sábado, 26 de marzo de 2022

LEER EL QUIJOTE DE LA MANCHA

Por Eduardo García Aguilar

Todos deberíamos leer con cierta frecuencia el Quijote de la Mancha, la obra crepuscular de Miguel de Cervantes que se convirtió en uno de los más grandes clásicos de la humanidad al lado de la Biblia, La Ilíada, La Odisea, los libros sagrados asiáticos El Mahabarata y El Ramayana y las sagas europeas y prehispánicas de todos los tiempos, desde Los Nibelungos hasta el libro maya Popol Vuh.

Cervantes escribió esta obra ya anciano para su tiempo siendo un sexagenario que pasaba por grandes dificultades como la cárcel y cargaba la acumulación de muchas frustraciones, entre ellas el haber sido secuestrado, participado en guerras donde perdió el uso de su brazo, y no ser nombrado funcionario del reino en Cartagena de Indias. Si hubiera cumplido el deseo de viajar a América su destino económico habría sido otro, pero no existiría la magna obra que aun nos maravilla y que comenzó a redactar en una celda fracasado y sin futuro alguno.

Cuando voy a Sevilla me encanta visitar el Archivo de Indias y caminar por esas calles tan familiares que se parecen a las de las grandes ciudades coloniales latinoamericanas. También gozo la vista de la catedral sevillana, que fue reproducida en muchas de las urbes del Nuevo Mundo. Lo mismo siento en la Gran Canaria, el lugar donde paraban antes de cruzar el Atlántico Cristóbal Colón y otros viajeros y conquistadores que se aventuraban hacia lo desconocido.

En uno de esos viajes por casualidad me topé con una muestra dedicada al escritor y pude ver de cerca las cartas y documentos donde pedía con insistencia un puesto en ultramar y pude ver su firma y su letra junto a objetos, enseres y complejas cajas fuertes de esa época, fabricadas en Alemania. En el Archivo de Indias uno viaja en el tiempo y parece estar cerca del viejo escritor cuya vida fue una lucha interminable. Y en Madrid me hospedé en el maraviloso Hostal Fernández, un sitio muy barato que semejaba el apartamento de una abuela y desde mi cuarto podía ver al frente la casa donde murió el autor.  

Tuve la fortuna de cruzarme con el Quijote muy temprano gracias a la edición que tenía mi padre, gran lector y admirador de ese libro, tal vez su preferido.  De manera que muy temprano tuve conciencia de la magnitud de esa historia y en especial la fuerza de sus palabras. Desde entonces lo he leído varias veces y en cada ocasión he sentido los efectos, pues lo que uno escribe sale mejor después de haber estado en contacto con su prosa. Cuando en bachillerato me expulsaron del Instituto Universitario y además los profesores me pulverizaron en las calificaciones, me refugié en la Biblioteca Municipal para leer partes de la obra en una edición enorme e ilustrada con los dibujos del gran Gustave Doré.

Cuando caemos en desgracia, cuando las vida nos da palizas, cuando el rumbo deseado nos es esquivo, cuando todo parece oscuro y cubierto por la bruma de la melancolía, no hay mejor remedio que leer El Quijote para que vuelvan los ánimos y uno se sienta como un caballero andante capaz de recorrer todos los caminos con la adarga al aire para vencer las injusticias y enderezar el rumbo. Por eso todos los que dedican sus vidas a luchar por la justicia, la igualdad, el bienestar para todos y fracasan en el intento, son hijos de la utopía y a todo honor están unidos para siempre al impulso quijotesco.

Entre muchas de las aventuras que suceden en esa obra, todas disfrutables, siempre me encantaba en especial la del gobierno de Sancho en la Insula Barataria, donde el personaje mostraba dotes de ser gran estadista. Desde entonces siempre supe que muchas veces, a diferencia de los tecnócratas o los delfines hijos de las élites, los que menos parecen preparados para llevar las riendas de un gobierno, pueden convertirse en los mejores, pues han vivido la vida desde abajo y conocen los verdaderos sufrimientos de las clases populares, los marginados, los que son invisibles porque nadie los ve ni los tiene en cuenta, como los pobres de todos los orígenes, los indígenas y los esclavos negros que vinieron amarrados en galeras desde Africa. 

Pero sin duda alguna lo fascinante de esta obra magna tan actual, es la fuerza utópica del protagonista, el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a lo largo de la historia se dedica a "desfacer" entuernos y a inmiscuirse en las mejores causas, como defender desvalidos y castigar matones. De punta a punta vivimos las aventuras del manchego y nos queda grabada para siempre la fuerza de su idealismo como un ejemplo para la humanidad.

Por eso cuando hablaba con mi amigo el poeta Juan Carlos Acevedo sobre una frase que pudiera condensar esa energía magistral de un desfacedor de entuertos, no dudé en apostar por la que me salió al instante como en los juegos automáticos de los surrealistas: Si todos llevamos un Quijote de la Mancha en nuestro corazón, sobreviviremos a las tempestades y conjuraremos todas las catástrofes y los apocalipsis del mundo.
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Publicado el domingo 27 de marzo de 2022 en La Patria. Manizales. Colombia. 


sábado, 19 de marzo de 2022

EL OSTRACISMO LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

No hay duda de que las mujeres escritoras latinoamericanas del siglo XX siempre fueron ocultadas por un sistema que era diseñado por y para el brillo de los hombres, fueran jóvenes lobos en ascenso o viejos patriarcas instalados en sus cómodas poltronas. Nuestra generación, que fue la primera en que empezaron a abrirse puertas a algunas autoras, vivió en carne propia lo que era ese reino absoluto y voraz de los patriarcas literarios del siglo desde Lugones, Vasconcelos, Reyes, Borges, Bioy, Gallegos, Neruda, Asturias y Paz, hasta las estrellas ultramasculinas del boom.

Salvo en el mundo literario anglosajón, donde ya en la primera mitad del siglo XX se dio la irrupción de extraordinarias autoras como Virginia Wolf, Anais Nin, Djuna Barnes, Doris Lessing, Nadine Gordimer, entre otras muchas, en el resto de las lenguas y en la nuestra en especial siempre los reflectores se dirigieron a hombres que encarnaban países como padres de la patria idolatrados y cubiertos de incienso, amantes del poder y los honores, casi todos blancos, burgueses, pomposos, encorbatados y urbanos.

En el mundo hispanoamericano esa fue siempre la regla y la existencia de clanes masculinos en cada país y en la región entera contribuía a sobredimensionar sus obras, que eran aplaudidas a su vez por una crítica de predominancia masculina en el marco jerárquico y petrificado de las universidades y la prensa. Y se crearon así poderosas sociedades de elogios mutuos en torno al gran jerarca nobelizable del momento, a donde se ingresaba por cooptación y servil espíritu de cortesanía.

Nuestra generación vivió dentro de ese sistema como si fuera algo ineluctable y los nuevos escritores, narradores, poetas y ensayistas construían a su vez  nuevos clanes y se preparaban para subir al trono a medida que fueran desapareciendo esas figuras totémicas que reinaron sin compartir el poder a lo largo del siglo XX. Las mujeres escritoras solo estaban invitadas al banquete como observadoras, musas, esposas o groupies de los ídolos.

Los grandes poderes editoriales hispanoamericanos eran a su vez controlados en Barcelona, Buenos Aires o México, salvo excepciones, como fue el caso de Carmen Balcells, por hombres que en pleno apogeo clánico definían ascensos y caídas, premios, condecoraciones y consagraciones. Pero Balcells, aunque mandaba como la Gran Mamá Grande de la literatura en castellano, estaba totalmente al servicio de los futuros patriarcas que ella inventaba y empujaba a la fama y a la riqueza y junto a los cuales no había ni por equivocación una sola mujer escritora.

