sábado, 11 de septiembre de 2021
EL SILENCIO DE LOS QUIMBAYAS
sábado, 28 de agosto de 2021
ACTUALIDAD DE LA CARTA ESFÉRICA
jueves, 19 de agosto de 2021
POESÍA EN SÈTE
Por Eduardo
García Aguilar
Poetas de toda la cuenca mediterránea se congregaron la última semana de julio de 2021 en el puerto francés de Sète, convocados por le festival Voix Vives, Voces Vivas, considerado uno de los más importantes de Europa. Se reunían por primera vez después de largas temporadas de aislamiento provocadas por la pandemia.
Sète es un puerto que tiene la marca de los inmigrantes italianos que llegaron allí hace mucho tiempo e impregnaron de ambiente las callejuelas adosadas a la colina frente al mar. Nacieron aquí el gran poeta nacional francés Paul Valéry y el trovador y cantante George Brassens, glorias locales que son celebradas en cada esquina con orgullo por sus habitantes y están sepultados en dos camposantos con vista al mar.
Hoy es un importante centro de llegada y salida de mercancías hacia diversos rumbos del Mediterráneo y enormes embarcaciones provenientes de Africa llegan y salen cada día otorgando dinámica y vida al bello lugar. También es un centro turístico por su belleza, los festivales musicales y las fiestas que se realizan para homenajear a Brassens o Valéry, el autor del Cementerio marino. En todos los rincones y muros del intrincado puerto hay imágenes de los dos más famosos artistas nativos del lugar, y liceos, colegios, escuelas, bibliotecas, museos, llevan sus nombres.
domingo, 15 de agosto de 2021
RIMBAUD EN ABISINIA
Arthur Rimbaud (1854-1891) llegó en 1880 a un puerto del terrible Cuerno
de África, en el Mar Rojo, entre Arabia y Abisinia, bajo la asfixiante
canícula y allí fue encontrado casi agónico por compatriotas
exploradores que lo socorrieron y le ofrecieron trabajo. Llevaba años
errando por el mundo, Suecia, Bélgica, Holanda, Alemania, Gran Bretaña,
Chipre, Java, Zanzíbar, Egipto, Alejandría, muchas veces a pie y sin un
franco en la bolsa.
Algunas veces encontraba trabajo en un barco u otras hacía de albañil o
capataz, antes de partir de repente hacia otros rumbos, como si dentro
llevara la condena del viaje, el éxodo, la angustia de expiar un pecado o
buscar un espejismo lejano e insondable. Hacía ya rato, desde sus 21
años, había dejado para siempre la poesía, en la que se ejerció con
genialidad adolescente, llamando la atención de sus maestros y del poeta
Verlaine, con quien se trenzó en una relación autodestructiva marcada
por el alcohol y las drogas.
Después de ser recibido en París por los parnasianos y los cenáculos
literarios, quemó ante su familia en la finca de Roche unos ejemplares
de Una estación en el infierno, su primer libro, y con ellos fajos de
hojas con muchos poemas y prosas. Lo mismo había hecho en Londres y en
Bélgica, cuando invadido por su irascible temperamento y el “desarreglo
de todos los sentidos”, decidía botar a la basura lo escrito. Por eso de
su obra, conocida con carácter póstumo, solo resta una tercera
parte.
En unos cuantos años el adolescente de las “sandalias de viento” devoró
todos los libros de la Biblioteca municipal de Charleville y las de sus
maestros y tras obtener las mejores calificaciones ante la admiración
de todos abandonó los estudios y se dedicó al primer periplo bohemio,
iniciado con las fugas de casa y las tensiones con su madre Vitalie,
matriarca de dos varones y dos mujeres, abandonada por su marido el
capitán.
Pero cuando ya sus amigos lo daban por muerto o extraviado en algún
lugar del mundo, recaló por fin en Adén, “un volcán extinguido reseco y
rodeado por el desierto”, desde donde emprende el ascenso a Harar, el
lugar donde el empresario Bardey lo nombró capataz de la trilladora de
café a donde los campesinos de esas montañas llegaban con sus sucios
cargamentos del grano.
Todo eso lo cuenta Alain Borer en su magnífico libro Rimbaud en
Abisinia, una de esas obras que suelen escribir los jóvenes en la
plenitud de sus fuerzas para desentrañar a un escritor admirado al que
se le siguen sus huellas, como los paleontólogos las de dinosaurios e
ictiosaurios en las capas geológicas.
