viernes, 27 de noviembre de 2020

EDGAR MORIN Y LOS RETOS DEL SIGLO


Por Eduardo García Aguilar
 

Este fin de semana el diario francés Le Monde publica una extensa entrevista de Nicolas Truong con el filósofo Edgar Morin, quien a unos meses de cumplir cien años de edad en julio próximo sigue tan lúcido y ágil como siempre, tratando de comprender los problemas de nuestro tiempo y en especial los de este año excepcional marcado por la pandemia y una crisis mundial generalizada que alberga incertidumbres y peligros. 

"Estamos efectivamente en una crisis planetaria gigante, a la vez biológica, económica, civilizacional y antropológica, que afecta a todas las naciones y a toda la humanidad", afirma Morin, quien advierte sobre la posibilidad de que se desencadenen "guerras de nuevo tipo" en el marco de una "regresión" caracterizada por "sistemas posdemocráticos con múltiples medios de control de los individuos". 

Morin habla con la solidez que le da la experiencia de haber experimentado muy joven las angustias de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando el mundo entró en una espiral caótica de nacionalismos, xenofobia, fanatismo, intolerancia, que nutrieron a los leviatanes de los totalitarismos de izquierda y derecha vislumbrados por el gran George Orwell en su obra 1984 y otros autores de ese tiempo.

Como todos los de su generación, Morin se vio involucrado en los movimientos políticos de la época y experimentó como muchos crisis existenciales y de pensamiento, ilusiones y desilusiones, momentos de militancia durante la ocupación alemana y también episodios de liberación e insurrección personal, pero siempre estuvo alerta a la crítica y a la autocrítica, elementos básicos de su vasta obra metodológica y pedagógica.  

"Desde hace décadas yo trato de resistir a dos barbaries aparentemente opuestas: la barbarie que viene del fondo de los tiempos históricos, la del odio, la dominación y el desprecio y la barbarie fría y helada de nuestra civilización, la de la hegemonía del beneficio desenfrenado y el cálculo", añade en esta charla donde se refiere a la coyuntura actual en Estados Unidos, el auge del fanatismo religioso yihadista y el surgimiento en los países democráticos de hombres providenciales que se benefician en estos tiempos de ríos revueltos, frustración económica, velocidad informativa en las redes sociales y auge de las postverdades.

La lucidez de Morin es admirable y da gusto saber que los 99 años, desde su nueva casa en la soleada de Montpellier, cerca del Mediterráneo, sigue brindándonos con su elocuencia elementos para tratar de entender es
tos tiempos confusos donde algunos filósofos, analistas y opinadores de todo pelambre generan con su histeria maniquea aun más tensiones en sociedades divididas y encarnizadas entre posiciones emocionales que no admiten matices ni exposición serena de las ideas.
 
Cuando lo visité en su casa de Normandía en agosto de 2007 tuve la alegría de constatar su admirable lucidez. Recorrimos el pueblo donde tenía entonces su casa de campo. Fue por mí y me llevó de regreso a la estación en su pequeño vehículo. Me contó su relación con André Breton y los surrealistas, sus tentaciones poéticas, y hablamos largo de sus tiempos de California, cuando fue testigo de aquellos magníficos cambios culturales de postguerra que auguraban el advenimiento de tiempos más prósperos, tolerantes y modernos.
 
También hubo tiempo para abordar con Morin en el amplio salón y biblioteca de esa casa, al calor de unos tequilas, los asuntos latinoamericananos, ya que conoce muy bien la región y la ha visitado muchas veces. Se refirió a ese choque brutal entre dos mundos que significó la conquista y la colonia española, temas que lo fascinan y lo llevan a reflexionar sobre el significado de aquellas grandes civilizaciones prehispánicas desaparecidas y los retos políticos y sociales de ese gran continente en permanente ebullición.
 
No hay duda alguna de que quienes dedican la vida al arte y el pensamiento, a las letras y a la reflexión permanente, parecen nutridos e impulsados por una energía increíble que los convierte en jóvenes permanentes y los lleva muchas veces a la longevidad, como ocurre con tantos artistas plásticos, filósofos, poetas. Aquella charla en su casa la menciona en su Diario (1992-2010), publicado en dos volúmenes, donde me califica de "escritor mexicano", lo que es cierto, pues soy también mexicano de corazón, pero también manizaleño, parisino y sobre todo terrícola, de la bella galaxia Vía Láctea.
 
Ahora me entusiasma leer esta larga charla con motivo de la aparición de su último libro, Cambiemos de vida. Las lecciones del coronavirus, donde trata de pensar lo que vendrá después de este extraño año 2020. Leer a Morin, al borde de convertirse en centenario, es un estímulo para seguir pensando con entusiasmo y optimismo sobre los arcanos de la vida individual y la aventura de la humanidad que seguirá poblando este planeta. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de noviembre de 2020


sábado, 14 de noviembre de 2020

LOS MILAGROS DE ORFEO NEGRO



Por Eduardo García Aguilar

Tuve la fortuna de que a mi madre Cleo le encantara el cine y me llevara con frecuencia a acompañarla a ver películas inolvidables, entre ellas Orfeo Negro, de Marcel Camus, basada en una pieza teatral de Vinicius de Moraes, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1959, se ha convertido en un mito cinematográfico sobre el Carnaval de Río y contribuyó a la difusión mundial de la bossa nova, ya que la música estaba compuesta en parte por el gran Antonio Carlos Jobim.  

Aquella película, a la que asistimos con una amiga suya y su hijo, se proyectaba en el famoso Teatro Olympia, una de las más importantes joyas arquitectónicas de Manizales, que fue demolida después. Tal fue la impresión de comunicarme a tan temprana edad con ese exótico mundo onírico y trágico acompañado por la pegajosa samba popular brasilera, que durante mucho tiempo me acordé de algunas escenas de la película, sus melodías y la atmósfera que reinaba en aquel majestuoso teatro de amplia platea y varios pisos circulares donde se proyectaron los clásicos de aquellas décadas.

En esa enorme pantalla los jóvenes de varias generaciones locales vieron películas donde actuaban estrellas de los tiempos de Marlene Dietrich, Bette Davis y Rita Hayworth, pasando por los de Lauren Bacall y Humphrey Bogart, hasta los de Sofia Loren, Raquel Welch, Marcelo Mastroiani, Gina Lollobrigida y Monica Vitti. En esos tiempos la ciudad estaba dotada de grandes teatros como el Olympia, Caldas, Colombia, Cumanday, Manizales y el recién construido y fabuloso Teatro Fundadores, donde vi con ella Gran Prix, protagonizada por Yves Montand.
 
Cada sala de cine dejó una marca indeleble. En el Cumanday vi adolescente la magnífica Blow Up de Michelangelo Antonioni, basada en un cuento de Julio Cortázar, que significaría un parteaguas vital y literario. En el Cine Colombia asistí a películas de Elvis Presley, del cómico genial Jerry Lewis y una serie de filmes de viajes espaciales que estaban de moda en los tiempos de la llegada del hombre a la luna y  proyectaban en las matinés y las largas tardes de los sábados. En el Caldas me marcó Ayer hoy y mañana con Sofía Loren y en el Manizales, mucho antes, El ladrón de Bagdad.
 
Pero Orfeo negro se convirtió en una especie de "magdalena" proustiana personal y muchas veces me crucé con las melodías centrales de aquel filme, por lo que he sido siempre seguidor incondicioanl de Jobim, ya sea solo o acompañado por Joao Gilberto, Vinicius de Moraes, Toquinho o Elis Regina. El culmen de esa afición por la bossa nova llegó cuando a lso 23 años viví un semestre de otoño e invierno en un apartamento amoblado de la calle Pigalle, que me había dejado mi amigo Philippe Martellet con una colección discográfica de bossa nova que escuchaba sin cesar y me convirtió casi en experto.
  