Igual ocurría en las rancias academias de la lengua dominadas por empolvados carcamanes trajeados de saurios que se cooptaban unos a otros desde los tiempos inmemoriales y duraban más tiempo que las tortugas de Galápagos para defender lo castizo decimonónico y la ortodoxia literaria.

En los departamentos de humanidades y literatura en las universidades también reinó hasta hace poco una hegemonía legitimadora de esa dictadura patriarcal y miles de tesis dirigidas por académicos mandarines proliferaban como conejos desbocados al por mayor, y solo servían para rendir homenaje repetitivo en monótona cantinela a los mismos patriarcas triunfantes, como si no hubiera nada más y la literatura solo fuera asunto de poderosos machos alfa cargados de condecoraciones.


Las mujeres estaban ahí y escribían durante el siglo XX, pero nadie las veía. Siempre los bombos fueron para los infatuados ídolos del éxito y los nuevos escritores hombres emergían generación tras generación como promesas y medraban en las antesalas del poder antes de caer en la desgracia y el olvido y aun hoy siguen muy inocentes y muy esperanzados como gallos que mueven sus crestas y afilan sus espuelas, sin saber que son ya una especie en extinción.

Todo eso lo sentíamos y lo veíamos, pero solo ya entrado el siglo XXI, comienzan a cambiar los paradigmas culturales. Muchas de esas mujeres ocultas son rescatadas del ostracismo: entre las narradoras Elena Garro y Amparo Dávila en México, Elisa Mujica, Helena Araújo, Albalucía Angel y Fanny Buitrago, en Colombia, y así sucesivamente se pueden hacer largas listas en cada país. Y eso sin contar a las magníficas poetas latinoamericanas que siempre fueron ocultadas de manera deliberada por la crítica y el poder literario en el marco de los grandes movimientos. 

Hubo algunas excepciones, como fue el caso de varias poetas y escritoras uruguayas, brasileras y argentinas, Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Clarice Lispector, Olga Orozco, en países del cono sur donde mucha gente descendía de los barcos que traían inmigrantes europeos, o el fenómeno milagroso de Gabriela Mistral, que fue la excepción que confirmaba la regla a lo largo del siglo XX. Todo eso está cambiando por fortuna en este siglo y por fin las escritoras de las nuevas generaciones ya no pueden ser ocultadas, ninguneadas, escondidas detrás de las cortinas y borradas del mapa. Esa es la revolución coperniciana de la literatura hispanoamericana de hoy y eso hay que celebrarlo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de marzo de 2022.
* En las fotos Gabriela Mistral, Olga Orozco y Victoria Ocampo.

 

viernes, 4 de marzo de 2022

FRANCESCA GARGALLO, SICILIANA DE MÉXICO

Por Eduardo García Aguilar

La escritora y ensayista italiana Francesca Gargallo (1956-2022), quien nos dejó esta semana, era una increíble siciliana que publicó en 1980 el primer libro de cuentos en su lengua materna, pero decidió viajar a México para adoptar la lengua española y dedicar su vida a la escritura, la docencia y la militancia feminista e indigenista en la capital mexicana y en varios países latinoamericanos que recorría con frecuencia de un lado para otro, entre ellos Colombia, donde tenía muchos amigos.

Gargallo llegó a México en el mejor momento, cuando la vida cultural y literaria del país estaba en su apogeo, con la presencia de los grandes clásicos mexicanos en plena actividad, a los que se agregaban decenas de grandes escritores centro y suramericanos recién acogidos en el país tras huir de las dictaduras militares. Estas figuras alimentaron con su talento las universidades y las publicaciones culturales, donde ya brillaban desde hacía décadas los grandes transterrados del exilio español.

La ciudad de México era una universidad abierta para todos los jóvenes de diversas nacionalidades que inundábamos presentaciones de libros, fiestas, salones de clase, museos y recintos culturales de toda índole que brillaban en medio del auge económico y el impulso especial que el gobierno y las universidades daban a las actividades editoriales y culturales. También estaban vivos Maria Félix y Cantinflas, el creador del mambo Dámaso Pérez Prado y entre los pintores, el gran Rufino Tamayo.

Todos los diarios tenían excelentes suplementos y secciones culturales y aparecían muchas revistas patrocinadas por instituciones y universidades, por lo que en esos medios los extranjeros nos fogueábamos al lado de los jóvenes escritores mexicanos. Entre esa generación creció la escritora siciliana, que tuvo una amplia actividad universitaria y editorial a lo largo de su vida. Entre sus libros figuran, publicados en su mayoría por la prestigiosa editorial Era de México, novelas como Días sin casura (1986), Calla mi amor que vivo (1990), Estar en el mundo (1994), La decisión del capitán (1997) y, publicado en Colombia por la editorial Ediciones desde abajo, Los extraños de la planta baja (2015). 

Su larga estadía en México se inscribe en la tradición de la presencia de artistas o personalidades italianas, como la legendaria fotógrafa, militante y activista social Tina Modotti (1896-1942), su antecesora en la primera mitad del siglo y precursora del feminismo, el novelista y best seller mundial Carlo Cociolli (1920-2003), el escritor Gutierre Tibon (1905-1999), la etnóloga y arqueóloga Laurette Sejourné (1911-2003) y entre los más recientes, el poeta Fabio Morábito. 
 
Desde el comienzo asistió a la emergencia del Templo mayor azteca de la ciudad, desenterrado del subsuelo e inaugurado en 1982, impulsando el entusiasmo por la arqueología y los secretos escondidos de las civilizaciones antiguas mexicanas. Francesca estuvo alerta a los movimientos sociales del fin del siglo XX y las primeras dos décadas del siglo XXI, como la Revolución Zapatista y las actividades de las mujeres indígenas, sobre las que escribió y con quienes compartió y militó.

Ese mundo fascinante prehispánico la maravillaba, así como la vida cotidiana de los pueblos ancestrales presentes no solo en la megaurbe capitalina sino en todo el inmenso territorio mexicano, marcado por el arte sincrético que reinó durante siglos en la colonia, cuando se construían fabulosas ciudades como Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro o Morelia entre otras. Por eso le encantaba vestirse con huipiles y trajes mexicanos y expresarse con una culinaria sincrética que se podía degustar en las fiestas y encuentros que propició en sus casas de los barrios Condesa o Santa Maria la Ribera, donde vivió los últimos años.

Es difícil hablar de una gran amiga contemporánea que se va y no se ha ido, pero era inolvidable su alegría, la franqueza y el gusto por la polémica y la discusión, que acompañaba como buena siciliana con la voz alta y los gestos incesantes de las manos. Su hija mexicana Helena, cuando viajó por primera vez a Sicilia a conocer la tierra de su madre, le dijo al regresar: "Mamá, ahora ya comprendo porqué gritas tanto".

