletario logró instituir uno de los fenómenos editoriales más impresionantes de la época. Sus obras completas editadas por Sopena le posibilitaron vivir holgadamente de sus derechos de autor y al morir dejó una fortuna de setenta millones de pesetas.
Fue leído y lo es áun en capas populares, admiradas por una prosa que parecía contactarlas con profundos problemas filosóficos, enrevesados tejemanejes eróticos, además del misterio de un malditismo prohibido. Hasta hace unas décadas se decía en las escuelas a los niños que quien lo leyera vería su lengua convertida en sapo. Si bien es meritoria su actitud rebelde contra dictadores e injusticias y necesario reconocer su imagen de iconoclasta en medio de una cultura de agachadores de cerviz, Vargas Vila llevó a ultranza el tradicionalismo retórico, grandilocuente, retorcido y cornetudo que caracteriza a muchos prosistas colombianos (bastaría leer, con todo el perdón de sus admiradores, a Jorge Zalamea, por ejemplo), aplicándolo afortunadamete a fines más desinteresados que sus contemporáneos. 
Construyó así un castillo de palabras seudofilosóficas, manidos conceptos dulzones y rimbombantes; mañosos, caprichosos, rabiosos y ligeros fraseos como “son los epiciclos del Silencio y no los de la Soledad del pensador, los que causan la aflicción de los espíritus, habituados al reflejo misericordioso de esa constelación de su Palabra, iluminado hasta las esferas más ciegas de la más remota contemplación” (Elogio de los pensadores), logrando así deslumbrar a amplias capas de la sociedad, deseosa de leer en su “salsa” conceptos más elaborados por otros pensadores.
Sus ataques contra Dios, las mujeres, su idea de la muerte, la vida, lo eterno, la infinitud o la noche rayan a veces con la ingenuidad y el sentido común (Ars verba). Si en lo que respecta a la literatura sólo tuvo, según Borges, un contacto en una frase afortunada sobre un fatigador de infamias, que el patíbulo no quiso admitir, sobreviría tal vez su obra panfletaria: Los Césares de la decadencia (París, 1907), sobre déspotas colombianos y venezolanos de diversa calaña o Ante los bárbaros (París, 1902), visionario texto sobre el futuro y sanguinario poder americano. “Es necesario abrir los ojos del mundo, sobre esta gran noche profunda, que es la tiranía de América” -decía-.
Al final de sus días el fogoso anciano se encerró en una odiosa melgalomanía y pensaba que cada una de sus frases y opiniones podían y debían conmover al mundo. Se cubrió con los laureles del incorruptible y es sabido de todos que los incorruptibles son hacedores de guillotinas y patíbulos. Vargas Vila, trastornado por la gloria, deseaba incienso, se solazaba en su soledad, en ese desprecio de los otros humanos, porque él se consideraba el profeta, el sabio, el verdadero, el único, el carente de pecado, el perfecto, inasible demiurgo.
 Con Vargas Vila los huevos fríos de la razón terca encontraron su nido y sólo la insensibilidad (“todo amor y toda ambición han muerto en mi corazón”) podía ser la partera de esa neurótica y abstracta defensa de la libertad con mayúsculas. Un hombre que decía que “de todos los animales, el más peligroso para ser dejado en libertad es la mujer. La mujer podrá llegar a ser libertina, no llegará nunca a ser libre. La mujer no debe tener derecho sino a un voto: el del macho con el cual va a propagar la especie”, no puede arrogarse el derecho de la incorruptibilidad.
Leyendo a ese solitario engreído renacen las lengüetas suicidas de la nueva inquisición. Un extraño halo de “intolerancia progresista” exhudan sus textos: soberbia injusta, sus declaraciones. En el cementerio literario colombiano reposan desde un 23 de mayo (fecha de su fallecimiento), los huesos de un profesional de la rabia, las cenizas de un constructor frustrado de guillotinas.
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Excélsior, Ciudad de México, 1981

LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES: MEDIO SIGLO

Por Eduardo García Aguilar

Hace medio siglo, el 25 de abril de 1974, la Revolución de los claveles en Portugal causó una fenomenal efervescencia en el continente europeo, pues fue una rebelión pacífica animada por militares que llevaban flores en sus fusiles, muchos de los cuales saltaron rápidamente a la fama por derribar la hegemónica y larguísima dictadura del Estado Novo, vigente durante más de medio siglo, y cuya principal figura fue Antonio de Oliveira Salazar.

Portugal, el país de la saudade, es muy especial pues fue clave desde muy temprano en la aventura viajera en los mares lejanos del sur, como lo atestigua la aventura de Magallanes (1480-1521), cuya expedición de tres años entre 1519 y 1522 logró por primera vez dar la vuelta al mundo al atravesar la punta sur de América por el estrecho que lleva su nombre. También la aventura mundial portuguesa en su camino a convertirse en potencia se puede leer en la extraordinaria recopilación de memorias, que bajo el título de Historias trágico-marítimas cuenta múltiples naufragios ocurridos a viajeros portugueses en la ruta hacia Oriente, pasando por el Cabo de Buena esperanza. Otra gran figura y emblema nacional es la de Vasco de Gama, primero en realizar el viaje por ruta marítima hasta la India, entre 1497 y 1499, inaugurando el imperio portugués que monopolizó el comercio de las especias durante siglos, antes de que otras potencias le disputaran la supremacía.

La saudade es precisamente esa nostalgia o tristeza nacional anclada en las glorias pasadas de un imperio que poco a poco fue perdiendo aquella importancia global, hasta reducirse a una franja de la península ibérica que mira hacia el Atlántico y hacia ese otro territorio de ultramar también perdido y grande, el genial y exuberante Brasil amazónico. Visitar en Lisboa los viejos palacios, el antiguo puerto, las magníficas edificaciones oficiales y eclesiásticas de aquel tiempo nos impregna de esa gloria pasada, especialmente en el convento de Los Jerónimos, donde se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del gran poeta portugués de la saudade, Fernando Pessoa, cuya obra vasta y variada resume todas esas sensaciones a través de sus heterónimos, como en el poema Oda Marítima. 

Otra grande gloria portuguesa es Luis de Camoens, el poeta nacional autor de Los Lusíadas, quien viajó como los grandes marinos hacia el oriente, vivió pobre en la lejanía de la colonia portuguesa de Goa, participó en batallas, quedó pobre y perdido en Mozambique y regresó al fin a su tierra para terminar sus días, olvidado, precario y tuerto sin saber que en el futuro su imagen estaría en billetes, estatuas, plazas y colegios.