Antes de la irrupción del Covid 19 en el mundo volví a reencontrarme con Orfeo Negro en el cine Champollion de la rue des Ecoles, donde se presentan películas clásicas restauradas y acuden estudiantes del barrio latino que hacen largas colas bajo la llovizna cuando la ciudad no está confinada o bajo toque de queda por el virus. Esta vez obsequiaban un pequeño afiche orginal de la película y la sala estaba llena a reventar. Los meandros de las favelas de Rio de Janeiro, el clímax carnavalesco de la tarde, la oscuridad de la noche, la pasión, el amor y la muerte volvían entre las luces agónicas de la fiesta.

Orfeo negro no solo es la película mítica, un clásico que cuenta la tragedia de Orfeo y Eurídice, sino que en ella, en un instante mágico, confluyen como por milagro todos los futuros protagonistas de esa ola musical que se adueñó del mundo y hoy sigue viva. Vinicius de Moraes, quien con Jobim hizo La chica de Ipanema, fue un diplomático de talento y poeta moderno que figura ya en el canon de la poesía latinoamericana del siglo XX. Retirado de su actividad diplomática, terminó convirténdose en un cantante de moda, acompañado por los más talentosos músicos de su tiempo.

Como todo instante iniciático, ir con la madre al no menos mítico Teatro Olympia a ver esta película fue como abrir una serie de ventanas al arte, al teatro griego, a la música popular, a la noche, al deseo, a la fiesta y al amor contrariado que alimenta todas las tragedias literarias y reales de la existencia. Producida con dificultades, la película de Camus nunca dejó de dar sorpresas e hizo milagros. Cuando descubrieron que Breno Mello, el actor que interpretó a Orfeo, vivía pobre y olvidado en Porto Alegre, lo invitaron a Cannes, medio siglo después, para celebrar la gloria del filme. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de noviembre de 2020.    

lunes, 9 de noviembre de 2020

SANDRO COHEN Y LOS COLIBRÍES

 Por Eduardo García Aguilar

Foto @ Lourdes Almeida*

Varios amigos y conocidos de mi generación con quienes compartí lustros de actividad literaria y periodística en México durante un espléndido momento cultural de ese país, han sido impactados recientemente por la pandemia y desparecido, causando conmoción entre quienes los conocimos. El novelista Luis Zapata, el pintor Arturo Rivera, los poetas y ensayistas Arturo Trejo Villafuerte y José Fracisco Conde Ortega, son apenas algunos de los nombres que se han despedido en estas semanas.
El jueves de nuevo la enfermedad se llevó a mi amigo el estadounidense Sandro Cohen, poeta y editor, a quien conocí poco después de desembarcar en la enorme Ciudad de México. La vida es una novela llena de sorpresas y argumentos que tienen desenlaces imprevistos, como si todos fuésemos criaturas de una ficción inagotable poblada de caleidoscopios de dolor y afecto, sorpresa y abatimiento, locura, creación y silencio.
Cohen era un caso muy especial. Nacido en septiembre de 1953 en Nueva Jersey, había llegado a los 19 años a México para proseguir sus estudios de letras hispanas en la UNAM y se enamoró tanto de México que se quedó y se convirtió en uno de los mejores conocedores de una lengua que no era la materna, como lo prueba su exitoso libro Redacción sin dolor. Poeta talentoso, fue director en las editoriales Planeta y Nueva Imagen y creó la bella editorial Colibrí, donde me publicó Tequila coxis.
Lo vi crecer como poeta en sus primeras lecturas bajo la mirada cómplice de Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes y fui testigo de su encuentro con la bella y jovencísima Josefina Estrada, animadora de las actividades literarias del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). En ese contexto compartí con Cohen muchas aventuras, que incluían sus felices pasos y caminatas inagotables por París. Lo venció prematuramente la covid-19 como a tantos otros en México, en estos tiempos extraños, pero su huella quedará para siempre como una estela de alegría, amistad panamericana, generosidad y pasión por las palabras. 
Todas esos amigos y otros muchos como Guillermo Samperio y Daniel Sada, para mencionar solo a dos excelentes narradores cercanos que se anticiparon a la pandemia, hacen parte de una generación muy rica de amantes mexicanos de la literatura, la edición, el vino, y la publicación de libros y revistas como ejercicio de apertura de caminos.
Quiso el destino que recién llegado a la Ciudad de México ganara un concurso de cuento convocado por Los otros editores y la editorial El Tucán de Virginia, dirigida entonces por Samperio y que en la fiesta de la premiación, celebrada un día de diciembre en una galería de la Glorieta insurgentes, estuvieran presentes todos esos jóvenes que desde entonces frecuenté y se convirtieron en amigos y hermanos y cómplices de aventuras periodísticas, vitales y editoriales. 
En una de aquellas noches vi como el joven “gringo” Sandro Cohen quedaba flechado por Josefina, quien mucho después escribió después una vasta obra narrativa e incluso un libro sobre la vida de las cárceles de mujeres en Colombia. La literatura de México vivía entonces en la década de los 80 uno de sus momentos más fructíferos. Estaban vivas aun todas las glorias del país, encabezadas por Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro y Carlos Fuentes. García Márquez estaba a punto de ganar el Premio Nobel, Álvaro Mutis escribía la saga de Maqroll el Gaviero. Otros latinoamericanos como Augusto Monterroso, Manuel Puig, Ida Vitale, Hugo Gola, Noé Jitrik y decenas de sudamericanos exiliados, ensayistas, cineastas, filósofos, científicos, participaban en el intenso fragor cultural de la ciudad. 
Los periódicos tenían amplios suplementos literarios y páginas culturales. Proliferaban los festivales internacionales de poesía que reunían cada año a figuras del continente y el mundo. Las editoriales promovidas por el Estado publicaban millones de libros en colecciones de todo tipo y se otorgaban becas y premios generosos en todos los géneros. Se ampliaban los museos y se descubrían nuevas pirámides.
Y en ese ambiente incesante de prosperidad coincidíamos en presentaciones de libros, redacciones de periódicos, cócteles de exposiciones, congresos en provincia y en homenajes a Juan Rulfo, Octavio Paz o recepciones multitudinarias a Jorge Luis Borges, así como en los más agitados sitios de salsa, mambo, danzón o en los antros de rock que daban energía a la vida de las artes, las letras y el pensamiento de México. Sandro y los amigos se van poco a poco, se anticipan, pero gracias a la literatura se quedan aquí como los colibríes que pueblan los jardines del mundo. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de noviembre de 2020. 

* Excelente toma de la gran fotógrafa mexicana Lourdes Almeida, contemporánea de Sandro Cohen y conocida en el mundo entero a través de más de un centenar de exposiciones. Esta foto la publicó este lunes 11 de nociembre de 2020 en una entrada en Facebook para referirse a la partida de Sandro. No sé la fecha de la foto, pero debe ser tomada a comienzos o a mediados de los años 80 del siglo pasado. Es una de las mejores instantáneas que he visto de Sandro y es normal, conociendo el lente, el ojo, el talento de Lourdes Almeida.   

domingo, 1 de noviembre de 2020

EL HALLOWEEN PLANETARIO

 


Por Eduardo García Aguilar

A la población mundial ya no le queda más remedio que celebrar de manera lúdica y feliz esta semana las fiestas de Halloween o de los muertos en sus diversos estilos y versiones culturales, como representaciones metafóricas que conjuran los miedos que acechan a la humanidad entera. Guerras terribles por allá, pandemia por aquí, crímenes y asesinatos acullá, terremotos lejanos, hambre y miseria en la mitad del planeta, contaminación, deudas, déficits, enfermedades, odio político e ideológico, convierten a estos tiempos en un verdadero Halloween planetario.
   
Al concluir la segunda década del siglo XXI ya queda muy claro para todos que el mundo va de mal en peor. En Europa muchos huyen en sus carros hacia la provincia por carreteras atestadas antes de que se impongan nuevos confinamientos en las metrópolis que pueden extenderse por meses y otros aceptan con resignación encerrarse en sus apartamentos frente avenidas y calles vacías, a escuchar los noticieros de televisión con su rosario de payasadas y desgracias.  

