Por Eduardo García Aguilar
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS
Paul Morand (1888-1976) fue uno de los escritores más celebrados en Europa y el mundo en tiempos de entreguerras y sus obras, traducidas a varias lenguas, se compraban como pan caliente. Amante de la buena vida y las altas esferas, marquesas y duquesas y hoteles palaciegos, diplomático de profesión, aunque un poco vago en el trabajo, desde muy joven saltó a la fama con dos colecciones de relatos, Abierto de noche (1922) y Cerrado de noche (1923), donde con prosa ágil, eléctrica, lúcida, se volvió ejemplo del cosmopolitismo y una día estaba en Japón y el otro en Alaska, más tarde en Lima y mañana en El Cairo, San Petersburgo, Tíbet o Saigón.
Después de la Primera Guerra, donde murieron millones de jóvenes en las trincheras, víctimas de gases tóxicos o balas, su generación quería vivir a toda velocidad, bailar, ir al music-hall, danzar con Joséphine Baker o Carlos Gardel y libar en clubes y burdeles de las capitales del mundo. Tras el apocalipsis no quedaba más que divertirse antes de que la locura humana volviera de nuevo a desencadenar la Segunda Guerra, que en muchos aspectos superó en destrucción y muerte a la primera. Había que derrochar el dinero antes y después del crack financiero de 1929, vestirse bien, embriagarse, viajar en transatlánticos.
Morand entonces era escéptico y su orginalidad radicaba en que mientras muchos de sus contemporáneos creían con fe ciega en sus ideologías y se hacían matar por ellas, él desconfiaba del hombre y sus intenciones. Amigo de Proust, el prosista amaba las nuevas teconologías y coleccionaba los mejores automóviles del momento, bólidos en los que viajaba de ciudad en ciudad. A la velocidad del Bugatti recorría las carreteras costeras del Mediterráneo y viajaba de puerto en puerto en los paquebotes más lujosos. Y desde cada uno de esos lejanos países enviaba las crónicas o los relatos que hacían las delicias de los lectores.
Describió y vivió como pocos la Nueva York futurista de los años 30, amó Londres, donde residió muy joven y experimentó amores inolvidables que plasmó en su narrativa. Amó Roma, Sevilla, Venecia, el Caribe y sus libros incluían publicidad de autos, agencias de viajes, modas y perfumes. Como los de Antoine de Saint-Exupéry, otro viajero de aquel tiempo que era más que todo pionero del aire, los libros de Morand marcaron época y su destino lo llamaba hacia las mieles de la gloria. El esnob se casó con una millonaria princesa rumana, el amor de su vida, y con quien reposa en Trieste. Pero en el camino se le atravesó la historia y el estallido de la nueva guerra en 1939. Su país y Europa fueron ocupados por los nazis y él los apoyó trabajando para el gobierno francés de ocupación encabezado por el general Pétain y el primer ministro Laval, amigo de su familia.
Se negó a apoyar a De Gaulle, quien encabezaba la rebelión desde el exilio en Londres y en su mansión de París, recibió durante tres años en fiestas y cenas a los principales dignatarios del gobierno alemán, algunos intelectuales y militares destacados como el gran escritor Ernst Jünger, quien murió centenario convertido en una gloria de las letras.
Al lado de Céline y La Rochelle, Morand formó parte de los intelectuales colaboradores que apoyaban a una Europa dominada por la bota nazi. Unos como Céline, y Brasillach, quienes festejaban en bares y restaurantes con los ocupantes, denunciaron y celebraron la detención de niños, jóvenes, mujeres y viejos judíos que eran enviados a morir en los campos de concentración. Pero cuatro años después la rueda de la fortuna giró y los nazis fueron derrotados por los aliados. De Gaulle llegó triunfante a París.
Unos colaboracionistas fueron fusilados, otros condenados a la cárcel o al exilio, la ignominia y el olvido. Morand a los 56 años quedó quemado para siempre y terminó en Lausana, donde residía en una casa que le prestaron amigos ricos y tan pobre que debía ir al café de la esquina para leer los diarios, pues no tenía para comprarlos. Solitario y misántropo, el viejo Morand pasó de ser un dandy a una sombra lúcida que asumía su caída y fracaso y escribía rodeado de sus fantasmas. Dos décadas después algunos jóvenes de la generación de Los Húsares lo rescataron y lo pusieron de nuevo en circulación hasta llevarlo a la Academia Francesa.
Toda esa vida la cuenta Jean François-Fogel en su libro Morand Express. A la muerte del viejo, Fogel decidió visitar todos los lugares donde aquel vivió: Tánger, Nueva York, Londres, Lausana, Venecia o Trieste, y entrevistarse con las personas que lo conocieron. La búsqueda del maestro la hace con espíritu crítico y no es ninguna hagiografía. De allí sale un retrato crepuscular excelente sobre los dramas del siglo XX y las nostalgias del siglo XIX y el pasado milenario. Recorre y describe los despojos del hombre e inclusive asiste a una subasta de sus muebles, entre ellos su cama.
