Por Eduardo García Aguilar
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de enero de 2021.
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de enero de 2021.
El sol se aventura ya en las nórdicas tierras de Minneapolis y Saint Paul, ciuidades gemelas y vecinas que presiden el estado norteamericano de Minnessota, donde se origina el río Mississippi, arteria vital de Estados Unidos junto a la que ha transcurrido la vida a través de milenios desde los aborígenes que llegaron por el estrecho de Behring hasta los modernos de hoy que estudian, beben, juegan béisbol, votan por Obama y asisten a conciertos de Britney Spears y de todas las estrellas del rock, rap o pop provenientes desde todos los rincones del mundo.
Ahora que millones de humanos seguimos fieles al éxodo, en un largo
proceso de desplazamiento que se aceleró en las últimas décadas, es
pertinente explorar las modalidades en que el ser humano se diluye en la
diáspora o se exacerba en las islas del destierro. Por un lado se
difumina en la vivencia de otras culturas cercanas o lejanas, en la
penetración de los misterios del imaginario de otros países milenarios,
en la visualización incesante de otros íconos, ya sean de piedra o
huidizos como las imágenes televisivas de ceremoniales exóticos. Y a la
vez se exacerba cuando la infancia, la adolescencia y la juventud
fosilizan y adquieren contornos y esencias de una nueva mitología
particular, familiar o doméstica.
La tensión tectónica de esos dos procesos lleva a la conformación en
nosotros de ese extraño Frankenstein construido con pedazos de otros
códigos y ceremoniales, dentro del cual pugna el Minotauro del imposible
retorno. Porque al mismo tiempo que la « raizalidad» agoniza en la
integración del individuo a otros continentes exóticos, se agudiza el
dolor de la ausencia del país original, que ya ni siquiera es portátil y
se va volviendo tan extranjero o más que las playas, urbes, praderas y
pieles de los países o continentes del éxodo.
¿Dónde queda, pues, ahora, el extranjero? ¿En la patria abandonada o en
las patrias adquiridas a fuerza del éxodo? ¿Quién es más extranjero: el
nativo que retorna a deambular por sus parajes nativos o el forastero
que agota el asfalto de nuevas y luminosas metrópolis del Viejo y Nuevo
Mundo? Este extranjero profesional y eterno que se instala en la
movilidad no es más que la versión moderna del maravilloso judío errante
del que nos hablaban la abuela o la madre mientras tejían en salas y
corredores, bajo los aleros de las casonas de los Andes, como la extraña
y misteriosa figura que flotaba en la inminencia de su aparición y
partida.
El judío errante lleva sus pequeños bártulos colgando en una bolsa
raída, tiene una mirada agitada y extraviada, trae los cabellos
hirsutos, la barba siempre a medioterminar y las manos rugosas como sus
pies heridos y fatigados de tanto caminar por las trochas y caminos de
herradura. El judío errante tiene como patria única su errancia. Y a
diferencia de los que siempre se quedan en las pequeñas veredas
esperando la muerte sin salir jamas de allí, el judío errante lleva como
fardo una multitud de imágenes y voces, olores, texturas, sabores,
pieles, un fardo que se hace cada vez más pesado, bullicioso, caótico,
como si fuera un enorme y sacro monolito donde están inscritos todas las
leyes o anatemas, los oráculos encontrados, las premoniciones, las
catástrofes.
Toda gran literatura es de éxodo, de errancia, materia de juglares que
en sus andanzas acumulan experiencias e historias y tienen como función
darlas a conocer a los otros, por un instante, al calor del fuego. Así
surgieron los grandes libros sagrados de la India, el Oriente Medio y
América, como obras de quienes le dieron la vuelta al mundo y contaron
lo visto para que a su vez fuera relatado por otros, enriqueciéndose con
las falsificaciones o el perfeccionamiento de las estructuras
narrativas.
Las epopeyas, las biblias, las mejores piezas de teatro, las fábulas,
profecías y obras poéticas se forjaron en ese encuentro incesante de los
encantadores de serpientes y los cómicos con el alborotado público de
las barriadas famélicas. El mono volante y heroico del Ramayana,
Hanumán, que pervive hoy en cada mono libre de Calcuta o Benarés; la
figura emblemática de Sherezade; el profeta viajero que escribe
epístolas y va de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo llevando la
palabra divina; la historia del vellocino de oro; la loba que amamanta a
Rómulo y Remo; todos ellos surgieron de ese patio de los milagros o esa
plaza a donde llegaban los artistas viajeros con sus tambores,
chirimías y panderetas.
