sábado, 13 de julio de 2024

FIESTA EN LA PLAZA DE LA REPÚBLICA

Por Eduardo García Aguilar

Poco antes de la hora autorizada para el anuncio de los resultados de las elecciones legislativas francesas del 7 de julio, las redacciones de diarios, noticieros y agencias hervían con la noticia del triunfo electoral del Nuevo Frente Popular de izquierda y la derrota de la ultraderechista Agrupación Nacional, que ocupó el tercer lugar después del campo presidencial.

Encuestas y analistas aseguraban desde hace días que un triunfo de la izquierda unida era matemáticamente imposible y aseguraban que la ultraderecha, aunque no llegaría a la mayoría absoluta, si obtendría la relativa. Antes de la hora precisa en que se darían los resultados, los rostros de analistas y políticos invitados en las diversas cadenas televisivas de todas las tendencias se observaba el asombro, unos jubilosos, otros sonrientes y los demás desencajados. 
  
Y más explosiva aun fue la reacción a la noticia cuando en pantalla se vio la nueva repartición de la Asamblea Nacional, que daba el triunfo al Nuevo Frente Popular, un siglo después del logro de Leon Blum a la cabeza de una coalición similar, que al llegar al poder otorgó en Francia el derecho de vacaciones a los trabajadores y la semana laboral de 40 horas.

En la Plaza de Stalingrad, al norte de París, los seguidores de líder del principal partido de la coalición de izquierda, La Francia Insumisa, Jean Luc Mélenchon, viejo tribuno de 70 años al que se debe el núcleo que hizo posible la resurrección de la izquierda, cuando hace unos años se daba por casi extinguida, escucharon las electrizantes palabras del tribuno, quien era el único que creía en la victoria tras una lucha de varias décadas. 

Y así sucesivamente en muchas ciudades y regiones del país la onda de euforia de la gente progresista de los partidos ecologista, socialista, comunista y La Francia Insumisa abarcó todo el territorio, llegando al clímax en la manifestación realizada en la emblemática Plaza de la República de París, donde se han registrado desde hace mucho tiempo jornadas históricas inmortalizadas por imágenes inolvidables.

La plaza estaba llena de jóvenes que se subieron a la estatua de la República esgrimiendo banderas rojas y francesas, mientras desde otro ángulo de la plaza se proyectaban luces intermitentes con los colores de la bandera tricolor azul, blanco y rojo del país. Casi todos esos muchachos y muchachas nacieron en este siglo XXI y representan a una nueva generación bastante comprometida con las luchas sociales, ecologistas, animalistas y humanistas. Ellos representan el rostro multicolor de la nueva Francia y la esperanza del país en plena crisis local y europea.
    
La enorme explanada estaba llena de una mayoría de jóvenes, familias francesas descendientes de inmigrantes de origen africano, megrebí, asiático y de otras nacionalidades y personas mayores que acudieron a la plaza para presenciar el hecho con la nostalgia de haber participado jóvenes en las jornadas de mayo de 1968 o en las celebraciones cuando llegó la izquierda unida al poder con François Mitterrand en 1981.

Grupos de jóvenes cantaban, otros gritaban consignas contra la extrema derecha y el presidente Macron, más allá interpretaban música o se acercaban a los puestos a comprar refrescos, cerveza o alimentos y viejos y jóvenes hablaban con entusiasmo de lo ocurrido. Lo imposible había ocurrido, aunque es una victoria relativa y frágil en un contexto de ingobernabilidad y fragmentación política.

Estuve ahí hasta que casi a la medianoche cuando la policía empezó a lanzar gases lacrimógenos para dispersar la manifestación, pues en calles aledañas se registraban enfrentamientos entre grupos de jóvenes con las fuerzas del orden. La gente empezó a dispersarse o a ingresar a las bocas del metro dando por terminada poco a poco la fiesta.  