Pero para consuelo de todos los contemporáneos, hay que reconocer que desde que apareció en este planeta la humanidad ha estado siempre en crisis y tal vez en otros tiempos las atrocidades cometidas por el Homo Sapiens fueron aun peores que las de la actualidad, solo que en aquellos tiempos no existía prensa, televisión, redes sociales y teléfonos celulares que difunden al instante los sucesos, desencadenando reacciones rápidas de histeria planetaria.

Nadie se enteró en su tiempo y al instante de los crímenes de Vlad el empalador o la Condesa Bathor, ni supo de las masacres ocurridas en las guerras practicadas por todas las civilizaciones que, a nombre ídolos, reyes, emperadores, sultanes, príncipes, banderas, han sembrado la muerte en Medio Oriente, Asia, África, América y llenado la tierra de fosas comunes que mucho tiempo después descubren arqueólogos y comentan historiadores. Esos hechos tardaron siglos en difundirse como mitos o libros clásicos como la Ilíada de Homero o la Guerra y la paz de Tolstoi.

En su afán por controlar territorios y riquezas y despojar a los otros, los ejércitos de los sátrapas han desplazado en todas partes a sangre y fuego a la población inerme para imponer la ley de sus amos y ampliar su dominio. Así los líderes terrenales usaron al Islam y a otras religiones para extenderse rápidamente por el mundo a nombre de guerras santas, reemplazadas luego por ideologías, brujos y caudillos que prometen siempre la felicidad futura de la humanidad.   

En el siglo XX hubo la esperanza de que el fanatismo ideológico y religioso disminuiría, pero el siglo XXI ha probado lo contrario. Desde las guerras de Irak y Afganistán y la caída de las Torres gemelas de Nueva York, el globo visto desde lejos se ve salpicado de incendios y conflagraciones. Por donde se mire hay países devastados por las guerras o agitados por los culebreros de la política y las sectas.

Ni siquiera las capitales occidentales se salvan de ese escozor permanente. Aquí en la patria de los derechos humanos y de la estable democracia, un joven yihadista checheno manipulado por las redes y utilizado por iluminados de su confesión degolló a un amable maestro por hablar en clase de educación cívica sobre la libertad de expresión y mostrar las caricaturas de Mahoma publicadas por la revista satírica Charlie Hebdo. 

Durante el homenaje al joven maestro asesinado, celebrado en la sede de la milenaria Universidad de la Sorbona, el presidente de Francia defendió la libertad de expresión, la laicidad y el trabajo de los caricaturistas y de inmediato irresponsables líderes incendiaron el mundo musulmán acusándolo de todos los males e incitando a la venganza contra Francia. Desde entonces la pulsión de matar a cuchillo en las iglesias y calles de Occidente extendió como pólvora.

Esta semana en Niza un muchacho magrebí degolló a una anciana, mató a una adorable brasileña ex danzarina de samba y a un sacristán benévolo que rezaban en una iglesia. No es la primera vez que ocurre este tipo de crímenes yihadistas, pero la conmoción fue mayor. En el metro, en cualquier esquina, en un parque, puede uno ser degollado ahora de repente por un desconocido.

La historia viene ya de largo con las condenas de muerte declaradas hace décadas por los ayatolás contra el escritor Salman Rushdie y caricaturistas de varios países europeos y los sucesivos atentados sangrientos en París ocurridos desde 2015 y que ya son incontables, con saldo de centenares de muertos.

¿Además de la pandemia nos acercamos a una nueva guerra santa como las de la Edad Media? Por favor, que los líderes religiosos, económicos, militares y políticos del mundo se reúnan con urgencia en una cumbre y traten de conjurar esta deriva terrible del Halloween planetario provocada por ellos, bajando el tono a sus diatribas delirantes antes de que sea tarde.
 
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La Patria. Manizales. Colombia. 1 de noviembre de 2020.

domingo, 25 de octubre de 2020

EL GRITO MILENARIO DE LOS OLMECAS


Por Eduardo García Aguilar

Muchas sombras y oscuridad hay aun sobre las grandes civilizaciones amerindias que poblaron el continente durante largos milenios y solo una ínfima parte de sus huellas han llegado hasta nosotros, rescatadas por el trabajo infatigable, paciente y lento de exploradores y arqueólogos en territorios hostiles cubiertos por la jungla.

Por eso los Olmecas del Golfo de México comienzan apenas a emerger después de un siglo de exploraciones como una de las más antiguas y fascinantes aventuras humanas, cuyo inicio se da 1.700 años antes de nuestra era, lo que los hace contemporáneos de Egipto y otras grandes culturas de Oriente Medio y Asia. 
 
Hicieron las primeras pirámides en la parte norte del continente, tuvieron astronomía y escritura jeroglífica, dejaron estelas y grandes monolitos, colocaron los cimientos de otras civilizaciones como toltecas y mayas, e irradiaron su arte e ideología en toda Mesoamérica. Antes que ellos, la civilización peruana Caral construyó pirámides más de un milenio antes en la parte sur del continente.

En varios viajes de enormes aviones de carga, México y Francia lograron trasladar centenares de figuras y objetos, de unas 20 toneladas de peso, que nunca habían cruzado el Atlántico, para la exposición Los Olmecas y las culturas del Golfo de México que acaba de ser inaugurada este octubre en el Museo del Quai Branly-Jacques Chirac, especializado en las civilizaciones de América, Oceanía, Africa y Asia y que ha producido a lo largo de estas dos décadas exposiciones claves sobre Teotihuacán en 2009, los Mayas en 2014 y el Perú antes de los Incas en 2017.

La exposición nos recibe con una de esas cabezas olmecas monumentales y varias pesadas figuras de felinos y guerreros que adornaban templos, así como estilizadas esculturas de jade, sigue con estelas pobladas de signos que apenas se descifran, pasa por una serie de representaciones antropomorfas en piedra de gran calidad estética, se detiene en las ofrendas, vuela hacia otras culturas periféricas y se cierra con una Venus pétrea sacrificada, cuyo cuerpo torturado nos impresiona.

Como ocurre cuando visitamos el esplendoroso Museo del Oro de Bogotá, solo nos llegan los destellos áureos de aquellos hombres que a lo largo de milenios habitaron en nuestras laderas, pero hay un gran vacío sobre la vida cotidiana, fiestas, música, diálogos, risas, viajes, guerras, conflictos sociales y religiosos, vida sexual, costumbres familiares, ritos de magia y chamanismo. Muchos de esos aspectos son solo incógnitas que tal vez nunca logremos responder.

Después de permanecer sepultados por siglos durante la Colonia española, poco a poco fueron surgiendo en Mesoamérica monumentos y objetos que se descubrían por azar en entierros o eran visitados a veces de manera secreta para depositar ofrendas por los descendientes de aquellas poblaciones indígenas. Monolitos gigantescos como el de la diosa Coatlicue, el dios de la lluvia Tláloc, el Calendario Azteca y otros fueron descubiertos por las autoridades coloniales, pero rápidamente enterrados de nuevo para evitar que las poblaciones originarias los vieran y decidieran adorarlos.

Tras la independencia, exploradores locales, europeos y norteamericanos del siglo XIX y comienzos del XX emprendieron la tarea de rastrear las huellas de ciudades, pirámides, templos ceremoniales, calzadas. La mayor atención inicial de los investigadores y aventureros se centró en los aztecas, la última civilización en dominar el México prehispánico, derrotada por Hernán Cortés, así como los más antiguos mayas y los Incas en el sur del continente.