Francesca, graduada en la Universidad La Sapienza de Roma, era una aventurera permanente y recorrió varias veces el continente latinoamericano en bus de punta a punta. La última vez me la encontré en Quito, a donde había llegado con su hija y dio varias conferencias. Después seguía la ruta hacia Perú y Bolivia. Amaba Colombia y una vez llegó a Bogotá con su hija y nos llamó una noche a los amigos para decirnos que estaba hospedada en una posada en plena Candelaria, en una calle muy visitada por jóvenes aventureros europeos. Allí la encontramos con ese espíritu de joven viajera, ajena a las recomendaciones de todo tipo que le hacíamos para que cuidara la cámara fotográfica de los atracadores que en ese entonces pululaban por la zona. Así era ella, la escritora, la vitalista, la feminista italiana que amó a México y América Latina.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de marzo de 2022.  

domingo, 27 de febrero de 2022

ZOZOBRA EN EUROPA


Por Eduardo Garcia Aguilar

Muchas veces, cuando paseaba o me sentaba a descansar en bellos parques de la capital francesa como el Jardín de Luxemburgo o el Palacio Real, me dejaba arrullar por el sonido de las fuentes de agua o las cascadas y cerraba los ojos. Hacía lo mismo en otros parques más pequeños donde oía la algarabía provocada por los niños que mostraba el paso ineluctable de las generaciones humanas. Y percibía la alegría de los jóvenes felices que hacían pic nic y cantan cada año para recibir el verano, lejos de las penas vividas por sus abuelos.
Pero muchas veces, y eso desde hace ya mucho tiempo, me invadía la idea de que toda esa tranquilidad y belleza en tiempos de paz era muy frágil, ya que Europa, como todo el mundo, siempre ha vivido enfrascada entre guerras. Pensaba que era una fortuna pertenecer a una generación que no experimentó una guerra mundial, pero de repente comprendía que a mediados del siglo pasado todo este continente estaba en medio de una terrible conflagración con saldo de millones de muertos y que millones de personas fueron desplazadas y quedaron impactadas para siempre.
Imaginaba de repente que todos esos magníficos edificios antiguos perfectamente conservados y restaurados, museos, avenidas, plazas turísticas, podían algun día en el futuro ser bombardeados por alguna nueva potencia. Por lo tanto pensaba que uno mismo podía verse obligado como tantos otros a salir corriendo de aquí con una maleta, buscando desesperadamente un boleto de tren o un puesto en un barco en algún puerto Mediterráneo. Así le ocurrió al tímido Walter Benjamin y a cientos de miles de personas que viajaban a Marsella o a Casablanca con la esperanza de huir. 
Porque la verdad es que por muchos avances que se hayan logrado en el mundo, en  medio del auge del pacifismo, la ciencia, la educación y la tolerancia democrática, tarde o temprano las rivalidades e intereses de las potencias conducían primero a angustiosas tensiones diplomáticas y después a conflagraciones inevitables para definir un nuevo orden mundial. Durante las últimas ocho décadas, salvo el caso de la guerra en la ex Yugoslavia, las potencias dirimían sus problemas en regiones lejanas donde sus fuerzas se enfrentaban encarnizadamente devastando países enteros.
Tal es el caso de Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Yemen y recientemente Siria, donde todos metieron la mano durante una década dejando centenares de miles de muertos y un país destruido. En Europa  durante estas ocho décadas de relativa paz la gente ha dormido tranquila, mientras lejos, en los países del llamado Tercer Mundo, Asia, Medio Oriente, Africa y América Latina la población ha vivido las más atroces experiencias.
Estados Unidos, Rusia y las potencias europeas han apoyado o propiciado dictaduras o invadido países de su esfera de influencia, e incluso se han aventurado a crear guerras a miles de kilómetros de sus capitales y hasta hace poco muchos creían que la Europa del siglo XXI estaba a salvo. Los occidentales han estado interviniendo con frecuencia desde hace décadas en las fronteras del imperio ruso, deseosos de ampliar hacia esos territorios su influencia política y militar. El problema viene agitándose desde hace tiempo, pero esta vez el nuevo Zar ruso ha decidido dar un paso escalofriante e imprevisible, pues imagina que los occidentales no responderán y lo dejarán actuar.
Lo cierto es que este tipo de situaciones son extremadamente peligrosas y de ellas han surgido las grandes guerras que muchos pensaban evitables y que los sorprendieron de un día para otro como lo cuentan las películas y las novelas o las exposiciones nostálgicas que muestran la vida cotidiana tranquila meses o días antes de la tragedia.    
Pensaba por ejemplo en la gran novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que en su última parte relata la vida de los capitalinos cuando Alemania lanzaba bombas hacia París durante la Primera Guerra Mundial. Los personajes ricos y aristócratas que pueblan esa novela vivían en la zozobra de igual manera que los pobres de los suburbios.
Todas las novelas importantes del siglo XX escritas por Thomas Mann, Herman Broch, Robert Musil o Joseph Roth relatan las peripecias de las guerras que han desangrado sin cesar a su continente.
Y basta leer La Guerra y la paz de Leon Tolstoi o ver la destrucción en Irak, Chechenia, Afganistán, Libia, Armenia y Siria para comprender lo poco que ha cambiado el mundo. En los mismos lugares conflictivos vuelven a reaparecer una y otra vez las guerras milenios después como si nada hubiera pasado y la humanidad estuviera condenada a vivir a merced de Alejandro Magno, Atila, Gengis Khan, Napoleón, Hitler, entre otros.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de febrero de 2022
* En la imagen Alejandro Magno.

sábado, 19 de febrero de 2022

SAINT-SIMON Y EL CREPÚSCULO DE LA NOBLEZA

Por Eduardo García Aguilar

El historiador Emmanuel Le Roy Ladurie (1929), uno de los más prestigiosos renovadores del género en Francia, se hizo conocer muy temprano con una minuciosa investigación sobre la aldea occitana de Montaillou, que impulsó el auge de la microhistoria, colocando los focos en los detalles de las vidas comunes y corrientes de la plebe, a diferencia de la tradicional historiografia basada en el estudio de la vida de las cortes monárquicas, las batallas y las proezas de los héroes mitificados.

El libro sobre esa aldea insignificante del suroeste de Francia, cerca  de la cordillera de los Pirineos, en tiempos del auge de la herejía de los cátaros y su posterior represión sangrienta, inspiró a muchos jóvenes estudiantes de diversas partes del mundo que fueron alumnos de este universitario o de sus colegas y discípulos inspirados en varias generaciones de historiadores pertenecientes a la fértil corriente de los Annales.

Hasta entonces el ejercicio de la historia era por lo regular obra de pomposos escritores que elaboraban hagiografías de sus héroes, a los que plasmaban lejos de la realidad concreta de sus vidas y acciones. Predispuestos al elogio y el endiosamiento, esos autores se basaban en otros libros anteriores de la mis
ma estirpe y no dedicaban suficiente tiempo a explorar en las fuentes escondidas en los archivos de las alcaldías o notarías o en el rastreo de documentos familiares como cartas o memorias anónimas.

Eso sucedía por supuesto en Europa entre los admiradores ciegos de la nobleza y la clerecía y con mayor razón en nuestro continente latinoamericano, donde de igual forma los escritores solían idealizar a conquistadores españoles o a héroes que surgían durante la Colonia, el máximo de los cuales fue Simón Bolívar, quien inspirado en Napoleón quiso lograr la gloria liberando naciones y haciendo constituciones como solían hacerlo los románticos.

Durante siglos fue necesario soportar todo esas hagiografías perfumadas de conquistadores ruines o héroes militares sangrientos que en la pluma de esos historiadores, poetas o cronistas a veces adquirían la dimensión de pegasos, mitad corceles y mitad humanos, cuando en la realidad eran por lo regular sucios, burdos y repugnantes corsarios, violadores o saqueadores ávidos de oro y poder. Muchos ingenuos idealizadores convirtieron a ignaros sanguinarios en santos o héroes que se encarnaron después en las estatuas que por fortuna desde hace un tiempo están siendo derribadas en muchas partes del mundo, donde esos colonizadores, esclavizadores o supuestos liberadores sembraron el terror e hicieron vertir tanta sangre.

Tardó mucho tiempo y ya bien entrado el siglo XX para que surgiera un nuevo ejercicio de la historia, gracias a esos maestros de los Annales, entre otros, que agotaron sus días y noches en los archivos o trataron de sacar del olvido las vidas de la peble, el campesinado, los pueblerinos y los siervos de gleba que durante siglos fueron explotados inmisericordemente por una aristocracia endogámica encabezada también por bárbaros asesinos y saqueadores que se creían de sangre azul. Con ayuda de otras disciplinas nuevas como la sociología, etnografía, antropología, estadística, revelaron nuevos secretos de la historia. 

