domingo, 15 de agosto de 2021

RIMBAUD EN ABISINIA

Por Eduardo García Aguilar

Arthur Rimbaud (1854-1891) llegó en 1880 a un puerto del terrible Cuerno de África, en el Mar Rojo, entre Arabia y Abisinia, bajo la asfixiante canícula y allí fue encontrado casi agónico por compatriotas exploradores que lo socorrieron y le ofrecieron trabajo. Llevaba años errando por el mundo, Suecia, Bélgica, Holanda, Alemania, Gran Bretaña, Chipre, Java, Zanzíbar, Egipto, Alejandría, muchas veces a pie y sin un franco en la bolsa.
 Algunas veces encontraba trabajo en un barco u otras hacía de albañil o capataz, antes de partir de repente hacia otros rumbos, como si dentro llevara la condena del viaje, el éxodo, la angustia de expiar un pecado o buscar un espejismo lejano e insondable. Hacía ya rato, desde sus 21 años, había dejado para siempre la poesía, en la que se ejerció con genialidad adolescente, llamando la atención de sus maestros y del poeta Verlaine, con quien se trenzó en una relación autodestructiva marcada por el alcohol y las drogas.
 Después de ser recibido en París por los parnasianos y los cenáculos literarios, quemó ante su familia en la finca de Roche unos ejemplares de Una estación en el infierno, su primer libro, y con ellos fajos de hojas con muchos poemas y prosas. Lo mismo había hecho en Londres y en Bélgica, cuando invadido por su irascible temperamento y el “desarreglo de todos los sentidos”, decidía botar a la basura lo escrito. Por eso de su obra, conocida con carácter póstumo, solo resta una tercera parte.
 En unos cuantos años el adolescente de las “sandalias de viento” devoró todos los libros de la Biblioteca municipal de Charleville y las de sus maestros y tras obtener las mejores calificaciones ante la admiración de todos abandonó los estudios y se dedicó al primer periplo bohemio, iniciado con las fugas de casa y las tensiones con su madre Vitalie, matriarca de dos varones y dos mujeres, abandonada por su marido el capitán.
 Pero cuando ya sus amigos lo daban por muerto o extraviado en algún lugar del mundo, recaló por fin en Adén, “un volcán extinguido reseco y rodeado por el desierto”, desde donde emprende el ascenso a Harar, el lugar donde el empresario Bardey lo nombró capataz de la trilladora de café a donde los campesinos de esas montañas llegaban con sus sucios cargamentos del grano.
 Todo eso lo cuenta Alain Borer en su magnífico libro Rimbaud en Abisinia, una de esas obras que suelen escribir los jóvenes en la plenitud de sus fuerzas para desentrañar a un escritor admirado al que se le siguen sus huellas, como los paleontólogos las de dinosaurios e ictiosaurios en las capas geológicas.
 El autor recorre montañas y desiertos, sabanas y precipicios, conoce las diferentes etnias enemigas, los conflictos entre cristianos e islamistas, los atroces suplicios, la criminalidad, las terribles costumbres de los aborígenes que castraban a los vencidos y lucían los despojos sexuales entre sus adornos y ve las bellas, esbeltas mujeres que recorren los mercados y las planicies cargando mercancías o agua, cubiertas por coloridas y frescas prendas.
 Y así poco a poco nos acercamos al misterio de Rimbaud, que en un momento pensó hacer familia con una nativa a la que luego repudió y que es descrito por exploradores y negociantes europeos como un hombre árido, irascible y amargo, inteligentísimo, políglota y elocuente, pero capaz de muchos silencios y de solidaridad con los pobres que encontraba en sus largas empresas de meses y años tratando de hacer una fortuna que nunca llegó, o que si llegó en parte, no alcanzó a disfrutar, porque murió en Marsella en 1891 a los 37 años, después de que le amputaran la pierna derecha.
 Su decisión fue radical y abandonó la poesía y las ambiciones de gloria adolescente buscando la vida real y concreta a decenas de miles de kilómetros de su tierra natal. Traficó armas, imaginó el ferrocarril etíope, aspiró a ser geógrafo y fotógrafo, pensó escribir libros de viaje, pero nada concretó. Y nunca supo que se convertiría en uno de los mitos de la literatura mundial. Ignoró que era el gran Arthur Rimbaud. Su leyenda comenzó después de su muerte y quienes lo conocieron en Abisinia se asombraron al descubrir que ese terco personaje leal y complejo, les había ocultado su secreto.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 15 de agosto de 2021.

sábado, 17 de julio de 2021

LAS AVENTURAS DE RÉGIS DEBRAY


Por Eduardo García Aguilar


Régis Debray relata en el libro Alabados sean nuestros señores las aventuras vividas por él y una generación de jóvenes europeos y latinoamericanos, que en plena juventud fueron atraidos por la Revolución cubana y el líder máximo Fidel Castro y en esa fascinación vieron quebrados muchos de sus sueños y chamuscadas sus alas, antes de ser rescatados unos de nuevo por el poder y los príncipes y otros por el olvido o la muerte.

Debray (1940)  era un niño bien de la sociedad parisina, hijo de una dama cercana al general Charles de Gaulle, y por su precocidad, inteligencia y cultura estaba llamado a recibir las más altas palmas académicas o burocráticas. Quiso el destino que esa revolución tropical se atravesara en su vida y que por sus contactos con la izquierda latinoamericana de entonces hace ya tanto tiempo, terminara reclutado y entrenando allí como militar por el propio Castro para preparar movimientos similares en todo el continente y el mundo.

A los 24 años recibe entrenamiento en Cuba y traba una cercana amistad con el Comandante supremo, entonces ídolo mundial adorado en muchas capitales y cuya leyenda atraía como mariposas a políticos, escritores, actrices y personajes de todas las farándulas, como el gran escritor estadounidense Ernest Heminguay y otros muchos.

Tuvo así la oportunidad de trenzar estrecha amistad con Fidel y el Che Guevara, quien pronto dejaría el poder isleño y se iría a tejer aventuras melancólicas en África y finalmente a Bolivia, donde emprendió la loca aventura foquista que lo llevó a la muerte crística antes de cumplir 40 años, convirtiéndose después en un mito, una leyenda del siglo XX, un ícono pop.

Debray, que había publicado poco antes Revolución en la revolución, donde planteaba el ideario foquista y vivía entonces con la militante venezolana Elizabeth Burgos, tardó mucho tiempo, dos décadas, en descubrir que la aventura delirante emprendida por el joven médico argentino en las montañas bolivianas fue realizada por él para perder, ser derrotado  y terminar al fin el ciclo suicida de los mártires y los santos.

En sus entrenamientos en Cuba conoció jóvenes amigos latinoamericanos que serían pronto aseinados, como el poeta guatemalteco Otto René Castillo y su congénere salvadoreño Roque Dalton, el primero quemado vivo por el ejército de su país y el segundo inmolado por sus propios compañeros de lucha.

Describe con lujo de detalles la vida de muchos de esos invitados especiales del comandante en un hotel de lujo de La Habana, donde debía pasar semanas y meses antes de que al fin les dieran cita con el caudillo y gozara de las mieles de escoltarlo en reuniones y viajes nocturnos interminables, poblados de bellezas europeas e intelectuales fascinados.