El dictador Antonio Oliveira de Salazar (1889-1970) había muerto cuatro años antes, tras ser desde 1926 la figura prominente de la dictadura, en la que se desempeñó como ministro de Finanzas, canciller, presidente y Primer ministro. Economista de profesión, el personaje adusto y enigmático logró encabezar la más longeva dictadura europea de entonces, superior en tiempo a la del mismo dictador y caudillo español Francisco Franco.

Pues bien, ese 25 de abril la rebelión pacífica de los capitanes derribó el régimen en unas cuantas horas, y llevó al poder a Antonio de Spínola y figuras como Otelo Saraiva de Carvalho o Melo Antunes que fueron celebrados por la juventud europea,latinoamericana y africana. Desde las capitales europeas los estudiantes tomaban buses o trenes para ir a participar en las maniffestaciones y fiestas de júbilo en Lisboa, Oporto y otras ciudades.

Como pólvora las fotos de los soldados con claveles en los fusiles cruzaron el Atlántico y fueron celebradas por estudiantes en ciudades de Estados Unidos y América Latina. Y al interior de Portugal por un momento la saudade dio lugar al júbilo. Desde el exilio regresaron líderes opositores como el socialista Mario Soares, quien poco después sería el presidente de la nueva democracia portuguesa. Y poco a poco los centenares de miles de portugueses que emigraron para evitar la pobreza en su país, autárquico durante la dictadura, empezaron a su vez a retornar, aunque muchos se quedaron para siempre en los países de Europa y América a donde se fueron, sin perder lazos con su tierra amada.

Todos ellos saben de esa grandeza perdida y por eso la nostalgia invade las calles de Lisboa, donde los viejos tranvías destartalados suben y bajan las empinadas callejuelas frente al mar, en medio de los aromas del café y los platos de la culinaria marina local. Medio siglo después de la Revolución de los claveles, Portugal mira hacia el Atlántico cargado de poesía e historia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de abril de 2024.
  
   


sábado, 20 de abril de 2024

INOLVIDABLES LOCOS CITADINOS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno despunta a la literatura y el arte, empieza a descubrir el mundo con ojos recurrentes que todo lo devoran. Al cumplir la primera década de la existencia y emprender desde entonces el camino ineluctable hacia el fin, las calles de la ciudad natal se convierten en el privilegiado escenario de un teatro iniciático. Lo mejor de la pequeña urbe son las intrincadas calles que suben y bajan y parecen tan empinadas y absurdas que desafían la gravedad, vías por donde se deprende el agua de los aguaceros o algún vehículo que ha perdido los frenos y baja loco a toda velocidad hacia los abismos.

Hay desde el inicio algunos recuerdos que uno cataloga en el fondo de la memoria. Una gran escarabajo en una pared blanca, una botella con bellas cerezas rojas en conserva traídas por el tío Migdonio, el padre afeitándose frente al espejo mientras lo carga a uno con la otra mano, las sirenas que resuenan y anuncian la caída de un gobierno, un inmenso globo aerostático que tratan de inflar en la antigua estación de ferrocarril y por supuesto los discursos airados de Leonardo Quijano, el chaplinesco loco de las calles manizalitas que dirigía un periódico llamado El Diablo.

Todas las ciudades y pueblos tienen sus locos inolvidables y originales y cuando hablo con amigos nacidos en otras urbes, suelen ellos contarme de esas figuras que vieron en sus barrios y se quedaron para siempre en la memoria. Mi amiga Luisa Futoransky me habla de uno que veía en Buenos Aires y siempre está presente en lo que escribe. En México, durante varios lustros me cruzaba en el centro con dos figuras increíbles. Primero la gran poeta Guadalupe Amor, tía de Elena Poniatowska, que ya anciana deambulaba por las calles vestida como una niña gigante, maquillada y cubierta de prendas estrafalarias de muñeca. Ella llevaba siempre un bastón o un paraguas con los que golpeaba a los adultos impertinentes que trataran de abordarla, pero por el contrario siempre se detenía cuando veía niñas o niños y empezaba con ellos diálogos imposibles. El otro personaje era el liliputiense Margarito, el hombre más pequeño del mundo, que recorría las calles cantando y tocando con su mínima guitarra.

Guadalaupe Amor (1918-2000) fue una estrella y diva de la poesía mexicana en los años 40 y 50 y su obra publicada en las mejores editoriales españolas de su tiempo, pero de ser aquella bella mujer admirada y adulada pasó el tiempo y los años 70 y 80 la sumieron en el olvido, cuando otras literaturas despuntaron y arrasaron con el pasado. Vivía por Bucareli en el Vizcaya, un viejo edificio decimonónico frente al ministerio de Gobierno, cerca de las calles y avenidas donde estaban situados en el siglo XX los grandes diarios mexicanos, Novedades, Excélsior, El Universal, entre otros. 

La ancianidad se le vino encima a finales de ese gran siglo y las élites literarias le dieron la espalda, por lo que erraba como un personaje de alguna película loca de Fellini, olvidada de todos, sobreviviendo en un tiempo que ya no le correspondía, pero que ahora algunos estudiosos rescatan con entusiasmo, como Michael Schuessler, estadounidense amante de México que publicó sobre ella el libro Guadalupe amor: La undécima musa.

Lo mismo ocurrió con Leonardo Quijano, de quien se dice fue brillante promesa de la política, el arte y la literatura, pero fue devorado por los fantasmas de la demencia y la excentricidad. Uno lo veía siempre deambular por las calles y viejos cafés cargando su cartapacio de dibujos o vendiendo su periódico El Diablo, que traía publicidades de negocios o bares citadinos y publicaba textos suyos escritos en un idioma críptico e incomprensible cargado de extrañas musicalidades. 

Su periódico lo editaba en una imprenta del centro y cuando salía un nuevo número sus admiradores, entre ellos estudiantes de bachillerato y universidad, sindicalistas, abogados, políticos, lo compraban con gusto y trataban de hablar con el inasible personaje que seguía su rumbo hacia la guarida secreta donde vivía. A veces era presa de agitaciones delirantes y en la Plaza de Bolívar, junto a la gobernación, pronunciaba largos discursos en el galimatías incomprensible con que pensaba y escribía.