La Revolución francesa fue el grito de esa sociedad que durante un milenio fue agobiada por nobles, aristócratas, funcionarios, militares, jerarcas eclesiásticos y adláteres que vivían en palacios en una burbuja de sueños animada por grandes músicos, actores, cocineros, jardineros de genio, sirvientes y bufones.

Por eso al leer el libro que Le Roy Ladurie dedica al brillante duque Saint-Simon (1665-1755), cronista de la corte de dos monarcas, Luis XIV y XV, y sus antecesores borbones, volvemos a encontrar no solo la prosa excelente de Le Roy y su colaborardor Jean-François Fitou, sino el estudio minucioso, desde los ángulos de las ciencias modernas, de ese vasto documento etnológico sobre el comportamiento centenario de la poderosa nobleza del Antiguo Régimen, un cuerpo de unos cuantos miles de personas que a través de los siglos acaparaba para ellos solos riquezas, cargos, tierras y en lo que respecta a los aristócratas, las doncellas. 

Saint-Simon o el sistema de la corte, como se titula el libro, nos ayuda a leer los miles y miles de datos que legó el conde en sus Memorias al describir el comportamiento de los suyos, las intrigas palaciegas y amorosas y los procesos históricos, diplomáticos, militares, financieros, que veía desde su punto conservador y subjetivo, el del respeto estricto de la genealogía y los títulos de nobleza y la sangre azul.

Desde el interior de la corte en Versailles y en otros castillos durante el reino del Rey Sol y la Regencia posterior, el autor es a la vez espía, sociólogo, policía y antropólogo de esa casta que barrrió la Revolución francesa, asunto que él predijo en sus diagnósticos sobre el fin de una época, la de un mundo aristocrático que se creía eterno.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de febrero de 2022.

martes, 15 de febrero de 2022

LOS PASAJES IMAGINARIOS

Por Eduardo García Aguilar

 
Los pasajes cubiertos de París, construidos en la primera mitad del siglo XIX, albergaban un mundo lleno de sorpresas y todo tipo de negocios legales e ilegales se congregaban allí para delicia de los acomodados habitantes de la ciudad, que los frecuentaban a salvo de intemperies, suciedad, malos olores citadinos y pantano, nieve y luvias torrenciales. Todos albergan historias simultáneas como caleidoscopios de la vida de generaciones. 
 
Algunos pasajes sobreviven. En el Pasaje Choiseul, Rimbaud fue presentado a los parnasianos y Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, tuvo allí a su editor. Louis Ferdinand Céline también frecuentó ese pasaje, que está intacto y activo y donde hay unas exquisitas papelerías y tiendas de instrumentos y materiales para la aficionados a la pintura
 
Muchos desparecieron entre tanto, pero otros quedan como Panoramas, Vivienne, Brady y tantos otros. En el Pasaje Vivienne, que abarca media manzana y está muy bien restaurado, hay una de las librerías más antiguas de la ciudad. En ese lugar vivió Simón Bolívar cuando llegó muy joven en 1805 en el marco de su periplo europeo iniciado en Madrid y tuvo en la ciudad luz la oportunidad de presenciar la autocoronación del Emperador Napoleón Bonaparte, sin duda uno de sus modelos
 
Bolívar frecuentaba el barrio, pues cerca vivía una de sus entusiastas amantes, Fanny du Villars, con la que tuvo correspondencia toda la vida y también la familia de Flora Tristán, de la que era muy cercano durante su estadía en la ciudad. Después de su viaje a Italia regresó a este mismo rumbo, pero se instaló en la calle paralela, Richelieu, al lado de la Biblioteca Nacional, donde solía leer largas horas.
 
También era la zona del Palacio Real, que sigue ahí intacto con sus magníficas arcadas, jardín y fuente, donde los nuevos jóvenes de la Ilustración, militares, escritores y libertinos solían divertirse hasta altas horas de la noche en compañía de cortesanas, disfrutando la bebida de moda que era el chocolate y más tarde la comida y los vinos que se expendían en viejos  restaurantes de los cuales uno aun funciona, el Vefour.
 
Son y han sido lugares para deabular y mirar vitrinas, pasar la tarde, tomar chocolate o comer y tomar vino, comprar zapatos, juguetes, paraguas, trajes, libros, estampillas, antigüedades, visitar al editor, comprar soldados de plomo o medallas, sombreros, kepis, partituras o instrumentos musicales. Todo ocurría adentro, citas, intrigas, amores secretos. En cada pasaje estaba el mundo, mercancías exóticas o viajeros que llegaban desde los lejanos puertos de ultramar.
 
Ese multifacético aspecto que puede equiparase al de los gigantescos centros comerciales de la actualidad donde hay de todo para los consumidores de lujo, parece en su variedad a los caleidoscopios de colores donde el observador viaja por un océano que lo devora con sus delicias cromáticas.
 
Pensaba en todo esto, porque después de reunir una serie de textos surgidos de viaje, quise poner como título al conjunto el nombre de un pasaje imaginario, que no existe y es el Pasaje Lautréamont en memoria de ese poeta nacido en Uruguay, Isidore Ducasse, muerto muy joven después de publicar su principal obra maestra y una serie de poemas impresos en el Pasaje Choiseul y que le han dado, sin que él lo supiera, la posteridad. Por eso este Pasaje Lautréamont imaginario donde todo y nada sucede, pero yacen universos condensados que de repente cambian el rumbo de una vida con su fuerza magnética. 
 
Después de publicar en 2017 a petición del poeta Fernando Denis la Poesía completa para la colección Zenocrate de Uniediciones, tras un minucioso trabajo de recopilación de plaquettes, libros publicados antes y poemas perdidos en libretas, fueron apareciendo más textos rescatados de carpetas y archivos digitales hasta conformar esta nueva colección. La componen textos que surgen al despuntar el nuevo milenio y luego siguen el camino del siglo.

Por esos tiempos había regresado a Europa después de una larga estadía de tres lustros en Estados Unidos y México y realizado largos viajes a Marruecos y la India, Portugal, Rusia, España, Alemania, Italia, cuyos testimonios figuran en estas páginas. Visitas a la tumbas de Rimbaud y Chateaubriand, paseos por la casa de Tolstoi en Moscú, visión de los cuadros de Goya en el Museo del Prado, el incendio de Notre Dame o encuentros con Leopoldo Maria Panero en las Islas Canarias, descubrimiento de bares fantásticos y tantas cosas más
 
Esta colección inédita es pues otro cuaderno de viaje, como casi todos los que conforman los anteriores libros y por eso viajan a través de los pasajes imaginarios que propician los viajes exóticos, porque la vida es cruzar túneles y puentes, perderse en encrucijadas y volverse a encontrar a la vuelta de la esquina. La vida es como la poesía, un interminable cruce de pasajes.  
 
 

sábado, 15 de enero de 2022

UNA BIOGRAFÍA DE LACAN


Por Eduardo García Aguilar


La biografía no oficial de Jacques Lacan, subtitulada Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, escrita por la psicoanalista Elizabeth Roudinesco nos lleva de viaje por el pensar analítico europeo del siglo XX, a lo largo del cual el autor de los Escritos y los Seminarios realizó una original y brillante carrera médica, psiquiátrica y psicoanalítica que terminó en la creación forzada de una corriente propia en el marco del universo general de Sigmund Freud.