Y en su relato queda plasmado el universo que rodea a los dictadores con su corte, los auges y caídas de figuras ascendentes, los silencios y la crueldad del tirano con los defenestrados y la ternura que a veces muestra el mito en momentos de cercanía con los preferidos del momento. Castro y el francés Mitterrand, para quienes trabajó, son descritos con lucidez en las antesalas del poder.    

Por su militancia en esos proyectos en los que creía, Debray cayó en la cárcel en Bolivia causando un conflicto diplomático con Francia hasta que fue liberado y traído de regreso a París, donde desprestigiado, borrado de la carrera universitaria y de las élites del periodismo, vivió una travesía del desierto hasta que el futuro presidente Mitterrrand lo adoptó en su corte y lo contrató luego como consejero, recién llegado al poder.

¿Quien iba a pensar, dice Debray, ahora octogenario, que a los 30 estaría en la cárcel y a los 40 sería chambelán en el Palacio del Elíseo? Muy temprano vivió entonces la experiencia de ser amigo y estar muy cerca de dos grandes figuras políticas del siglo XX, dos mitos, dos astutas figuras maquivélicas que llegaron al poder y murieron de viejos.

Escritor de la mejor estirpe francesa, erudito, místico a veces, lector insaciable, Debray es uno de los más notables escritores contemporáneos de Francia. Y la distancia y la sabiduría le permiten reflexionar sobre el poder y los acontecimientos mundiales, como en su tiempo lo hicieron Chateaubriad, Talleyrand, Montesquieu, Fouché y tantos otros. Sobrevivió para contar y advertir a los nuevos sobre los riesgos de las pulsiones utópicas, la cercanía del poder y el peligro de la adrenalina existencial.
 
-----Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Doningo 18 de julio de 2021.

sábado, 10 de julio de 2021

LA CARCAJADA DE VOLTAIRE

 Por Eduardo García Aguilar

Si Voltaire se despertara hoy, más de dos siglos después de su muerte en París a los 84 años de edad, en 1778, se sentiría profundamente impactado por el renacimiento en el mundo entero de los fanatismos religiosos, políticos e ideológicos. Al escribir el corto ensayo biográfico Voltaire, el festín de la inteligencia para la colección de personajes editada por la editorial colombiana Panamericana, rendía homenaje a ese viejo esquelético, mueco y socarrón que muchos consideraban un espantajo impresentable en el helado museo de las estatuas abandonadas.
Aunque la bibliografía sobre su obra es tan abundante como los granos de arena de un desierto africano, su figura sigue confinada a las aburridas obligaciones escolares y por eso muchos franceses se extrañan de que un latinoamericano del siglo XXI se interese en seguir los pasos del autor de Cándido (1759) y el Tratado sobre la tolerancia (1763) y lo encuentre actual.
En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras.
El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, o la amenaza creciente de los talibanes, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces.
Sin duda hoy los fanáticos lo amenzarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de su vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en «átomos volando» como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 11 de julio de 20121.

sábado, 26 de junio de 2021

MEDIO SIGLO EN LA PATRIA

 Por Eduardo García Aguilar

En aquellos años, cuando no existían teléfonos celulares ni redes sociales, muchos adolescentes nos dedicábamos al feliz pasatiempo de leer y viajábamos con los libros por el mundo en el espacio y el tiempo. Aunque los lectores en escuelas y colegios por supuesto conformábamos una minoría como siempre lo hemos sido, si éramos muchos en la ciudad y se daba una efervescencia de amor por los libros, el pensamiento, el arte y la literatura universales que hoy sorprende.

La celebración del Festival Internacional de teatro universitario convirtió además a Manizales en un centro continental de encuentro de dramaturgos, poetas, críticos, ensayistas, poetas que venían de todo el continente y de Europa, quienes aunados a la población local llenábamos los teatros y las aulas universitarias para ver obras y escuchar a grandes figuras como los Nobel Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda, Ernesto Sábato, el joven Mario Vargas Llosa y gente de teatro como Jerzy Grotvosky, Enrique Buenaventura, Augusto Boal, Jorge Díaz y decenas de dramaturgos y escenógrafos españoles y latinoamericanos.

En masa miles y miles de jóvenes abarrotamos el Teatro Fundadores para escuchar al autor del Canto General y fue tal la presión de los que no podían ingresar que se rompieron las puertas y todo fue invadido hasta el escenario, donde algunos, entre ellos quien esto escribe, de 14 años de edad, rodeamos al poeta que ya había venido varias veces a la ciudad y la amaba por sus magníficos atardeceres. En las primeras filas estaban por supuesto Hernando Salazar Patiño y decenas de universitarios de gafas oscuras y poses filosóficas, que se ven en las fotos en blanco y negro del evento publicadas en el Suplemento literario junto a  crónicas de José Naranjo, Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado. 


La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.

Visitar la redacción de La Patria, guiado por Mario y en compañía de su amigo Pablus Gallinazus, escuchar el tecleo de las máquinas de escribir, el ruido de los teletipos de las agencias o el sonido de la moderna imprenta offset recién adquirida, oler la tinta y el papel, era algo parecido a la felicidad. El suplemento literario era de primer nivel y en la sección Paradiso del nadaísta Mario Escobar Ortiz aparecían cada semana novedades y textos provenientes de colaboradores de todo el continente.

No nos eran extraños a todos los que vivimos casi niños esa época los autores novedosos de México, Venezuela, Perú, Argentina, Brasil y otros países del continente: Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Salvador Garmendia, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, eran mombres habituales que pasaban por esas páginas.

En ese contexto vi publicados mis primeros textos en La Patria en 1969 a los 15 y 16 años, y aun guardo con emoción en su orden los recortes de las apariciones de los ensayos José Asunción Silva, mártir de la existencia, Walt Wihtman, estética de los cósmico, y otro sobre Federico Gracía Lorca, entre otros, publicados con amplio despliegue, así como los primeros cuentos La cuadra de la clepsidra y La vigilia de los relojes, ilustrados con imágenes de Edward Munch, detalle estético del nadaísta Escobar Ortiz que me los publicaba y quien era además artista plástico y dramaturgo.

Porque además de las grandes firmas continentales, en La Patria se abrían las puertas a los nuevos y muchos en la ciudad tuvimos el excepcional privilegio de vernos publicados en letras de molde desde tan temprana edad. Hasta llegué a tener una columna que titulé Los viajes de Simbad, y que después enviaba desde Bogotá cuando cursaba ya mi primer año en la Universidad Nacional de Colombia.

Con motivo del cincuentenario en 1971, La Patria abrió un concurso de ensayo en el que obtuve el premio con un texto sobre Bernardo Arias Trujillo y recibí una suma de dinero que para un muchacho que terminaba el bachillerato era muy importante y de cuya entrega por parte del gerente Rafael Lema hay testimonio fotográfico en las páginas añejas del diario.

Ese fin de año mi familia se trasladó a Bogotá y desde allá seguía colaborando y carteándome con Mario Escobar Ortiz, a quien menciono por tercera vez en este texto, porque al lado de Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado es una de las figuras más modernas y sorprendentes de la historia de Manizales y de este diario que ahora, vigoroso, emprende su segundo siglo de existencia.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de junio de 2021.