A Fogel lo conocí hace mucho tiempo en México y él me contó con entusiasmo que había escrito Morand Express, pero el libro se me ocultó hasta la semana pasada cuando lo encontré por azar bajo el sol primaveral en Auvers-sur-Oise, el pueblo donde está enterrado el pintor holandés Van Gogh, en una de las librerías de viejo más fascinantes que haya visto en la vida. He devorado el libro publicado por Grasset hace 38 años y me ha conmovido. Es un homenaje de un joven a un viejo maestro defenestrado por los crueles gajes de la historia. Es una gran reflexión sobre la vida y el destino de los seres humanos y los avatares de las obras literarias. Es, además, un viaje al amor, el deseo, la juventud, el esplendor, las ciudades, los trenes y la belleza que se marchitan, a las casas abandonadas, a los muebles subastados, a la ambición, la vanidad y el olvido. Fogel escribió así también una pequeña joya literaria suya, que brilla por su precisión y elegancia y está por encima del tiempo.
Como esos viejos patriarcas de bastón que recuerdan sordos y semiciegos las batallas y emboscadas de hace medio siglo, debo decir con estupor que estuve presente el 31 de enero de 1977 en la inauguración del Centro Pompidou, enorme factoría de tubos y turbinas que cumple 30 años de existencia, aún más moderno e inquietante que al principio. Tenía 23 años, estudiaba simultáneamente en ese entonces en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en el seminario de un experto en Keynes y en la hoy legendaria Universidad París VIII, situada en el bosque de Vincennes, y para redondear mis fines de mes trabajaba como ayudante en la sección femenina de moda de la famosa revista L´Express, situada en ese entonces en la rue de Berri, junto a los Campos Elíseos.
Me encargaba allí de entregar a modelos y fotógrafos trajes y productos que las marcas de moda enviaban a la revista para ser reseñadas en la sección y luego recibirlos de las mismas preciosas manos, empacarlos y hacerlos regresar a Pierre Cardin, Yves Saint Laurent, Castelbajac, Armani, Kenzo, Dior y otras estrellas de la industria del lujo. La revista, que era entones mucho más importante de lo que es hoy, fue el primer semanario moderno francés, inventado por Jean Jacques Servan-Schreiber y Françoise Giroud y constituía el centro de la noticia y un verdadero faro de la modernidad y la ideología liberal atlantista en la Francia del pesidente Valery Giscard d´Estaing, que acaba de autorizar el aborto y aplicaba en leyes las exigencias en materia de sociedad de los revolucionarios de mayo de 1968.
Había llegado a Francia en abril de 1974, poco después de la muerte súbita de Georges Pompidou y cuando el país estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales que oponían a Giscard y al socialista François Mitterrand. Pompidou, cuya esposa era una larguilínea experta en materias de arte contemporáneo quiso pasar a la historia al crear un museo ultramoderno que terminara para siempre con los lúgubres antros llenos de polilla y abriera puertas a la muchedumbre entre cafeterías, luces de neón, proyecciones cinematográficas, música y un ambiente de modernidad. Pero murió antes y la inauguración le correspondió a Giscard, acompañado por varios presidentes africanos, entre los que estaba el intelectual y poeta senegalés Leopold Sedar-Sengor.Alice Morgaine, que dirigía Madame Express, me pasó a mí y una bella amada mulata la invitación para entrar y después de un escarceo con los policías que ejercían el racismo anti-extranjero, anti-negro y anti-árabe en las puertas del museo que acaba de admitir a los presidentes africanos, pudimos subir por las escaleras entubadas que causaban conmoción mientras afuera reinaba como siempre un lóbrego clima invernal.
Toda la zona estaba arrasada después de la destrucción del mercado de Les Halles descrito por Zola en El vientre de París, por lo que la inauguración del Museo Beaubourg, como también se le llama, constituyó un ensayo general para reanimar una zona deprimida, suscitando las críticas más feroces. Pero sólo basta viajar a esos instantes ahora históricos que mojan tantas páginas en la prensa europea para entender la electricidad que reinó allí como un parteaguas: a un lado policías racistas que nos molestaban y nos pedían regresar de donde veníamos, señoras elegantes con abrigos de visón y al otro presidentes africanos y jóvenes de cabellos largos despeinados vestidos de todos los colores y recién levantados después de días de sexo, peace and love, Pink Floyd, In a Gadda da Vida, Cream y Doors.
Diseñado por Rogers y Piano, que hicieron la maqueta como chiste y juego de azar, el edificio ha logrado pasar las décadas con éxito habiendo admitido al parecer 189 millones de visitantes. En su vida ya respetable abrió vasos comunicantes con Moscú, Berlín y Nueva York, redefinió y revisitó movimientos como dadaísmo, cubismo, expresionismo, situacionismo y todas las tendencias del pop art desde Marcel Duchamp y su orinal hasta Andy Warhol y los nuevos que revisan la explosión artística de los años sesenta y setenta. Esas dos décadas llenas de sorpresas y revoluciones artísticas fueron sin duda parteaguas a nivel mundial, como en su momento lo fueron los años 20. Son épocas de rebelión que marcan tendencias para largo y redefinen la relación del hombre con su tiempo derrumbando íconos y abriendo nuevas puertas para la cultura humana.
Ahora, tal y como lo hacen el Guggenheim y el Louvre, el Pompidou
se clona en otras partes del planeta, lo que muestra su actualidad en
tiempos de derrumbe de fronteras y muros. Haber estado presente ahí en
ese momento que hoy se analiza desde diversos ángulos anima en la lucha
por defender la iconoclastia, el espíritu crítico, la tolerancia y la
alerta permanente hacia lo nuevo que surge de los artistas rebeldes de
ciudades y suburbios. Con el arte y la libertad de expresión artística
se puede luchar contra el unanimismo de las fuerzas macabras que en
pleno siglo XXI creen todavía que estamos en tiempos de Hitler, Franco y
Musolini.