Los mayas fascinaron a los europeos a medida que aparecían las pirámides esparcidas en amplios territorios y se descubría su arte, astronomía, ciencia y escritura jeroglífica. Palenque, Chichen Itzá, Uxmal y centenares de sitios alimentaron la imaginación y en la actualidad nuevas tecnologías a base de radar revelan secretas cartografías de urbes impensadas. Sus códices en papel, papiros de la época, fueron por desgracia en su mayoría quemados por los colonizadores, privándonos de su literatura y memoria escrita. En el siglo XX emergieron de las sombras ciudades mucho más antiguas, como Teotihuacán, lugar que desde los años 20 de ese siglo ha sido sitio de peregrinación turística. De igual forma otras civilizaciones mucho más antiguas que los Incas empezaron a ser exploradas y estudiadas, ampliando el espectro de la cultura humana que pobló las cordilleras y los valles suramericanos.

Todas aquellas poblaciones tuvieron contactos entre sí, como lo atestigua el descubrimiento de materiales, vasijas y elementos localizados a miles de kilómetros de sus lugares de origen. Había comercio y miles de  viajeros que iban y venían a pie o por canoa y relataban lo visto. Recientes indicios genéticos han mostrado que poblaciones indígenas de lo que hoy es Colombia llegaron hace unos 800 años a viajar hasta las Islas marquesas en Polinesia y dejaron huellas de su cruce con aquellas poblaciones, que al parecer habían llegado antes de 1150 hasta nuestras costas.

Al viajar casi cuatro milenios atrás a través de estas piedras y estas magníficas y soberbias obras de arte olmecas, sentimos una emoción que los jaguares labrados en jade parecen percibir desde el milagro de su sobrevivencia en los estratos de la tierra amasada por los cataclismos y que llegan hoy intactos como cartas envueltas en botellas a través del océano.       
                                     

sábado, 17 de octubre de 2020

DIARIO DE UN OBSERVADOR POLÍTICO


Por Eduardo García Aguilar

Francia, el más antiguo Estado nación de Europa, tuvo desde tiempos inmemoriales una sólida burocracia gubernamental con tradiciones ancladas, ritos inamovibles y sistemas como la monarquía por derecho divino, la monarquía constitucional, las repúblicas parlamentarias y el presidencialismo vigente desde 1958 en la Quinta República fundada por el general Charles de Gaullle. Por lo tanto carga una larga historia cortesana de intrigas palaciegas, nobleza, aristocracia, revoluciones, escuelas para élites, auges y caídas, guerras, amores contrariados, bodas fastuosas, travesías del desierto, ostracismos, masacres, defenestraciones.

Y con tanto movimiento de película en los palacios y las élites del poder, posee entre sus tradiciones más acendradas la de los grandes memorialistas que desde su cercanía al palacio y a la corte cuentan en la vejez los detalles de esa gran telenovela del poder, como lo hicieron en su tiempo Saint Simon, el Cardenal de Retz, Casanova, Fouché, Chateaubriand y el General de Gaulle, cuyas memorias tienen rango de clásico al lado de sus antecesores.

Los memorialistas nos introducen en los secretos del poder al interior de los inaccesibles palacios de aquel tiempo -- o en los actuales -- donde la corte hervía o hierve entre privilegios y abusos, lejos de la para ellos sucia e infame turba de los pobres. Vemos así a reyes, duques, marqueses, condes, princesas, cortesanas, en los salones más fastuosos, dedicados al ocio, la música, el baile, el lujo, el vino, la gastronomía, cubiertos por elegantes vestimentas, pelucas, máscaras, haciendo la venia, coqueteando, cabalgando, cazando y a veces dedicados a matar, violar o traicionar.

Aunque ahora reinan los presidentes elegidos cada cinco años por sufragio universal, muchas de esas tradiciones siguen vigentes y suceden en los mismos palacios de antaño como el del Elíseo y las sedes ministeriales. Alrededor de los presidentes gira una corte elegante y perfumada de funcionarios formados en altas escuelas, que son equiparables a la vieja nobleza y se odian e intrigan como en los tiempos de Fouché. Acceden a esos estamentos merced a una compleja red de relaciones familiares que se ancla en genealogías centenarias y en privilegios de casta.

Pienso todo esto al leer el Diario de un observador, libro del analista y cronista televisivo Alain Duhamel (1940), quien al acercarse a la venerable edad de 80 años en perfecta salud y lucidez, decide contar sus aventuras cerca del poder a lo largo de 60 años dentro de la V República, desde su inicio con De Gaulle hasta el joven Emmanuel Macron. Duhamel, estudiante de la escuela de Ciencias Políticas de París, se inició en 1963 en el diario Le Monde como colaborador del director Jacques Fauvet y luego saltó con un grupo de condiscípulos de ambos sexos a la naciente televisión, que se volvió desde entonces sector decisivo para cimentar las carreras políticas y conquistar el poder.

Colaborador e inspirador de las principales emisiones políticas televisivas y radiales, pero además excelente articulista y analista diario en los principales periódicos y revistas, su visión ponderada y serena, centrista, obtuvo prestigio y reconocimiento en casi todos los sectores políticos, que lo solicitan y escuchan con atención desde hace más de medio siglo, aunque otros lo acusan de ser un cortesano. Dedicó toda su vida a comentar el día a día de la lucha por el poder en este país, lo que es tratar de atrapar el viento con las manos.

Mitterrand leía sus artículos y con frecuencia lo llamaba a palacio o lo invitaba a hacer con él paseos históricos por la provincia, mucho antes de internet y las redes sociales que hoy lo acusarían de connivencia con el príncipe. Chirac le regaló un soldado de plomo para su colección por sus buenos servicios en una entrevista crucial. Líderes comunistas, socialistas, centristas lo consultaban. Políticos en desgracia lo llamaban desesperados a pedir consuelo como el suicida Primer ministro Beregovoy.

Los magnates trataron de convertirlo en patrón de las grandes cadenas mediáticas. Un político astuto le ofreció la alcaldía de Rouen. Pero él siempre prefirió cierta independencia y la modesta tarea de observador de la vida política. Duhamel fue interlocutor cercano de los presidentes y los primeros ministros, pero ahora es feliz dedicado a las sesiones de la vieja y rancia Academia de ciencias morales y políticas, a donde fue recibido por sus pares hace poco.

Lejos de la batalla del opinar diario, vuelve a sus libros y a veces en momentos de crisis, como la pandemia actual, acepta pasar a los estudios de la televisión BFMTV donde alterna con una nueva generación de comentaristas. Es bajo, de ojos azules, usa gasné y sacos de tweed, suéteres de cachemir, ama el tenis, la historia y la literatura. Es un perfecto fruto de la posguerra y la Quinta República y su libro resume 60 años de vida y política francesas que se fueron tan rápido como un vals vienés.
       
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de octubre de 2020.
 



   