Quijano tuvo sus protectores y amigos como el nadaísta Mario Escobar Ortiz y el filósofo Hernando Salazar Patiño y muchos más. El hacía parte del centro histórico y como Guadalupe Amor en México, vivía allí en perfecta conjunción con ese mundo ido donde eso era posible y tolerado. Al final dicen que el poeta Wadys Echeverry lo rescató del manicomio de San Cancio y lo entregó a unos familiares que se lo llevaron a otro lugar, donde se esfumó para siempre.

Su figura me impactó en la adolescencia y siempre escuché sus discursos pantagruélicos y de tanto verlo y cruzarlo y comprarle su diario, terminó aceptándome desde su silencio como a otros de sus jóvenes admiradores. Por eso en mi primera novela Tierra de leones lo hice personaje central, imaginándome otra vida paralela en una ciudad tan extraña como la nuestra, dotada de un magnífico centro histórico propicio para la ficción. También le dediqué un largo relato bajo el título Una ciudad para Quijano, donde imaginaba otro destino para él y que fue publicado en la revista La Palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana en 1981.

Los locos citadinos siempre fueron personajes preferidos por los novelistas y sin duda el más grande de todos es el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que era también un Quijano como el nuestro. Desde el margen de sus locuras, Alonso y Leonardo Quijano y la mexicana Guadalupe Amor, con sus airadas imprecaciones callejeras y sus silencios cargados de miradas, nos interpelan y nos forman cuando despuntamos a la vida y por eso sus leyendas respectivas perviven en el desván personal de los prodigios.    





sábado, 13 de abril de 2024

UN MUNDO DE ÉXODOS

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los fenómenos que más se han acelerado en este primer cuarto del siglo XXI es el desatado flujo migratorio que afecta todos los rincones del planeta, cuando aumenta exponencialmente la población mundial y se incrementan los conflictos de toda índole que los gobiernos parecen incapaces de controlar.

Millones de personas del sur global huyen de sus terruños empobrecidos y sumidos en la violencia y arriesgan sus vidas para llegar a las naciones ricas del norte donde se supone encontrarán trabajo, seguridad social y una mejor vida, tal y como se promociona en los medios, la música popular y las redes sociales.

Los asiáticos huyen de los conflictos étnicos que afectan sus países como en Birmania o Bangladés, del sureste asiático huyen de Afganistán o Pakistán, como en otro tiempo huyeron de Camboya, Vietnam y Laos y así sucesivamente todas las regiones se ven afectadas por un efecto dominó que incluye genocidios, guerras religiosas, yihadismo y hambrunas africanas, o la pobreza y la violencia narcotraficante que gangrena norte, centro, sur y Caribe latinoamericanos.

La primera causa de ese éxodo generalizado son las guerras cíclicas que obligan a la mayoría de la población a huir de los bombardeos y la muerte segura, como en Irak, Afganistán, Líbano o Siria, países devastados y arrasados por guerras atroces, a lo que se agrega ahora el éxodo de ucraniano, que se instaló en masa en Europa.

Hace apenas unos años se apiñaban en las fronteras del este millones de migrantes que huían de Asia y Oriente Medio hacia Europa y morían en arriesgadas travesías por mar, o quedaban atrapados en campamentos en países intermedios, hacinados, enfermos y rodeados por extremas medidas de seguridad destinadas a disuadirlos de seguir el viaje.

En la última década el flujo dramático proviene de África y se cuentan ya por decenas de miles los migrantes muertos al naufragar sus precarias embarcaciones en el Mediterráneo, frustrando su intento de tocar playas griegas, españolas o italianas. Los que sobreviven y se cuelan por las porosas fronteras siguen el camino hacia el norte, desde donde intentan cruzar el canal de la Mancha hacia el Reino Unido o las costas belgas, de los Países Bajos o Dinamarca, donde se quedan o tratan de llegar a El Dorado de Suecia o Noruega.

Fui testigo de ese lento proceso cuando en la década pasada en la estación de trenes de la rica ciudad alemana de Múnich, ya de por sí atestada de migrantes turcos y griegos,  veía el flujo permanente de asiáticos y mediorientales que llegaban desorientados por miles y eran recibidos por asociaciones caritativas. Se veían muchas madres solas con hijos menores que habían logrado superar los filtros fronterizos y eran solo la ínfima parte del éxodo que ya se apeñuscaba en Turquía, Grecia, Austria, los países balcánicos o del este europeo, como Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia y República Checa.

El fenómeno llegó a tales niveles, que la canciller alemana Angela Merkel ordenó recibir a casi dos millones de inmigrantes, por lo que en ciudades, suburbios y pueblos se veía como proliferaban las instalaciones plásticas tecnificadas donde se alojaban esas personas.

Fue una decisión estratégica, pues la natalidad alemana se había desplomado a tales niveles que se ponía en riesgo el futuro del país. Muchos de esos migrantes jóvenes del sur son de clase media que vienen educados y formados en diversos oficios e incluso ostentan títulos universitarios. Todos esos jóvenes obtuvieron empleo rápido en hospitales, fábricas, obras públicas o restaurantes y comercios, impulsando de paso la economía.

La mayoría de esas personas vienen sedientas de vivir en paz y ponerse a trabajar de inmediato, lo que el gobierno entendió y es un hecho palpable, pues la industria, el agro y todas las actividades fueron irrigadas por esa nueva fuerza laboral. Casi todos los países europeos desde Noruega, Suecia y Dinamarca hasta los del este y el centro han experimentado radicales cambios sociológicos visibles en el creciente mestizaje palpable en escuelas, parques y calles.

En París es tangible la filtración permanente de migrantes de todas la nacionalidades que llenan plazas, bulevares y suburbios capitalinos hasta que son trasladados en operativos especiales y distribuidos en ciudades y pueblos del interior, en medio de las protestas de la población, que adhiere a los partidos xenófobos de extrema derecha, lo que es la tendencia generalizada en el continente y se verá reflejada en las próximas elecciones europeas de junio.

Como toda la población mundial está ahora conectada a través de los teléfonos celulares, las pantallas se han convertido en un imán que llena de sueños a la juventud dopada por las imágenes irreales del primer mundo agenciadas por la publicidad de las marcas de lujo y la música popular del rap y el reggeaton, influida por el arribismo y la codicia de la ideología narcotraficante y mafiosa.  

En el siglo XX este fenómeno fue visible en países como Estados Unidos, Brasil y Argentina, que recibieron oleadas de inmigrantes europeos que huían de la miseria o las guerras y venían de Oriente Medio, China, los balcanes, Italia, Francia o España. Pero en ese entonces no había televisión ni internet ni redes sociales y las noticias circulaban a través de los tangos, las cartas o los cinematógrafos. 
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Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de abril de 2024.