Una celebración que sin embargo augura semanas o meses de desestabilización en el país, como si estuviera al borde de un abismo desconocido e imprevisible en el marco de la Quinta República fundada por el general Charles de Gaulle, pues fiel a su estilo, el presidente Emmanuel Macron, aunque su partido y aliados fueron derrotados, tratará hasta último momento de negar la victoria de la izquierda unida, lo que generará tensiones y conatos de rebeldía.

El 14 de julio se celebra la fiesta nacional y el 18 será la primera sesión de la Asamblea legislativa, donde habrá tensiones para elegir al presidente o presidenta de la misma, que es la cuarta persona en el rango del poder en el país. 

Comenzarán entonces las sesiones que se auguran caóticas, pues no hay ninguna fuerza con mayoría absoluta y el presidente no podrá volver a disolver
el Congreso hasta dentro de un año. Nadie sabe aun quien será el nuevo o la nueva Primer ministro y mientras tanto el joven líder del partido presidencial Renaissance, Gabrial Attal, seguirá manejando los asuntos corrientes.

La histórica fiesta de la Plaza de la República fue el pasado domingo, pero como ocurre cuando se acelera la historia, parece ya un hecho lejano y a la euforia inicial sucede la incertidumbre y el augurio de difíciles jornadas que ni siquiera la celebración de los Juegos Olímpicos 2024 logrará calmar.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de julio de 2024.


  


jueves, 27 de junio de 2024

EL RETORNO DEL EX PRESIDENTE HOLLANDE

Por Eduardo García Aguilar

El ex presidente socialista François Hollande, quien gobernó Francia de 2012 a 2017 es un astuto y brillante político que ha logrado superar a través del tiempo derrotas, intrigas y travesías del desierto y sabido retornar al protagonismo cuando todo el mundo lo daba muerto. Goza además de un gran sentido del humor y es famoso por sus chistes y ocurrencias inolvidables y su buen apetito.


Desde muy joven entró a colaborar con el presidente François Mitterrand y lideró el Partido Socialista varios lustros, antes de lanzarse como candidato a la presidencia de la República, en cuya aspiración tenía muy pocas posibilidades, pues el director del Fondo Monetario Internacional (FMI) Dominique Strauss-Kahn, encabezaba arrolladoramente las encuestas y se consideraba seguro ganador y futuro presidente.

Hollande, a quien incluso muchos al interior de su propio partido detestaban y apodaban flanby por sus rondeces y espíritu socarrón o por sus posiciones socialdemócratas y moderadas en materia económica, sólo tenía en las encuestas un 4% de favorabilidad, cuando el director del FMI se vio inmiscuido en un escándalo sexual en Nueva York, por lo que fue detenido ante el asombro mundial.

Las fotos del jefe del FMI Strauss-Kahn esposado y conducido a la cárcel figuraron en las primeras planas de los diarios del mundo y durante meses fue la noticia al enfrentar acusaciones de abusar de una mucama afrodescendiente en un hotel de lujo, con la que llegó finalmente a un arreglo y pagó millonaria suma para salir meses después libre, exonerado, pero humillado, derrotado y muerto en política para siempre.  

Tras la estrepitosa caída de su rival, Hollande llevó a cabo una brillante campaña que desde la más baja posición en las encuestas, lo llevó a la más alta magistratura en unos meses, derrotando de manera sorpresiva al presidente de derecha Nicolas Sarkozy, quien aspiraba a un segundo mandato. El político logró así repetir la hazaña de su mentor François Mitterrand, quien había logrado llevar por primera vez a la izquierda unida a la presidencia en 1981, después de presentarse y fracasar en el intento varias veces.

Ahora Francia vive de nuevo momentos históricos luego de la sorpresiva e insensata disolución neroniana de la Asamblea por el presidente Emmanuel Macron y las nuevas elecciones legislativas del 30 de junio y el 7 de julio de 2024, en las que parte como favorita la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional, grupo racista y xenófobo fundado por fascistas y pro-nazis y heredero de las fuerzas colaboracionistas francesas durante la invasión alemana del país.

