sábado, 22 de junio de 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.

HISTÓRICAS MANIOBRAS ELECTORALES EN FRANCIA

Por Eduardo García Aguilar

El joven presidente francés, Emmanuel Macron, utilizó de manera sorpresiva su prerrogativa histórica de disolver el parlamento, causando conmoción en la sociedad y los partidos de derecha, centro e izquierda, que de inmediato y con muy buenos reflejos de viejos zorros de la política se movilizaron para crear alianzas antes imposibles y presentar candidatos en una elección a dos vueltas de legisladores que se llevarán a cabo el 30 de junio y el 7 de julio, veinte días después de la medida. 
Francia es una vieja democracia y la disolución fue un instrumento creado por el propio Napoleón Bonaparte, que no lo utilizó nunca, para dar la posibilidad al monarca o al presidente de escapar a las graves crisis políticas, cuando el Congreso bloquea su acción y hace imposible gobernar a riesgo de una guerra civil. La medida fue utilizada en el siglo XIX por Luis XVIII, hermano del decaptitado Luis XVI, y ya en el siglo XX por presidentes monárquicos como el general Charles de Gaulle, el líder socilista François Mitterrand y el jefe de la derecha republicana y moderada, Jacques Chirac.
 Macron, un joven prodigio que en 2017 tomó por sorpresa el poder en una campaña relámpago que paralizó a los partidos tradicionales, a los que dividió y depredó, ha gobernado ya siete años y fue reelegido en 2022, pero desde entonces no ha contado con la mayoría absoluta necesaria para aplicar sus reformas. Su desprestigio e impopularidad crecieron hasta el punto quedarse solo en el palacio presidencial rodeado de su corte perfumada de técnicos. Al ser derrotado estruendosamente en las elecciones europeas por la extrema derecha de Marine Le Pen, el orgulloso Macron decidió disolver el parlamento y obligar a salir a las urnas a los franceses, en una acción que algunos califican de japonesa, porque es casi un harakiri, y otros de tipo neroniano, pues es como prender fuego a la pradera y a la ciudad y ver el incendio desde el palacio tocando la lira.
Debido a la terquedad e inteligencia del joven mandatario liberal, surgido de la banca y de los grandes grupos financieros y mediáticos, nadie esperaba que tomaría esa medida y auguraban que seguiría en la cuerda floja del poder como un saltimbanqui en los tres años que le quedaban aún legítimamente hasta 2027, cuando ya no puede reelegirse. Pero en un acto  osado, llama al pueblo a decidir si llega al poder la pujante extrema derecha de Marine Le Pen, que es dada como gran favorita, en cuyo caso el presidente cohabitaría con un primer ministro enemigo que aplicaría medidas a las que se opone, mientras él se vuelve un mandatario figurativo y de opereta, inaugurador de jardines de crisantemos, solitario y final. Aunque, conociéndolo por su soberbia, es capaz de renunciar y obligar a realizar elecciones presidenciales anticipadas.
La verdad es que a su partido y a quienes lo apoyan les quedan pocas posibilidades de recuperar fuerzas en tan poco tiempo, ante dos bloques poderosos que ya se alinearon para la batalla final: el partido de extrema derecha Congregación Nacional y el Frente Popular de izquierda, que surgió rápidamente de la mágica alianza de socialistas, insumisos, ecologistas, izquierdistas y otros diversos movimientos progresistas, lo que augura una lucha final entre extremos, dejando a los partidarios de Macron, a los centristas y a la derecha moderada en una frágil posición que los puede llevar a esfumarse.
Los estudiantes y expertos en ciencias políticas están de plácemes, pues lo que se ha definido en unos cuantos días, a veces ha tomado en el pasado varios años para realizarse. Astutos y sabios, los partidos de izquierda vieron en la disolución loca de Macron una oportunidad maravillosa de reencaucharse y auparse en una corriente inevitable que surge de la inminencia del ascenso al poder de la extrema derecha, cuyo fundador, el viejo xenófobo tuerto Jean Marie Le Pen, es y ha sido un viejo antisemita, amante de los fascismos, para quien el holocausto fue solo un episodio sin importancia que inclusive niega.
Ahora su partido es liderado por su hija, Marine Le Pen, brillante abogada que logró sacar al movimiento paterno de la marginalidad, expulsándolo a él,  hasta llevarlo a obtener una alta representación de 89 ediles en la legislatura recién disuelta y ahora a estar al borde de llegar al poder, como lo auguran muchas encuestas, aunque el Frente popular, surgido de un día para otro, le pisa seriamente los talones, pues Francia desde la Revolución de 1989 y la toma de la Bastilla, tiene su corazón a la izquierda.
Mansos, consensuales como palomas, los jefes de los partidos progresistas y de izquierda han actuado en estas horas de manera impecable, dejando atrás sus rencillas y creando de la nada un Frente Popular que recuerda a aquel movimiento liderado por Leon Blum antes de la Segunda Guerra Mundial, en la tercera década del siglo pasado, en circunstancias similares, cuando se daba el auge de los fascismos de Hitler y Mussolini, que ahora reviven en casi toda Europa ante el espectro de las guerras y el auge del éxodo migratorio.
Las jornadas que se avecinan en Francia son históricas y el propio presidente Macron, al hacerse el hara kiri japonés, lo sabe, y pasará a la historia como quien dio la voz al pueblo para que decida entre uno y otro bando. Después quedará, antes de cumplir solo 50 años de edad, como un presidente sabio y derrotado que manejará desde las alturas presidenciales jupiterinas, sin poder y solo con palabra, los hilos imaginarios de una patria que necesitaba el electrochoque de esta disolución inesperada.
Por el momento, todo es fiesta y excitación desbordada en Francia. Jubilados, muchachos, obreros, desempleados, campesinos, comerciantes, funcionarios, maestros, sindicalistas, artistas, mujeres, ciudadanos de origen extranjero, blancos, africanos, asiáticos, mestizos, artistas y artesanos, todos inundan las plazas porque saben que en unas semanas cambiará la historia del país en jornadas que permanecerán en los libros de la memoria.

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Publicado el domingo 16 de junio de 2024 en La Patria. manizales. Colombia.