Este libro de Roudinesco lo he leído ya dos veces porque además de ser una gran investigación rigurosa y documentada de esa larga gesta lacaniana concluida con un largo crepúsculo y su muerte en 1981, está escrito con una prosa ágil, flexible, apasionada y tonificante que nos hace vivir todas las luchas entre psicoanalistas internacionales y locales como si estuviéramos dentro de una novela río centroeuropea, de esas escritas por Roth, Broch o Musil donde se rastrea un tiempo de cambios fundamentales.

Lacan (1901-1981) no solo fue un médico excepcional que trabajó en los hospitales psiquiátricos durante décadas viviendo en el terreno las perturbaciones mentales de sus pacientes, sino que a su vez perteneció a las sociedades psicoanalíticas internacionales que como verdaderas Iglesias se consideraban portadoras únicas del pensamiento del genial psicoanalista vienés autor de Tótem y Tabú y La interpretación de los sueños y realizaban anualmente concilios para dictar las reglas de comportamiento de los miembros de la cofradía.

Diferentes figuras, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos comandaban aquellas poderosas instituciones mundiales que pedían a sus miembros una ortodoxia y una fidelidad a toda prueba con los líderes, a veces hombres mediocres momificados o arrogantes ancianas amazonas de alto poder que parecían llevar como lenguas de fuego apostólicas el aura de la legitimidad otorgada desde el más allá por el maestro y fundador de una de las ciencias más fascinantes del último siglo.

Lacan fue un renacentista multifacético que tuvo de joven relación con el movimiento surrealista y con otras figuras literarias de su tiempo, como George Bataille, cuya esposa, después de la separación del ensayista, contrajo nupcias con el joven médico que llamaba ya la atención en todos los cenáculos por su inteligencia, lucidez, sus nuevas líneas de investigación, sus exploraciones de la figura paterna y el uso de una prosa eléctrica y explosiva llena de secretos, algoritmos matemáticos y sorpresas que ganaba aplausos en las reuniones de de sus colegas de Roma, Viena, Londres o Nueva York.

Pero a esa originalidad desbordada y la creación de nuevos conceptos mostrados en la rica serie de Seminarios y en sus Escritos, publicados en 1966, y que se convirtieron en un best seller mundial, irritaba mucho a los pontífices de la Sociedad sicoanalítica internacional y a los rivales en su propio país que intrigaban tras bambalinas en contra de quien solía además llevar una rica vida mundana y amaba las fiestas de disfraces.

Fueron incontables los paseos inolvidables y las fiestas en sus casas de campo marcados por su gran apetito por las mujeres, el dinero, el lujo y la vida bohemia, asuntos ellos que hacían parte de su pasión  por la libertad y el deseo tal y como ocurrió también con el inicial Círculo de Viena creado alrededor de Freud, cuyos apóstoles solían llevar una desbordada vida libertina.

Tarde o temprano Lacan, bajo el pretexto entre otras cosas de optar por sesiones psicoanalíticas cortas, fue expulsado del templo como hereje, defenestrado, ilegalizado y condenado a crear su propia escuela y a convetirse en un nuevo papa del freudismo. Pacientes de todo el mundo acudían a París para hacerse analizar por él y centenares de discípulos se disputaban un lugar para realizar sus "controles" en su gabinete. Su nueva escuela también viviría las intrigas y el nuevo papa Lacan tuvo que lidiar con el futuro de su legado, mientras llegaba la decrepitud y la agonía.

La sucesión la tomaron su brillante yerno y su hija a mediados de esos años 70, cuando sus enseñanzas ingresaron a la Universidad de Vincennes donde yo estudiaba en ese tiempo, por lo que vi varias veces deambular al elegante e imponente Lacan como un fantasma por los caóticos corredores o tomar café solitario de pie entre los estudiantes que lo admirábamos pero no nos atrevíamos a abordarlo, como si fuera un ídolo de las Islas de Pascua rodeado de huracanes y rayos.

Por eso la lectura del libro de Roudinesco es un viaje a esos tiempos en que estaban vivos Sartre, Beauvoir, Levi-Strauss, Barthes y Foucault, entre otros miembros de la pléyade y se realizaban drásticos cambios culturales y sociológicos en el mundo. O sea un viaje sentimental a una época de aprendizaje a través de la prosa de la gran escritora Roudinesco.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de enero de 2022.


     



   


sábado, 8 de enero de 2022

LA BÚSQUEDA CONTEMPORÁNEA DEL REINO

Por Eduardo García Aguilar

Emmanuel Carrère es otro de los escritores franceses contemporáneos que ha logrado grandes éxitos con sus libros autobiográficos y realistas redactados con una prosa sencilla y de fácil lectura. Desde hace ya mucho tiempo las principales novedades de la temporada son libros de hombres y mujeres que cuentan aspectos por lo regular dramáticos de sus vidas. Libros sobre violaciones, asesinatos, incestos, maltrato, racismo, pobreza, enfermedades, discriminaciòn sexual, se disputan cada año los primeros lugares y los grandes premios.

Casi todos los autores nacidos después de los años 50, que han tomado el relevo en el campo de la narrativa, reivindican en conferencias y entrevistas el retorno al realismo decimonónico que significó el éxito y la gloria para autores como Alejandro Dumas, Honoré de Balzac o Émile Zola y no dudan en criticar a las generaciones anteriores que escribieron con prosa barroca o exquisita como Michel Tournier o exploraron en los campos de la experimentación y las vanguardias, como el movimiento de la Nueva Novela de los años 50 y 60, liderado por Alain Robe-Grillet, MIchel Buttor y el Nobel Claude Simon. Todo eso para ellos está mandado a recoger.

Pero no solo los marginados, discriminados, enfermos y sufridos se confiesan en sus libros autobiograficos, pues Carrère (1957) no duda en contar que es un chico rico muy "inteligente" que ha pertenecido desde siempre a la élite literaria de Saint Germain des Prés, ya que su madre es la poderosa escritora presidenta de la Academia Francesa, Hélène Carrère d'Encause, por lo que de niño corrió entre las piernas de los grandes editores y escritores y personalidades de la farándula, la radio y la televisión que se casan entre ellos y viven en una endogamia de privilegiados blancos y millonarios, muchos de ellos descendientes de la nobleza del Antiguo Régimen o napoleónica o de la gran burguesía.

El autor, que ya ha recibido el premio Principe de Asturias y el Premio de la Feria de Guadalajara, que sin duda le tramitó con esmero su agente literario, ha publicado libros basados en hechos reales: uno sobre su abuelo materno, otro sobre el ruso Limonov y ha contado en sus novelas sus peripecias amorosas, matrimonios, depresiones, su actividad como yogui, guionista de televisión, director de cine o jurado del prestigioso Festival de Cannes.

Pero así como en las telenovelas latinoamericanas los ricos tambièn lloran, Carrère, pese a todos esos privilegios, conexiones y premios, ha sufrido terribles depresiones y vivido una vida atormentada que lo ha llevado a los límites más escalofriantes, por lo que ha necesitado atención médica de psiquiatras y psicoanalistas, terapias de grupo y medicamentos. Por fortuna siempre ha salido de esos sombríos altibajos salvado a veces por el amor, la religión, la lectura insaciable y la escritura encarnizada.

En El Reino, una larga novela autobiográfica de 634 páginas publicada en francés en 2014 por la editorial POL y por Anagrama en español, cuenta de buena fe todos esos problemas de juventud y madurez y en especial los tres años en que se convirtió al cristianismo animado por su madrina y experimentó la experiencia de la fe. Décadas después decide rescatar los cuadernos donde anotó con precisión sus lecturas bíblicas para hacer un recuento de esos primeros años del cristianismo a través de las gestas de Pablo de Tarso y de los evangelistas, especialmente Lucas, un médico macedonio que fue cercano al anterior.