Macron, ministro y asesor de Hollande que llegó muy joven a la presidencia a solo 39 años de edad en 2017, después de traicionar a su mentor y realizar una fulgurante campaña en la que argumentaba no ser ni de izquierda ni derecha, fue reelegido en 2022, pero su mandato ha estado agitado por múltiples conflictos sociales, la pandemia y una creciente impopularidad debido a su autoritarismo, arrogancia de tecnócrata perfumado y desconexión con la realidad económica y social del país y con las clases medias, bajas o agrarias.  

Luego de la traición de su discípulo Macron y la hostilidad de casi todo su partido en su contra, Hollande desistió de aspirar en 2017 a un segundo mandato al que tenía derecho y los analistas políticos le decretaron su muerte política, mientras el nuevo joven presidente reinaba como un Júpiter en Francia, antes de que se le atravesara la revolución de los chalecos amarillos, la impopularidad y la derrota apabullante en las elecciones europeas frente a la extrema derecha.

En un acto desesperado, que para muchos era innecesario pues aun quedaban tres años de legislatura y contaba con una buena mayoría relativa, el presidente disolvió la Asamblea haciendo añicos a su partido y a aliados, tendió un tapiz a la extrema derecha para que llegue al poder y a su vez propició una nueva y casi milagrosa unión de las izquierdas bajo el nombre de Nuevo Frente popular.

Al propiciar elecciones legislativas súbitas tomó por sorpresa a los partidos, que tuvieron que organizarse en coaliciones en unos días febriles antes de cerrar el plazo para presentar los candidatos, y ante la polarización todas las figuras tuvieron que tomar partido: o apoyan al tenebroso movimiento fundado por el antisemita Jean Marie Le Pen y liderado por su hija Marine o a la coalición de izquierdas, que va desde los socialistas, comunistas y ecologistas moderados hasta La Francia insumisa, más radical, del fogoso tribuno Jean Luc Mélenchon, que obtuvo 22% de los votos en la pasada elección presidencial.

El astuto Hollande aprovechó la oportunidad y en secreto y en cuestión de horas se hizo nominar como candidato socialista a diputado en su antiguo bastión de Tulle, regresando de lleno a la política y convirtiéndose de nuevo en protagonista y alternativa en medio de la más grave crisis política vivida en el país desde hace décadas.

Sea cual fuere el resultado, Francia entra este domingo en una era de crisis de régimen en la que incluso el país puede ser ingobernable ante la carencia de mayorías claras en el Congreso y la implosión de varios partidos. De resultar victorioso en Tulle, el expresidente Hollande volverá a ser un gran protagonista al lado de otras figuras que maniobrarán en la sombra sin saber todavía lo que deparará el futuro tras el veredicto de las urnas.

 