MEXICANOS A LAS URNAS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando viví en México experimenté de cerca varias elecciones presidenciales que reflejaban la milenaria cultura de ese país, que tiene mucho de asiático y oriental y está anclado en profundas tradiciones caciquiles. La primera de ellas fue la que llevó al poder a un funcionario opaco llamado Miguel de la Madrid, quien inició los cambios hacia una visión neoliberal de la economía, teoría que entonces estaba en pleno apogeo mundial. 
Rodeado de jóvenes tecnócratas recién graduados en Estados Unidos, abogaba por la reducción del Estado, la privatización generalizada de las empresas estatales y la disminución de los subsidios a los pobres y de la intervención gubernamental, pues se consideraba que el capitalismo por sí solo y sin controles, de manera mágica, generaba riqueza como el rey Midas y disminuía automáticamente la pobreza o la eliminaba del todo, haciendo de cada ciudadano un empresario.
El candidato, elegido por medio del sistema del “destape” y el “dedazo”, se convertía de un día para otro en el nuevo tlatoani y el presidente crepuscular que era entonces el poderoso José López Portillo, quien se consideraba el dios azteca Quetzalcóatl, perdió de súbito el aura de monarca absoluto y vivió una larga agonía que se extendía hasta la posesión del nuevo mandatario, muchos meses después. 
En ese plazo el país cayó en la más absoluta bancarrota, pues la banca privada sacó todo el dinero del país y tuvo que imponerse un control de cambios, mientras se vivía una inflación gigantesca que arruinó a todos los mexicanos por igual. En un lugar de la ciudad, un producto electrodoméstico podía costar mil veces más que en otro y los precios subían de hora en hora de manera descontrolada. Furioso, López Portillo decidió en contra del pensamiento de su futuro sucesor nacionalizar la banca y en un discurso airado a todo el país gritó que “no nos volverán a saquear”.
López Portillo, quien había sucedido a Luis Echeverría por el mismo método del “dedazo”, era un economista e intelectual ilustrado descendiente de una familia aristocrática que tuvo entre sus ancestros a grandes prohombres de la política y las finanzas. Alto, de rasgos hispanos, elocuente, elegante y vanidoso, el presidente había sido una fuerza durante su mandato que podía con sus iras hundir o con su alegrías ascender a las personas de su corte o a los líderes de sindicatos o instituciones. Al gran escritor Juan Rulfo lo regañó como a un niño por haber sugerido en el marco de un homenaje nacional que se le hacía, que los militares mexicanos eran corruptos y aceptaban “cañonazos” de dinero. Miguel de la Madrid era bajito y rechoncho, pésimo orador, un tipo de funcionario tecnócrata aburrido de tercer rango, carente de brillo o capacidad de reacción, como se pudo atestiguar cuando el terrible terremoto de noviembre de 1985 que semidestruyó la capital y otras ciudades, causó decenas de miles de muertos y dejó el país incomunicado. El Estado casi estuvo ausente y paralizado y fue la sociedad civil la que tomó el toro por los cuernos ante la tragedia. Pero en el vacío de poder tras su designación como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), este personaje que también era algo bonachón y amante de los libros, empezó a recibir todos los honores y genuflexiones, opacando al saliente presidente, como vi durante la inauguración precipitada de las ruinas Templo Mayor junto a la Catedral y el Zócalo, sacadas a la luz tras su descubrimiento reciente bajo la dirección del arqueólogo Ernesto Matos Moctezuma. Se veía en medio de piedras, calaveras y pirámides aztecas como todos ignoraban ya al monarca que recién acababa de nacionalizar la banca en contra de la opinión del sucesor.
Miguel de la Madrid nombró también por dedazo seis años después a un poco agraciado candidato, bajito, calvo, flaco, con rostro algo cómico, pero muy inteligente, Carlos Salinas de Gortari, quien fue uno de los ideólogos y cerebros, junto con José Ángel Gurría, de ese brusco cambio económico neoliberal operado por su gobierno y que debía continuar el elegido, quien subió a la presidencia por medio de un fraude realizado a la vista de todo el país y cuyos efectos a la larga terminaron llevando al poder en 2018 al izquierdista Andrés Manuel López Obrador, su más encarnizado opositor y a quien trataron de destruir sin éxito por todos los medios.
México, después de la Revolución triunfante que derrocó al dictador Porfirio Díaz, ha sido un régimen sexenal autoritario de corte asiático y sacrificial que nombra a un monarca absoluto por un periodo durante el cual es todopoderoso y después cae y es castigado por el sucesor, quien por lo regular encarcela a figuras de su séquito o su familia para impedir toda veleidad de “maximato” o de seguir teniendo influencia tras el trono. Eso les ocurrió a Plutarco Elías Calles en la primera mitad del siglo XX y a Salinas de Gortari al final, cuyo poderoso y multimillonario hermano Raúl fue apresado y condenado, tras lo cual el rico expresidente, que hizo huelga de hambre en Monterrey, prefirió el exilio dorado en Cuba y otros países.  
Después vinieron varios presidentes sexenales mediocres que gobernaron en medio de escándalos y caos y sus sucesores castigaron siempre al antecesor procesando y llevando a la cárcel a ciertas figuras sacrificiales. Ahora de nuevo los mexicanos acuden a las urnas y la novedad es que por primera vez la nueva presidenta será una mujer. Los analistas y observadores escrutarán esta inédita ecuación, pues el mando no será ya de un cacique o tatloani varón, sino de una nueva monarca heredera de las diosas antiguas como la Coatlicue o la Coyolxauqui.

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Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de junio de 2024

sábado, 25 de mayo de 2024

REENCUENTRO CON TACHIA QUINTANAR



Por Eduardo García Aguilar

La española Tachia Quintanar fue la pareja de Gabriel García Márquez durante un año entre 1955 y 1956, y según cuenta ella fue una linda historia de amor que después se convirtió en gran amistad de toda la vida. El escritor la visitaba siempre cuando venía a París, después de acceder a la fama con la publicación de Cien años de Soledad y convertirse en una figura literaria y política mundial. 

La invitó a la entrega del Premio Nobel en Estocolmo en 1982 y durante años fue su cómplice, corresponsal y consejera para asuntos administrativos y de propiedades en París; amiga y casi tutora de Gonzalo, el hijo menor del nativo de Aracataca, tipógrafo y editor que ha vivido largo tiempo en esta ciudad, a diferencia de su hermano mayor Rodrigo, quien prefirió Los Angeles, donde hizo exitosa carrera cinematográfica.

Tachia es un verdadero fenómeno, persona llena de luz, generosa, apasionada por las artes, dotada de una energía que desafía los años. Cuando la vi por primera vez en 2010 me impresionó por su belleza e inteligencia y la agilidad y vivacidad con la que nos atendía a todos en ese apartamento donde ya vivía sola después de la partida de su esposo. 

Ella conecta de inmediato con jóvenes y mayores y comunica esa energía y pasión por las artes que caracteriza a los seres luminosos como ella, de origen vasco, madre de un músico. En su casa pasamos varias veladas, cuando nos ha contado la alegría de visitar Colombia, donde hizo una gira para representar el cuento Isabel viendo llover en Macondo.

Poco antes de la partida del autor de El amor en los tiempos del cólera hacia el misterio del más allá, tal vez ya afectado por la peste del olvido, la recibió en la costa caribe y dieron un paseo propiciado por Mercedes Barcha en carroza halada por caballos por las calles de Cartagena de Indias, del cual hay amplio testimonio fotográfico.
 
El jueves la volví a ver en el consulado de Colombia en París, en el marco de una mesa redonda que sostuvimos con la francesa Annie Morvan, la traductora al francés una decena de sus obras, y el novelista bogotano Juan Gabriel Vázquez.

Pese a su edad y estado de salud, Tachia llegó con su hermana Irene y se sentó en primera fila igual de risueña y radiante que siempre, con la mirada viva del amor. Era muy emocionante verla de nuevo allí, en territorio colombiano, para hablar sobre la literatura de nuestro país, marcada para siempre por la obra del creador de Macondo.

Su hermana contó ante el público una sorpresiva anécdota. Gabriel llegó una tarde al pequeño apartamento donde vivían en la calle Assas con su amigo el padre Camilo Torres Restrepo y ella les preparó una deliciosa sopa de lentejas. Irene estaba tan encantada hablando con el inteligente y apuesto estudiante colombiano de postgrado de la Universidad de Lovaina, que Gabriel le advirtió muy preocupado y en secreto que se trataba de un cura. ¡Es un cura, le dijo!

Tachia se casó con el ingeniero de petróleos Charles Roussof, con quien vivio 40 largos años y residían en un apartamento en un piso alto de un edificio de la rue du Bac, casi esquina con Saint Germain des Prés, frente al cual está situada ahora la plaza que lleva el nombre del colombiano, inaugurada con pompa hace algunos años por la alcaldesa de París.