    


EL NADAÍSTA MARIO ESCOBAR ORTIZ FRENTE A LA CATEDRAL


Por Eduardo García Aguilar

Acabo de releer La piel condena los cuerpos del nadaísta manizaleño Mario Escobar Ortiz, fallecido en un accidente en 1991 a los 55 años después de haber ejercido el periodismo, el teatro y la literatura a fondo durante décadas y dirigido durante un momento el suplemento literario de este diario, denominado Paradiso, en homenaje a su admirado barroco cubano José Lezama Lima.

Lucía una larga melena, gafas negras y enormes, camisas floridas y pantalones de bota campana e iba de un lado para otro con sus inconfundibles carcajadas, agitado, nervioso, risueño, cumpliendo con todas la tareas que exige el diario, por lo cual fue imprescindible durante años en el periódico y tolerado con simpatía pese a ser todo lo contrario en actitud y moda a los hombres de aquella época, engominados, fumadores de pipa, enfundados siempre en trajes oscuros, chalecos y camisas blancas almidonadas atadas con sombrías corbatas.

En tiempos que parecen ahora más abiertos que los actuales y cuando llegaban de todo el mundo las corrientes más modernas de la música, el arte, el pensamiento y la literatura, Escobar Ortiz abría ventanas a las literaturas del mundo y del continente y además daba espacio a los escritores adolescentes que éramos entonces y lo buscábamos para ser publicados en el diario, cuando estaban allí Beatriz Zuluaga, Héctor Moreno y Óscar Jurado en la redacción y una pléyade de escritores de talento en las páginas de opinión, como Jorge Santander Arias.

El nadaísta Eduardo Escobar, que tiene excelente memoria, recuerda en reciente entrevista al amable personaje y destaca que este diario tuvo tal vez la más sólida página de opinión del país con una variedad de articulistas de alto nivel intelectual. Esos personajes encabezados por Santander Arias, Edgardo Salazar Santacoloma y Ebel Botero, entre otros, discurrían en los diversos cafés de la ciudad y se les veía caminar con sus libros debajo del brazo, como figuras dedicadas con total pasión a pensar, leer y escribir.

Esas presencias magistrales se inscribían en la tradición cultural de la ciudad, que tuvo en los años 30 la Editorial Zapata, casa privada que publicó en su momento a los más grandes autores del país como Fernando González, José Antonio Osorio Lizarazo, León de Greiff y muchos más. Además, la ciudad fue centro de la famosa generación greco-quimbaya, tan vilipendiada por los ignorantes que nunca se han atrevido a leer a esos autores, que no por ser derechistas, carecían de talento y se inscribían en una corriente continental filo

mussoliniana, en la que se destacaban Leopoldo Lugones en Argentina y José Vasconcelos y otros en México y que requerirían análisis y estudio de contexto, antes que ostracismo total.

El libro de Mario Escobar Ortiz, publicado en 1972 en la imprenta del diario con prólogo de Jorge Santander Arias, brincó hace poco de los archivos guardados, con la imagen de portada tomada de un cuadro sicodélico del autor e ilustraciones de Basto, donde se ve la figura del nadaísta en relación con las caóticas imágenes evocadas en ese texto experimental y desbocado que es un extraño grito de rebelión, escatológico e impertinente.

Santander Arias cumplió con generosidad la tarea de prologar el libro de aquel joven, aunque deja entrever en sus palabras la enorme distancia literaria que los separaba, pues el primero era un erudito lector clásico que debía mirar con estupor los experimentos del nadaísta, sus imprecaciones, el erotismo desbordado, su sicodelismo cannábico y los automatismos literarios surrealistas con que hizo gala en ese monólogo de un desquiciado sobre la cárcel de la piel. Sin duda para Santander como para muchos, aquel libro era un Objeto Literario No Indentificado, o sea un OLNI.

Lo bueno de Escobar Ortiz, quien tenía una columna diaria llamada Carlitos, es que ahí desmenuzaba sin piedad las colaboraciones que los adolescentes le enviábamos con la esperanza de ser publicadas o los artículos de los viejos pomposos que seguían escribiendo como en los tiempos del modernismo.

Yo fui víctima mortal de una de sus andanadas, cuando a los 15 años le envié un soneto que llevaba un título en latín, Sunt Lacrimae Rerum, que fue destrozado y burlado sin piedad en público en la primera vez que me asomaba a las letras de molde. Gracias a esa diatriba contra mis malísimos poemas, y muy sonrojado, pasé rápido a otras experimentaciones, que me dieron la posibilidad de ganar en serie muchos premios literarios intercolegiales.

Escobar Ortiz vivía desbocadamente la literatura pero sin la típica solemnidad reinante en Colombia, donde casi todos quieren escribir bonito y muy pocos se atreven a romper con todo, como ocurrió con el genial León de Greiff, cuya obra toda es también un genial Objeto Literario no Identificado.

Releer otra vez La piel condena los cuerpos de Mario Escobar Ortiz, ver su dedicatoria firmada en 1973, me comunica de nuevo con esa década loca donde se confirmaron tantas revoluciones recientes mientras crecía en prestigio el Festival Latinoamericano de Teatro que trajo a la ciudad a los más grandes desde Neruda y Miguel Ángel Asturias a Jerzy Grotowzky y una pléyade de teatreros, poetas locos y críticos literarios.

La ciudad era vigilada por la enorme Catedral, pero en cafés secretos y centros culturales bullía un mundo libre de estirpe durrelliana, mientras se oía la carcajada intermitente de Mario Escobar, un personaje literario colombiano inolvidable que merecería ser contado.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. Septiembre 8 de 2013.

sábado, 19 de junio de 2021

LA NOVELA APLASTADA POR LA REALIDAD

Por Eduardo García Aguilar

Cada año salen centenares de novelas publicadas en los países latinoamericanos, donde se abordan por lo regular temas difíciles que afectan a cada pedazo del continente. Por lo regular se refieren a la violencia generalizada, tragedias históricas, guerras, dictaduras, masacres, injusticias, narcotráfico, pobreza y en otras ocasiones temas que son la imagen de marca de cada terruño, o sea sus glorias o personajes de leyenda.

El tango, Evita, Maradonna y el Che en Argentina, Jorge Eliécer Gaitán, Pablo Escobar, Kid Pambelé o Tirofijo en Colombia, la vida de las favelas, Pelé y el bossa nova en Brasil. De Perú o México, países con historia milenaria, los temas son múltiples e inagotables, indígenas, revoluciones, mariachis, campo, Cantinflas, Maria Félix, la urbe, el vecindario del Chavo del Ocho y así sucesivamente cada generación aborda sus dramas y frustraciones o los orgullos patrios y el colorido folclórico.

También en su mayoría esas novelas son autobiográficas. Cada quien cuenta su historia, sus dramas, la riqueza o la pobreza vividas, la marginación, el racismo, la discriminación de género, el asesinato de un ser querido o a veces la gloria o la ruina de un familiar.
 
Y de todas esas novelas, las que tienen la fortuna de ser publicadas y convertirse en libro son apenas la punta de un iceberg enorme de obras en las que los autores invierten años de energía e ilusión y que tal vez nunca serán publicadas. A veces los descendientes descubren los manuscritos en los desvanes o las gavetas y logran hacerlos publicar por alguna universidad o institución cultural o con ayuda de su propio peculio.