Allí también se forjó la búsqueda de eternidad. Porque el hombre
milenario no se contentaba con el relato de sus aventuras picarescas,
sino que establecía los puentes venideros con el más allá: así las
reencarnaciones de los Indios, el más allá momificado de los egipcios y
el cielo o el infierno de los cristianos tan bien descritos con lujo de
detalles en La Divina Comedia de Dante y el Paraíso Perdido de Milton.
En este caso la errancia no es de este mundo sino del otro, con
interminables círculos y abismos por donde caen raudos los ángeles
condenados. En su maravillosa abstracción estos mundos perfeccionan y
hacen aún más complejos los caminos y los laberintos del mundo conocido.
El más allá tiene palacios y paisajes aún más sorprendentes, flota
sobre nubes o espacios cósmicos y en su seno las atrocidades humanas se
perfeccionan, como las torturas y suplicios contados por Dante o Milton.
Las escandalosas escenas de Banana República vividas en Estados Unidos,
cuando partidarios racistas y supremacistas del presidente saliente
Donald Trump irrumpieron en el Capitolio y lo mancillaron al llamado de
su líder, representan un cierre trágico y chistoso de mandato para quien
durante cuatro años tuvo al mundo viajando en una montaña rusa que
pasaba de tobogán en tobogán por diversos castillos de espantos y de
monstruos.
El expresidente republicano Georges W. Bush fue quien utilizó el jueves
el término de Banana República en un mensaje de protesta contra lo
sucedido, al que siguieron decenas de comunicados de altos líderes
conservadores, republicanos, funcionarios renunciantes, ediles y jefes
de Estado de grandes potencias del mundo. Salones, oficinas, pasillos,
vestíbulos del llamado templo de la democracia, fueron tomados por
violentos individuos que llevaban banderas esclavistas, disfraces,
cachuchas, banderines y camisetas con el nombre de Donald Trump. Desde
hace dos siglos, en 1814, no ocurría un espectáculo de esa índole en el
sacrosanto lugar que ha sido el orgullo de la democracia estadounidense.
El vicepresidente Mike Pence, que durante el mandato siempre estuvo
callado y sumiso ante los desmanes de su jefe, optó por respetar la
Constitución y encabezó la reanudación de las sesiones al lado de la
jefa demócrata Nancy Pelosi, luego de que la Guardia Nacional logró
controlar Washington con un toque de queda.
Finalmente el Congreso en pleno ratificó los resultados electorales y
Joe Biden fue declarado presidente legítimo de la potencia mundial. Toda
la gran prensa norteamericana, conmovida, dedicó las primeras planas
del viernes a relatar los estropicios provocados por un individuo que
tiene problemas mentales y de comportamiento que lo llevaron a encender
el fuego autodestructivo, como sucedió con Nerón en Roma. Da miedo saber
que aun durante dos semanas tiene el poder de hundir el botón de las
armas atómicas.
Por la noche, lívido, furioso, Trump vio como se desgranaban una tras
otra las renuncias de muchos de sus estrechos colaboradores, que
saltaban del barco naufragado antes de quedar involucrados en lo que es
un delito: incitar a la muchedumbre a tomar el capitolio para tratar de
impedir la declaración oficial de Biden como presidente por parte de los
congresistas. El saldo fue de un oficial y cuatro manifestantes
muertos, decenas de heridos y detenidos. Las escenas difundidas en todo
el mundo muestran a la horda rompiendo los vidrios como en la noche de
los cristales rotos, perpetrada por los partidarios nazis de Hitler en
los tiempos sombríos de Alemania.
Para los expresidentes demócratas Bill Clinton y Barack Obama los actos
ocurridos el 6 de enero son sorprendentes, inesperados, aunque
previsibles. Cuando Trump obtuvo el triunfo frente a Hillary Clinton, el
presidente Obama respetuoso lo recibió en la Casa Blanca y le entregó
el poder sin problemas. Todos sus rivales asistieron a su poesión frente
al Capitolio.
La magnitud del daño histórico es enorme y con lo sucedido Estados
Unidos queda en la historia manchado por sucesos que creían solo
ocurrían en sus patios traseros, en los países donde dictadores y locos
de todo pelambre sumen a sus países en guerras intestinas y genocidios
por conservar a toda costa el poder o donde los congresos más parecen
circos y bazares que lugares de ley y decencia.
Los Angeles Times describe como el equipo de la Casa Blanca vio en
directo con estupor a Trump autoinmolándose por el orgullo y la vanidad
del niño rico derrotado, o sea cometiendo lo irreparable como en su
momento hizo en Rusia el borrachín Boris Yeltsin o en Uganda el caníbal
Idi Amin Dada y tantos otros en milenios de historia. El multimillonario
neoyorquino queda en los anales como el peor presidente de Estados
Unidos.