Se habían conocido un 21 de marzo de 1955, cuando el colombiano quedó varado en Europa tras el cierre del diario El Espectador por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y vivía como tantos jóvenes en la pobreza recogiendo botellas para vender o cantando en tabernas y bares canciones de su tierra vallenata, que interpretaba muy bien.

El colombiano vivía con otros latinoamericanos que huían de las dictaduras en un hotel donde les fiaban, situado en la rue de Cujas, y Tachia en un apartamento de la rue de Assas, donde se le fue instalando en esas frías jornadas aquel muchacho flaco, pobre, tierno y soñador caribeño que escribía y cantaba todos los días.

Tachia ya había vivido una larga historia de amor con el conocido poeta español Blas de Otero, y era poeta, actriz, activista cultural en torno a la cual se reunían artistas de distintos orígenes y nacionalidades que después se volverían famosos como el músico griego Mikis Teodorakis, Antonio Saura y el artista venezolano Jesús Soto, también amigo del costeño y con quien recorría las tabernas en dúo en busca de unas monedas.

Tachia es una fuerza inigualable y es ella más allá de la anécdota de su romance con Gabriel. Ella es poesía, vida, vino, ficción y realidad. Por eso al verla ahí en el consulado de la rue de Berri, a un lado de los Campos Elíseos, sentí la alegría de reencontrarla y evocar los brindis en su casa, poblada de cuadros, amigos y copas que tintinean en el aire de la noche al calor del vino, el afecto y la literatura.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de mayo de 2024.




lunes, 20 de mayo de 2024

EL FANTASMA DE JOSÉ INGENIEROS


Por Eduardo García Aguilar

En la primera mitad del siglo XX, en la biblioteca de los jóvenes lectores de entonces, que eran muchos en América Latina, figuraban además de los clásicos de todos los tiempos, especialmente griegos y latinos, franceses, rusos o italianos, a veces acompañados por bustos de sus autores o cuadros referentes a sus historias, otros libros del mundo hispanoamericano de escritores como José Enrique Rodó, Miguel de Unamuno, Enrique Gomez Carrillo, Jose María Vargas Vila, que era el best seller de esos tiempos, y José Ingenieros (1877-1925), nacido en Italia con el nombre de Giussepe Ingegneri.
Médico psiquiatra formado en Buenos Aires, profesor de psicología experimental y neurólogo, estudió también en París, Lausana y Heildelberg, Alemania, convirtiéndose en una eminencia de su época que influyó en la reforma de la universidad argentina, y fue cercano a las ideas comunistas al principio y anarquistas después, y durante su corta vida de solo 48 años apasionado antiimperialista, por lo que fue leído con entusiasmo por los jóvenes en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.

Como los hombres de su época, era muy elegante, llevaba bigote retorcido, camisas de cuello almidonado con corbata y sombreros de diversos tipos, pareciéndose a un dandy finisecular y decimonónico. Así vestían otras estrellas de su tiempo como el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, Gómez Carrillo, José Eustasio Rivera y Vargas Vila, entre otros.

Me recuerdo muy bien de él porque en la biblioteca de mi padre Alvaro García Cortés, estaban varios de sus libros, entre ellos el que lo hizo famoso, El hombre mediocre, y Las doctrinas de Ameghino, sobre un argentino de origen italiano como él para quien la humanidad apareció en la pampa argentina, o sea que ese país era la cuna de la humanidad, propiciando la creencia entre sus contemporáneos de que Dios era argentino, mucho antes de la aparición mítica del Che Guevara, Maradonna y el papa Francisco, primer pontífice latinoamericano.

Mirando algunos de los archivos de mi padre, que nació en Marquetalia, Caldas, en 1913, vivió largo tiempo en Manizales y murió en la capital colombiana en 1991, y quien amaba los libros y la literatura con pasión, he tratado de imaginar a todos esos lectores jóvenes de esa época plagada de grandes acontecimientos mundiales, las guerras de 1914-1918 y 1939-1945, conflictos y explosiones sociales y políticas que sacudieron los países del continente y por supuesto a Colombia.

Siempre ha habido la tendencia a olvidar aquellas décadas que se caracterizaron en todo el continente por una febril lucha de ideas que reproducía y enriquecía las luchas ideológicas y bélicas de Europa y se relatan en la gran literatura de su tiempo en obras cumbres como La marcha de Radetzky de Joseph Roth, La Montaña mágica de Thomas Mann o los libros de Hermann Broch y otros muchos.

Parte de aquellos jóvenes que despuntaban al mundo en los años 30 y 40, querían demarcanse del mundo agrario, autoritario  y tradicional de sus padres y abuelos, que trabajaron en las fincas y pampas continentales, tumbando monte y cuidando ganado,  y su rebelión consistió en irse a las ciudades, donde se escuchaban los tangos de Carlos Gardel, figura también a la que imitaban en su forma de vestir elegante, con trajes hechos a la medida por sastres, y el mismo corte de pelo engominado, sombrero Stetson como Edward G. Robinson y Al Capone, chaleco, mancuernas y mocasines superlustrados.     

Algunos de los hombres de esa generación pudieron realizar estudios universitarios y los que solo terminaron el bachillerato para después dedicarse a trabajar, se caracterizaron por ser profundos autodidactas, humanistas, coleccionistas de libros y lectores empecinados amantes de la literatura, el pensamiento y las ideas en boga que circulaban por el mundo y el continente. Mi padre era uno de ellos, liberal de ideas progresistas, laico, abierto a las diversas tendencias de la época, librepensador lector de los clásicos y de figuras como Rousseau, Voltaire y los pensadores positivistas o socialistas que pululaban en América Latina. En su biblioteca me formé, cuando en las frías tardes y noches de Manizales exploraba aquellos libros que descubría y leía con pasión en esos tiempos.

Además de los libros de José Ingenieros, estaban los de Vargas Vila y Unamuno y entre los colombianos los primeros de su amigo y copartidario liberal Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos y Testimonio de un pueblo, que leí muy temprano. También figuraban entre los libros de los colombianos las obras magníficas de Germán Arciniegas y de Indalecio Liévano Aguirre, los ensayos y obras de Bernardo Arias Trujillo, Hernando Téllez, Rafael Maya y José Hurtado García, entre otros muchos.

Gracias a  esa biblioteca devoré desde muy tempano Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y Los comuneros de Arciniegas y la saga Los conflictos sociales de nuestra historia, la biografía de Simon Bolívar y el estudio sobre la Doctrina Monroe de Liévano Aguirre, que los jóvenes liberales humanistas como mi padre leían con entusiasmo.

Hago estas remiscencias porque anoche, depués de la presentación del libro Del famoso y nunca igualado corrido de Quicón Uriate, del autor mexicano Miguel Tapia (1972), en el Instituto Cultural de México, nos fuimos a celebrar y hablé entre otros con el escritor argentino Edgardo Scott (1978), quien a su vez se refería a la biblioteca de su padre.