lunes, 12 de octubre de 2020

LA POESÍA DE FIESTA CON LA NOBEL GLÜCK

Por Eduardo García Aguilar

Por fin después de muchos años y tras experimentar una grave crisis, la Academia Sueca volvió a enderezar su camino inclinándose esta vez por la literatura no comercial o mediática y otorgar su galardón de 2020 a una poeta neoyorquina de 77 años poco conocida en el mundo, aunque ha obtenido en Estados Unidos las principales distinciones y el reconocimiento crítico de sus pares.
Louise Glück (1943), la mayoría de cuyos libros han sido publicados en español por la editorial Pre-textos, y ha sido estudiada y traducida por la gran poeta mexicana Pura López Colomé, solo vendió a lo máximo 200 ejemplares el año pasado en el ámbito hispanoamericano, según relata el editor hispano Manuel Borrás, quien está de plácemes por la sorpresiva e inesperada noticia que premia la fidelidad de esa casa a la obra de la estadounidense. Entre sus libros figuran El iris salvaje, Averno, Ararat y Las siete edades, todos ellos traducidos por nuevos poetas hispanoamericanos.
La profesora de literatura en Yale New Haven, que aborda temas personales y autobiográficos en sus poemas escritos con un lenguaje sencillo y accesible, se une a la lista de autores que saltan de súbito a la fama mundial gracias al Nobel, después de ejercer su oficio literario a lo largo de muchas décadas. Pertenece a una generación marcada por la posguerra y la revolución cultural estadounidense caracterizada por la lucha antirracial y pacifista de los años 60 y 70 y el posterior auge del movimiento feminista. 
Fue conmovedor hace 16 años descubrir a la antecesora de Glück, la poeta polaca Wislawa Szymborska (1923-2012), quien al parecer se enteró de que había sido premiada mientras lavaba sus platos en la cocina de su modesta vivienda y apareció ante la prensa con la candorosa modestia de los sabios poetas que nunca han esperado nada. También fue el caso de Tomas Transtörmer (1931-2015), el poeta sueco afásico que permanecía desde hacía décadas en una silla de ruedas, pero seguía escribiendo sus poemas con las señales de humo de su mirada.  
Los escritores, especialmente los poetas, no escriben para buscar fama, premios, dinero y honores sino porque sienten la necesidad instintiva de expresarse a través de las palabras desde temprano, cuando descubren el misterio de la existencia. Muchas veces la infección literaria llega por un libro que cae por casualidad en las manos, depositado allí por un familiar, amigo o maestro o por las circunstancias, cuando la soledad se ilumina con las páginas leídas, dotando de sentido a la vida hasta entonces gris.
Dedicarse a la literatura es uno de los caminos más azarosos y quien cruza el umbral sabe que ese ejercicio es un nutrimento personal y secreto que interesa a muy pocas personas en el mundo. Vivir entre libros y lograr escribir una obra es ya de por si un premio maravilloso. Cada libro es una botella al mar y esta vez los escritos y publicados por Louise Glück inician un nuevo camino y viajarán hacia nuevos lectores en todo el mundo. Algo inesperado para ella.
El premio a Glück es un símbolo, pues en muchas partes del mundo hay poetas que pueden merecer la máxima distinción literaria mundial y esta noticia es un reconocimiento para todos los que buscan expresar con palabras sensaciones originales, estados de ánimo cambiantes, revelaciones e iluminaciones súbitas frente al estupor y misterio de ser y estar en el mundo, girando alrededor del sol y en una esquina de la galaxia.
Los poetas del mundo son antenas alertas de la vida y la existencia, escrutadores del milagro, rastreadores de las comunicaciones que los humanos establecemos con animales, ríos y árboles, mares, huracanes y cascadas en los acantilados. También, como Glück, los poetas tratan de explicarse o comunicar el misterio del deseo, el amor, la separación, la amistad, el odio, la locura y descifrar los códigos de comunicación o los silencios del extraño animal Homo sapiens. 
Alguna vez el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) dijo que la “poesía es la única prueba de la existencia del hombre” y el poeta francés Joë Bousquet (1897-1950), que pasó casi toda su vida paralítico después de resultar herido en la Primera guerra mundial, definió con claridad que la “poesía es el testimonio de lo que somos sin saberlo”. Ninguno de los dos obtuvo el Nobel mereciéndolo, pero cuando un poeta o una poetisa como Glück lo recibe de vez en cuando, el premio se vuelve para todos al unísono y es una fiesta.

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Artículo publicado en el diario La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de octubre de 2020

domingo, 27 de septiembre de 2020

POMPEYA EN TERCERA DIMENSIÓN


Por Eduardo García Aguilar

Viajando en el túnel del tiempo se puede ahora visitar Pompeya como era hace dos milenios, cuando fue sepultada por la erupción piroclástica del Vesubio, gracias a la magnífica exposición virtual presentada en el Grand Palais de París, donde estará hasta noviembre y que ha congregado desde el 1 de julio a decenas de miles de visitantes después del levantamiento del confinamiento causado por la pandemia.
Gracias a los milagros de la tercera dimensión y a las nuevas tecnologías virtuales y digitales del multimedia, accedemos a un espacio donde nos vemos inmersos en la vida cotidiana de aquella ciudad cuyos restos empezaron a ser develados desde el siglo XVIII y que no termina nunca de dar sorpresas y nuevos hallazgos bajo la piedra y la arena que la mantuvo enterrada durante milenios. Los arqueólogos avanzan abriendo nuevos barrios, descubriendo frescos muy bien conservados y rescatando objetos de la vida cotidiana, vasos, jarras, bastones, mesas de bronce, sillas, collares, armas. Lupanares alternan con negocios de comida rápida, tiendas de abarrotes florecen al lado de bares a donde acudían los alegres y agitados latinos pompeyanos a conversar sobre lo divino y lo humano.
Al llegar, bajo la oscuridad, el espectador se sienta en una especie de teatrino escalonado desde donde se observa el interior de una casa señorial típica del Imperio romano, con techos de teja, cuya distribución alrededor de un patio de aguas lleno de materos y plantas florecidas, fue replicada siglo tras siglo por todas las culturas. Al fondo se ve el imponente Vesubio que domina la ciudad desde todos los puntos y en el aire se percibe el viaje apacible de las nubes. La virtualidad nos hace vivir durante emocionantes minutos el amanecer, la aparición lenta y majestuosa del sol insinuada por las sombras que proyecta en los muros y así nos vamos acostumbrando al paso permanente de las horas, los días y las noches.
Uno se va acostumbrando entonces a la sucesión de albas y crepúsculos, a la intensidad del mediodía soleado de las bahías del sur de la bota italiana, frente al Mediterráneo. En el enorme espacio de la exposición virtual se ven las calles y las casas señoriales con sus balcones y techos, e incluso deambulan por ahí las sombras de los habitantes aplicados a sus actividades cotidianas. Allí va un hombre con una carretilla halada por burros, allá pintores de brocha gorda pintan muros de color blanco y ocre, acullá unos militantes pintan el nombre de un candidato político aspirante al cargo de edil.
Se ve caminar por las calles a patricios cuyos pajes los protegen con sombrillas del sol o la lluvia. Vemos a matronas, vestales, jóvenes, niños que brincan y corretean en las aceras. Y al interior de los salones de las mansiones, en tamaño natural, vemos paredes de intenso color rojo, verde y azul y los frescos de mitos greco-latinos que solían adornarlas, allí Leda y el Cisne, más allá el sacrificio de Ifigenia, la carrera de Aquiles, la proeza de Hércules, la belleza de Venus, cuando no imágenes eróticas o reproducciones de fiestas dedicadas al dios Baco rodeado de racimos de vid y toneles de vino.
Uno se siente viviendo en alguna de esas residencias, escucha el canto nocturno de grillos y cigarras, el sonido de la lluvia, los cuchicheos de los transeúntes, las melodías y cánticos de los músicos. La magia nos hace revivir aquellos tiempos, o sea que se trata de una experiencia distinta a la de visitar las ruinas que nos recuerdan paso a paso la tragedia, la fragilidad del ser humano individual y de la sociedad en su conjunto. Dos milenios se borran en un instante. Por milagro virtual estamos al mismo tiempo en el año 79 de nuestra era y en este trágico 2020 marcado por la peste.
De repente hay inquietud entre la asistencia, los niños visitantes se asustan, sus padres voltean la cabeza e interrogan. El tremor del volcán empieza a escucharse con toda su fuerza gracias al potente sistema de sonido y se percibe el pavoroso sismo que sacude la ciudad. El estallido no se deja esperar y una fabulosa fumarola empenachada color ceniza irrumpe hacia las alturas y percibimos luego sobre nuestras cabezas la lluvia de piedras y polvo. Las faldas del volcán se llenan de materia terráquea que desciende veloz y llega al valle donde estamos y nos cubre, dejándonos a todos sepultados en un abrir y cerrar de ojos para siempre, en la oscuridad infinita del tiempo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de septiembre de 2020.

domingo, 20 de septiembre de 2020

CON CHARRY LARA EN BOGOTÁ: CENTENARIO


 