En la madrugada del viernes hubo al fin un final feliz en el Capitolio
de Washington, pero la inmensa tristeza reinó entre la gente sensata y
honesta del poder legislativo estadounidense. Al final Trump leyó un
documento que le escribieron los asesores para prevenir las indudables
consecuencias judiciales de sus actos insensatos. Pero como en los
tiempos de Roma, sus palabras solo son el eco del inevitable inicio de
la decadencia del Imperio. Medio país lo sigue como al flautista de
Hamelin hacia el precipicio.
--Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2021
Algunos analistas, incluso de izquierda, recordaron con nostalgia estos días su paso por el poder, ya que desde la moderación que era la suya se abrió a los cambios y no retrocedió al promover a través de su ministra Simone Veil cambios fundamentales para la condición de la mujer, entre otras medidas de progreso.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre de 2020.
Este fin de semana el diario francés Le Monde publica una extensa entrevista de Nicolas Truong con el filósofo Edgar Morin, quien a unos meses de cumplir cien años de edad en julio próximo sigue tan lúcido y ágil como siempre, tratando de comprender los problemas de nuestro tiempo y en especial los de este año excepcional marcado por la pandemia y una crisis mundial generalizada que alberga incertidumbres y peligros.
"Estamos efectivamente en una crisis planetaria gigante, a la vez biológica, económica, civilizacional y antropológica, que afecta a todas las naciones y a toda la humanidad", afirma Morin, quien advierte sobre la posibilidad de que se desencadenen "guerras de nuevo tipo" en el marco de una "regresión" caracterizada por "sistemas posdemocráticos con múltiples medios de control de los individuos".
Morin habla con la solidez que le da la experiencia de haber experimentado muy joven las angustias de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando el mundo entró en una espiral caótica de nacionalismos, xenofobia, fanatismo, intolerancia, que nutrieron a los leviatanes de los totalitarismos de izquierda y derecha vislumbrados por el gran George Orwell en su obra 1984 y otros autores de ese tiempo.
Como todos los de su generación, Morin se vio involucrado en los movimientos políticos de la época y experimentó como muchos crisis existenciales y de pensamiento, ilusiones y desilusiones, momentos de militancia durante la ocupación alemana y también episodios de liberación e insurrección personal, pero siempre estuvo alerta a la crítica y a la autocrítica, elementos básicos de su vasta obra metodológica y pedagógica.
"Desde hace décadas yo trato de resistir a dos barbaries aparentemente opuestas: la barbarie que viene del fondo de los tiempos históricos, la del odio, la dominación y el desprecio y la barbarie fría y helada de nuestra civilización, la de la hegemonía del beneficio desenfrenado y el cálculo", añade en esta charla donde se refiere a la coyuntura actual en Estados Unidos, el auge del fanatismo religioso yihadista y el surgimiento en los países democráticos de hombres providenciales que se benefician en estos tiempos de ríos revueltos, frustración económica, velocidad informativa en las redes sociales y auge de las postverdades.
Tuve la fortuna de que a mi madre Cleo le encantara el cine y me llevara con frecuencia a acompañarla a ver películas inolvidables, entre ellas Orfeo Negro, de Marcel Camus, basada en una pieza teatral de Vinicius de Moraes, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1959, se ha convertido en un mito cinematográfico sobre el Carnaval de Río y contribuyó a la difusión mundial de la bossa nova, ya que la música estaba compuesta en parte por el gran Antonio Carlos Jobim.
Aquella película, a la que asistimos con una amiga suya y su hijo, se proyectaba en el famoso Teatro Olympia, una de las más importantes joyas arquitectónicas de Manizales, que fue demolida después. Tal fue la impresión de comunicarme a tan temprana edad con ese exótico mundo onírico y trágico acompañado por la pegajosa samba popular brasilera, que durante mucho tiempo me acordé de algunas escenas de la película, sus melodías y la atmósfera que reinaba en aquel majestuoso teatro de amplia platea y varios pisos circulares donde se proyectaron los clásicos de aquellas décadas.
Por Eduardo García Aguilar
Foto @ Lourdes Almeida*
Varios amigos y conocidos de mi generación con quienes compartí lustros
de actividad literaria y periodística en México durante un espléndido
momento cultural de ese país, han sido impactados recientemente por la
pandemia y desparecido, causando conmoción entre quienes los conocimos.
El novelista Luis Zapata, el pintor Arturo Rivera, los poetas y
ensayistas Arturo Trejo Villafuerte y José Fracisco Conde Ortega, son
apenas algunos de los nombres que se han despedido en estas semanas.