Para todos los que nacimos en el orbe de la cristiandad, El Reino es un libro que atrapa pues nos hace un recuento meticuloso de todas las historias que nutrieron nuestras infancias y que él investiga, ya sin fe, haciendo acopio de una impresionante bibliografía con la que coteja, compara y trata de acercarse a la verdad histórica de aquel medio siglo transcurrido desde la muerte de Cristo hasta la redacción de los diversos evangelios, Las Actas de los apóstoles y El Apocalipsis y la solidificación paulatina de esa Iglesia fundada por unos iluminados que ha sobrevivido durante dos largos milenios y a la que siguen hoy en el mundo centenares de millones de fieles.

Al mismo tiempo que nos hace visitar aquellos lejanos años del Imperio Romano desde Calígula y Nerón hasta Vespasiano, pasando por Herodes y Poncio Pilatos, asistimos a su propia vida y a las dudas e incertidumbres de un contemporáneo en estas primeras décadas del siglo XXI. A diferencia de otros autores tramposos, él cita todas sus fuentes y se identifica con Lucas, quien escribió su evangelio basado también en documentos y entrevistas acopiados durante su investigación de los hechos, cuando aun había testigos vivos.  

No sé al final si sea o no una obra maestra, ni si Carrère sea el gran escritor que dicen, pero su lectura amena y adictiva nos hace viajar en el tiempo y nos traslada a la infancia, cuando todos esos personajes relatados en los Evangelios nos eran tan familiares gracias a las abuelas y las tías.

Volvemos a revisar las acciones del mesías, sus milagros, dichos y diatribas, el cautiverio y el sacrificio, nos acercamos a los apóstoles, a Judas, a la Virgen, a Maria Magdalena, vemos a centuriones y procuradores, al pueblo agitado en Jerusalén, la vida urbana en Roma, Corinto o Cesárea, a judíos y fariseos, puertos y regiones alejadas de Grecia, Turquía y Oriente visitados por Pablo, y además viajamos por el embravecido Mar Mediterráneo.

Pero al final de cuentas hacemos el viaje con la certeza de que estamos en este siglo XXI y que aunque pasaron dos milenios poco ha cambiado la humanidad y reinan aun en nuestro tiempo la confusión, la incertidumbre, la guerra y la injusticia y con ellas miles de millones de voces agitadas entre un delirio de fanatismos y augurios apocalípticos.

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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. Domingo 9 de enero de 2022.
 


   

viernes, 31 de diciembre de 2021

UN AUTOR CON ESTRELLA

 Por Eduardo García Aguilar

Toda la prensa francesa habla en estos días de la nueva novela de Michel Houllebecq (1956), que bajo el título de Aniquilar aparecerá en las librerías el próximo 7 de enero, convirtiéndose en la gran novedad del nuevo año y un acontecimiento literario con un tiraje inicial de 300.000 ejemplares. Ni la crítica ni los entendidos locales e internacionales tienen duda de que el autor se ha convertido desde hace dos décadas en el más importante del país, una especie de gloria nacional viva como en su tiempo ocurrió con Voltaire, Chateaubriand, Victor Hugo, Malraux o Sartre.

Como ellos, Houellelbecq es un hombre de gran inteligencia y gran cultura clásica y moderna, pero a diferencia de sus antecesores se ha construido una extraña figura de maldito con pinta de espantajo, desdentado, despeinado y envuelto en horrendas chaquetas de tallas enormes que contrastan con su frágil cuerpo de fumador empedernido. Él encarna la desazón de su generación. Hijo de hippies, carente de afecto y atención en la primera infancia, el autor relató sus miserias en la novela que lo lanzó a la fama, Las partículas elementales, publicada en agosto de 1998.

Escribe unas historias que se basan en los grandes problemas sociales, políticos y generacionales de su país y el mundo, en tiempos de grandes atentados terroristas, auge del fanatismo islamista, inquietud por el auge de la migración, dudas sobre la pertinencia de la Unión Europea, y temor por la desaparición o el reemplazo del francés blanco de clase media u obrera, provinciano, nutrido en una tradición católica que vive su crepúsculo, con las iglesias vacías y la incredulidad general.

En la posibilidad de una isla, La carta y el territorio, Sumisión, entre otras novelas, no duda en usar personajes conocidos de la actualidad como políticos o estrellas televisivas que interaccionan a su vez con otros ficticios que expresan los grandes demonios de esta época. Hombres blancos fracasados, feos y depresivos que dudan de su sexualidad y su futuro, mujeres calurosas unas y terribles otras, seres humanos que dudan entre el deseo de creer, tener esperanza o hundirse en el desconsuelo más absoluto.

Ha creado así un fresco crítico de su época, cargado de gran sentido del humor y del sarcasmo, una especie de amplio mural de la actualidad en el siglo XXI que a veces frisa con la profecía, como cuando apareció la novela Sumisión el mismo día del  terrible atentado islamista de Charlie Hebdo o cuando se refirió en La posibilidad de una isla a unos atentados en las playas de Indonesia que no tardarían en ocurrir y reproducirse por la región.

Gran lector y admirador del escritor católico Joris Karl Huysmans, Houellebecq expresa su preferencia por lecturas que hoy parecerían anacrónicas y es el portavoz de una generación de neoconservadores que sueñan con una restauración de un pasado europeo idealizado por ellos y que ven amenazado por el mestizaje, la migración de todos los orígenes y culturas, mientras aumentan las mezquitas llenas de fieles y se vacían las iglesias, donde a veces fanáticos decapitan viejos sacerdotes en sus altares, al mismo tiempo que jóvenes adolescentes mahometanos intoxicados por internet matan en las escuelas a los maestros que osan hablar de laicidad y enseñan con la razón y la ciencia.

Con ese coctel catalizado por la presencia del sexo y el deseo, cada novela es un acontecimiento. Esta vez los periodistas que tuvieron el privilegio de acceder al libro antes de su salida, nos dicen que es una novela de 734 páginas, muy bien editada en pasta dura, con buen papel y tipo de letra Garamond. Y como los anteriores, se refiere a un futuro cercano, 2027, en tiempo de elecciones presidenciales y legislativas en Francia.

Houellebecq es problablemente el mayor escritor vivo de su país, pero también es mi vecino, pues vive cerca de la Place d'Italie. Con frecuencia uno lo cruza sentado en algún bistrot con expendio de cigarrillos como el Naja, o en el restaurante-bar O'Jules o en el super Carrefour City de Gobelins o deambulando después de ir al gimnasio por el barrio. Lugares y calles que figuran en sus novelas Sumisión y Serotonina. Vive en una torre moderna en un ambiente que difiere del tradicional Saint Germain des Prés donde residen los autores, políticos, millonarios y artistas más famosos. 

Siempre va enfundado en una vieja y enorme chaqueta verde o azul raída y con una bolsa en la espalda. Es fiel a su imagen de maldito, aunque a veces se peina, se pone la caja de dientes y se viste de traje trasmutándose en el modesto empleado de informática que alguna vez fue, o luce sacoleva, como cuando se casó con una  china en la alcaldía de nuestro barrio hace unos años.