El autor recorre montañas y desiertos, sabanas y precipicios, conoce
las diferentes etnias enemigas, los conflictos entre cristianos e
islamistas, los atroces suplicios, la criminalidad, las terribles
costumbres de los aborígenes que castraban a los vencidos y lucían los
despojos sexuales entre sus adornos y ve las bellas, esbeltas mujeres
que recorren los mercados y las planicies cargando mercancías o agua,
cubiertas por coloridas y frescas prendas.
Y así poco a poco nos acercamos al misterio de Rimbaud, que en un
momento pensó hacer familia con una nativa a la que luego repudió y que
es descrito por exploradores y negociantes europeos como un hombre
árido, irascible y amargo, inteligentísimo, políglota y elocuente, pero
capaz de muchos silencios y de solidaridad con los pobres que encontraba
en sus largas empresas de meses y años tratando de hacer una fortuna
que nunca llegó, o que si llegó en parte, no alcanzó a disfrutar, porque
murió en Marsella en 1891 a los 37 años, después de que le amputaran la
pierna derecha.
Su decisión fue radical y abandonó la poesía y las ambiciones de gloria
adolescente buscando la vida real y concreta a decenas de miles de
kilómetros de su tierra natal. Traficó armas, imaginó el ferrocarril
etíope, aspiró a ser geógrafo y fotógrafo, pensó escribir libros de
viaje, pero nada concretó. Y nunca supo que se convertiría en uno de los
mitos de la literatura mundial. Ignoró que era el gran Arthur Rimbaud.
Su leyenda comenzó después de su muerte y quienes lo conocieron en
Abisinia se asombraron al descubrir que ese terco personaje leal y
complejo, les había ocultado su secreto.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 15 de agosto de 2021.
sábado, 17 de julio de 2021
LAS AVENTURAS DE RÉGIS DEBRAY
Por Eduardo García Aguilar
sábado, 10 de julio de 2021
LA CARCAJADA DE VOLTAIRE
En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en «átomos volando» como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.
sábado, 26 de junio de 2021
MEDIO SIGLO EN LA PATRIA
La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.
EL NADAÍSTA MARIO ESCOBAR ORTIZ FRENTE A LA CATEDRAL
Por Eduardo García Aguilar
Acabo de releer La piel condena los cuerpos del nadaísta manizaleño Mario Escobar Ortiz, fallecido en un accidente en 1991 a los 55 años después de haber ejercido el periodismo, el teatro y la literatura a fondo durante décadas y dirigido durante un momento el suplemento literario de este diario, denominado Paradiso, en homenaje a su admirado barroco cubano José Lezama Lima.
Lucía una larga melena, gafas negras y enormes, camisas floridas y pantalones de bota campana e iba de un lado para otro con sus inconfundibles carcajadas, agitado, nervioso, risueño, cumpliendo con todas la tareas que exige el diario, por lo cual fue imprescindible durante años en el periódico y tolerado con simpatía pese a ser todo lo contrario en actitud y moda a los hombres de aquella época, engominados, fumadores de pipa, enfundados siempre en trajes oscuros, chalecos y camisas blancas almidonadas atadas con sombrías corbatas.
En tiempos que parecen ahora más abiertos que los actuales y cuando llegaban de todo el mundo las corrientes más modernas de la música, el arte, el pensamiento y la literatura, Escobar Ortiz abría ventanas a las literaturas del mundo y del continente y además daba espacio a los escritores adolescentes que éramos entonces y lo buscábamos para ser publicados en el diario, cuando estaban allí Beatriz Zuluaga, Héctor Moreno y Óscar Jurado en la redacción y una pléyade de escritores de talento en las páginas de opinión, como Jorge Santander Arias.
El nadaísta Eduardo Escobar, que tiene excelente memoria, recuerda en reciente entrevista al amable personaje y destaca que este diario tuvo tal vez la más sólida página de opinión del país con una variedad de articulistas de alto nivel intelectual. Esos personajes encabezados por Santander Arias, Edgardo Salazar Santacoloma y Ebel Botero, entre otros, discurrían en los diversos cafés de la ciudad y se les veía caminar con sus libros debajo del brazo, como figuras dedicadas con total pasión a pensar, leer y escribir.
Esas presencias magistrales se inscribían en la tradición cultural de la ciudad, que tuvo en los años 30 la Editorial Zapata, casa privada que publicó en su momento a los más grandes autores del país como Fernando González, José Antonio Osorio Lizarazo, León de Greiff y muchos más. Además, la ciudad fue centro de la famosa generación greco-quimbaya, tan vilipendiada por los ignorantes que nunca se han atrevido a leer a esos autores, que no por ser derechistas, carecían de talento y se inscribían en una corriente continental filo
mussoliniana, en la que se destacaban Leopoldo Lugones en Argentina y José Vasconcelos y otros en México y que requerirían análisis y estudio de contexto, antes que ostracismo total.