 


sábado, 30 de marzo de 2024

LLEGAR EN ABRIL A LA CIUDAD DE EIFFEL

Por Eduardo García Aguilar


Llegué a París un 5 de abril, al inicio de la primavera, cumpliendo el rito de un sueño adolescente. Hacía frío, pero un extraño fuego parecía incendiar los viejos monumentos cubiertos por el óxido verduzco o la añeja ceniza de las chimeneas. Percibíamos el olor novedoso de una ciudad cuyas casas y templos albergaron durante siglos la fe o la duda de sus habitantes en tiempos de reyes. Los cementerios estaban repletos de seres idealistas que antes vibraron por sueños y batallaron hasta la muerte por paraísos que nunca se cumplieron como La Revolución Francesa o la Comuna de París. Aquella tarde vimos revelado el resplendor implacable de la vida, la triste insignificancia de las generaciones, el fluir de la materia perecedera que nos conforma y de la que solo somos accidente.

Tres días antes había muerto el presidente Georges Pompidou. El país se aprestaba a un nuevo cambio, pero la incertidumbre no se reflejaba en las caras blancas, lívidas, de los transeúntes, que en abril, cubiertos por gabardinas y abrigos, expelían de sus bocas un aliento humeante. Después de bordear el Sena unas horas y mirar fluir el agua desde los puentes con un ejemplar recién comprado de Le Monde debajo del brazo, me acerqué a la estación del metro. Abajo pregunté por donde introducir el boleto amarillo y fue como ingresar al tren fantasma de la infancia, cuya oscuridad era sorprendida a veces por algún monstruo o una aparición levitante. El tren era casi centenario, verde, de madera y renqueante.

Llegué a la estación Saint-Lazare, donde sin duda el poeta José Asunción Silva y José Maria Vargas Vila deambularon como tantos otros modernistas de nuestro continente, maravillados por el progreso y la magnificencia  de la arquitectura de hierro de Eiffel. Nos impresionaron también esos amplios hangares, las vastas techumbres y vigas de hierro, los frisos art-decó, las enmarañadas marquesinas que aquella tarde parecían cargar ellas solas con la fuerza de mil nubes eternas.

Al día siguiente se celebraron los funerales nacionales de Pompidou, el presidente que sucedió al viejo general Charles de Gaulle. Letrado y estadista amante del arte y la poesía, elaboró una de las mejores antologías de la poesía francesa y durante su gobierno se prepararon las bases para la construcción del museo de arte moderno Beaubourg, que llevaría su nombre. Empezaron a llegar presidentes y mandatarios de todo el mundo, entre ellos Richard Nixon, y sus honras fúnebres fueron en la catedral de Notre Dame. Después vinieron las elecciones anticipadas en las que participaron el socialista François Mitterrand, el gaullista Jacques Chaban Delmas y el centrista ex ministro de Economía, Valéry Giscard d'Estaing, quien ganó. Los debates en la televisión y en la gran prensa eran fascinantes y el ambiente se convirtió en un curso inmediato de ciencias políticas.
 
En la década siguiente vinieron muchos cambios en el mundo. Los hippies y los revolucionarios se volvieron viejos y pasaron de moda. Se acabaron los sueños de Mao y los maoístas se quedaron sin patriarca. China se modernizó y dejó atrás el viento medieval que su viejo tirano había querido imponer. Vietnam ganó al imperio estadounidense una guerra interminable. Bajo el mando de Pol Pot, Camboya vivió la amarga experiencia totalitaria que Conrad vislumbrara en el Corazón de las tinieblas.

Portugal derrotó a la dictadura y se volvió una democracia europea. España vio morir al tirano Franco y después se dio la convivencia impensable años antes, entre la monarquía y el gobierno socialista. Mitterrand llegó al poder después de buscarlo durante décadas. Nixon tuvo que renunciar acusado por ágiles periodistas. El shá de Irán dio paso a una dictadura religiosa. Murió Sartre y con él toda una época. Murieron Malraux, Neruda, Lennon, Buñuel, Miró, dos papas, Brejnev, Marcuse, Ingrid Bergman.

Vimos a Julio Cortázar deambulando en Toulouse, hombre que no envejecía, luchando con entusiasmo por un sistema en el que tal vez no hubiera querido vivir. Vimos a Sartre muy enfermo y babeante caminar en un cementerio del brazo de Simone de Beauvoir y desmayarse casi en el sepelio de Pierre Goldman. El tiempo pasó como en una larga película hollywoodense. La misma guerra que vemos arder ahora en muchas partes del mundo es la misma conflagración metálica, fría, de profesionales, donde los que pierden son mujeres, niños y viejos. 

De pronto, al final del túnel del tiempo, después de muchas peripecias y volteretas, hay sin embargo una nueva realidad al otro lado en el continente latinoamericano desde México a Brasil, pasando por Colombia y Chile, por lo que en muchas ciudades peligrosas y maravillosas a la vez se expresa el futuro. Hay que estar con los ojos abiertos observando la fusión de nuestras pasiones, nuestra lengua, nuestras calles repletas de basuras y de hombres angustiados, mirando y escribiendo el reino del caos. 

Lo que no morirá será la palabra de quienes prefieren la trinchera de los lápices a la de las armas. Dándole la espalda a los vendedores de paraísos obligatorios y a los tecnócratas de la guerra y el tedio, podemos mirar el horizonte y saber que pese a la sudorosa penuria de nuestros suburbios y calles, a la algarabía de los mercados, o tal vez no pese, sino gracias a todo ello, podemos seguir escribiendo la verdad de América Latina, un rincón maravilloso del mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 31 de marzo de 2024.
 
 



lunes, 25 de marzo de 2024

CIEN AÑOS DE LA MONTAÑA MÁGICA

Por Eduardo García Aguilar


En 2024 se cumplen cien años de la publicación de la novela La montaña mágica del Premio Nobel alemán Thomas Mann, uno de los libros más significativos del siglo XX, que transcurre antes del inicio de la Primera guerra mundial en el Sanatorio Internacional Berghof para tuberculosos de Davos, en los alpes suizos.