domingo, 23 de junio de 2024

PARÍS PARA LECTORES EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS

 Por Eduardo García Aguilar

Un delirante tejido concéntrico forma desde lo subterráneo hasta lo aéreo a la imaginaria ciudad de París que pronto invadirán deportistas y turistas en los Juegos Olímpicos 2024. Apeñuscados en la oscuridad, miles de calaveras y esqueletos pueblan el laberinto de las catacumbas, visitadas en especial por seres de ficción y centro de un rito de cavernas. A un lado paralelo, en el subvientre de la ciudad, se extienden las misteriosas cloacas, casi paradisíacas para los precursores del underground. Inmensos roedores, aguas pútridas, canales y túneles mohosos sirven de escenario a las aventuras más escabrosas: seres olvidados de piel mortecina, mendigos sabios, evadidos de prisión y una red de funestos empleados viajan en pequeñas embarcaciones sobre las aguas negras.
 Desde arriba, los expertos lanzan enormes bolas de un material desconocido, encargadas de romper los posibles escollos y dejar la vía libre a la fluidez del líquido. Es posible imaginar el estruendo de la enorme esfera al lograr su máxima velocidad, la devastación que deja a su paso antes de ser capturada de nuevo en otro rincón de la ciudad. En ese intrincado mundo todo es posible, desde el amor hasta la muerte, desde la cofradía hasta el anacoretismo. Algún ser de ultratumba habrá escogido allí un rincón para huir de la hormigueante civilización desplegada sobre el viejo lecho del Sena; amigo ya de las enormes alimañas roedoras descendientes de las que poblaron el mercado de Les Halles, dialogará con ellas y compartirá su soledad, la voz que en ecos se distribuye por los salones de ese mundo paralelo, el chillido amenazante de aquellos bichos de pelambre mojado.
 Escenarios perfectos para una novela maldita o para una historieta con héroes del averno, las catacumbas y las cloacas (albañales, sumideros, alcantarillas, según los diccionarios) pertenecen a la más fina aristocracia de la ciudad, y su arqueología e historia podrían desencadenar torvos pensamientos: allí se concentraría la red de cofrades rebeldes ante el “progreso” de la superficie; en la no-ciudad subterránea se podría desarrollar el engranaje, la maquinaria de un improbable falansterio. De las catacumbas y gigantescas cloacas saldrían los encargados de repoblar una superficie agotada por la guerra.
  El metro centenario es un caso aparte. De entre miles de millones de viajeros podría sacarse material para un museo internacional de gestos y soledades: miradas perdidas de viudas, huérfanos, mujeres abandonadas, reos recién liberados, exiliados, enamorados al borde de la desesperación, solitarios desquiciados por la falta de un cuerpo, militares recién degradados, jóvenes ambiciosos de provincia, aventureros de exóticos países conradianos. Incluso los ciegos saben que allí adentro la mirada es la reina, sea esta huidiza, directa, demencial, vidriosa, lagrimeante, mansa, agresiva. Timbres, sirenas, pasos, carreras, olores, sudores, portafolios, zapatos lustrados, abrigos de un mercado de pulgas, hombres negros, amarillos, blancos, pigmeos, incas, bolsas, monedas, camafeos, prendedores, diademas, aretes de oro con esmeraldas, suciedad, labios pintados de vamps, la risa de un malevo: el metro haría las delicias de un amante de los catálogos.
Walter Benjamin — el melancólico cofrade del exilio que con Roth, Tsvetáieva o Beckett hace parte de la galería interminable de extranjeros habitantes de París — se refiere en su texto “París, capital del siglo XIX” a la formación de otro curioso laberinto de mercancías en la superficie citadina. Al hablar de los almacenes de novedades, predecesores de las grandes tiendas, se refiere a la genealogía del rostro posterior de la ciudad. Con el auge de los textiles, la construcción férrea o de vidrio se desarrolla y llega a su apogeo a mediados de ese siglo XIX. El almacén, la tienda, el pasaje, la galería, constituirá en cierta forma la esencia de la ciudad moderna visitada por los consumidores.
Y ahora hablemos del bistró, rey absoluto de París, vendedor de las más exquisitas mercancías: el alcohol y el café, sin los cuales muchos se atreverían a decir que el esplendor de París no hubiera sido posible. En todas partes existen, pero solo allí cumplen verdadera función. En cada cuadra hay varios de estos receptáculos, con una clientela propia, familiar, respetuosa de los horarios. Patrones alcohólicos de nariz rojiza, dominados por la imponente patrona que observa con cuidado los movimientos de la bulliciosa clientela mientras extrae cerveza o prepara el express, del obrero uniformado que sale del taller y llega a su bistrot o de la asténica pianista cortazariana que bebe y escucha su pasado en la barra del café..
El bistró de París, el gran Rey, el soberano del laberinto, es para el errante inteligente tan sorpresivo como un poblado de la Amazonia donde aborígenes mascan hojas y comen gusanos mojojoy a la luz del crepúsculo. Por tal razón, Rayuela de Julio Cortázar es la biblia de una generación latinoamericana que buscaba desde los años sesenta al París imaginario de los surrealistas y quedó seducida  “lo exótico” de sus calles.
Resta subir a las buhardillas, el otro tejido clave de la ciudad, tan importante como las galerías y los pasajes de Benjamin. Es una ciudad sobre la ciudad, llena de gritos, recuerdos, felicidad y sexo. Construidas inicialmente para la servidumbre, se convirtieron en el habitáculo de estudiantes, extranjeros, perdidos, jóvenes pintores, músicos ambiciosos, pornópatas y cazadores de palomas. Todo eso verán y explorarán los visitantes lectores durante los Juegos Olímpicos. Túneles, concavidades, escaleras de caracol, tapices rodantes, calles empedradas, pasajes, mercados de pulgas, bistrós, grandes almacenes, aceras, parques, iglesias, ruinas, presentes siempre a la vuelta de la esquina.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de junio de 2024.