Por Eduardo García Aguilar

Varias veces caminé con Fernando Charry Lara (1920-2004) por las calles céntricas de Bogotá, donde tenía su oficina de abogado en un viejo y enorme edificio de la carrera séptima con calle 18, cerca de las cafeterías y librerías que abundaban entonces en esa zona de la urbe que fue el centro de la actividad del país a lo largo del siglo XX. Por esas calles caminaron todas las glorias colombianas del siglo pasado cuando eran jóvenes, en busca de algun café como el Automático y otros similares, donde se reunían a tomar tinto, beber, arreglar el mundo y hablar de literatura.
 En la primera mitad del siglo la élite del país solía residir en esta zona donde se encontraban las sedes de los grandes diarios, además de los ministerios, en amplios apartamentos de estilo art-deco que ahora se han vuelto en algunos casos espléndidas librerías de ocasión como la llamada Merlín, situada en la carrera octava, no lejos de la Avenida Jiménez. Por esos rumbos podía el transeúnte toparse de repente con expresidentes, políticos famosos o leyendas literarias como los poetas Aurelio Arturo, Luis Vidales o León de Greiff.
 Conocí a Charry porque el poeta guatemalteco y mundial Luis Cardoza y Aragón, que había sido amigo y maestro suyo y de Alvaro Mutis cuando fue diplomático en Bogotá en los tiempos de asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, me encargó entregarle el libro André Breton atisbado en la silla parlante, que recién había publicado la Universidad Nacional Autónoma de México. Con semejante recomendación de quien a los 18 años había sido en París uno de los más jóvenes poetas dadaístas y el hecho de que Charry hubiese vivido de joven en México, donde yo residía entonces, hacía que tuviéramos mucho tema de conversación. 
 Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, vuelve la imagen de uno de los más exquisitos poetas colombianos del siglo XX, cuya obra concisa y profunda, llena de luz, cobra cada vez mayor fuerza porque bien sabemos con Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Sus poemas, como los de Aurelio Arturo, son ya obras clásicas de la poesía hispanoamericana y sus ensayos, de claridad y lucidez impecables, nos adentran en el ejercicio y los misterios de la poesía y en la obra de los grandes poetas españoles y latinoamericanos del siglo XX. 
 Este bogotano de carta cabal era de baja estatura, delgado, vestía de traje y corbata, lucía una gabardina para enfrentar los chaparrones capitalinos y con frecuencia llevaba una boina negra que lo hacía semejar a Fernando Pessoa cuando caminaba por las calles lisboetas. Charry era de una sencillez especial y un interlocutor amistoso con los poetas jóvenes, a quienes escribía cartas comentando sus primeros libros, que leía con atención y afecto.
 Varias veces recorrimos las librerías del centro, como la vieja Lerner o la Nacional, que en ese entonces estaba por esos rumbos, y caminando por esas calles y carreras capitalinas, la séptima, la décima, la trece, la Caracas, la Jiménez, solía contarme recuerdos de su infancia y juventud. Así supe de viva voz suya del sepelio de José Eustasio Rivera, al que asistió de niño llevado por su padre y al que dedicó un poema que es uno de los mejores de la poesía colombiana, o de una primera aventura amorosa que tuvo con una enfermera en alguna de aquellas esquinas por donde pasábamos.
 La última vez nos vimos en 2001 en el Segundo Congreso de poesía en lengua española desde la perspectiva del siglo XXI, organizado por el Instituto Caro y Cuervo en tiempos de su director Ignacio Chávez, al que asistieron el peruano Carlos Germán Belli, la uruguaya Ida Vitale, y los chilenos Pedro Lastra y Oscar Hahn, entre otros.  Charry falleció de manera sorpresiva tres años después en Washington, a donde había ido a visitar a su hija. El destino quiso que viera su última luz en Estados Unidos, no lejos de donde José Eustasio Rivera se apagó fulminado por las fiebres contraídas en las selvas que inspiraron La Vorágine. El rigor de su crítica literaria y la lucidez, erotismo y luminosidad de su poesía seguirán iluminando a los lectores afortunados.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 20 de septiembre de 2020. 



lunes, 14 de septiembre de 2020

EL RETORNO A MÉXICO DE FERNANDO CHARRY LARA


 Por Eduardo García Aguilar

Discípulo de los principales poetas de la española generación del 27, con una obra breve pero clave en latinoamérica, el poeta colombiano Fernando Charry Lara retornó en 1993, a los 73 anos de edad, y 40 años después, a la Ciudad de México, donde compartió con viejos amigos y jóvenes admiradores que lo homenajearon en varios lugares del centro histórico capitalino. Acababa de asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en esa ocasión estuvo dedicada a Colombia.


Autor de los poemarios  Nocturno y otros sueños  –prologado en 1949 por el Premio Nobel Vicente Aleixandre--, Los Adioses  (1963), Pensamientos del amante  (1981) y de una amplia obra crítica sobre poesía latinoamericana en la que se destacan Lector de poesía (1975) y Poesía y poetas colombianos (1985), Charry Lara encontró intactos ciertos lugares que visitó en 1953 en la entonces llamada por Carlos Fuentes la « región más transparente del aire ». Con su negra boina española, el humor y la lucidez a flor de piel y la elegancia excéntrica de los viejos poetas bogotanos, Charry recorrió kilometros de calles coloniales, respiró hondo en el ex convento de las Jerónimas, donde vivió Sor Juana Inés de la Cruz y visitó la discreta tumba de Hernán Cortés.


En los años 40 Charry (1920-2004) tuvo amistad con el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) y el colombiano Aurelio Arturo, quienes lo animaron a solidificar una propuesta poética que pasa las décadas intemporal y ligera como las obras clásicas. Cardoza y Aragón, pimer dadaísta latinoamericano y renovador de la poesía continental, le tenía una gran estimación y una vez me dio un ejemplar de su libro André Breton atisbado en la mesa parlante para que se lo llevara a Bogotá, encargo que me dio la feliz oportunidad de verlo por primera vez, visitar su oficina en la esquina de la séptima con calle 18 y escuchar su relato del sepelio de José Eustasio Rivera, mientras caminábamos por la séptima, la décima y la trece, en ese centro bogotano que ya no tenía nada que ver con la ciudad parroquial conocida por los poetas mexicanos José Juan Tablada, Carlos Pellicer y Gilberto Owen y las generaciones colombianas de "Los Nuevos" y "Piedra y Cielo".


De él dijo Aleixandre que en su poesía, « que parece arrastrada en el vasto aliento de la noche tentable», están presentes « los temas eternos del hombre » como « el amor, la esperanza, la pena, el deseo y el sueño ».

 

« Blanca taciturna », « El verso llega de la noche », « Nocturna lejanía », « Cuerpo solitario», « Llanura de Tuluá » y « Rivera vuelve a Bogotá » son algunos de los poemas ya clásicos de este escritor que en el céntrico café La Ópera nos habló sobre Herrera y Reissig, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Rosalía de Castro, entre otros poetas, mientras apurábamos con él copas de vino o tequila.


El día anterior había encontrado intacto, como hacía 40 años, el modesto y tradicional restaurante  Casa Rosalía , situado en la Avenida San Juan de Letrán, a donde fuimos con él William Ospina y yo tras una búsqueda minuciosa entre las callejuelas del centro histórico de ese lugar entrañable para él. Ahí nos dijo que lo encontraba igual, incluso con las mismas vajillas e idénticas meseras de cofia y estrafalarios faldones almidonados, que lo atendieron como cuando era un joven poeta colombiano feliz en México.


Después fuimos con él al Café París, sede en los años 30 y 40 de los «Contemporáneos» y otros discípulos más jóvenes como Octavio Paz, así como lugar de encuentro con Antonin Artaud, Vladimir Maiakovski y Serguei Einseintein durante sus viajes a México. « Por aquí vi a José Vasconcelos salir de una limusina, allí vi caminar a Martín Luis Guzmán y a Alfonso Reyes, pero fue en el café Bellinghausen de la Zona Rosa donde hablé con Luis Cernuda, quien me ofreció su generosa amistad », nos decía Charry Lara mientras caminábamos. Pasaron por sus ojos el colegio de San Ildefonso, que inspiró un nocturno del Nobel Octavio Paz, así como la plaza de Santo Domingo donde hallaron a la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, el Palacio de Iturbide, la Ciudadela donde fue asesinado el presidente Madero, y las celdas de las monjas del claustro de Sor Juana.