Es normal que esto ocurra en un inmenso continente donde hablan y escriben el idioma más de 500 millones de personas y cuando en escuelas o en las propias casas circulan libros de autores consagrados que son orgullos patrios desde el siglo XIX, ejemplos, modelos, figuras que aparecen en estatuas o en nombres de plazas y colegios. Amado Nervo, Rubén Darío, Julio Flórez o José Martí o Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo o Clarice Lispector.

Aunque en muchas partes del mundo la escritura y el escritor como tal han perdido el aura originada desde los tiempos griegos y romanos y fortalecida durante el largo auge del humanismo surgido desde el Renacimiento, en América Latina aun perviven esas glorias como remanencias de un pasado que se resiste a morir. En medio del deasastre y la mediocridad ambiente, algo queda del culto al escribano, al clérigo, al poeta, al escritor, y causa aun en muchos respeto el que lleva el papiro en la mano, el que pronuncia discursos o esgrime el volumen impreso.

El inmenso y último impulso del culto al escritor y a la producción literaria se dio en América Latina en la segunda mitad del siglo XX con el éxito mundial de varios autores que como Neruda y Miguel Angel Asturias, pasando por el poeta Octavio Paz y  las estrellas máximas del boom García Márquez y Vargas Llosa, fueron galardonados con el Premio Nobel. Y eso sin contar a Borges, Carpentier o Rulfo

La reducción del analfabetismo aun reinante en la primera mitad del siglo XX abrió las puertas a la escritura a inmensas capas de la población y democratizó el ejercicio hasta llevarlo a la impesionante proliferación de estos tiempos. Aunque el crítico o el lector quisieran abarcar las obras escritas cada año, la tarea sería imposible y utópica.

La observación se da entonces al azar, cuando algunos libros caen en sus manos y pueden de esa forma establecer tendencias de ese movimiento telúrico incesante, de la misma forma que los científicos analizan muestras mínimas de un inmenso yacimiento.

Y tal vez a través de esas muestras mínimas lleguen a la conclusion de que muchos de esos autores son devorados por la actualidad y los dramas del momento o la realidad concreta, por lo que sus esfuerzos son vencidos por la falta de distancia de los acontecimientos y la carencia del añejamiento que la obra

literaria necesita como los mejores vinos. Eso que don Gabriel, el colombiano de Aracataca, denominaba "la transposición poética de la realidad".

Esa es la sensación que uno experimenta cuando lee tantos libros de aparente ficción sobre la violencia colombiana o los dramas de varias épocas sucesivas de terror y conflicto de nuestro país, guerrillas, atentados, paramilitares, masacres, secuestros, narcos, como si sus palabras quedaran atrapadas en el propio pantano o la ciénaga de la realidad inmediata, sin poder volar. Como si la novela se volviera un viejo y agotado pelícano ciego y cargado de piedras que muere asfixiado en el mar. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 20 de junio de 2021.

 


sábado, 12 de junio de 2021

VOLVER A FERNANDO CRUZ KRONFLY

 


Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores hispanoamericanos más importanes en estos momentos es sin duda alguna Fernando Cruz Kronfly (1943), a quien podría otorgársele ya el gran premio de la lengua, el Cervantes, que solo ha obtenido hasta ahora un colombiano, Alvaro Mutis. Orfebre de la prosa y la poesía, uno imagina la titánica empresa de sus construcciones, la obra de pulimiento de la catedral proustiana que llega a su clímax en las tribulaciones de Uldarico y las lascivias de Mariana Valentina, en los mundos fantasmales de Teófilo y Barbarela, Pensilvania y Pánfilo, entre ámbitos del ayer y de hoy como La mansión de las cadenas y el Edificio de la Villa Maipo.

Eso sin referirnos al viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su muerte por el río Magdalena o el del cuerpo de Carlos Gardel hacia la nada, en sendas novelas dedicadas a esos personajes. Más allá de la musicalidad exacerbada de su prosa, Cruz Kronfly conecta con otras corrientes de la narrativa latinoamericana. Rebelde y disolvente por naturaleza, no se hunde en el ya trajinado realismo mágico, para quedarse sólo en los arabescos de lianas de su imaginación. Va más allá y entra al mundo del deseo, al conflicto de los cuerpos, a la incuria de la soledad, a la imposibilidad del amor entre cerrados compartimientos totalmente concretos y modernos.

No sólo se hermana Cruz Kronfly con el quehacer artesanal del cubano José Lezama Lima en su investigación del deseo, sino que se comunica con el delicioso cinismo desesperanzado de Juan Carlos Onetti, con sus mujeres perversas, enfrentadas día a día con hombres desvirolados, fracasados, que se desmoronan en el alcohol, todos ellos cónsules como Geoffrey Firmin, el de Bajo el Volcán de Malcolm Lowry.

La deliciosa crudeza de los asertos de sus mujeres, hermanada con los rumbos montevideanos de Onetti y sus mujeres cultas y sexuales, hace de novelas como Falleba (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1980), La obra del sueño (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1984) y La ceremonia de la soledad (Planeta. Bogotá. 1992), entre otras, obras excepcionales en el mapa novelístico latinoamericano reciente. La excelente editorial con sede en Medellín Sílaba ha venido publicando por fortuna en Colombia en este siglo XXI y en preciosas ediciones libros como Destierro, La vida secreta de los perros infieles, La sombrilla planetaria, o su poemario Abismo de origen, por lo que ahora todos podemos leerlo, descubrirlo.

Liberado de la retórica falocrática que ha dominado desde La María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, hasta Cien años de soledad y a buena parte de la novelística colombiana postmacondiana, la obra de Cruz es una reflexión sobre la muerte, la decrepitud, la caída, la soledad, tanto en los ámbitos urbanos de la segunda mitad de este siglo como en los viejos tiempos de la Patria Boba y la Fundación abordados en La ceniza del libertador (Planeta. Bogotá. 1987) y en La obra del sueño. Novela de fundación y de estirpe, homenaje a los progenitores, La obra del sueño abre una nueva veta ficcional y prefigura la exploración posterior del fin del libertador Simón Bolívar en su viaje tragicómico hacia la nada.

Cruz Kronfly escribe desde un lugar marcado por el cruce de caminos, porque él mismo es fruto de la mixtura de razas y parece que en cada nueva obra despliega una gran sombrilla imaginaria para los habitantes del exilio: un libertador entre olor de letrinas y podredumbre de cuerpos afiebrados huye exiliado y vapuleado por su gente, mujeres modernas se exilian de un lecho a otro buscando una felicidad que nunca llegará y todos recuerdan viejas casonas llenas de flores y de pájaros o se encierran en recámaras a masticar su derrota. De toda su prosa brota el dolor y el desasosiego, y mana el grito del niño perdido que todos llevamos adentro y cuya convocatoria es dínamo de la obra narrativa.

La ceniza del Libertador es tal vez, junto con Celia se pudre de Héctor Rojas Herazo, La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama y La tejedora de Coronas de Germán Espinosa, una de novelas más notables escritas en Colombia en el espacio del post-macondismo. Quien recorre sus páginas, comprenderá que más allá de la historia o del paisaje telúrico, el gran personaje allí es el lenguaje, la delirante reverberación de palabras que Cruz Kronfly convoca con exactitud maniática, acercándose a lo que denomina “estética de la muerte que apaga afanosa los últimos fósforos”.