*Texto dedicado a los Juegos Olímpicos de París 2024, con elementos del texto Pequeña guía maldita de París, incluida en Urbes luminosas
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sábado, 22 de junio de 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.

HISTÓRICAS MANIOBRAS ELECTORALES EN FRANCIA

Por Eduardo García Aguilar

El joven presidente francés, Emmanuel Macron, utilizó de manera sorpresiva su prerrogativa histórica de disolver el parlamento, causando conmoción en la sociedad y los partidos de derecha, centro e izquierda, que de inmediato y con muy buenos reflejos de viejos zorros de la política se movilizaron para crear alianzas antes imposibles y presentar candidatos en una elección a dos vueltas de legisladores que se llevarán a cabo el 30 de junio y el 7 de julio, veinte días después de la medida. 
Francia es una vieja democracia y la disolución fue un instrumento creado por el propio Napoleón Bonaparte, que no lo utilizó nunca, para dar la posibilidad al monarca o al presidente de escapar a las graves crisis políticas, cuando el Congreso bloquea su acción y hace imposible gobernar a riesgo de una guerra civil. La medida fue utilizada en el siglo XIX por Luis XVIII, hermano del decaptitado Luis XVI, y ya en el siglo XX por presidentes monárquicos como el general Charles de Gaulle, el líder socilista François Mitterrand y el jefe de la derecha republicana y moderada, Jacques Chirac.
 Macron, un joven prodigio que en 2017 tomó por sorpresa el poder en una campaña relámpago que paralizó a los partidos tradicionales, a los que dividió y depredó, ha gobernado ya siete años y fue reelegido en 2022, pero desde entonces no ha contado con la mayoría absoluta necesaria para aplicar sus reformas. Su desprestigio e impopularidad crecieron hasta el punto quedarse solo en el palacio presidencial rodeado de su corte perfumada de técnicos. Al ser derrotado estruendosamente en las elecciones europeas por la extrema derecha de Marine Le Pen, el orgulloso Macron decidió disolver el parlamento y obligar a salir a las urnas a los franceses, en una acción que algunos califican de japonesa, porque es casi un harakiri, y otros de tipo neroniano, pues es como prender fuego a la pradera y a la ciudad y ver el incendio desde el palacio tocando la lira.
Debido a la terquedad e inteligencia del joven mandatario liberal, surgido de la banca y de los grandes grupos financieros y mediáticos, nadie esperaba que tomaría esa medida y auguraban que seguiría en la cuerda floja del poder como un saltimbanqui en los tres años que le quedaban aún legítimamente hasta 2027, cuando ya no puede reelegirse. Pero en un acto  osado, llama al pueblo a decidir si llega al poder la pujante extrema derecha de Marine Le Pen, que es dada como gran favorita, en cuyo caso el presidente cohabitaría con un primer ministro enemigo que aplicaría medidas a las que se opone, mientras él se vuelve un mandatario figurativo y de opereta, inaugurador de jardines de crisantemos, solitario y final. Aunque, conociéndolo por su soberbia, es capaz de renunciar y obligar a realizar elecciones presidenciales anticipadas.