El jueves de nuevo la enfermedad se llevó a mi amigo el estadounidense
Sandro Cohen, poeta y editor, a quien conocí poco después de desembarcar
en la enorme Ciudad de México. La vida es una novela llena de sorpresas
y argumentos que tienen desenlaces imprevistos, como si todos fuésemos
criaturas de una ficción inagotable poblada de caleidoscopios de dolor y
afecto, sorpresa y abatimiento, locura, creación y silencio.
Cohen era un caso muy especial. Nacido en septiembre de 1953 en Nueva
Jersey, había llegado a los 19 años a México para proseguir sus estudios
de letras hispanas en la UNAM y se enamoró tanto de México que se quedó
y se convirtió en uno de los mejores conocedores de una lengua que no
era la materna, como lo prueba su exitoso libro Redacción sin dolor.
Poeta talentoso, fue director en las editoriales Planeta y Nueva Imagen y
creó la bella editorial Colibrí, donde me publicó Tequila coxis.
Lo vi crecer como poeta en sus primeras lecturas bajo la mirada cómplice
de Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes y fui testigo de su
encuentro con la bella y jovencísima Josefina Estrada, animadora de las
actividades literarias del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). En
ese contexto compartí con Cohen muchas aventuras, que incluían sus
felices pasos y caminatas inagotables por París. Lo venció
prematuramente la covid-19 como a tantos otros en México, en estos
tiempos extraños, pero su huella quedará para siempre como una estela de
alegría, amistad panamericana, generosidad y pasión por las palabras.
Todas esos amigos y otros muchos como Guillermo Samperio y Daniel Sada,
para mencionar solo a dos excelentes narradores cercanos que se
anticiparon a la pandemia, hacen parte de una generación muy rica de
amantes mexicanos de la literatura, la edición, el vino, y la
publicación de libros y revistas como ejercicio de apertura de caminos.
Quiso el destino que recién llegado a la Ciudad de México ganara un
concurso de cuento convocado por Los otros editores y la editorial El
Tucán de Virginia, dirigida entonces por Samperio y que en la fiesta de
la premiación, celebrada un día de diciembre en una galería de la
Glorieta insurgentes, estuvieran presentes todos esos jóvenes que desde
entonces frecuenté y se convirtieron en amigos y hermanos y cómplices de
aventuras periodísticas, vitales y editoriales.
En una de aquellas noches vi como el joven “gringo” Sandro Cohen quedaba
flechado por Josefina, quien mucho después escribió después una vasta obra narrativa e incluso un libro sobre la vida de
las cárceles de mujeres en Colombia. La literatura de México vivía
entonces en la década de los 80 uno de sus momentos más fructíferos.
Estaban vivas aun todas las glorias del país, encabezadas por Juan
Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro y Carlos Fuentes. García Márquez estaba a
punto de ganar el Premio Nobel, Álvaro Mutis escribía la saga de
Maqroll el Gaviero. Otros latinoamericanos como Augusto Monterroso,
Manuel Puig, Ida Vitale, Hugo Gola, Noé Jitrik y decenas de
sudamericanos exiliados, ensayistas, cineastas, filósofos, científicos,
participaban en el intenso fragor cultural de la ciudad.
Los periódicos tenían amplios suplementos literarios y páginas
culturales. Proliferaban los festivales internacionales de poesía que
reunían cada año a figuras del continente y el mundo. Las editoriales
promovidas por el Estado publicaban millones de libros en colecciones de
todo tipo y se otorgaban becas y premios generosos en todos los
géneros. Se ampliaban los museos y se descubrían nuevas pirámides.
Y en ese ambiente incesante de prosperidad coincidíamos en
presentaciones de libros, redacciones de periódicos, cócteles de
exposiciones, congresos en provincia y en homenajes a Juan Rulfo,
Octavio Paz o recepciones multitudinarias a Jorge Luis Borges, así como
en los más agitados sitios de salsa, mambo, danzón o en los antros de
rock que daban energía a la vida de las artes, las letras y el
pensamiento de México. Sandro y los amigos se van poco a poco, se
anticipan, pero gracias a la literatura se quedan aquí como los
colibríes que pueblan los jardines del mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de noviembre de 2020.
* Excelente toma de la gran fotógrafa mexicana Lourdes Almeida, contemporánea de Sandro Cohen y conocida en el mundo entero a través de más de un centenar de exposiciones. Esta foto la publicó este lunes 11 de nociembre de 2020 en una entrada en Facebook para referirse a la partida de Sandro. No sé la fecha de la foto, pero debe ser tomada a comienzos o a mediados de los años 80 del siglo pasado. Es una de las mejores instantáneas que he visto de Sandro y es normal, conociendo el lente, el ojo, el talento de Lourdes Almeida.