Juntas, vistas con perspectiva, estas novelas constituyen una gran feria de vanidades y derrotas, llena de colores, espectros, adefesios, ruinas, tal y como siempre ocurre con los mundos de los novelistas logrados que, como Onetti y Roberto Artl, o narradores natos como Felisberto Hernández o Juan Rulfo, logran arrancar sus delirios de lo terrenal para transponerlos hacia el limbo poético. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de junio de 2021.



sábado, 5 de junio de 2021

LA RESURRECCIÓN DE KEYNES


Por Eduardo García Aguilar


El mexicano José Angel Gurría deja a los 71 años de edad la secretaría general de la OCDE después de 15 años terribles en que el mundo experimentó crisis económicas sin precedente como la gran bancarrota de 2008 y el impacto devastador de la pandemia del coronavirus en 2020 y 2021. Ambos acontecimientos causaron la ruina de muchos particulares y la quiebra de empresas y de países que como Grecia, Portugal, España, Italia, entre otros, realizaron arduas y largas negociaciones con las instituciones internacionales no caer al abismo.

Tanto la quiebra con efecto dominó de bancos, empresas y particulares de hace más de una década como la pandemia actual incrementaron de repente el desempleo y llevaron a la pobreza a millones de personas, especialmente en los países donde no se aplican sólidas políticas sociales y la mayoría de la población lucha día a día en la informalidad para ganarse unas cuantas monedas, ante la indiferencia de los malos gobiernos.

Gurría, que en principio era un adalid del neoliberalismo más radical aplicado en México por los políticos de su generación encabezados por Carlos Salinas de Gortari a lo largo de un cuarto de siglo,  ha cambiado como todo ser inteligente debería hacer y en la actualidad defiende las políticas heterodoxas que han salvado a muchos países del desastre, lejos de la defensa a ultranza de la austeridad terca y más cerca de resucitar las políticas keynesianas que recuperaron al mundo después de la Segunda guerra mundial con gigantescas políticas de inversión pública y ayuda a quienes quedaron en la miseria.

Cuando el mundo después de múltiples negociaciones y pulsiones volvía más o menos a encontrar cierto equilibro, cayó la inédita pandemia ante la cual los gobiernos y las instituciones financieras tuvieron que generar como bomberos o rescatistas de emergencia rápidas medidas que impidieran el derrumbe y el caos generalizado, sin cometer los errores de otros años.  

Me acuerdo del joven viceministro Gurría, quien nos recibía a algunos corresponsales extranjeros en su oficina del Palacio Nacional de la capital mexicana para explicar las nuevas políticas aplicadas por esa ambiciosa generación de economistas mexicanos dispuestos a dejar para siempre las viejas ideas del Partido Revolucionario Institucional y cambiarlas por las que estaban de moda en los tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: privatizar a ultranza, bajar los impuestos a los ricos, liberar la economía para que funcionara sola sin restricciones y reducir la intervención del Estado a lo mínimo. El pobre es pobre porque es bruto y no emprende, pensaban. Mientras más ricos sean los ricos mejor estarán los pobres, agregaban.

En una reciente entrevista para El País de España, Gurría se despide con el mismo buen humor que tenía en aquellos tiempos de joven funcionario, cuando tal vez creía que el ideario de Reagan y Thatcher traería la felicidad al mundo y eliminaría la pobreza, pues al fin y al cabo después de la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría llegábamos al final de la historia, como abogaba entonces Francis Fukuyama.

Al escucharlo ahora nos damos cuenta de que la realidad provocó tal vez en su pensamiento un viraje que lo lleva a defender medidas económicas impensables antes, aplicadas hoy al interior de las grandes potencias norteamericanas y europeas, empezando por el impresionante plan de recuperación del presidente Joe Biden y las generosas políticas de soporte a la economía siniestrada en la Unión Europea, bajo la consigna de "cueste lo que cueste" del presidente francés Emmanuel Macron y con el apoyo de la poderosa Alemania de Angela Merkel, antes rigurosa adalid de la austeridad.

El viejo John Manyard Keynes, amante de las letras y miembro con Virginia Woolf del grupo de Bloomsbury, está ahora más vivo que nunca, pese a que los neoliberales de hace unas décadas lo dieron por muerto para siempre.

Gurría alerta ahora como un viejo sabio que se debería seguir aplicando las medidas generosas y sociales requeridas por la excepcional pandemia mundial, cosa que no se hizo en la crisis de 2008, pues de lo contrario, al despertar de este traumatismo, todo se puede volver a venir abajo.

El Estado tiene que intervenir para salvar a la gente inyectando recursos a la economía porque su función antes que defender a ultranza a los ricos es propiciar más justicia social, hacer que más amplias capas de la población se eduquen y coman, tengan mejores servicios de salud, y ese esfuerzo se debe hacer por varias generaciones de manera sostenida como lo hicieron las políticas keynesianas de la posguerra. Ojalá algún día los gobiernos latinoamericanos entiendan que dejar para siempre en la pobreza a la mitad de la población de un país no le conviene a nadie, ni siquiera a los ricos.    

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de junio de 2021. 


sábado, 15 de mayo de 2021

NAPOLEÓN BONAPARTE Y LAS ESTATUAS

Por Eduardo García Aguilar


En toda la historia de la humanidad, que es una sucesión de invasiones y guerras encabezadas por tiranos y aspirantes a serlo, las estatuas viven sus ciclos y caen como mueren todos los seres vivientes tarde o temprano y como morirán igual el planeta Tierra y la galaxia Vía Láctea donde vive oculto entre miríadas de estrellas. Así le ocurrió a Napoleón Bonaparte, quien el 5 de mayo de 1821, hace dos siglos, murió preso en la isla de Santa Elena, lejos del esplendor de sus precoces glorias y la dinastía que pretendió inventar.

Cuando se derrumbó la Unión Soviética y con ella décadas de Guerra fría, los habitantes de los países invadidos por el Ejército Rojo que permanecieron bajo su dominio tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de la Alemania nazi, decidieron tumbar todas las estatuas de Marx, Engels, Lenin y Stalin que inundaban avenidas, plazas, parques, escuelas y lugares públicos de toda índole y éstas se encuentran ahora en museos o en bucólicos cementerios de chatarra, a donde pueden ir a visitarlas los nostálgicos de aquel imaginario ideológico y político que tanta ilusión generó en los humanos del siglo XX.

Marx y Engels pocas velas tenían en ese entierro, pues fueron filósofos brillantes y personas honestas y estudiosas, luchadores contra las injusticias provocadas por el auge del capitalismo salvaje del siglo XIX y autores de obras notables que ahora vuelven a circular en el mundo e inspiran nuevos movimientos de rebelión contra los gigantescos e insaciables oligopolios contemporáneos que reinan sobre el hambre de medio planeta.