La verdad es que a su partido y a quienes lo apoyan les quedan pocas posibilidades de recuperar fuerzas en tan poco tiempo, ante dos bloques poderosos que ya se alinearon para la batalla final: el partido de extrema derecha Congregación Nacional y el Frente Popular de izquierda, que surgió rápidamente de la mágica alianza de socialistas, insumisos, ecologistas, izquierdistas y otros diversos movimientos progresistas, lo que augura una lucha final entre extremos, dejando a los partidarios de Macron, a los centristas y a la derecha moderada en una frágil posición que los puede llevar a esfumarse.
Los estudiantes y expertos en ciencias políticas están de plácemes, pues lo que se ha definido en unos cuantos días, a veces ha tomado en el pasado varios años para realizarse. Astutos y sabios, los partidos de izquierda vieron en la disolución loca de Macron una oportunidad maravillosa de reencaucharse y auparse en una corriente inevitable que surge de la inminencia del ascenso al poder de la extrema derecha, cuyo fundador, el viejo xenófobo tuerto Jean Marie Le Pen, es y ha sido un viejo antisemita, amante de los fascismos, para quien el holocausto fue solo un episodio sin importancia que inclusive niega.
Ahora su partido es liderado por su hija, Marine Le Pen, brillante abogada que logró sacar al movimiento paterno de la marginalidad, expulsándolo a él,  hasta llevarlo a obtener una alta representación de 89 ediles en la legislatura recién disuelta y ahora a estar al borde de llegar al poder, como lo auguran muchas encuestas, aunque el Frente popular, surgido de un día para otro, le pisa seriamente los talones, pues Francia desde la Revolución de 1989 y la toma de la Bastilla, tiene su corazón a la izquierda.
Mansos, consensuales como palomas, los jefes de los partidos progresistas y de izquierda han actuado en estas horas de manera impecable, dejando atrás sus rencillas y creando de la nada un Frente Popular que recuerda a aquel movimiento liderado por Leon Blum antes de la Segunda Guerra Mundial, en la tercera década del siglo pasado, en circunstancias similares, cuando se daba el auge de los fascismos de Hitler y Mussolini, que ahora reviven en casi toda Europa ante el espectro de las guerras y el auge del éxodo migratorio.
Las jornadas que se avecinan en Francia son históricas y el propio presidente Macron, al hacerse el hara kiri japonés, lo sabe, y pasará a la historia como quien dio la voz al pueblo para que decida entre uno y otro bando. Después quedará, antes de cumplir solo 50 años de edad, como un presidente sabio y derrotado que manejará desde las alturas presidenciales jupiterinas, sin poder y solo con palabra, los hilos imaginarios de una patria que necesitaba el electrochoque de esta disolución inesperada.
Por el momento, todo es fiesta y excitación desbordada en Francia. Jubilados, muchachos, obreros, desempleados, campesinos, comerciantes, funcionarios, maestros, sindicalistas, artistas, mujeres, ciudadanos de origen extranjero, blancos, africanos, asiáticos, mestizos, artistas y artesanos, todos inundan las plazas porque saben que en unas semanas cambiará la historia del país en jornadas que permanecerán en los libros de la memoria.

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Publicado el domingo 16 de junio de 2024 en La Patria. manizales. Colombia.