Amoroso, enamorado y amigo feliz, Charry Lara fue al lado de Enrique Molina, Alvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Gonzalo Rojas, Emilio Adolfo Westphalen y Octavio Paz, entre otros, una de las voces importantes de la poesía latinoamericana del siglo XX. Su reflexión sobre otras poéticas o la obra de su contemporáneos era de gran rigor y en cada uno de sus ensayos desplegó el amplio conocimiento de la poesía de todos los tiempos, sus movimientos y tendencias.


Desde su sede en el Hotel Ritz de la calle Madero, donde vivió el beatnik William Bourroughs, Charry Lara se trasladó al Danubio, un restaurante tradicional donde lo esperaban para homenajearlo viejos y jóvenes amigos mexicanos que sacaron la casa por la ventana y paralizaron el lugar en un diluvio de copas de whiski, tequila, vino y todas las exquisiteces marinas. Durante horas de brindis encabezados por el joven poeta y ensayista Vicente Quirarte, y el viejo amigo de Charry Fausto Vega, una docena de escritores celebramos ahí el retorno del poeta. La mesa estaba llena de percebes, ostras, mejillones, calamares, pulpos y otros productos del mar.


Al terminar la fiesta acompañamos a Charry por las calles coloniales, con la « saudade » de su inminente partida a Bogotá. Reinaba la penumbra de la medianoche bajo los faroles y como el maestro estaba algo subido de copas, llegó al hotel apoyado en brazos de Jorge Bustamante García y William Ospina, pero como si fuera el más joven de todos. Es una imagen inolvidable la que vibra todavía en la Avenida Madero, pues la poesía flotaba en el aire y nos iluminaba la inmensidad de su alegría. La última vez que lo vi fue en 2003 en Yerbabuena, en el Congreso Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo. Un año después, en 2004, murió en Estados Unidos. Había nacido el 14 de septiembre de 1920, o sea que era un perfecto y feliz exponente del etéreo signo zodiacal Virgo.

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* Centenario de Fernando Charry Lara, nacido el 14 de septiembre de 1920.

sábado, 12 de septiembre de 2020

IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana, para mi sorpresa y alegría, salió Las rutas de Ifigenia en inglés, publicada por la editorial Aliform en traducción de Jay Miskowiec, quien en 2008 obtuvo la primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura para vertir a la lengua de William Faulkner y Truman Capote otra novela de la serie manizaleña, El viaje triunfal. Cada novela que uno emprende es un misterio y a veces una enfermedad de largo aliento, y su destino después de colocarle el punto final siempre sorprende, ya sea que se hunda como es previsible en el olvido total y la indiferencia o salte como la liebre hacia otras lenguas o lectores. 

La historia de Ifigenia, una muchacha manizaleña imaginaria de mi generación, en aquellos tiempos de rock, salsa y revolución, había permanecido latente durante décadas hasta cuando decidí tomar el toro por los cuernos de la narrativa, a sabiendas de que la tarea estaría llena de obstáculos, temores y dudas. En las tres novelas que ya había escrito antes sobre temas imaginarios de mi ciudad natal, Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986) y El viaje triunfal (1993), había querido tratar de contar la mítica ciudad natal fundada en las alturas de los Andes, pequeña metrópoli que curiosamente sigue siendo desconocida para muchos colombianos, pese a las sorpresas aquitectónicas e históricas que guarda entre los vericuetos de sus calles y callejuelas empinadas, entre un paisaje de montañas, balcones floridos, precipicios y volcanes nevados y humeantes.

En Tierra de Leones abordé el personaje de Leonardo Quijano, loco genial sobre el que varias generaciones de manizaleños especulamos tratando de descifrar sus misterios e insondables secretos. En mi adolescencia literaria solía pararme a escuchar sus largos, agitados e incomprensibles discursos pronunciados en una esquina de la plaza de Bolívar y su imagen y leyenda, la pasión por el dibujo, su idioma personal y la fragilidad mental que lo sumió en la pobreza, se habían convertido para mi en un fantasma permanente que solo podía exorcizarse a través de la ficción.

Años después, en Bulevar de los héroes inventé otro personaje, el Loco Rincón, inspirado en muchos de los relatos que contaba en París sobre sus aventuras subversivas otra figura de nuestra tierra, el médico Tulio Bayer (1924-1982), nacido en Riosucio, quien de brillante profesional con posgrado en Boston, pasó a convertirse como muchas otras figuras de su generación en un redentor fallido de los males insolubles de Colombia.

Por complicidad caldense y manizalita, tuve la fortuna de compartir muchas horas con Tulio en su apartamento de París, donde se dedicaba a traducir textos para grandes multinacionales farmacéuticas y armamentísticas cuando sucedía la revolución iraní que llevó al poder al ayatolá Komeiny, a quien imitaba disfrazándose con una capa de beduino y un turbante oriental. Tulio era un gran lector y a esas alturas ya estaba decepcionado de todos los totalitarismos, de izquierda o derecha, aunque seguía con su pasión y rebeldía contra el establecimiento, lo que le contaba en sus cartas a su adversario y amigo el general Alvaro Valencia Tovar.

En El viaje triunfal, el personaje era un poeta modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Urillo, que le daba la vuelta al mundo y terminaba sus días en Manizales, rodeado de los jóvenes poetas del movimiento fundidista. En las tres novelas, además de los héroes, el otro personaje era Manizales, con sus casas, templos y palacios de fantasía construidos antes y después de los incendios. En todas está la Catedral como una presencia omnisciente y omnipotente, el Parque y el Teatro Fundadores, la Plaza de Bolívar, el Parque Caldas, el Palacio de Bellas Artes y el Teatro Olympia, el Puente de Olivares, el Monte de Léon y la carrera 23 con sus cafés y tiendas luminosas.

Cuando pensaba que ya no escribiría nunca más otra novela que tuviera como escenario Manizales, se atravesó Ifigenia y volví a la tarea, pero esta vez tratando de contarla desde otro ángulo narrativo y con un lenguaje transparente, alejado de las peripecias y artilugios verbales o la contención estilística presente en anteriores obras. El resultado es una historia que surge de la imaginación de los adolescentes protagonistas y busca captar la vida de la ciudad, el país y el mundo en un corto universo cerrado. Miskowiec la leyó y le encantó tanto que la tradujo en una magnífica versión que a veces suena mejor en inglés que en castellano y que lleva por título The trails of Ifigenia.       

Miskowiec (1958) fue uno de los discípulos preferidos de Gregory Rabassa (1922-2016), traductor al inglés de Cien años de Soledad, Rayuela de Julio Cortázar y otros clásicos latinoamericanos, portugueses y brasileños y quien además de estar dotado con un maravilloso sentido del humor y ser gran amigo de sus amigos, fue profesor en varias instituciones educativas de Nueva York. Jay también tradujo en su momento Bulevar de los héroes, publicada con prólogo de Rabassa en Latin American Literary Review Press, así como El viaje triunfal, Urbes luminosas, Delirio de San Cristóbal y ahora Las rutas de Ifigenia.

Como otros hispanistas norteamericanos tales como Seymour Menton, Johnattan Tittler y Raymond Williams, Miskowiec realiza su trabajo con una profunda pasión por el continente latinoamericano y a los autores los sigue a través de las décadas con atención y cuidado y sin prisas. En su momento, el jurado de la beca de traducción, compuesto por Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, dijo que había otorgado el premio a Miskowiec en virtud de que El viaje triunfal “es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y del vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica”.