De repente nos vimos en medio del tintineo de las copas hablando de José Ingenieros, algo surrealista y absurdo en estos tiempos. Dos latinoamericanos de París, un siglo después de Alfonso Reyes, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Alejo Carpentier y Miguel Angel Asturias, rememorando a una figura olvidada y pasada de moda, que sigue tan viva como Rodó, Vargas Vila, Mariátegui, Unamuno, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Unamuno, Ortega y Gasset y tantos otros ídolos de aquella época en la que nacieron y crecieron nuestros padres lectores y humanistas.
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 Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domiungo 19 de mayo de 2024.

sábado, 11 de mayo de 2024

LOS BARRIOS MARGINALES DE MANIZALES

Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato, una de las más emocionantes experiencias fue dar clases de albabetización para adultos en los barrios marginales de la ciudad, situados por lo regular en precipicios y barrancos que daban hacia abismos y que en ese entonces, y tal vez en la actualidad, solo saltaban a la fama cuando ocurría un deslizamiento y morían familias enteras arrastradas por el pantano y la tierra removidos por los aguaceros andinos.

Nuestra generación y otras anteriores y posteriores, han estado caracterizadas en nuestro país por tener una conciencia social que despierta desde la infancia cuando quienes tuvimos la fortuna de no carecer de nada nos enfrentábamos por primera vez al dolor de la pobreza generalizada y la romería nocturna de niños, mujeres o ancianos que tocaban en las puertas de nuestras casas para pedir los "sobraditos", en diminutivo.

Lo que más me impresionaba era que casi nunca se veían los rostros de quienes esperaban en silencio y en la noche junto a la puerta a que la madre o la abuela llegaran con la comida caliente que siempre les ofrecían. Esa misma escena ocurría en casi todas las casas de la "ciudad de arriba", lo que muestra la magnitud del hambre y la pobreza escondida desde siempre en los barrios periféricos de las hondonadas del norte, junto a la quebrada de Olivares, o más abajo de Hoyo Frío y las laderas del sur que bajan al río Chinchiná.

Empecé a visitar esos lugares de día, cuando con mi amigo León Duque y los hermanos Buriticá y otros compañeros de la infancia nos aventurábamos a correr con nuestras ruedas de caucho hacia aquellos alejados lugares del norte en cuyas laderas se olía el cisco de la Trilladora de café o el aroma de la cerveza que fluía hacia los precipicios desde la fábrica situada en El Carretero o más allá del barrio San José o de la estación del Ferrocarril, entonces ya abandonada y en ruinas.

Así algunas veces llegamos al famoso puente de Olivares, lugar de leyendas y fantasmas de suicidas, al que se accedía por los caminos de La Avanzada, zona sulfurosa de tolerancia y malevaje que suscitaba todo tipo de especulaciones. Y en otras ocasiones nos aventurábamos a recoger musgo en el Monte de León, que ahora casi ha sido devorado del todo por el cemento y la urbe, o llegábamos a un lejano barrio aparte, Minitas, situado cerca del matadero, a donde acudían los arrieros con el ganado subiendo las empinadas lomas desde el barrio Asunción, como en los tiempos de la colonización.

Ya más grandes, cuando se avanzaba en el bachillerato, descubrimos otros barrios del sur situados en las hondonadas que daban a Villamaría o al Morro de San Cancio, barrios recientes surgidos de invasiones, cerca de Fátima  o Aranjuez, a donde llegábamos a presentar las obras de teatro que montábamos con Antonio Leyva y Pedro Zapata, una de ellas, Soldados, basada en un texto del barranquillero Alvaro Cepeda Samudio.

Gracias a la efervescencia internacional provocada por el Festival Internacional de Teatro Universitario y al auge del arte comprometido en boga entonces, pudimos conocer uno a uno todos esos lugares marginales donde nos presentábamos y conocimos así la otra cara siempre oculta de Manizales, los rumbos de más allá de la fábrica de tejidos Única o la lejana cárcel blanca, donde actuamos para los presos.

Y ya animados por la emoción inigualable e inolvidable de sentirse útil en la sociedad al enseñar a leer y escribir a adultos atentos, mujeres y hombres ancianos de miradas profundas y tiernas, rostros marcados por el trabajo, el sol, el sufrimiento y la pobreza, una noche caímos en una redada al acudir de madrugada a presenciar una invasión en alguno de esos precipicios que daban hacia Villamaría, por lo que mi primo Olmedo Pineda García me dice, bromeando y señalándolos con la mano izquierda mientras conduce, que soy uno de los fundadores de esos barrios.

Unos diez imberbes muchachos amantes de la poesía y el teatro fuimos capturados por el ejército y encerrados varios días con sus noches en dos calabozos pútridos de la Permanencia de Hoyofrío, de donde nos sacó por fin después de una angustiante espera y cuando en la radio nos acusaban de ser peligrosos terroristas y guerrilleros, el alcalde Ernesto Gutiérrez Arango, quien conocía mundo y sabía bien que éramos solo unos niños que soñábamos con un país mejor sin tanta injusticia y miseria.

Más tarde, cuando con mis amigos Carlos Eduardo Hoyos Gómez y Alberto Giraldo fundamos en el Colegio Gemelli el periódico Conflictos, nos atrevimos a hacer un reportaje nocturno en la zona de tolerancia de Arenales, junto al bailadero Tico Tico o el legendario bar del marica Alberto, a donde nos internamos en algún prostíbulo para entrevistar, con la autorización irónica de la dueña del antro, a jóvenes menores de edad que se prostituían y a las que pensábamos sacar de ahí y redimir con la inocencia febril y utópica de la adolescencia. No olvidaré nunca la mirada de esa muchacha con la que hablé en Arenales, ni el rostro oculto de quienes pedían comida en la puerta, ni la mirada profunda de los adultos analfabetos sedientos de letras. ¿Qué habrá sido de todos ellos?
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de mayo de 2024.

sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.