Desde el esclavo Espartaco y otros héroes ignorados y olvidados de la historia, la humanidad ha vivido cíclicamente oleadas de revoluciones y movimientos utópicos que logran derrumbar a los poderosos del momento para llevar al poder a otros pillos que con el tiempo vuelven a repetir la historia, devorados por la codicia. Los grandes monarcas de hace milenios fueron bandidos asesinos que ganaron batallas y se apoderaron de imperios, implantando dinastías que después aparecían pulidas en magníficas estatuas ecuestres, frescos, bajorrelieves, tapices o cuadros. Durante siglos la nobleza europea conservaba así el poder encerrada en sus lujosos castillos y aupada en la miseria de los hambrientos campesinos y los siervos de gleba y en los esclavos de las colonias lejanas de ultramar.

Pero tarde o temprano aquellas dinastías asiáticas, eslavas, mediorentales, europeas, africanas que ahogaban de tributos a los súbditos, terminaban por ser vencidas y arrasadas por la furia implacable de la plebe desesperada que ya nada tenía que perder. Hartos del despojo, la violación de sus mujeres e hijas, los abusos de las fuerzas del orden y de los capataces de toda índole, terminaban por tomar las armas e invadir e incendiar las magníficas capitales donde transcurría la francachela de las aristocracias y sus cortes perfumadas en los palacios que imitaban a Versalles, el delirio del Rey Sol, Luis XIV.

La historia es el relato de los auges y las caídas de imperios y de reyes y emperadores enceguecidos que todo lo convertían en oro para beneficio suyo y de la nobleza. Toda las literaturas milenarias cuentan las maravillas de los dulces tiempos radiantes y las oscuras y sangrientas caídas de todos esos esplendores. La plebe francesa de la Revolución cortó la cabeza a uno de los últimos borbones, Luis XVI, y su cabeza fue mostrada a la muchedumbre. Pero poco después los revolucionarios tomaron el poder y se dedicaron a guillotinarse y matarse entre ellos, hasta que un advenedizo forastero corso terminó por tomarse el poder a los 30 años, beneficiándose del caos y poco después se coronó como el nuevo Emperador de los Emperadores.

Idolo de los jóvenes románticos, Napoleón Bonaparte (1769-1821) se paseó triunfante durante tres lustros tumbando monarquías e imponiendo las suyas, hasta que él también cayó y luego fue enviado a una isla perdida del Atlántico, Santa Elena, donde lo cogió la muerte tras una lenta agonía. Y como él, todos los héroes que fueron representados en miles y millones de estatuas terminaron por ser bajados de sus pedestales para ingresar al cementerio del bronce y del mármol, el camposanto, el bulevar interminable de los héroes. Bolívar, que se inspiró para sus gestas en el ídolo corso, también agonizó derrotado en Santa Marta, como lo cuentan las memorias de quienes lo vieron cuando se hundía en la nada. No hay que llorar pues el destino de las gélidas estatuas.

"Polvo de Pericles, polvo de Simón", decía el lúcido poeta colombiano Porfirio Barba Jacob para referirse a ese espejismo experimentado de los héroes y los incautos humanos que creyeron en ellos en momentos de efervescencia y calor. Polvo de Alejandro Magno, polvo de Darío, polvo de Nabucodonosor, polvo de Julio César, polvo de Augusto, polvo de Carlos V y Felipe II, polvo de Hitler, polvo de Stalin, podríamos decir hoy cuando se celebra el bicentenario de la muerte de uno de los íconos más emblemáticos de la locura del poder.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de mayo de 2021.  

domingo, 9 de mayo de 2021

LA OBRA DE VICENTE QUIRARTE

Por Eduardo García Aguilar

 Vicente Quirarte (1954) ama las ballenas y la caligrafía y desde sus años de infancia pasados en la vieja colonia Roma de la Ciudad de México, donde creció al lado de los libros empastados que su padre historiador acumulaba y amaba, se ha aplicado a sus pasiones mayores, que son la poesía, la historia, la amistad, el amor y el ensayo, campo en el que ha asediado con profundidad las obras de Luis Cernuda y Gilberto Owen o el mundo de los vampiros.
     Cada uno de sus libros, poco a poco, a lo largo de los años, han caído gota a gota a mis manos y me han acompañado siempre. Se trata de bellas ediciones, a veces confidenciales, como las salidas en los Cuadernos del Caballo Verde de la Universidad Veracruzana, Los Libros del Bicho de Premiá, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, Cuarto Menguante, Ediciones Toledo o Cuadernos de Malinalco, entre otras muchas pequeñas ediciones que se presentaban siempre con entusiasmo y eran argumento propicio para salir a sitios inolvidables del Centro Histórico, donde los escritores de una generación compartían el transcurso del tiempo.
     Muchas cosas terribles y maravillosas ocurrieron en México en esos tiempos, como terremotos, incendios, explosiones, disturbios, atardeceres, granizadas, ventiscas, fiestas, manifestaciones, asesinatos políticos, masacres, revoluciones, decesos y nacimientos, pero pareciera que los poetas nacidos en los 50, todos ellos tímidos y discretos, se colaran oblicuos y en silencio por las hendijas geológicas del altiplano, junto a los cerros y bajo la mirada de los volcanes, para escribir el testimonio de esos vegetales, lágrimas, piedras, ecos o entusiasmos y que a veces abrieran con fuerza las puertas de inamovibles cavernas llenas de fuego, mares, sorpresas y mundos inimaginables que conducen al otro lado de la tierra, a otras civilizaciones y a otras poesías extraídas de milenios y crisoles ardientes de palabras.
      Pertenece Quirarte a una amplia generación de escritores mexicanos nacidos a los años 50, que a finales de los 70 ya despertaban a la idea de hacer una obra o ejercer para siempre un oficio tan peligroso como la poesía. Hay en todos ellos desde sus inicios una profunda pasión por explorar las enseñanzas de los maestros mexicanos vivos o muertos. A veces se detenían en los modernistas, hasta saber de memoria la obra de Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Porfirio Barba Jacob o Ramón López Velarde.
     Otras veces se dejaban llevar por la generación mexicana de Los Contemporáneos, en bloque, desde Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia hasta Salvador Novo, José Gorostiza, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. Y de repente se detenían en los maestros vivos, esos viejos amigos que como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Guillermo Fernández u Octavio Paz, entre otros, les animaban a seguir en la locura de hacer poesía y les decían que no era en vano el esfuerzo, porque la poesía, como dice Quirarte, es «superior a la feria de vanidades» y se «encuentra por encima de los combates de nuestro pequeño género humano». 
      Y así los de su generación, a la que yo pertenezco, pero con la marca indeleble de Los Andes, siempre caíamos y volvíamos a levantarnos desde las cenizas, como cuando el terremoto terrible del 19 de septiembre de 1985 estuvo a punto aniquilarnos y nos expulsó de la famosa Casa de las Brujas de la Plaza de Río de Janeiro, uno de los edificios más bellos de la ciudad, donde vivíamos felices pintores, poetas, pianistas, cantantes, bibliómanos, actrices, danzarinas.
     En el bello volumen Razones del Samurái están esos libros que yo vi y leí en originales como Teatro sobre el viento armado, Calle Nuestra, Vencer a la blancura, Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrecia Buti, Puerta del verano, Bahía Magdalena, En ausencia de Aníbal Egea, El ángel es Vampiro, El peatón es asunto de la lluvia.
    Al recorrer esas páginas a medida que se acerca el nuevo solsticio de verano, me encuentro con esa poesía impecable diáfana, sabia, de Quirarte, que ha sido cincelada con las armas y las artes de la rigurosa tradición mexicana. La lluvia y el viento de la ciudad vuelven entonces con sus fantasmas y delirios, griterío de niños, llanto de mujeres, libros viejos, objetos perdidos y oxidados, ruidos, aromas florales, o sea el testimonio humano e intelectual de una generación discreta, tímida y profunda que sigue buscando lo imposible.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de mayo de 2021.

viernes, 16 de abril de 2021

NOTRE DAME EN LLAMAS

Por Eduardo García Aguilar

Notre Dame acogió por siglos 
misas, bautizos, confirmaciones,
bodas, entierros, coronaciones reales y plegarias
ante amenazas de invasiones exteriores
y su imagen dio estabilidad pétrea
a generaciones de habitantes
que se sucedían en una caravana de nacimientos,
enfermedades, accidentes, asesinatos y muertes.
 