El joven burgués y huérfano Hans Castorp, criado por su abuelo y su tío en Hamburgo, va de visita al sanatorio a ver su primo Joachim, afectado por ese mal que después sería controlado con la aparición de la penicilina, pero al final termina quedándose allí durante siete años, antes de partir a enrolarse en el ejército alemán al iniciarse la guerra que ya se sentía venir en los primeros lustros del siglo XX.

Castor termina seducido por el ambiente del lugar, comandado por el médico Behrens, que ama el arte y es pintor y es secundado por el psicoanalista Krokovski, quien realiza sesiones donde circulan las ideas que comenzaban a estar de moda bajo la batuta del gran Sigmund Freud y sus jóvenes discípulos en la capital austriaca Viena.

En el hospital hay un lujoso comedor con siete grandes mesas para una decena de comensales cada una, donde día a día personajes variados se encuentran y establecen todo tipo de relaciones y diálogos, a veces sacudidos por la muerte súbita y ya prevista de algunos internos, suicidios inesperados o la llegada de nuevos clientes, como la bella y sexual Clawdia Chauchat, de la que se enamora perdidamente el joven protagonista.

Durante su estadía, que era primero solo como visitante, el joven ingeniero naval Castorp resulta diagnosticado con el mal, por lo que se queda para seguir el tratamiento. En aquellas alturas nevadas comienza a relacionarse con el escritor liberal italiano Settembrini, con quien sostiene amplias discusiones apasionadas mientras caminan por el pueblo o las montañas. El excéntrico maestro se vuelve su mentor a medida que avanzan las sesiones de formación socrática en temas filosóficos, literarios y políticos.

Después esos temas serán cotejados y complementados con la aparición del jesuita Naphta, contradictor que se enfrenta con Settembrini en una magnífica esgrima intelectual y verbal sobre todos los temas, como era de uso en esos tiempos a la vez tan modernos y tan lejanos de nosotros.

A lo largo de la novela se viven momentos intensos durante las diversas agonías a las que asiste Castorp en una etapa de su estadía, cuando se dedicó a la obra de caridad de acompañar a los enfermos hasta el último suspiro. A veces en pleno invierno, los cuerpos de los fallecidos eran enviados al pueblo en trineos de bobsleigh que bajaban raudos sobre la nieve. 

Pero también en medio del aislamiento había fiestas, recepciones, ebriedades, sesiones de espiritismo, delirios bajo tormentas de nieve, exaltaciones, presencias de personajes absurdos y caricaturales, erotismo desbordado e iluminaciones, mientras abajo, en la Europa real sucedían las crisis económicas y se preparaban los ejércitos.

Ha pasado un siglo, pero Europa sigue viviendo inmersa entre los mismos fantasmas, sumida en la incertidumbre de la guerra, la división, la crisis y el sonido ineluctable de los tambores bélicos que retornan de manera cíclica, ante la inercia cómplice de líderes que llevan al matadero a sus ciudadanos como el Flautista de Hamelin llevaba ratas al abismo.

Por eso La montaña mágica es tan importante y necesaria, convertida en un clásico permanente y vivo, como lo han sido Prometeo encadenado de Esquilo o la Divina Comedia de Dante, entre otras. Y es un ejemplo logrado de lo que es una novela, o sea la creación con palabras de un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo, a veces más nítido y palpitante que la propia realidad.

Los grandes autores de novelas son creadores de universos. Antes de emprender la escritura y durante el proceso, el autor va armando una catedral de tiempo y lugar, donde deambularán los personajes. Para ellos hay que inventar paisajes, calles, ámbitos climáticos y geográficos, bajo la lluvia o el sol y las circunstancias históricas donde transcurren sus existencias. Es un reto enorme para el novelista y si logra escribir una obra maestra como ésta, siente una gran sensación de victoria y poder, aunque muchas veces ignora que lo ha logrado, porque el veredicto definitivo sobrepasa el tiempo de su existencia y se interna hacia el futuro hipotético. 

El periplo de Hans Castorp encarna el destino del humano en todas sus circunstancias.  Por eso al final de su formación y retiro, baja de las alturas a enrolarse en el ejército de su país, sabiendo que morirá, pues en esas batallas cuerpo a cuerpo de la Primera guerra mundial eran pocos los sobrevivientes, solo aquellos que mutilados o no, permanecían en el mundo para contarlo. 

Allá arriba en ese ámbito cerrado, Thomas Mann logra hacer una metáfora de las incertidumbres de su época, que iba directo a la guerra en medio de los grandes avances de las ciencias, la tecnología y la industria mundiales. En ese universo cerrado hay tiempo para cavilar sobre todos los temas esenciales posibles, los mismos que hoy agitan y en el futuro preocuparán a ciertos individuos alertas que viven la existencia como un relámpago permanente.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de marzo de 2024.


sábado, 16 de marzo de 2024

LOS TAMBORES DE GUERRA

Por Eduardo García Aguilar

Las generaciones se suceden de manera vertiginosa unas a otras para repetir el ritual de la vida y la muerte con sus entusiasmos y derrotas, por lo que es absurdo pensar que todo pasado fue peor o mejor y que el mundo irá al despeñadero o será radiante cuando los nuevos lleguen al poder.

Eso lo sabían ya hace miles de años los grandes sabios desde la atalaya de su senectud, cuando sentados en el Ágora veían pasar a los jóvenes y los interpelaban con bromas o imprecaciones, como Diógenes. O cuando, como Sócrates, ya entonados por el vino y rescostados en sus literas, pasaban la tarde arreglando el mundo y escrutando el futuro.

Cada nueva generación descubre el agua tibia que fluía en los imponentes baños romanos donde multitudes de ciudadanos conversaban, coqueteaban y se dedicaban al chisme, la intriga y la maledicencia, refiriéndose a los gobernantes de turno, a cortesanos y preferidos, que tarde o temprano terminaban por morir de muerte natural o asesinados en medio de revueltas y cambios súbitos de destino.

A veces había periodos de relativa paz y estabilidad celebrados por los viejos que experimentaron jóvenes los dolores de la guerra y llevaban en sus pieles o mutalaciones los estigmas de la conflagración. Esas épocas de relativa paz eran disfrutadas por los ancianos, aunque en las nuevas generaciones ardiera ya el ineluctable deseo tanático de la adrenalina que es la materia de los héroes y el cimiento de la gloria militar.  