domingo, 28 de abril de 2024

VARGAS VILA: EL OFICIO DE RABIAR


Por Eduardo García Aguilar

Jose María de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla (1860-1933) salió rabiando de su tumba barcelonesa y viajó a la tierra que lo vio nacer para descansar eternamente. Ministro plenipotenciario de dos países distintos al suyo, este enjuto y diminuto personaje de antiparras quevedianas, triste mirada de hipotético célibe, labios estrechos, grandes orejas y escaso cabello, considerado por Anatole France como el Victor Hugo de las Américas, fue incorruptible y terco liberal de prolífica pluma envenenada, iconoclasta y provocador profesional impugnador de la débil y mediocre burguesía colombiana, enemigo declarado del imperialismo yanqui (“estoy solo, casi  solo en mi campaña contra el imperialismo yanqui”) y del teatro, pues decía que Bernard Shaw era un “ejemplo de insanidad”: “Desprecio tanto al teatro que confundo en él al autor y a los auditores”.
El presidente Eloy Alfaro lo nombró representante diplomático de Ecuador en Roma, y Nicaragua, para protegerlo de los gringos, cónsul general en Madrid. De Colombia dijo que “nada tiene que darme y yo nada tengo que pedirle”. En una una de sus últimas entrevistas  expresó que “hace como diez años no leo un periódico del terruño. Es que no me queda tiempo sino para leer cosas grandes”. Admirado por liberales radicales y anticlericales, leído en muchos países de América Latina y en España, el panfletario logró instituir uno de los fenómenos editoriales más impresionantes de la época. Sus obras completas editadas por Sopena le posibilitaron vivir holgadamente de sus derechos de autor y al morir dejó una fortuna de setenta millones de pesetas.
Fue leído y lo es áun en capas populares, admiradas por una prosa que parecía contactarlas con profundos problemas filosóficos, enrevesados tejemanejes eróticos, además del misterio de un malditismo prohibido. Hasta hace unas décadas se decía en las escuelas a los niños que quien lo leyera vería su lengua convertida en sapo. Si bien es meritoria su actitud rebelde contra dictadores e injusticias y necesario reconocer su imagen de iconoclasta en medio de una cultura de agachadores de cerviz, Vargas Vila llevó a ultranza el tradicionalismo retórico, grandilocuente, retorcido y cornetudo que caracteriza a muchos prosistas colombianos (bastaría leer, con todo el perdón de sus admiradores, a Jorge Zalamea, por ejemplo), aplicándolo afortunadamete a fines más desinteresados que sus contemporáneos. 
Construyó así un castillo de palabras seudofilosóficas, manidos conceptos dulzones y rimbombantes; mañosos, caprichosos, rabiosos y ligeros fraseos como “son los epiciclos del Silencio y no los de la Soledad del pensador, los que causan la aflicción de los espíritus, habituados al reflejo misericordioso de esa constelación de su Palabra, iluminado hasta las esferas más ciegas de la más remota contemplación” (Elogio de los pensadores), logrando así deslumbrar a amplias capas de la sociedad, deseosa de leer en su “salsa” conceptos más elaborados por otros pensadores.
Sus ataques contra Dios, las mujeres, su idea de la muerte, la vida, lo eterno, la infinitud o la noche rayan a veces con la ingenuidad y el sentido común (Ars verba). Si en lo que respecta a la literatura sólo tuvo, según Borges, un contacto en una frase afortunada sobre un fatigador de infamias, que el patíbulo no quiso admitir, sobreviría tal vez su obra panfletaria: Los Césares de la decadencia (París, 1907), sobre déspotas colombianos y venezolanos de diversa calaña o Ante los bárbaros (París, 1902), visionario texto sobre el futuro y sanguinario poder americano. “Es necesario abrir los ojos del mundo, sobre esta gran noche profunda, que es la tiranía de América” -decía-.
Al final de sus días el fogoso anciano se encerró en una odiosa melgalomanía y pensaba que cada una de sus frases y opiniones podían y debían conmover al mundo. Se cubrió con los laureles del incorruptible y es sabido de todos que los incorruptibles son hacedores de guillotinas y patíbulos. Vargas Vila, trastornado por la gloria, deseaba incienso, se solazaba en su soledad, en ese desprecio de los otros humanos, porque él se consideraba el profeta, el sabio, el verdadero, el único, el carente de pecado, el perfecto, inasible demiurgo.
 Con Vargas Vila los huevos fríos de la razón terca encontraron su nido y sólo la insensibilidad (“todo amor y toda ambición han muerto en mi corazón”) podía ser la partera de esa neurótica y abstracta defensa de la libertad con mayúsculas. Un hombre que decía que “de todos los animales, el más peligroso para ser dejado en libertad es la mujer. La mujer podrá llegar a ser libertina, no llegará nunca a ser libre. La mujer no debe tener derecho sino a un voto: el del macho con el cual va a propagar la especie”, no puede arrogarse el derecho de la incorruptibilidad.
Leyendo a ese solitario engreído renacen las lengüetas suicidas de la nueva inquisición. Un extraño halo de “intolerancia progresista” exhudan sus textos: soberbia injusta, sus declaraciones. En el cementerio literario colombiano reposan desde un 23 de mayo (fecha de su fallecimiento), los huesos de un profesional de la rabia, las cenizas de un constructor frustrado de guillotinas.
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Excélsior, Ciudad de México, 1981

LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES: MEDIO SIGLO

Por Eduardo García Aguilar

Hace medio siglo, el 25 de abril de 1974, la Revolución de los claveles en Portugal causó una fenomenal efervescencia en el continente europeo, pues fue una rebelión pacífica animada por militares que llevaban flores en sus fusiles, muchos de los cuales saltaron rápidamente a la fama por derribar la hegemónica y larguísima dictadura del Estado Novo, vigente durante más de medio siglo, y cuya principal figura fue Antonio de Oliveira Salazar.

Portugal, el país de la saudade, es muy especial pues fue clave desde muy temprano en la aventura viajera en los mares lejanos del sur, como lo atestigua la aventura de Magallanes (1480-1521), cuya expedición de tres años entre 1519 y 1522 logró por primera vez dar la vuelta al mundo al atravesar la punta sur de América por el estrecho que lleva su nombre. También la aventura mundial portuguesa en su camino a convertirse en potencia se puede leer en la extraordinaria recopilación de memorias, que bajo el título de Historias trágico-marítimas cuenta múltiples naufragios ocurridos a viajeros portugueses en la ruta hacia Oriente, pasando por el Cabo de Buena esperanza. Otra gran figura y emblema nacional es la de Vasco de Gama, primero en realizar el viaje por ruta marítima hasta la India, entre 1497 y 1499, inaugurando el imperio portugués que monopolizó el comercio de las especias durante siglos, antes de que otras potencias le disputaran la supremacía.

La saudade es precisamente esa nostalgia o tristeza nacional anclada en las glorias pasadas de un imperio que poco a poco fue perdiendo aquella importancia global, hasta reducirse a una franja de la península ibérica que mira hacia el Atlántico y hacia ese otro territorio de ultramar también perdido y grande, el genial y exuberante Brasil amazónico. Visitar en Lisboa los viejos palacios, el antiguo puerto, las magníficas edificaciones oficiales y eclesiásticas de aquel tiempo nos impregna de esa gloria pasada, especialmente en el convento de Los Jerónimos, donde se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del gran poeta portugués de la saudade, Fernando Pessoa, cuya obra vasta y variada resume todas esas sensaciones a través de sus heterónimos, como en el poema Oda Marítima. 

Otra grande gloria portuguesa es Luis de Camoens, el poeta nacional autor de Los Lusíadas, quien viajó como los grandes marinos hacia el oriente, vivió pobre en la lejanía de la colonia portuguesa de Goa, participó en batallas, quedó pobre y perdido en Mozambique y regresó al fin a su tierra para terminar sus días, olvidado, precario y tuerto sin saber que en el futuro su imagen estaría en billetes, estatuas, plazas y colegios.

El dictador Antonio Oliveira de Salazar (1889-1970) había muerto cuatro años antes, tras ser desde 1926 la figura prominente de la dictadura, en la que se desempeñó como ministro de Finanzas, canciller, presidente y Primer ministro. Economista de profesión, el personaje adusto y enigmático logró encabezar la más longeva dictadura europea de entonces, superior en tiempo a la del mismo dictador y caudillo español Francisco Franco.

Pues bien, ese 25 de abril la rebelión pacífica de los capitanes derribó el régimen en unas cuantas horas, y llevó al poder a Antonio de Spínola y figuras como Otelo Saraiva de Carvalho o Melo Antunes que fueron celebrados por la juventud europea,latinoamericana y africana. Desde las capitales europeas los estudiantes tomaban buses o trenes para ir a participar en las maniffestaciones y fiestas de júbilo en Lisboa, Oporto y otras ciudades.

Como pólvora las fotos de los soldados con claveles en los fusiles cruzaron el Atlántico y fueron celebradas por estudiantes en ciudades de Estados Unidos y América Latina. Y al interior de Portugal por un momento la saudade dio lugar al júbilo. Desde el exilio regresaron líderes opositores como el socialista Mario Soares, quien poco después sería el presidente de la nueva democracia portuguesa. Y poco a poco los centenares de miles de portugueses que emigraron para evitar la pobreza en su país, autárquico durante la dictadura, empezaron a su vez a retornar, aunque muchos se quedaron para siempre en los países de Europa y América a donde se fueron, sin perder lazos con su tierra amada.