El apretujamiento, el olor nauseabundo, la humedad,
el frío de los inviernos, la sangre de las guerras y las ejecuciones,
los carnavales y las fiestas, el paso de payasos y milagreros,
el griterío alrededor de los arrancamuelas,
la invasión de moscos, ratas e insectos en verano
se sucedían cada año imponiendo su ritual novelesco.
 
Años después de la publicación por Victor Hugo
de Nuestra Señora de París, historia de Esmeralda y Quasimodo,
las autoridades derrumbaron el barrio insalubre de siglos
para abrirle espacios al templo,
que desde entonces reina solitario y central
en la explanada frente a la broncínea estatua ecuestre de Carlomagno.
 
Viollet-le-Duc remozó la Catedral a su gusto y capricho,
le puso la aguja cargada de apóstoles y santos, renovó gárgolas,
y respetando la enorme estructura casi milenaria de madera,
también conocida como El Bosque,
la techó con hojalatas impermeables de plomo
que desde entonces vieron nuevas generaciones
de románticos, parnasianos, simbolistas
y surrealistas hasta nuestros días.
 
Visto por detrás, desde la vecina isla San Luis,
el techo que a veces cobraba un color verdoso de antigüedad metálica
generaba calma y placidez en fieles y turistas
que acudían a verla, como si fuera el símbolo de una eternidad inefable,
una enorme gata, una esfinge impasible
que coronaba y daba estabilidad a la estructura pétrea.
 
Construida a lo largo de un siglo por cofradías de artesanos medievales
que de ciudad en ciudad iban por Europa creando moles incomprensibles
cantadas por poetas, registradas por pintores, estremecidas por organistas
y bendecidas y admiradas por reyes, emperadores, papas, cardenales y obispos,
la catedral parecía eterna.
 
Al igual que cuando Gargantúa se subió como King Kong
a las torres de Notre Dame en la novela de Rabelais,
el rumor se apoderó de la ciudad ese 15 de abril en la tarde,
cuando los noticieros de televisión mostraron en vivo
la insólita e increíble imagen de una humareda
sobrevolando la ciudad y cuyo origen era la intocable,
la invulnerable basílica de todos los tiempos.
 
En la barra del bistrot las especulaciones
surgían esa tarde entre los trabajadores de todos los orígenes
que a esa hora, cansados, piden una copa para desestresarse
después de una larga jornada de trabajo:
albañiles, barrenderos, choferes o enfermeros.
 
¿Un atentado yihadista?
¿Un episodio más de la guerra larvada de civilizaciones?
¿Otro capítulo más de la larga lista de atentados
en la ciudad donde fueron acribillados cientos de habitantes?
¿El anuncio de una guerra inminente?
¿La resurrección de aquella pregunta hitleriana de 70 años atrás: Arde París?
 
Vi la inmensa humareda cargada de plomo
como si fuera el fruto de una pesadilla
y después las llamas rojas, tizones ardientes
devorando la aguja y el techo de Notre Dame.
Caminé por las callejuelas adoquinadas hasta las riberas del Sena,
ya había caído la noche
y la aguja agregada por Viollet-le-Duc en el siglo XIX
se derrumbaba y se hundía sobre la bóveda del templo
con todo su peso y sus apóstoles de yeso.
Solo quedaban cenizas alrededor.
 
El bosque de mil añejas vigas de roble instaladas hacía ocho siglos
había desaparecido en unas horas.
Pasé los retenes de policía, bajé las escalinatas
y me coloqué debajo del arco de un puente medieval
que cruza uno de los brazos del río que rodea la isla
y desde donde se veía el templo por detrás
en todo su esplendor de fuego.
Las imágenes irreales, expresionistas, futuristas,
parecían pintadas por Goya, Ensor o Edward Munch.
 
Había ocurrido lo impensable.
Ya era hora de pedir un vino en la barra de un café,
a donde llegaban agitados los habitantes de la ciudad
que en romería no querían perderse el espectáculo.
También se reposaban allí por un momento
fotógrafos, camarógrafos, enamorados, poetas o curiosos.
A esas horas de medianoche la ciudad parecía de día.
 
Éramos testigos de otro episodio histórico,
como las impresionantes crecidas del Sena
que en abril amenazan con desbordarse e inundar todo,
casas, museos, archivos, escuelas, gimnasios.
 
Todo es historia en este museo-ciudad.
El tiempo nos aplasta y se vuelve circular.
Los fantasmas del pasado flotan con el humo en el aire.
Y allí en la barra estaba el poeta peruano Alejandro Calderón
y entre amigos tomamos otra copa de vino y otra más
brindando por la pervivencia de esta catedral en llamas
donde ardía de repente un milenio.
 
Paris, abril 2018-febrero 2021
 
* Poema incluido en la última colección aun inédita. Segundo aniversario del incendio de Notre Dame de París. Foto encontrada en la red.  

sábado, 10 de abril de 2021

LA ALGARABÍA RECURRENTE DEL 9 DE ABRIL

 

                                                    


 
La investigadora Olga L. González ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

 Por Eduardo García Aguilar
 
Cada 9 de abril muchos colombianos de diferentes bandos vuelven a referirse con pasión a la gran herida que significó el asesinato de Jorge Eliécer (1898-1948) y las consecuencias de la explosión popular y la violencia subsiguiente que se prolonga insaciable hasta nuestros días.

Pero la verdad es que salvo los investigadores que han trabajado desde las universidades los acontecimientos históricos con el rigor necesario, el resto de mortales nacimos, crecimos y vivimos en Colombia atados a unas imágenes recurrentes que incluyen el rostro del asesinado y la muchedumbre en medio de la destrucción del centro de Bogotá, mientras en el palacio presidencial los notables de ambos partidos dominantes negociaban insomnes la solución del desastre.

Junto al rostro del aun joven caudillo muerto, un mestizo de origen popular que estudió en Italia y fue brillante abogado o al lado del cuerpo del asesino Roa Sierra, arrastrado por las calles, nos asedian siempre las imágenes del impasible presidente Ospina Pérez y la fogosa primera dama pistola en cinto, la legendaria Berta Hernández, rodeados de políticos de traje y encorbatados, liberales y conservadores que negocian tras bambalinas encerrados allí, mientras la muchedumbre aúlla borracha por las calles cargada de machetes, cuando suenan afuera las descargas de las ametralladoreas y los fusiles y se desploman los cuerpos inertes desde las azoteas.