Espléndidos teatros y estadios a donde acudía la muchedumbre a divertirse y recibir su cuota de pan y circo, ágoras griegas y palacios de emperadores asirios, tabernas romanas o pompeyanas donde acudía a libar la gente del común, bibliotecas, mansiones y edificaciones de varios pisos, casernas militares lejanas, sólidas vías, murallas, faros y acueductos, son prueba de que ya todo existía más o menos como hoy desde los tiempos del Minotauro o Moisés, excepto que no cruzaban aviones por el aire ni satélites por el espacio ni existía la bomba atómica.

Uno imagina a Paulo de Tarso viajando por todos los países de la cuenca mediterranéa tratando de ganar adeptos para su causa, conocedor como pocos de todos los rincones del imperio donde tenía amigos, y de la capital Roma, la metrópoli donde reinaba la algarabía, la pobreza, el lujo, la violencia y el vicio.
 
Gracias a tabletas sumerias, jeroglíficos egipcios, escritos griegos o latinos, códices mayas o archivos chinos, tenemos conocimiento de esas complejas sociedades que a lo largo de los milenios tenían escuelas, sabios, sacerdotes, matemáticos, médicos, escribas, estrategas, administradores y funcionarios especializados en hacer la guerra o mediar en conflictos e incluso practicar la poesía o la astronomía.

Por eso no es extraño que al terminar el primer cuarto del siglo XXI escuchemos tambores de guerra en casi todo el mundo, que poco difieren de los anuncios de Alejandro Magno, Darío, Julio César, Trajano o Adriano, Gengis Kahn, Atila, Soleimán y tantos otros gobernantes que repitieron de generación en generación el ritual de la guerra y la destrucción.

Cada país del mundo sin falta puede hacer la cronología milenaria y centenaria de sus desgracias y guerras, como lo atestiguan las estatuas de sus héroes, los nombres de las plazas o los monumentos que alimentan el orgullo nacional y patriótico.

Hace apenas 80 años terminaba la Segunda Guerra Mundial y ahora las potencias muestran los dientes y no descartan usar el arma nuclear, argumentando unos y otros que están en peligro "existencial", por lo que a veces uno se imagina como en la película Casablanca, corriendo a buscar un tren hacia las costas del Atlántico y un barco para huir hacia donde no haya bomba atómica.

Lo extraño entre los líderes de las potencias mundiales actuales es que nadie habla de paz y todos, ancianos y jóvenes, sacan el pecho por la guerra como los gorilas. La gran potencia occidental y sus adláteres europeos solo hablan de invertir en tanques, ametralladoras, misiles, municiones, aviones, helicópteros y drones, que facturan con alegría las empresas nacionales. Igual lenguaje es usado por las potencias del otro lado del planeta, también dotadas con el arma nuclear y otros países ricos y pobres de Oriente Medio, Asia y África que viven entre asonadas y amenazas, comandados por dictadores que escogen uno u otro bando.   

Asombra que miles de años después estemos en las mismas y que en plena era interconectada por las frágiles redes de internet, la actualidad televisiva y la noticia al instante, estemos escuchando en todo el mundo los mismos anuncios de guerra. Pueblos asediados, hambruna generalizada, cementerios de soldados anónimos y decenas de miles de muertos civiles, niños, madres y ancianos.

Lo más extraño es que hablar de paz en estos tiempos es visto con sospecha por quienes detentan el poder mundial y los ideólogos y medios que los secundan. Quienes abogan por la paz son vistos ahora con desconfianza o perseguidos y hasta el papa Francisco, que pidió esta semana a los beligerantes sacar la bandera blanca y negociar, recibió duras críticas e imprecaciones por decirlo, como si fuera un peligroso subversivo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de marzo de 2024.

domingo, 10 de marzo de 2024

LA PROLIFERACIÓN LITERARIA

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los fenómenos más interesantes en los usos literarios en América Latina y el mundo en este siglo XXI, décadas después del inicio de la era digital, es la creciente proliferación literaria, inimaginable en el siglo pasado, cuando ser escritor era un desdeñado camino riesgoso y minoritario, que podía llevar a la miseria y a la soledad en capitales y provincias.

La llegada de las computadoras facilitaron la tarea, que antes era ruda con las viejas máquinas de escribir Underwood y Remington que obligaban a repetir la plana cuando se cometían errores y exigían gran fortaleza dactilar, por lo que alguna vez Juan Rulfo dijo que se debía comer mucha carne para enfrentar el reto físico de ser escritor. Además desde hace más de dos décadas los magníficos programas automáticos anuncian y corrigen los errores de ortografía y redacción y pronto la Inteligencia Artificial redactará los libros de los aspirantes a la gloria.    

Salvo unos cuantos escritores, en su mayoría varones, que lograban gran reconocimiento y con frecuencia se desempeñaban en altos cargos gubernamentales y diplomáticos, la mayoría de los escribidores, poetas, cuentistas y narradores del siglo XX eran marginados a los que casi todo el mundo les sacaba el cuerpo, como si estuvieran afectados por la peste.

Cuando alguien comunicaba a la familia su deseo de convertirse en poeta o novelista, las madres irrumpían en llanto, al saber el viacrucis que el pobre muchacho tendría que recorrer a lo largo de la vida, y lo imaginaban mendigando en los cafés como gotereros o tratando de vender sus pequeños poemarios a los amigos o conocidos, que al verlo llegar con la precaria mercancía lírica se escondían o huían.   

Al propio García Márquez de joven lo apodaban "Trapoloco" y lo consideraban "un caso perdido" y en México, cuando llegó a la capital muchos con poder literario se burlaban de él por su apariencia, no le auguraban ningún futuro y no comprendían como su amigo Alvaro Mutis lo recomendaba con tanto entusiasmo.
 
El propio Nobel relató con generosidad sus penurias infantiles y juveniles en Vivir para contarla, como cuando iba a vender estampas o duleces en el mercado de Cartagena de Indias para ayudar a su mamá, encargada sola de una enorme prole. Y eso sin incluir la miseria vivida en París cuando recorría las calles en invierno en espera de hallar una moneda perdida en el suelo o tocaba la guitarra y cantaba en los bares y cavas existencialistas para ganar unos francos al lado de su amigo el artista venezolano Soto.

Pero su consagración y triunfo milagroso después de años de dificultades ejerció sin duda un efecto favorable para el cambio en la percepción general de los escritores en ambientes donde antes los aborrecían y desató la codicia de quienes pensaron repetir la proeza y así volverse famosos, millonarios y adulados como en los cuentos de hadas en un abrir y cerrar de ojos.  