Todos ellos saben de esa grandeza perdida y por eso la nostalgia invade las calles de Lisboa, donde los viejos tranvías destartalados suben y bajan las empinadas callejuelas frente al mar, en medio de los aromas del café y los platos de la culinaria marina local. Medio siglo después de la Revolución de los claveles, Portugal mira hacia el Atlántico cargado de poesía e historia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de abril de 2024.
  
   


sábado, 20 de abril de 2024

INOLVIDABLES LOCOS CITADINOS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno despunta a la literatura y el arte, empieza a descubrir el mundo con ojos recurrentes que todo lo devoran. Al cumplir la primera década de la existencia y emprender desde entonces el camino ineluctable hacia el fin, las calles de la ciudad natal se convierten en el privilegiado escenario de un teatro iniciático. Lo mejor de la pequeña urbe son las intrincadas calles que suben y bajan y parecen tan empinadas y absurdas que desafían la gravedad, vías por donde se deprende el agua de los aguaceros o algún vehículo que ha perdido los frenos y baja loco a toda velocidad hacia los abismos.

Hay desde el inicio algunos recuerdos que uno cataloga en el fondo de la memoria. Una gran escarabajo en una pared blanca, una botella con bellas cerezas rojas en conserva traídas por el tío Migdonio, el padre afeitándose frente al espejo mientras lo carga a uno con la otra mano, las sirenas que resuenan y anuncian la caída de un gobierno, un inmenso globo aerostático que tratan de inflar en la antigua estación de ferrocarril y por supuesto los discursos airados de Leonardo Quijano, el chaplinesco loco de las calles manizalitas que dirigía un periódico llamado El Diablo.

Todas las ciudades y pueblos tienen sus locos inolvidables y originales y cuando hablo con amigos nacidos en otras urbes, suelen ellos contarme de esas figuras que vieron en sus barrios y se quedaron para siempre en la memoria. Mi amiga Luisa Futoransky me habla de uno que veía en Buenos Aires y siempre está presente en lo que escribe. En México, durante varios lustros me cruzaba en el centro con dos figuras increíbles. Primero la gran poeta Guadalupe Amor, tía de Elena Poniatowska, que ya anciana deambulaba por las calles vestida como una niña gigante, maquillada y cubierta de prendas estrafalarias de muñeca. Ella llevaba siempre un bastón o un paraguas con los que golpeaba a los adultos impertinentes que trataran de abordarla, pero por el contrario siempre se detenía cuando veía niñas o niños y empezaba con ellos diálogos imposibles. El otro personaje era el liliputiense Margarito, el hombre más pequeño del mundo, que recorría las calles cantando y tocando con su mínima guitarra.

Guadalaupe Amor (1918-2000) fue una estrella y diva de la poesía mexicana en los años 40 y 50 y su obra publicada en las mejores editoriales españolas de su tiempo, pero de ser aquella bella mujer admirada y adulada pasó el tiempo y los años 70 y 80 la sumieron en el olvido, cuando otras literaturas despuntaron y arrasaron con el pasado. Vivía por Bucareli en el Vizcaya, un viejo edificio decimonónico frente al ministerio de Gobierno, cerca de las calles y avenidas donde estaban situados en el siglo XX los grandes diarios mexicanos, Novedades, Excélsior, El Universal, entre otros. 

La ancianidad se le vino encima a finales de ese gran siglo y las élites literarias le dieron la espalda, por lo que erraba como un personaje de alguna película loca de Fellini, olvidada de todos, sobreviviendo en un tiempo que ya no le correspondía, pero que ahora algunos estudiosos rescatan con entusiasmo, como Michael Schuessler, estadounidense amante de México que publicó sobre ella el libro Guadalupe amor: La undécima musa.

Lo mismo ocurrió con Leonardo Quijano, de quien se dice fue brillante promesa de la política, el arte y la literatura, pero fue devorado por los fantasmas de la demencia y la excentricidad. Uno lo veía siempre deambular por las calles y viejos cafés cargando su cartapacio de dibujos o vendiendo su periódico El Diablo, que traía publicidades de negocios o bares citadinos y publicaba textos suyos escritos en un idioma críptico e incomprensible cargado de extrañas musicalidades. 

Su periódico lo editaba en una imprenta del centro y cuando salía un nuevo número sus admiradores, entre ellos estudiantes de bachillerato y universidad, sindicalistas, abogados, políticos, lo compraban con gusto y trataban de hablar con el inasible personaje que seguía su rumbo hacia la guarida secreta donde vivía. A veces era presa de agitaciones delirantes y en la Plaza de Bolívar, junto a la gobernación, pronunciaba largos discursos en el galimatías incomprensible con que pensaba y escribía.

Quijano tuvo sus protectores y amigos como el nadaísta Mario Escobar Ortiz y el filósofo Hernando Salazar Patiño y muchos más. El hacía parte del centro histórico y como Guadalupe Amor en México, vivía allí en perfecta conjunción con ese mundo ido donde eso era posible y tolerado. Al final dicen que el poeta Wadys Echeverry lo rescató del manicomio de San Cancio y lo entregó a unos familiares que se lo llevaron a otro lugar, donde se esfumó para siempre.

Su figura me impactó en la adolescencia y siempre escuché sus discursos pantagruélicos y de tanto verlo y cruzarlo y comprarle su diario, terminó aceptándome desde su silencio como a otros de sus jóvenes admiradores. Por eso en mi primera novela Tierra de leones lo hice personaje central, imaginándome otra vida paralela en una ciudad tan extraña como la nuestra, dotada de un magnífico centro histórico propicio para la ficción. También le dediqué un largo relato bajo el título Una ciudad para Quijano, donde imaginaba otro destino para él y que fue publicado en la revista La Palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana en 1981.

Los locos citadinos siempre fueron personajes preferidos por los novelistas y sin duda el más grande de todos es el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que era también un Quijano como el nuestro. Desde el margen de sus locuras, Alonso y Leonardo Quijano y la mexicana Guadalupe Amor, con sus airadas imprecaciones callejeras y sus silencios cargados de miradas, nos interpelan y nos forman cuando despuntamos a la vida y por eso sus leyendas respectivas perviven en el desván personal de los prodigios.    





sábado, 13 de abril de 2024

UN MUNDO DE ÉXODOS

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los fenómenos que más se han acelerado en este primer cuarto del siglo XXI es el desatado flujo migratorio que afecta todos los rincones del planeta, cuando aumenta exponencialmente la población mundial y se incrementan los conflictos de toda índole que los gobiernos parecen incapaces de controlar.

Millones de personas del sur global huyen de sus terruños empobrecidos y sumidos en la violencia y arriesgan sus vidas para llegar a las naciones ricas del norte donde se supone encontrarán trabajo, seguridad social y una mejor vida, tal y como se promociona en los medios, la música popular y las redes sociales.

Los asiáticos huyen de los conflictos étnicos que afectan sus países como en Birmania o Bangladés, del sureste asiático huyen de Afganistán o Pakistán, como en otro tiempo huyeron de Camboya, Vietnam y Laos y así sucesivamente todas las regiones se ven afectadas por un efecto dominó que incluye genocidios, guerras religiosas, yihadismo y hambrunas africanas, o la pobreza y la violencia narcotraficante que gangrena norte, centro, sur y Caribe latinoamericanos.