Terrible pesadilla aquella que sigue siendo una incógnita, pues como en todos los casos de magnicidios realizados en momentos estratégicos como esa Conferencia Panamericana que se realizaba en Bogotá y congregaba a centenares de representantes diplomáticos y espías, nunca sabremos cuales fuerzas oscuras e intereses estaban involucrados en la sombra. Lo cierto es que los hechos ocurrieron y fueron una especie de parteaguas cuyas consecuencias siguen vivas y ardientes en torno a un núcleo volcánico que siempre está listo a estallar de nuevo, tanto tiempo después, en pleno siglo XXI.

Lo que ocurrió en las dos décadas anteriores, desde la llegada de los liberales al poder con Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, después de una larga hegemonía conservadora, hasta la tragedia del 9 de abril, queda por estudiarse o exhumar de los documentos que yacen empolvados en las bibliotecas y hemerotecas.

La investigadora Olga L. Gozález ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

La investigadora se pregunta la razón por la cual la figura del trágico Gabriel Turbay fue sepultada en el olvido cuando se trataba también de un hombre joven que no pertenecía igual que Gaitán a las familias del establecimiento y quien como líder en el Congreso se destacó por su inteligencia, elocuencia y capacidad de organización. Nos recuerda que ambos, antes de cuplir 30 años de edad, fueron quienes abrieron el debate de la masacre de las bananeras y dieron vida a la actividad parlamentaria del país.

Es normal que la muerte trágica de Gaitán y su vistosa leyenda terminaran por aplastar la figura de ese líder joven de Bucaramanga de origen turco, quien tuvo que soportar durante la campaña como candidato oficialista liberal los ataques más atroces por su origen, de la misma forma que Gaitán fue insultado por ser mestizo y originario de un barrio popular bogotano, Las Cruces. Curiosa historia pues la de estos dos malogrados candidatos liberales, cuya división hundió al partido comandado por un gran aristócrata como Alfonso López Pumarejo, quien no se dignó tomar partido por ninguno de sus plebeyos discípulos.


Las exhumaciones de Olga L. González en las redes sobre Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, hermanos enemigos signados por la tragedia, me han trasladado de repente con una nostalgia insalvable a esos años de la infancia y adolescencia en que todos los colombianos lidiábamos con los fantasmas de la historia. Alguna vez mi padre, que era liberal, me dijo que él no había votado por Gaitán sino por Turbay, que era el candidato oficial. Y me imagino a ese padre entonces joven de 30 años ante la disyuntiva de la división de su partido, que los llevó a la derrota y a los sombríos años posteriores que vivieron.

Los politólogos escarban en los archivos y tratan de descifrar los acontecimientos políticos de esos años cruciales para Colombia. Y al mirar documentos, recortes de periódicos, al leer los libros de testigos e historiadores, no queda más remedio que reiterar que la politica colombiana es un circo de turbios intereses y acendrados egoísmos de narcisos, donde en fin de cuentas todos han salido perdiendo y los bandidos ganando. La política en el país es una interminable algarabía, una opereta de mala calidad, una riña de cuchilleros, que siete décadas después sigue igual de insondable e incomprensible.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de abril de 2021. La fotografías de Olga L. Gonzalez, Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, sacadas de la red web, carecen por el momento de autoría o @.



sábado, 3 de abril de 2021

LA LONGEVIDAD DE LOS POETAS

 

Por Eduardo García Aguilar

Siempre llega de manera ineluctable el día en que los poetas, hasta los más juveniles y rebeldes a quienes la vida les depara la longevidad, se ven abocados a petición de amigos o editores a reunir las llamadas obras completas o reunidas o a realizar las consabidas antologías personales. Es el momento de hacer un balance y cotejar todos los sucesivos instantes que dieron lugar a textos que son como huellas digitales de la vida.  

La primera sensación es de estupor al comprobar que el tiempo pasó rápido, pues por lo regular los poetas parecen por naturaleza conservar en su interior las llamas del espíritu infantil y juvenil y se sorprenden al verse atrapados en un cuerpo crepuscular que no se compagina de ninguna manera con sus locuras y delirios cerebrales ardientes.

Grandes poetas han muerto muy jóvenes como Rimbaud, José Asunción Silva, Apollinaire, García Lorca y Miguel Hernández, vencidos por la enfermedad, el vicio o exterminados por las guerras, pero una gran mayoría logra pasar las décadas para llegar impulsados por su alegría de ver y contar, de sentir y vibrar hasta las alturas cronológicas de una vida senecta.

En Colombia León de Greiff es tal vez uno de los mayores emblemas de lo que un poeta puede llegar a ser cuando desde los primeros y fértiles hervores poéticos logra sobrevivir dejando atrás a tantos desafortunados contemporáneos y con su rebeldía máxima reina en la senectud sobre el país riéndose de todo, fumando la misma pipa y luciendo la boína y la barbilla excéntrica en un mundo que lo venera a veces pero lo ve como un extraño que delira.

Tal ha sido el caso también de Jorge Luis Borges, quien ciego recorría el mundo acompañado por la joven Maria Kodama, sonriendo ante la vida ya octogenario y blandiendo sus ocurrencias ante interlocutores, periodistas o admiradores que acudían a escucharlo en masa en amplios salones o teatros, mientras burócratas y poderes se reñían por otorgarle honores que chocaban contra su incredulidad de sabio.

Entre los latinoamericanos el más longevo fue el matusalén chileno Nicanor Parra, quien murió a los 103 años y fue coronado  tardíamente con el Premio Cervantes, a cuyos honores no pudo acudir porque los médicos le prohibían subirse a los aviones y hacer viajes transatlánticos. Hasta el último instante Parra quitó solemnidad a la poesía con mayúsculas.

Igual ha sido el caso también de las nonagenarias uruguaya Ida Vitale (1923) y cubana Dulce Maria Loynaz (1902-1997), que recibieron el honor del Cervantes después de transcurrir ocultas casi un siglo dedicadas a la poesía y a mirar el mundo sin muchos aspavientos o aplausos, o el de Maruja Vieira (1922)  en Colombia, poeta que ha recibido hace poco su vacuna contra el virus y sigue observando la vida y el mundo y la vida con la lucidez que otorga la poesía y casi un siglo completo de vida.

Ungaretti, el italiano que nació en la cosmopolita Alejandría de Cavafis y Durrell, recibió con alegría a quienes celebraban sus ochenta años y en ningún momento dejó a un lado la lucidez de lo vivido para celebrar el suceso, que en su tiempo de guerras fue un milagro. Rodeado de libros, recuerdos, viajes, la mirada serena y la verdad profunda, el hermético modernizador de la poesía italiana nunca abandonó la sonrisa y la ironía.   

Los poetas a quienes la vida da el privilegio de la longevidad pueden mirar lo escrito a lo largo de las décadas como si cada uno de esos textos, desde los iniciales a los últimos, fueran escritos por diversos personajes de uno mismo, sucesivas concreciones de muñecas rusas que en su interior guardan infinitas versiones del mismo ser a través del tiempo. Como si pudiesen cavar en el gran pozo hasta llegar a otro lado, a un universo que sería el anverso caleidoscópico de su propia aventura.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 4 de abril de 2021.