MEXICANOS A LAS URNAS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando viví en México experimenté de cerca varias elecciones presidenciales que reflejaban la milenaria cultura de ese país, que tiene mucho de asiático y oriental y está anclado en profundas tradiciones caciquiles. La primera de ellas fue la que llevó al poder a un funcionario opaco llamado Miguel de la Madrid, quien inició los cambios hacia una visión neoliberal de la economía, teoría que entonces estaba en pleno apogeo mundial. 
Rodeado de jóvenes tecnócratas recién graduados en Estados Unidos, abogaba por la reducción del Estado, la privatización generalizada de las empresas estatales y la disminución de los subsidios a los pobres y de la intervención gubernamental, pues se consideraba que el capitalismo por sí solo y sin controles, de manera mágica, generaba riqueza como el rey Midas y disminuía automáticamente la pobreza o la eliminaba del todo, haciendo de cada ciudadano un empresario.
El candidato, elegido por medio del sistema del “destape” y el “dedazo”, se convertía de un día para otro en el nuevo tlatoani y el presidente crepuscular que era entonces el poderoso José López Portillo, quien se consideraba el dios azteca Quetzalcóatl, perdió de súbito el aura de monarca absoluto y vivió una larga agonía que se extendía hasta la posesión del nuevo mandatario, muchos meses después. 
En ese plazo el país cayó en la más absoluta bancarrota, pues la banca privada sacó todo el dinero del país y tuvo que imponerse un control de cambios, mientras se vivía una inflación gigantesca que arruinó a todos los mexicanos por igual. En un lugar de la ciudad, un producto electrodoméstico podía costar mil veces más que en otro y los precios subían de hora en hora de manera descontrolada. Furioso, López Portillo decidió en contra del pensamiento de su futuro sucesor nacionalizar la banca y en un discurso airado a todo el país gritó que “no nos volverán a saquear”.
López Portillo, quien había sucedido a Luis Echeverría por el mismo método del “dedazo”, era un economista e intelectual ilustrado descendiente de una familia aristocrática que tuvo entre sus ancestros a grandes prohombres de la política y las finanzas. Alto, de rasgos hispanos, elocuente, elegante y vanidoso, el presidente había sido una fuerza durante su mandato que podía con sus iras hundir o con su alegrías ascender a las personas de su corte o a los líderes de sindicatos o instituciones. Al gran escritor Juan Rulfo lo regañó como a un niño por haber sugerido en el marco de un homenaje nacional que se le hacía, que los militares mexicanos eran corruptos y aceptaban “cañonazos” de dinero. Miguel de la Madrid era bajito y rechoncho, pésimo orador, un tipo de funcionario tecnócrata aburrido de tercer rango, carente de brillo o capacidad de reacción, como se pudo atestiguar cuando el terrible terremoto de noviembre de 1985 que semidestruyó la capital y otras ciudades, causó decenas de miles de muertos y dejó el país incomunicado. El Estado casi estuvo ausente y paralizado y fue la sociedad civil la que tomó el toro por los cuernos ante la tragedia. Pero en el vacío de poder tras su designación como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), este personaje que también era algo bonachón y amante de los libros, empezó a recibir todos los honores y genuflexiones, opacando al saliente presidente, como vi durante la inauguración precipitada de las ruinas Templo Mayor junto a la Catedral y el Zócalo, sacadas a la luz tras su descubrimiento reciente bajo la dirección del arqueólogo Ernesto Matos Moctezuma. Se veía en medio de piedras, calaveras y pirámides aztecas como todos ignoraban ya al monarca que recién acababa de nacionalizar la banca en contra de la opinión del sucesor.
Miguel de la Madrid nombró también por dedazo seis años después a un poco agraciado candidato, bajito, calvo, flaco, con rostro algo cómico, pero muy inteligente, Carlos Salinas de Gortari, quien fue uno de los ideólogos y cerebros, junto con José Ángel Gurría, de ese brusco cambio económico neoliberal operado por su gobierno y que debía continuar el elegido, quien subió a la presidencia por medio de un fraude realizado a la vista de todo el país y cuyos efectos a la larga terminaron llevando al poder en 2018 al izquierdista Andrés Manuel López Obrador, su más encarnizado opositor y a quien trataron de destruir sin éxito por todos los medios.
México, después de la Revolución triunfante que derrocó al dictador Porfirio Díaz, ha sido un régimen sexenal autoritario de corte asiático y sacrificial que nombra a un monarca absoluto por un periodo durante el cual es todopoderoso y después cae y es castigado por el sucesor, quien por lo regular encarcela a figuras de su séquito o su familia para impedir toda veleidad de “maximato” o de seguir teniendo influencia tras el trono. Eso les ocurrió a Plutarco Elías Calles en la primera mitad del siglo XX y a Salinas de Gortari al final, cuyo poderoso y multimillonario hermano Raúl fue apresado y condenado, tras lo cual el rico expresidente, que hizo huelga de hambre en Monterrey, prefirió el exilio dorado en Cuba y otros países.  
Después vinieron varios presidentes sexenales mediocres que gobernaron en medio de escándalos y caos y sus sucesores castigaron siempre al antecesor procesando y llevando a la cárcel a ciertas figuras sacrificiales. Ahora de nuevo los mexicanos acuden a las urnas y la novedad es que por primera vez la nueva presidenta será una mujer. Los analistas y observadores escrutarán esta inédita ecuación, pues el mando no será ya de un cacique o tatloani varón, sino de una nueva monarca heredera de las diosas antiguas como la Coatlicue o la Coyolxauqui.