La primera causa de ese éxodo generalizado son las guerras cíclicas que obligan a la mayoría de la población a huir de los bombardeos y la muerte segura, como en Irak, Afganistán, Líbano o Siria, países devastados y arrasados por guerras atroces, a lo que se agrega ahora el éxodo de ucraniano, que se instaló en masa en Europa.

Hace apenas unos años se apiñaban en las fronteras del este millones de migrantes que huían de Asia y Oriente Medio hacia Europa y morían en arriesgadas travesías por mar, o quedaban atrapados en campamentos en países intermedios, hacinados, enfermos y rodeados por extremas medidas de seguridad destinadas a disuadirlos de seguir el viaje.

En la última década el flujo dramático proviene de África y se cuentan ya por decenas de miles los migrantes muertos al naufragar sus precarias embarcaciones en el Mediterráneo, frustrando su intento de tocar playas griegas, españolas o italianas. Los que sobreviven y se cuelan por las porosas fronteras siguen el camino hacia el norte, desde donde intentan cruzar el canal de la Mancha hacia el Reino Unido o las costas belgas, de los Países Bajos o Dinamarca, donde se quedan o tratan de llegar a El Dorado de Suecia o Noruega.

Fui testigo de ese lento proceso cuando en la década pasada en la estación de trenes de la rica ciudad alemana de Múnich, ya de por sí atestada de migrantes turcos y griegos,  veía el flujo permanente de asiáticos y mediorientales que llegaban desorientados por miles y eran recibidos por asociaciones caritativas. Se veían muchas madres solas con hijos menores que habían logrado superar los filtros fronterizos y eran solo la ínfima parte del éxodo que ya se apeñuscaba en Turquía, Grecia, Austria, los países balcánicos o del este europeo, como Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia y República Checa.

El fenómeno llegó a tales niveles, que la canciller alemana Angela Merkel ordenó recibir a casi dos millones de inmigrantes, por lo que en ciudades, suburbios y pueblos se veía como proliferaban las instalaciones plásticas tecnificadas donde se alojaban esas personas.

Fue una decisión estratégica, pues la natalidad alemana se había desplomado a tales niveles que se ponía en riesgo el futuro del país. Muchos de esos migrantes jóvenes del sur son de clase media que vienen educados y formados en diversos oficios e incluso ostentan títulos universitarios. Todos esos jóvenes obtuvieron empleo rápido en hospitales, fábricas, obras públicas o restaurantes y comercios, impulsando de paso la economía.

La mayoría de esas personas vienen sedientas de vivir en paz y ponerse a trabajar de inmediato, lo que el gobierno entendió y es un hecho palpable, pues la industria, el agro y todas las actividades fueron irrigadas por esa nueva fuerza laboral. Casi todos los países europeos desde Noruega, Suecia y Dinamarca hasta los del este y el centro han experimentado radicales cambios sociológicos visibles en el creciente mestizaje palpable en escuelas, parques y calles.

En París es tangible la filtración permanente de migrantes de todas la nacionalidades que llenan plazas, bulevares y suburbios capitalinos hasta que son trasladados en operativos especiales y distribuidos en ciudades y pueblos del interior, en medio de las protestas de la población, que adhiere a los partidos xenófobos de extrema derecha, lo que es la tendencia generalizada en el continente y se verá reflejada en las próximas elecciones europeas de junio.

Como toda la población mundial está ahora conectada a través de los teléfonos celulares, las pantallas se han convertido en un imán que llena de sueños a la juventud dopada por las imágenes irreales del primer mundo agenciadas por la publicidad de las marcas de lujo y la música popular del rap y el reggeaton, influida por el arribismo y la codicia de la ideología narcotraficante y mafiosa.  

En el siglo XX este fenómeno fue visible en países como Estados Unidos, Brasil y Argentina, que recibieron oleadas de inmigrantes europeos que huían de la miseria o las guerras y venían de Oriente Medio, China, los balcanes, Italia, Francia o España. Pero en ese entonces no había televisión ni internet ni redes sociales y las noticias circulaban a través de los tangos, las cartas o los cinematógrafos. 
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Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de abril de 2024.




 


sábado, 30 de marzo de 2024

LLEGAR EN ABRIL A LA CIUDAD DE EIFFEL

Por Eduardo García Aguilar


Llegué a París un 5 de abril, al inicio de la primavera, cumpliendo el rito de un sueño adolescente. Hacía frío, pero un extraño fuego parecía incendiar los viejos monumentos cubiertos por el óxido verduzco o la añeja ceniza de las chimeneas. Percibíamos el olor novedoso de una ciudad cuyas casas y templos albergaron durante siglos la fe o la duda de sus habitantes en tiempos de reyes. Los cementerios estaban repletos de seres idealistas que antes vibraron por sueños y batallaron hasta la muerte por paraísos que nunca se cumplieron como La Revolución Francesa o la Comuna de París. Aquella tarde vimos revelado el resplendor implacable de la vida, la triste insignificancia de las generaciones, el fluir de la materia perecedera que nos conforma y de la que solo somos accidente.

Tres días antes había muerto el presidente Georges Pompidou. El país se aprestaba a un nuevo cambio, pero la incertidumbre no se reflejaba en las caras blancas, lívidas, de los transeúntes, que en abril, cubiertos por gabardinas y abrigos, expelían de sus bocas un aliento humeante. Después de bordear el Sena unas horas y mirar fluir el agua desde los puentes con un ejemplar recién comprado de Le Monde debajo del brazo, me acerqué a la estación del metro. Abajo pregunté por donde introducir el boleto amarillo y fue como ingresar al tren fantasma de la infancia, cuya oscuridad era sorprendida a veces por algún monstruo o una aparición levitante. El tren era casi centenario, verde, de madera y renqueante.

Llegué a la estación Saint-Lazare, donde sin duda el poeta José Asunción Silva y José Maria Vargas Vila deambularon como tantos otros modernistas de nuestro continente, maravillados por el progreso y la magnificencia  de la arquitectura de hierro de Eiffel. Nos impresionaron también esos amplios hangares, las vastas techumbres y vigas de hierro, los frisos art-decó, las enmarañadas marquesinas que aquella tarde parecían cargar ellas solas con la fuerza de mil nubes eternas.

Al día siguiente se celebraron los funerales nacionales de Pompidou, el presidente que sucedió al viejo general Charles de Gaulle. Letrado y estadista amante del arte y la poesía, elaboró una de las mejores antologías de la poesía francesa y durante su gobierno se prepararon las bases para la construcción del museo de arte moderno Beaubourg, que llevaría su nombre. Empezaron a llegar presidentes y mandatarios de todo el mundo, entre ellos Richard Nixon, y sus honras fúnebres fueron en la catedral de Notre Dame. Después vinieron las elecciones anticipadas en las que participaron el socialista François Mitterrand, el gaullista Jacques Chaban Delmas y el centrista ex ministro de Economía, Valéry Giscard d'Estaing, quien ganó. Los debates en la televisión y en la gran prensa eran fascinantes y el ambiente se convirtió en un curso inmediato de ciencias políticas.
 
En la década siguiente vinieron muchos cambios en el mundo. Los hippies y los revolucionarios se volvieron viejos y pasaron de moda. Se acabaron los sueños de Mao y los maoístas se quedaron sin patriarca. China se modernizó y dejó atrás el viento medieval que su viejo tirano había querido imponer. Vietnam ganó al imperio estadounidense una guerra interminable. Bajo el mando de Pol Pot, Camboya vivió la amarga experiencia totalitaria que Conrad vislumbrara en el Corazón de las tinieblas.