El libro de Mario Escobar Ortiz, publicado en 1972 en la imprenta del diario con prólogo de Jorge Santander Arias, brincó hace poco de los archivos guardados, con la imagen de portada tomada de un cuadro sicodélico del autor e ilustraciones de Basto, donde se ve la figura del nadaísta en relación con las caóticas imágenes evocadas en ese texto experimental y desbocado que es un extraño grito de rebelión, escatológico e impertinente.
Santander Arias cumplió con generosidad la tarea de prologar el libro de aquel joven, aunque deja entrever en sus palabras la enorme distancia literaria que los separaba, pues el primero era un erudito lector clásico que debía mirar con estupor los experimentos del nadaísta, sus imprecaciones, el erotismo desbordado, su sicodelismo cannábico y los automatismos literarios surrealistas con que hizo gala en ese monólogo de un desquiciado sobre la cárcel de la piel. Sin duda para Santander como para muchos, aquel libro era un Objeto Literario No Indentificado, o sea un OLNI.
Lo bueno de Escobar Ortiz, quien tenía una columna diaria llamada Carlitos, es que ahí desmenuzaba sin piedad las colaboraciones que los adolescentes le enviábamos con la esperanza de ser publicadas o los artículos de los viejos pomposos que seguían escribiendo como en los tiempos del modernismo.
Yo fui víctima mortal de una de sus andanadas, cuando a los 15 años le envié un soneto que llevaba un título en latín, Sunt Lacrimae Rerum, que fue destrozado y burlado sin piedad en público en la primera vez que me asomaba a las letras de molde. Gracias a esa diatriba contra mis malísimos poemas, y muy sonrojado, pasé rápido a otras experimentaciones, que me dieron la posibilidad de ganar en serie muchos premios literarios intercolegiales.
Escobar Ortiz vivía desbocadamente la literatura pero sin la típica solemnidad reinante en Colombia, donde casi todos quieren escribir bonito y muy pocos se atreven a romper con todo, como ocurrió con el genial León de Greiff, cuya obra toda es también un genial Objeto Literario no Identificado.
Releer otra vez La piel condena los cuerpos de Mario Escobar Ortiz, ver su dedicatoria firmada en 1973, me comunica de nuevo con esa década loca donde se confirmaron tantas revoluciones recientes mientras crecía en prestigio el Festival Latinoamericano de Teatro que trajo a la ciudad a los más grandes desde Neruda y Miguel Ángel Asturias a Jerzy Grotowzky y una pléyade de teatreros, poetas locos y críticos literarios.
La ciudad era vigilada por la enorme Catedral, pero en cafés secretos y centros culturales bullía un mundo libre de estirpe durrelliana, mientras se oía la carcajada intermitente de Mario Escobar, un personaje literario colombiano inolvidable que merecería ser contado.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. Septiembre 8 de 2013.
sábado, 19 de junio de 2021
LA NOVELA APLASTADA POR LA REALIDAD
Por Eduardo García Aguilar
La observación se da entonces al azar, cuando algunos libros caen en sus manos y pueden de esa forma establecer tendencias de ese movimiento telúrico incesante, de la misma forma que los científicos analizan muestras mínimas de un inmenso yacimiento.
literaria necesita como los mejores vinos. Eso que don Gabriel, el colombiano de Aracataca, denominaba "la transposición poética de la realidad".
sábado, 12 de junio de 2021
VOLVER A FERNANDO CRUZ KRONFLY
Por Eduardo García Aguilar
sábado, 5 de junio de 2021
LA RESURRECCIÓN DE KEYNES
Por Eduardo García Aguilar
Me acuerdo del joven viceministro Gurría, quien nos recibía a algunos corresponsales extranjeros en su oficina del Palacio Nacional de la capital mexicana para explicar las nuevas políticas aplicadas por esa ambiciosa generación de economistas mexicanos dispuestos a dejar para siempre las viejas ideas del Partido Revolucionario Institucional y cambiarlas por las que estaban de moda en los tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: privatizar a ultranza, bajar los impuestos a los ricos, liberar la economía para que funcionara sola sin restricciones y reducir la intervención del Estado a lo mínimo. El pobre es pobre porque es bruto y no emprende, pensaban. Mientras más ricos sean los ricos mejor estarán los pobres, agregaban.
sábado, 15 de mayo de 2021
NAPOLEÓN BONAPARTE Y LAS ESTATUAS
domingo, 9 de mayo de 2021
LA OBRA DE VICENTE QUIRARTE
Vicente Quirarte (1954) ama las ballenas y la caligrafía y desde sus
años de infancia pasados en la vieja colonia Roma de la Ciudad de
México, donde creció al lado de los libros empastados que su padre
historiador acumulaba y amaba, se ha aplicado a sus pasiones mayores,
que son la poesía, la historia, la amistad, el amor y el ensayo, campo
en el que ha asediado con profundidad las obras de Luis Cernuda y
Gilberto Owen o el mundo de los vampiros.