Hace dos meses me lo encontré una mañana en la Avenue d'Italie y al preguntarle como estaba expresó con un gesto de mano y de boca que le iba superbien y no es para menos. A este experto en el fracaso y la depresión todo le ha salido de maravilla. Vende millones de libros en el mundo, la crítica lo ensalza de manera unánime, hace películas y exposiciones elogiadas y aun se da el lujo de participar en grupos de rock.  Así es él, un auténtico hombre de su tiempo, un rock star que escribe desde la rebelión sin rendirle cuentas a nadie.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de enero de 2022

     


domingo, 5 de diciembre de 2021

LA DINAMITA DE JEAN PAUL SARTRE


Por Eduardo García Aguilar

La biografía de Sartre (1905-1980) de Annie Cohen-Solal es una excelente revisión del filósofo, novelista, ensayista y militante francés donde volvemos a revisitar los grandes episodios del siglo XX a través de su visión disimétrica. Tras una investigación minuciosa emprendida después de su muerte, la autora logra hablar con todas las personas cercanas, ancianos, viejos, maduros, jóvenes que estaban en pleno uso de sus facultades y reconstruye todos los episodios de su vida, especialmente los que conciernen su salto a la fama y las décadas en que reinó sobre la moda y la cultura mundiales como líder del existencialismo, antes de vivir el crepúsculo de la ancianidad corporal que le cobró con creces los excesos de las anfetaminas, el alcohol, el tabaco y el gusto de una culinaria autóctona cargada de salsas, grasas, carnes, azúcar y otras sustancias asesinas.

Tuve la fortuna de vivir y estudiar en París durante los últimos años de su vida y escuchar una mañana por radio el llamado que hizo a los jóvenes para que saliéramos a manifestar contra el dictador español, quien se disponía a ejecutar con garrote vil a un puñado de opositores  y luego ver sorprendido como decenas de miles obedecían a su consigna e invadían las calles en una de las manifestaciones más inolvidables.

Había pasado después de mayo del 68 un poco de moda, pero su actitud rebelde seguía fascinando. Había rechazado el Nobel, vestía mal, se negaba a momificarse y se distanciaba de sus principales seguidores y colaboradores para acercarse a los jóvenes radicales de diversas tendencias con los que compartía la fiesta y las copas. Se aventuró a seguir con ellos sus delirios de moda, cuando casi ciego y babeante, descuidado y discapacitado, luchaba por vivir, negándose a ser un monumento. Distribuía octavillas y periódicos izquerdistas en la calle, abogaba por las causas del Tercer Mundo.

Meses antes de su muerte, en septiembre de 1979, lo vi en el entierro de Pierre Goldmann, militante de extrema izquierda que había sido asesinado, causando gran conmoción en la ciudad. Me había colado con unos amigos brincando los muros en el cementerio Père Lachaise. Afuera había decenas de miles de personas que no podían ingresar al camposanto. El músico cubano Azuquita tocaba tambores tropicales junto a la tumba y de repente un pequeño vehículo entraba y de él salía Simone de Beauvoir, quien abria otra puerta del carro y extraía de allí a un anciano babeante y tembloroso.

Había saltado a la fama total después de la liberación del país de la bota nazi y antes de los 40 años de edad era el ídolo filosófico de varias generaciones no solo en Francia sino en Estados Unidos, América Latina y muchas otras regiones y países. Sus piezas teatrales causaban sensación en París y se escenificaban en muchas partes del mundo. Sus novelas se vendían por millones y eran traducuidas a decenas de lenguas. Sus libros filosóficos, panfletos y ensayos corrían la misma suerte y sus conferencias eran verdaderos espectáculos de un rock star igual a los Beatles o los Rolling Stones.

Fue además un gran enamorado, propagandista del amor libre según acuerdo logrado con su pareja más estable, la feminista Simone de Beauvoir, y vivió múltiples y paralelas historias de amor que son bien relatadas por la biógrafa, quien entrevistó a muchas de sus amigas y novias, todas ellas con grato recuerdo del inteligente y generoso amante. Insaciable lector, escritor compulsivo, redactor de cientos de miles de páginas en jornadas insomnes ayudado por pastillas que luego le cobraron la factura, fue además desprendido del dinero.

Los muchos millones que ganaba los compartía y derrochaba con sus colaboradores y amigos o los invertía en todas las causas perdidas posibles. Así fue Sartre, una especie de Diógenes de su tiempo, renegado de su clase, guía de generaciones existencialistas que daban la espalda a las guerras y vivían al ritmo del jazz y la poesía.

Después de leer esta muestra de su vida, uno vuelve a degustar sus piezas de teatro, novelas, ensayos sobre Kierkegaard, y espera algun día leer por fin sus gigantescos mamotretos sobre Jean Genet y Flaubert o sus grandes tratados pasados de moda como El ser y la nada. Sartre era dinamita literaria y tal vez por eso se dio el lujo de rechazar el Premio Nobel que todos los autores codician.

Annie Cohen-Solal logra restablecer en esta biografía publicada pocos años después de su muerte la vida múltiple de un personaje que marcó el siglo XX como pocos, anclado en la tradición militante y comprometida de los grandes autores de su país como Voltaire en el siglo XVIII y Victor Hugo en el XIX. Y aunque haya pasado de moda y se dirija al olvido como todos sin falta, visitar su intensa trayectoria vital es un estímulo para seguir viviendo con pasión la lectura, el pensamiento, la ficción, al mismo tiempo que se vive la vida como un premio equivocado.     
 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de diciembre de 2021.
* Sartre (1905-1980), de Annie Cohen-Solal. 1985. Gallimard. Francia. 728 págs. 