Empezaron entonces a proliferar los talleres literarios y más tarde las prósperas carreras académicas de escritura creativa que se convirtieron en rentable negocio en los campus universitarios estadounidenses y luego fueron clonadas con éxito en el resto del continente latinoamericano. Ahora estudiar para escritor se volvió una carrera de moda como antes el derecho, la sociología, la antropología o el periodismo y los estudiantes presentan ahora como tesis novelas o libros de cuentos con la esperanza de que sus maestros o los contactos obtenidos tras pagar costosas matrículas y mensualidades, puedan llevarlos a la gloria y la fama.

También al lado de esas carreras universitarias, han proliferado editoriales especializadas en publicar los libros que no encuentran editor y venden el sueño de la gloria a cambio de pagar la edición o comprar centenares de ejemplares. Los pudientes o las pudientes que tienen para pagar publican cada año varios libros como conejos o conejas y quienes no tienen recursos se quedan para siempre con sus manuscritos engavetados en el limbo.

El editor Guillermo Shavelzon calcula que en todo momento hay en circulación en América Latina al menos 3.000 manuscritos de novelas correctas que nunca hallarán editor y la cifra de poemarios debe ser casi infinita como las estrellas del cosmos.

Pero todo esto en fin de cuentas es una buena noticia para la literatura, pues las carreras universitarias de escritura creativa propician la formación sólida de muchos nuevos lectores, editores, corectores y redactores y eso es mejor a que estudien para mafiosos. Es seguro que los miles y miles de aspirantes a escritores no lograrán jamás la gloria de García Márquez, porque eso es un fenómeno de otra época e irrepetible, pero al menos gozarán de los libros y soñarán escribiendo como antes de la invención de la imprenta, cuando se usaban las tabletas sumerias y los papiros egipcios. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 10 de marzo de 2024

  

domingo, 3 de marzo de 2024

LA POTENCIA CULTURAL MEXICANA

 

Por Eduardo García Aguilar

Cuando llegué a México, en septiembre de 1980, lo primero que hice fue presentarme a una leyenda de la literatura mexicana, amigo de Juan Rulfo, don Edmundo Valadés (1915-1994), autor del libro de cuentos La muerte tiene permiso y quien dirigía entonces la sección cultural del prestigioso y poderoso diario capitalino Excélsior. Después de hablar un rato, le dije que deseaba colaborar en el periódico.
Valadés, que era un caballero de adarga antigua, me dijo que le llevara dos artículos para leerlos y decidir, pero yo ya los traía en mi carpeta y se los dí. Me dijo que mirara el diario en los próximos días y si aparecía alguno publicado, ya podía considerarme columnista de ese gran diario. El jueves siguiente vi el artículo publicado y desde entonces fui un colaborador habitual con la columna semanal y con entrevistas o reportajes varios que le presentaba y siempre me publicaba y por los que pagaban una buena suma de dinero. Los colaboradores debíamos presentarmos en un piso alto del señorial edificio de Reforma ante el administrador, don Juventino Olivera López, quien firmaba siempre en presencia del autor el documento con el que uno iba después a cobrar a la caja.
Durante tres años colaboré estrechamente con Don Edmundo, una de esas figuras humanistas y generosas de otros tiempos que ya desaparecieron para siempre, nacidos a principios del siglo XX y que trabajaron y lucharon a lo largo de la centuria por la cultura, que en México tuvo gran protagonismo desde la Revolución y la gestión de José Vasconcelos como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y ministro de Educación. México es en definitiva un gran país milenario y sin duda el hermano mayor de los países latinoamericanos. Posee grandes instituciones culturales y universitarias, editoriales de alto rango apoyadas por el Estado, alimentadas con el trabajo de maestros y eminencias del exilio español, internacional y latinoamericano a lo largo del siglo.
En varias oleadas de migración cultural, México acogió a los latinoamericanos en su seno y les facilitó vivir, crecer y prosperar en esa tierra como profesores o periodistas y a eso se agregó a lo largo del siglo la presencia de figuras de la cultura mundial como el cinesasta ruso Einseinstein, León Trotsky; los novelistas ingleses D.H. Lawrence, Malcolm Lowry  y Graham Greene; los franceses Antonin Artaud, Jacques Soustelle y  J.G.M. Le Clézio, o los beatniks norteamericanos William Burroughs y Jack Kerouac.
Trabajé con Edmundo Valadés durante tres años de gran fertilidad y cuando él tuvo que salir del periódico, me dijo que me quedara, pero decidí irme también, con tan buena suerte que poco después me acogieron en el otro gran diario mexicano Unomásuno, cuyo suplemento literario Sábado era el principal del país y estaba dirigido por Huberto Batis, otra gran figura de la cultura literaria con quien trabajé varios años. Por esa redacción pasaban sin falta todas las figuras de la literatura y la cultura mexicana y latinoamericana que iban a dejar sus artículos en persona, antes de la era digital.
Llegué a México deseoso de calentar motores literarios en el momento preciso, pues solo faltaban dos años para que le dieran el Nobel a García Márquez y estaban vivos y presentes ahí Rufino Tamayo, Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, Elena Garro, María Félix, Cantinflas, Tongolele, Dámaso Pérez Prado, Ninón Sevilla y miles de figuras del arte, el saber y el pensar.          
Para cualquier escritor mexicano o latinoamericano, México ha sido como un paraíso, pues hay poderosas editoriales de carácter federal como el Fondo de Cultura Económica o la de la UNAM y en cada estado existen otras patrocinadas por universidades e instituciones locales. También se otorgan cada año becas y decenas de premios literarios y artísticos muy bien dotados, por lo que tarde o temprano todo autor o artista recibe uno de ellos. Y esa generosidad cultural es tan sagrada que a nadie se le ocurriría hacer desaparecer esas canonjías a las que se agregan las de instituciones como el Colegio Nacional o las becas del FONCA, que pagan a veces con carácter vitalicio abultados sueldos a los letrados miembros de la clerecía cultural. Muchos escritores listos o bien conectados han podido vivir así parte de sus vidas, y a veces toda la vida, financiados por las instituciones.
No se si eso sea bueno o justo, pero tales privilegios han existido en México para escritores y artistas como remanente de la política cultural instalada por la revolución institucionalizada en la primera mitad del siglo XX. Y por eso los autores y artistas mexicanos son tarde o temprano homenajeados a nivel nacional o regional hasta su deceso, cuando algunos reciben los altos honores en el Palacio de Bellas Artes, como ocurrió con María Félix, Cantinflas y Gabriel García Márquez, entre otros. Aunque durante décadas las canonjías fueron acaparadas por élites endogámicas capitalinas blancas de origen europeo, después se han abierto y democratizado hacia las minorías étnicas y los provincianos. Un ejemplo a seguir en el resto del continente.       