Portugal derrotó a la dictadura y se volvió una democracia europea. España vio morir al tirano Franco y después se dio la convivencia impensable años antes, entre la monarquía y el gobierno socialista. Mitterrand llegó al poder después de buscarlo durante décadas. Nixon tuvo que renunciar acusado por ágiles periodistas. El shá de Irán dio paso a una dictadura religiosa. Murió Sartre y con él toda una época. Murieron Malraux, Neruda, Lennon, Buñuel, Miró, dos papas, Brejnev, Marcuse, Ingrid Bergman.

Vimos a Julio Cortázar deambulando en Toulouse, hombre que no envejecía, luchando con entusiasmo por un sistema en el que tal vez no hubiera querido vivir. Vimos a Sartre muy enfermo y babeante caminar en un cementerio del brazo de Simone de Beauvoir y desmayarse casi en el sepelio de Pierre Goldman. El tiempo pasó como en una larga película hollywoodense. La misma guerra que vemos arder ahora en muchas partes del mundo es la misma conflagración metálica, fría, de profesionales, donde los que pierden son mujeres, niños y viejos. 

De pronto, al final del túnel del tiempo, después de muchas peripecias y volteretas, hay sin embargo una nueva realidad al otro lado en el continente latinoamericano desde México a Brasil, pasando por Colombia y Chile, por lo que en muchas ciudades peligrosas y maravillosas a la vez se expresa el futuro. Hay que estar con los ojos abiertos observando la fusión de nuestras pasiones, nuestra lengua, nuestras calles repletas de basuras y de hombres angustiados, mirando y escribiendo el reino del caos. 

Lo que no morirá será la palabra de quienes prefieren la trinchera de los lápices a la de las armas. Dándole la espalda a los vendedores de paraísos obligatorios y a los tecnócratas de la guerra y el tedio, podemos mirar el horizonte y saber que pese a la sudorosa penuria de nuestros suburbios y calles, a la algarabía de los mercados, o tal vez no pese, sino gracias a todo ello, podemos seguir escribiendo la verdad de América Latina, un rincón maravilloso del mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 31 de marzo de 2024.
 
 



lunes, 25 de marzo de 2024

CIEN AÑOS DE LA MONTAÑA MÁGICA

Por Eduardo García Aguilar


En 2024 se cumplen cien años de la publicación de la novela La montaña mágica del Premio Nobel alemán Thomas Mann, uno de los libros más significativos del siglo XX, que transcurre antes del inicio de la Primera guerra mundial en el Sanatorio Internacional Berghof para tuberculosos de Davos, en los alpes suizos.

El joven burgués y huérfano Hans Castorp, criado por su abuelo y su tío en Hamburgo, va de visita al sanatorio a ver su primo Joachim, afectado por ese mal que después sería controlado con la aparición de la penicilina, pero al final termina quedándose allí durante siete años, antes de partir a enrolarse en el ejército alemán al iniciarse la guerra que ya se sentía venir en los primeros lustros del siglo XX.

Castor termina seducido por el ambiente del lugar, comandado por el médico Behrens, que ama el arte y es pintor y es secundado por el psicoanalista Krokovski, quien realiza sesiones donde circulan las ideas que comenzaban a estar de moda bajo la batuta del gran Sigmund Freud y sus jóvenes discípulos en la capital austriaca Viena.

En el hospital hay un lujoso comedor con siete grandes mesas para una decena de comensales cada una, donde día a día personajes variados se encuentran y establecen todo tipo de relaciones y diálogos, a veces sacudidos por la muerte súbita y ya prevista de algunos internos, suicidios inesperados o la llegada de nuevos clientes, como la bella y sexual Clawdia Chauchat, de la que se enamora perdidamente el joven protagonista.

Durante su estadía, que era primero solo como visitante, el joven ingeniero naval Castorp resulta diagnosticado con el mal, por lo que se queda para seguir el tratamiento. En aquellas alturas nevadas comienza a relacionarse con el escritor liberal italiano Settembrini, con quien sostiene amplias discusiones apasionadas mientras caminan por el pueblo o las montañas. El excéntrico maestro se vuelve su mentor a medida que avanzan las sesiones de formación socrática en temas filosóficos, literarios y políticos.

Después esos temas serán cotejados y complementados con la aparición del jesuita Naphta, contradictor que se enfrenta con Settembrini en una magnífica esgrima intelectual y verbal sobre todos los temas, como era de uso en esos tiempos a la vez tan modernos y tan lejanos de nosotros.

A lo largo de la novela se viven momentos intensos durante las diversas agonías a las que asiste Castorp en una etapa de su estadía, cuando se dedicó a la obra de caridad de acompañar a los enfermos hasta el último suspiro. A veces en pleno invierno, los cuerpos de los fallecidos eran enviados al pueblo en trineos de bobsleigh que bajaban raudos sobre la nieve. 

Pero también en medio del aislamiento había fiestas, recepciones, ebriedades, sesiones de espiritismo, delirios bajo tormentas de nieve, exaltaciones, presencias de personajes absurdos y caricaturales, erotismo desbordado e iluminaciones, mientras abajo, en la Europa real sucedían las crisis económicas y se preparaban los ejércitos.

Ha pasado un siglo, pero Europa sigue viviendo inmersa entre los mismos fantasmas, sumida en la incertidumbre de la guerra, la división, la crisis y el sonido ineluctable de los tambores bélicos que retornan de manera cíclica, ante la inercia cómplice de líderes que llevan al matadero a sus ciudadanos como el Flautista de Hamelin llevaba ratas al abismo.

Por eso La montaña mágica es tan importante y necesaria, convertida en un clásico permanente y vivo, como lo han sido Prometeo encadenado de Esquilo o la Divina Comedia de Dante, entre otras. Y es un ejemplo logrado de lo que es una novela, o sea la creación con palabras de un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo, a veces más nítido y palpitante que la propia realidad.

Los grandes autores de novelas son creadores de universos. Antes de emprender la escritura y durante el proceso, el autor va armando una catedral de tiempo y lugar, donde deambularán los personajes. Para ellos hay que inventar paisajes, calles, ámbitos climáticos y geográficos, bajo la lluvia o el sol y las circunstancias históricas donde transcurren sus existencias. Es un reto enorme para el novelista y si logra escribir una obra maestra como ésta, siente una gran sensación de victoria y poder, aunque muchas veces ignora que lo ha logrado, porque el veredicto definitivo sobrepasa el tiempo de su existencia y se interna hacia el futuro hipotético. 

El periplo de Hans Castorp encarna el destino del humano en todas sus circunstancias.  Por eso al final de su formación y retiro, baja de las alturas a enrolarse en el ejército de su país, sabiendo que morirá, pues en esas batallas cuerpo a cuerpo de la Primera guerra mundial eran pocos los sobrevivientes, solo aquellos que mutilados o no, permanecían en el mundo para contarlo. 

Allá arriba en ese ámbito cerrado, Thomas Mann logra hacer una metáfora de las incertidumbres de su época, que iba directo a la guerra en medio de los grandes avances de las ciencias, la tecnología y la industria mundiales. En ese universo cerrado hay tiempo para cavilar sobre todos los temas esenciales posibles, los mismos que hoy agitan y en el futuro preocuparán a ciertos individuos alertas que viven la existencia como un relámpago permanente.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de marzo de 2024.