Cada uno de sus libros, poco a poco, a lo largo de los años, han
caído gota a gota a mis manos y me han acompañado siempre. Se trata de
bellas ediciones, a veces confidenciales, como las salidas en los
Cuadernos del Caballo Verde de la Universidad Veracruzana, Los Libros
del Bicho de Premiá, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales
Acatlán, Cuarto Menguante, Ediciones Toledo o Cuadernos de Malinalco,
entre otras muchas pequeñas ediciones que se presentaban siempre con
entusiasmo y eran argumento propicio para salir a sitios inolvidables
del Centro Histórico, donde los escritores de una generación compartían
el transcurso del tiempo.
Muchas cosas terribles y maravillosas ocurrieron en México en esos
tiempos, como terremotos, incendios, explosiones, disturbios,
atardeceres, granizadas, ventiscas, fiestas, manifestaciones, asesinatos
políticos, masacres, revoluciones, decesos y nacimientos, pero
pareciera que los poetas nacidos en los 50, todos ellos tímidos y
discretos, se colaran oblicuos y en silencio por las hendijas geológicas
del altiplano, junto a los cerros y bajo la mirada de los volcanes,
para escribir el testimonio de esos vegetales, lágrimas, piedras, ecos o
entusiasmos y que a veces abrieran con fuerza las puertas de
inamovibles cavernas llenas de fuego, mares, sorpresas y mundos
inimaginables que conducen al otro lado de la tierra, a otras
civilizaciones y a otras poesías extraídas de milenios y crisoles
ardientes de palabras.
Pertenece Quirarte a una amplia generación de escritores mexicanos
nacidos a los años 50, que a finales de los 70 ya despertaban a la idea
de hacer una obra o ejercer para siempre un oficio tan peligroso como
la poesía. Hay en todos ellos desde sus inicios una profunda pasión por
explorar las enseñanzas de los maestros mexicanos vivos o muertos. A
veces se detenían en los modernistas, hasta saber de memoria la obra de
Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Porfirio Barba Jacob o Ramón
López Velarde.
Otras veces se dejaban llevar por la generación mexicana de Los
Contemporáneos, en bloque, desde Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia
hasta Salvador Novo, José Gorostiza, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. Y
de repente se detenían en los maestros vivos, esos viejos amigos que
como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Guillermo
Fernández u Octavio Paz, entre otros, les animaban a seguir en la locura
de hacer poesía y les decían que no era en vano el esfuerzo, porque la
poesía, como dice Quirarte, es «superior a la feria de vanidades» y se
«encuentra por encima de los combates de nuestro pequeño género
humano».
Y así los de su generación, a la que yo pertenezco, pero con la
marca indeleble de Los Andes, siempre caíamos y volvíamos a levantarnos
desde las cenizas, como cuando el terremoto terrible del 19 de
septiembre de 1985 estuvo a punto aniquilarnos y nos expulsó de la
famosa Casa de las Brujas de la Plaza de Río de Janeiro, uno de los
edificios más bellos de la ciudad, donde vivíamos felices pintores,
poetas, pianistas, cantantes, bibliómanos, actrices, danzarinas.
En el bello volumen Razones del Samurái están esos libros que yo vi
y leí en originales como Teatro sobre el viento armado, Calle Nuestra,
Vencer a la blancura, Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrecia Buti,
Puerta del verano, Bahía Magdalena, En ausencia de Aníbal Egea, El ángel
es Vampiro, El peatón es asunto de la lluvia.
Al recorrer esas páginas a medida que se acerca el nuevo solsticio
de verano, me encuentro con esa poesía impecable diáfana, sabia, de
Quirarte, que ha sido cincelada con las armas y las artes de la
rigurosa tradición mexicana. La lluvia y el viento de la ciudad vuelven
entonces con sus fantasmas y delirios, griterío de niños, llanto de
mujeres, libros viejos, objetos perdidos y oxidados, ruidos, aromas
florales, o sea el testimonio humano e intelectual de una generación
discreta, tímida y profunda que sigue buscando lo imposible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de mayo de 2021.