Las rutas de Ifigenia, publicada en 2019 en Bogotá por Uniediciones en la colección Ladrones del tiempo, emprende ahora una nueva aventura en otra lengua y lleva la ciudad a cuestas, porque toda ciudad natal es la impronta indeleble de los seres humanos, su huella digital, el origen de sus tragedias, taras, celebraciones y alegrías. Manizales es una ciudad muy reciente llena de historias secretas y nada mejor que explorarlas y contarlas a través de novelas y relatos. La rebelde Ifigenia está de plácemes, pues estudió inglés y escandalizó en el Colombo-Americano de Manizales sin saber que un día la contarían en la lengua de Mark Twain.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de septiembre de 2020.      




sábado, 5 de septiembre de 2020

ANNIE ERNAUX: LA AUTOBIOGRAFÍA COMO PASIÓN

 


Por Eduardo García Aguilar


Una de las más grandes novelistas francesas contemporáneas es Annie Ernaux, recién galardonada con el prestigioso premio de literatura Formentor, quien se ha convertido en uno de los ejemplos más logrados de la compleja literatura autobiográfica y cuya obra además de admirada concita en universidades y medios críticos todo tipo de estudios y análisis. Arnaux nació en 1940 en un pueblo pequeño de los lejanos suburbios de París, en el seno de una familia modesta, ya que su padre fue un campesino muy pobre que ascendió a propietario de un pequeño restaurante y su madre una modesta mujer trabajadora de provincia.

En casi todos los países y las lenguas la narrativa autobiográfica se ha convertido en la preferida de los lectores, desplazando a las obras de ficción. Novelas en clave escritas por personajes de la política, la farándula o el deporte, relatos de vidas complejas ligadas a la violencia social y familiar, dramas de género, relatos de las humillaciones de clase o de raza, narraciones de tragedias familiares, suicidios, enfermedades, violaciones intrafamiliares, persecuciones étnicas, entre otros temas, han desplazado a la literatura en boga en el siglo pasado, donde la novela era la creación de un mundo paralelo a la realidad. 

Dentro de todos esos temas se destaca el asunto del padre o de la madre, asunto en que los lectores tratan de encontrarse o identificarse. Entre las novedades novelísticas más leídas figuran relatos de la madre alcohólica y suicida, el padre violador, ausente o cruel, al padre o la madre perseguidos o desaparecidos. Mazarine Pingeot, la hija oculta de François Mitterrand; Clémentine Autain, la hija de una malograda actriz alcohólica y suicida; Sybille Lacan, la hija de un psicoanalista lleno de oscuridades personales; Christine Angot y el incesto: estas son son apenas algunas de las historias más comentadas y adquiridas por los lectores en temporadas recientes en Francia.      

En el libro La Plaza, con el que obtuvo el Premio Renaudot en 1984 y saltó a la fama, Annie Ernaux aborda el tema del padre, que ya dentro del género de lo autobiográfico es uno de los más difíciles. De manera descarnada y sin contemplaciones, como si se tratara de una operación quirúrgica, la novelista nos relata desde el inicio la muerte del viejo progenitor, el cuerpo desnudo del hombre después de una fulminante enfermedad y desde ahí ahonda en sus modestos orígenes. La madre no puede cerrar el negocio ni el día del entierro. Y al final el velorio se hace con los modestos clientes del lugar.

A lo largo de su exitosa carrera literaria, Arnaux ha abordado los temas de su vida desde distintos ángulos, especialmente el hecho de que por sus brillantes estudios y el triunfo editorial, terminó por migrar de clase hasta convertirse en una gran burguesa adulada y famosa. Pero desde esa posición decidió ser una abogada de los desposeídos y los desclasados, por lo que ha estado en todos los combates políticos desde la izquierda, causando irritación entre muchos de sus congéneres reinantes en los salones literarios del barrio de Saint Germain des Prés, donde están situadas las sedes de las mejores editoriales y vive la más encumbrada burguesía y aristocracia de la farándula parisina. Pero también ha contado su iniciación sexual, el problema del aborto, el machismo, lo que la ha convertido en una aguerrida feminista.

Al negarse a traicionar la clase suya, la escritora rinde homenaje a esa familia en la que creció y desde donde se izó hasta los más altos honores académicos y literarios, cuando adolescente hacía sus tareas y preparaba los exámenes tras bambalinas de la pequeña tienda de abarrotes, el bar y el pequeño restaurante popular que regentaron durante décadas sus progenitores en un suburbio del pueblo, porque su negocio ni siquiera se situaba en los barrios centrales del mismo. O sea que en pleno siglo XX seguíamos como en las historias pueblerinas de Maupassant y Flaubert, en esa Normandía inefable poblada de castillos y vacas, fábricas de quesos y cultivos de diversos productos agrícolas.

Después del fin de la guerra los padres luchan y fracasan con un negocio en otro lugar, pero al final deciden volver al pueblo de Yvetot, en Normadía, y montan la tienda y el restaurante. Aunque el viejo tiene gestos, movimientos y estructuras físicas que delantan su origen de campesino pobre, logra en ese mundo de la taberna dejar atrás la timidez y convertirse gracias al contacto diario con los clientes en conversador y bromista consumado. La pareja es querida por los vecinos pobres a quienes fían y sirven los platos cotidianos de la comida popular que consumen los trabajadores a la hora del almuerzo, después de jornadas arduas de trabajo.

Arnaux insiste en que su destino estaba escrito y debería haber sido cajera de supermercado, obrera o a lo máximo continuadora del negocio familiar, pero los buenos resultados escolares, el ingreso becada a una normal superior, y después su paso a la educación nacional y a los altos grados universitarios, además del éxito literario, la llevaron a pasar a otro medio social. Luego viene el matrimonio con un burgués de la ciudad de Annecy, cuyo apellido lleva, y la vida familiar y académica junto a un exquisito lago alpino donde se consume definitivamente su mutación. Vive desde hace décadas en Cergy Pontoise, una capital moderna regional de los suburbios de París que describe en Diarios del afuera, un libro sobre la vida cotidiana de las ciudades dormitorios, los grandes supermercados y sus cajeras. 

Sus libros llevan títulos concisos como La mujer congelada, Una mujer, Pasión simple, La vergüenza, Los años, Escribir la vida, Perderse, Memoria de chica, No he salido de mi noche, entre otros que ya han sido reunidos en sus obras completas. También ha elaborado un libro de conversaciones con el escritor Fréderic Yves Jeannet, que lleva por título La escritura como un cuchillo. En todos ellos relata los temas de la exclusión social, el clasismo, el arribismo, el espíritu de castas, la humillación, la marginación del otro, la sirvienta, el modesto empleado, el paria, el desclasado, el pobre. 

Arnaux nunca ocultó a nadie sus orígenes e invitó a la casa de su padres a sus nuevas amigas burguesas. Su marido refinado no soportaba conversar en aburridas cenas con sus modestos suegros. Y poco a poco va llegando el fin de su familia inicial, la decrepitud de esos viejos abnegados que hicieron todo y se mataron trabajando por dar lo mejor a su hija. Por medio de un descarnado relato que conmovió a los lectores de esta obra premiada, asistimos a las desgarradoras tensiones de clase que caracterizan a todas las sociedades sin falta. Para el viejo su hija es una extraña y para su hija el padre también, pero al final, desde su modestia, el progenitor vive feliz por el ascenso social de su hija, famosa, rica, bien conectada socialmente y se siente orgulloso y presume de ella cuando lee los periódicos.                  

Annie penetra así en la llaga de las castas sociales de su país, que en la primera mitad del siglo XX, antes del auge económico posterior a la liberación, permanecían como si se viviera en el medioevo. El padre pertenecía a un linaje centenario de trabajadores agrícolas y si no es por el servicio militar que lo sacó de ahí para siempre y al encuentro con la que sería su esposa, hubiera permanecido en ese mundo de sacrificio donde el olor de los excrementos y de los animales de cría terminan por permear los propios cuerpos de los trabajadores, estigmatizándolos en la más baja escala social, como los intocables de la India.