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 3 de marzo de
2024.

domingo, 25 de febrero de 2024

EL LEGADO DE GERMÁN ARCINIEGAS

Por Eduardo García Aguilar 

En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras latinoamericanas del siglo XXI, es refrescante celebrar la obra de Germán Arciniegas (1900-1999), un viejo demócrata, caracterizado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero perteneció a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.

Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por la polarización y el insulto.

Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparte con ambos la ligereza y la imaginación desbordada.

Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo XX en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, un prosista notable y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminarían vencidos, en el exilio, apedreados, pateados, salvo Arciniegas, que siguió longevo fiel a su entusiasmo.

A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de héroes y anónimos. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe.

Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental.

Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado de la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dando voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos.

En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Rescatemos a Arciniegas, desempolvemos sus libros y volvamos a leerlo con entusiasmo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de febrero de 2024. 

*Versión condensada de un texto más amplio sobre Germán Arciniegas.

 
 
 

sábado, 10 de febrero de 2024

EL GUATEMALTECO LUIS CARDOZA Y ARAGÓN

Por Eduardo García Aguilar

El guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) cruzó el siglo XX sin perder el aire de fronda juvenil dadaísta y vanguardista que vivió cuando fue adolescente viajero. Participó en el dadaísmo, el futurismo y el surrealismo y compartió en París habitación con el peruano César Vallejo en los años locos de entreguerras. Autor precoz, publicó Luna Park (1923), Maëlstrom (1926) y El sonámbulo (1937) y ya al final de su vida El río: novela de caballerías (1986), su vasto volumen de memorias irreverentes, que tuve la alegría de presentar en la Ciudad de México en el Museo Tamayo.

Era contemporáneo de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, o sea que nació cuando una extraña división internacional de la actividad literaria imponía a los latinoamericanos el oficio de hablar de dictadores, muchedumbres hambrientas, cocodrilos y serpientes tropicales. Mientras menos ideas tuviera un texto, mientras más subrayara el carácter supuestamente animista y folklórico de nuestras tradiciones, más aceptación y regocijo entre los buscadores de exotismo occidentales. Borges y Cardoza y Aragón se rebelaron contra eso. Miguel Ángel Asturias y Neruda jugaron un poco el juego.

Cardoza y Aragón destruyó su propia estatua e invitó a incendiar los mausoleos y los ataúdes donde los incrédulos sepultan las palabras y las ideas. Su vida y obra nos invitan a perdernos en el bosque encantado, a no conceder jamás ante a las tentaciones que la realidad tiende para atrapar y apagar a los poetas. El escritor rebelde debe lanzarse gritando al otro lado del espejo, para llegar a un mundo de donde jamás habrá retorno.

Antes, otros latinoamericanos intentaron rebelarse como José Asunción Silva, el mexicano José Juan Tablada, el barroco uruguayo Julio Herrera y Reissig y el chileno Vicente Huidobro, pero pocos lograron desaparecer al otro lado del espejo y la mayoría de sus contemporáneos se guardaron una llave para regresar al redil. Por eso lo que nos seduce de Cardoza y Aragón es su creencia en el poder de las palabras en una época que las perseguía. Y su obra fue incisiva y terrible, porque siempre dijo lo que no se debía decir. Por eso no le dieron grandes premios.

La generación modernista, tan criticada por "europeísta" y "aristocratizante" fue la primera en dar voz universal al continente. Llevando hasta sus últimas consecuencias el deseo de comerse al mundo entero, los poetas y prosistas modernistas de fines de siglo XIX y comienzos del XX se arrogaron el derecho de hacer exótico lo civilizado y civilizado lo exótico. Viajando por conventos medievales, rocosas dunas israelitas, bogando por el Mar Rojo, visitando la isla de Rodas, el nicaraguüense Rubén Darío y el guatemalteco Gómez Carrillo conquistaron un derecho al que otros renunciaron después.

Luis Cardoza y Aragón, hijo de la señorial ciudad de Antigua, cruzó silencioso el siglo XX como portaestandarte, médium, brujo, alquimista de nuestra verdadera esencia latinoamericana: el viaje. Somos el fruto de mil viajes y nuestro mundo es un puerto imaginado en cuyos muelles atracan los barcos perdidos. Existimos en una dimensión que bien podría estar al otro lado del espejo, donde el firmamento es el mar reflejado. El autor de Pequeña sinfonía del nuevo mundo no hizo escuela y escribió solitario en esa dimensión abstracta que pocos se atrevieron a conquistar.

Al leer la Poesía completa o El Río, ambos publicados por el Fondo de Cultura Económica, uno descubre que entregó su vida a jugar con las palabras convocando con ellas lo no dicho o lo inexistente. La obra del guatemalteco brilla porque obdedece a dos pulsiones escasas: el deseo de iluminarse, descubrir los goznes, tuercas, tornillos del misterio, y por otro lado dejar pruebas del incendio y suscitar un destello en los lectores que compartan el riesgo.

No se puede catalogar a Cardoza y Aragón. Lo único que podríamos decir es que está tan cerca de lo antiguo como de lo nuevo. Pudo sentarse en la misma mesa con Safo, Virgilio, Ronsard, Breton o Maiakovski. A la revolución de los modernistas agregó la conciencia cósmica que las trompetas y los clarines del ritmo diluyeron y a la irreverencia de los vanguardismos, a veces tan calculados y superficiales, le otorgó la conciencia de la nada. A la pastelería de los alejandrinistas, para quienes lo profundo es una congoja de payasos, le tiró un bote de basura. A los poetas "comprometidos que escribían para el pueblo y otros hastíos similares", como su amigo Pablo Neruda, los invitó a dejar de negociar con el estómago vacío de los otros para llenar el suyo. Por eso reivindicó a los derrotados y dijo: "admiro a los desconocidos que crearon bien o mal, los diarios intimos que nadie leyó, las memorias desaparecidas, los cuadros que nadie vio, las sinfonías nunca tocadas, los poemas nunca leídos".
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 11 de febrero de 2024. 
* Versión condensada de un texto más amplio leído en la presentación de El Río en Ciudad de México el 8 de noviembre de 1986 y publicado en Sábado, Unomásuno, Ciudad de México.