jueves, 2 de diciembre de 2021

EL VIAJE TRIUNFAL DE EDUARDO GARCIA AGUILAR




Por Vicente Francisco Torres

(EL VIAJE TRIUNFAL. Novela editada en primera edición por Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 321 págs. Luego fue editada por Nueva Imagen, en México, en 1997 y por Altera, Barcelona, España, en 2003. Traducida al inglés y al bengalí).
Eduardo García Aguilar (Manizales, Colombia, 1953) comenzó a construir un mundo literario desde la publicación de su primera novela, Tierra de leones (1986), y con el tiempo y con cada nueva novela lo amplia, profundiza y varía. Dicho universo tiene su centro en Colombia, y su circunferencia en todo el orbe. Ha mostrado la oposición entre el mundo aldeano y pacato de las buenas conciencias y la herejía mundana.
En el centro del universo de García Aguilar hay un imán: Manizales, su tierra natal, una población de hacendados cafeteros encaramada en los Andes y que, una vez que tuvo saciada el hambre de los alimentos terrestres, sintió el estómago vacio por esa otra hambre de que habló el cubano Onelio Jorge Cardoso en su hermoso cuento El caballo de coral: la del espíritu, la del pan trascendente. Fue así como las calles de Manizales vieron deambular a un puñado de poetas desaforados, modernistas y decadentes que han nutrido los libros de nuestro autor.
Desde Tierra de leones, García Aguilar mostró sus pasiones: el decadentismo europeo, el modernismo americano y un dios tutelar: Joris Karl Huysmans. Tanto en su primera novela como en Bulevar de los héroes (1987) quedó afirmada su fe en el verbo, en la expresión rutilante, y empezaron a aparecer algunos de sus entes de ficción que sufrían la asfixia de la tierra natal: Arnaldo Faría Utrillo, los Fundidistas y los Lánguidos Camellos.
Urbes luminosas (1991), conjunto de crónicas que hablan de la experiencia europea y americana del narrador —quien pasó más de un lustro en el viejo continente y realizó estudios de economía política y filosofía en la Universidad de Vincennes—, es muestra contundente del afán cosmopolita del autor. Salió de Manizales, recorrió varios países americanos, vivió en Europa y en los Estados Unidos y hoy parece radicar definitivamente en México.
Mezcla de los afanes de sus dos novelas, de su libro de crónicas y de su experiencia nómada es El viaje triunfal, novela que obtuvo en 1989 el premio de narrativa Ernesto Sábato para escritores colombianos. En ella Arnaldo Faría Utrillo realiza el sueño de ser extranjero de profesión, hecho que siempre ha obsesionado al mismo autor. Faría Utrillo es concebido en México, nace y pasa su infancia en Colombia y sale a correr mundo siendo aún adolescente. Se gana la vida enviando reportajes desde los sitios que visita, y en su itinerario hallamos a Jamaica, México, Estados Unidos, la India, Japón, Egipto, Roma, Francia y España. Fiel a sus pasiones, García Aguilar sitúa la novela a finales del siglo pasado y en la primera mitad del presente para que observemos a Enrique Gómez Carrillo, José Maria Vargas Vila, Rabindranath Tagore, Pablo Picasso, Julio Ruelas, Salvador Diaz Mirón, José Asunción Silva, Baldomero Sanín Cano y Tomás Carrasquilla. La figura de Huysmans se cierne sobre toda la novela y se refleja en las exquisiteces y exotismos de Faría Utrilbo, quien probo todas las delicias y todos los pecados antes de volverse un hombre religioso. Amó a las más bellas mujeres, miró los más prestigiados paisajes, entró a los templos y a los más miserables antros. Escuchó a Carusso y habló con Mata Hari. Llegó a la pederastia, fue poseído por un soldado nazi, entrevistó a Papini, compartió la mesa con Apollinaire, fue amigo de Neruda, de Gabriela Mistral y de Vallejo y asistió a las "orgías de hierro" de las dos guerras. Ya cuarentón regresa a la Enea, una suerte de Atenas de los Andes, trasunto de Manizales. Creyó ciegamente en el viaje, hizo de la extranjería una profesión, pero acepto que "viajar es huir de uno mismo, pero llega el momento en el cual descubrimos que es inútil la huida". Esto de ninguna manera es una simple desilusión; es un convencimiento trascendente, una conversión a la religión del crepúsculo:
Todo es un crepúsculo, mi querida odalisca. Cada uno de nuestros pasos, cada una de nuestras palabras, toda palpitación es la prueba de tal aserto. He desconfiado mucho de aquellos seres optimistas que predican la felicidad venidera e incitan a sus congéneres a morir por ese hipotético paraíso, pues me parece que o saben la verdad y la ocultan con malicia o son en definitiva cretinos. Hago una salvedad: los santos. ¡Ah! Quiero ser muy claro en este punto. Los santos pertenecen al género de los poetas porque su reino está ausente de este mundo. Los héroes y los mártires sí me llenan de reverenda y admiración. No el rostro falso de los vendedores de felicidad terrenal. Santos y místicos pertenecen a la cofradía de los crepusculares porque no tienen fe ninguna en el comercio de los hombres. La fe en el crepúsculo es la certeza de que ninguna partícula del universo sobrevivirá para atestiguar las supuestas glorias del género humano. Toda vanidad es inútil ante la oscuridad eterna. Eso lo sabía ya Eratóstenes de Cirene, el gran bibliotecario de Alejandría... [pág. 308].
Como puede verse, esta idea final coincide y amplía lo sostenido en Bulevar de los héroes: las ideologías fracasan y la utopía no puede alcanzarse. Como Sísifo del siglo XX, el hombre debe luchar contra el peor enemigo: la desesperanza.
Con una sensualidad finisecular, ostentosa y delirante, Faría Utrillo se construye en Colombia una casa inspirada en las mezquitas cairotas y un mausoleo de malaquita con forma de rana, digno escenario donde volarán en pedazos, junto con la cripta, los restos de los poetas fundidistas, sacrificados por heréticos y antisociales. Ellos pisoteaban hostias y Faría simpatizaba con ellos; por lo tanto, los poetas fueron despojados del corazón —uno hasta de la columna vertebral— y el cadáver de Faría desapareció.
La pérdida del cadáver de Faría Utrillo da oportunidad para señalar que el novelista manizaleño ha hecho de la expresión bella una obligación. Todo lo que escribe está inspirado en el fasto modernista. Por ello no es gratuito que haya vuelto a la poesía con Llanto de la espada (1992) y construya sus novelas con escenas fulgurantes, cinematográficas, como la aparición del cadáver de Faría dentro de una olla y con una manzana metida en la boca, como un lechón.
Técnicamente, creo que la novela no persigue hacer innovaciones. Es lineal, de la concepción a la muerte de Faría Utrillo, y únicamente la narración o explicación de algunos hechos rebasa los márgenes de la A a la Z. Como dije al principio, las crónicas y novelas de García Aguilar aparecen entreveradas con sus propias convicciones e incluso con sus vivencias. En El viaje triunfal, el cronista, viajero y decadente Faría Utrilbo surge como una especie de alter ego de García Aguilar: "Entrevistas, reportajes, crónicas, poemas, intentos de novela llenaron las gavetas de su pupitre y cada noche, a la luz de la chimenea, leyó fragmentos de Urbes luminosas, un libro de crónicas reales y ficticias sobre sus andanzas por el mundo".
En Llanto de la espada, libro que quizá fue escrito paralelamente con El viaje triunfal, se reitera la idea del viaje eterno que siempre encuentra reposo en el país natal: "Mi tierra es sólo metal vago lucero/ ciudad de moribundos...".
Si la novela obliga a cierta lógica y a ciertos parámetros argumentales, en la poesía García Aguilar diseñará también sus imágenes dilectas (muchachas poseídas por serpientes sedientas, jovencitas que incitan al sexo a los halcones, un pastor que posee el cadáver de una joven, sirenas, hetairas y neptunos que asisten a una posesión necrofilica), pero las entregará con desplantes, para que la imagen poética brille: "Junto al mar un pastor sin rebaño/ abre el cauce necesario y se interna en la arenal para después morir de sed entre corales./ En las estaciones de pegasos/ aurigas angustiados oran a las llantas/ de una carroza mortuoria...".
García Aguilar tiene una obsesión que aparece como ingente sombra: el boom, con su escándalo comercial, hizo olvidar a grandes escritores anteriores al estallido, tales como Felisberto Hernández y José Lezama Lima. Si miramos a los autores que surgieron después del boom, vemos que "claudicaron en una medianía espantosa y se volvieron empleadillos sin sueldo de las multinacionales de la edición [...] Se perdieron la rebeldía y la independencia, el orgullo y la firmeza que deben caracterizar al verdadero artista..." Ante este panorama, sólo la poesía de nuestro continente ha mantenido una tradición de rigor e independencia.
Por eso García Aguilar vuelve a ella, después de Ciudades imaginarias, como un desafío a la mediocridad post boom pero también para tender un puente de salvación artística entre los grandes poetas modernistas y vanguardistas y los que hoy entregan lo mejor de su oficio. Dice García Aguilar en entrevista con José Luis Perdomo, de El Financiero (7 de mayo de 1993): "La poesía es flexible, es un instrumento maravilloso para tensar la palabra, hacerla explotar y reacomodarse. Sin formación poética, sin lectura y sin admiraciones poéticas, el narrador es una bestia y lo increíble es que muchos narradores denigran de la poesía, les aburre y se vanaglorian de no saber nada de ella".
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OBRAS DE EDUARDO GARCIA AGUILAR:
Tierra de leones, México, Editorial Leega (Literaria), 1986.
Bulevar de los héroes, México, Plaza y Valdés Editores, 1987
Urbes luminosas, México, Editorial Leega (Omnibus), 1991.
Llanto de la espada, Universidad Nacional Autónoma de México (El Ala del Tigre),1992.
El viaje triunfal, Santafé de Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1993
Delirio de San Cristóbal, México, 1998
Tequila coxis, México, 2003
Voltaire, el festín de la inteligencia, Bogotá, Colombia, 2005
Animal sin tiempo, México, 2006
París exprés, Madrid, 2016
La música del juicio final (Poesía completa) , Bogotá, 2018
Las rutas de Ifigenia, Bogotá, 2019
The trails of Ifigenia, EEUU, 2020