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Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de junio de 2024

sábado, 25 de mayo de 2024

REENCUENTRO CON TACHIA QUINTANAR



Por Eduardo García Aguilar

La española Tachia Quintanar fue la pareja de Gabriel García Márquez durante un año entre 1955 y 1956, y según cuenta ella fue una linda historia de amor que después se convirtió en gran amistad de toda la vida. El escritor la visitaba siempre cuando venía a París, después de acceder a la fama con la publicación de Cien años de Soledad y convertirse en una figura literaria y política mundial. 

La invitó a la entrega del Premio Nobel en Estocolmo en 1982 y durante años fue su cómplice, corresponsal y consejera para asuntos administrativos y de propiedades en París; amiga y casi tutora de Gonzalo, el hijo menor del nativo de Aracataca, tipógrafo y editor que ha vivido largo tiempo en esta ciudad, a diferencia de su hermano mayor Rodrigo, quien prefirió Los Angeles, donde hizo exitosa carrera cinematográfica.

Tachia es un verdadero fenómeno, persona llena de luz, generosa, apasionada por las artes, dotada de una energía que desafía los años. Cuando la vi por primera vez en 2010 me impresionó por su belleza e inteligencia y la agilidad y vivacidad con la que nos atendía a todos en ese apartamento donde ya vivía sola después de la partida de su esposo. 

Ella conecta de inmediato con jóvenes y mayores y comunica esa energía y pasión por las artes que caracteriza a los seres luminosos como ella, de origen vasco, madre de un músico. En su casa pasamos varias veladas, cuando nos ha contado la alegría de visitar Colombia, donde hizo una gira para representar el cuento Isabel viendo llover en Macondo.

Poco antes de la partida del autor de El amor en los tiempos del cólera hacia el misterio del más allá, tal vez ya afectado por la peste del olvido, la recibió en la costa caribe y dieron un paseo propiciado por Mercedes Barcha en carroza halada por caballos por las calles de Cartagena de Indias, del cual hay amplio testimonio fotográfico.
 
El jueves la volví a ver en el consulado de Colombia en París, en el marco de una mesa redonda que sostuvimos con la francesa Annie Morvan, la traductora al francés una decena de sus obras, y el novelista bogotano Juan Gabriel Vázquez.

Pese a su edad y estado de salud, Tachia llegó con su hermana Irene y se sentó en primera fila igual de risueña y radiante que siempre, con la mirada viva del amor. Era muy emocionante verla de nuevo allí, en territorio colombiano, para hablar sobre la literatura de nuestro país, marcada para siempre por la obra del creador de Macondo.

Su hermana contó ante el público una sorpresiva anécdota. Gabriel llegó una tarde al pequeño apartamento donde vivían en la calle Assas con su amigo el padre Camilo Torres Restrepo y ella les preparó una deliciosa sopa de lentejas. Irene estaba tan encantada hablando con el inteligente y apuesto estudiante colombiano de postgrado de la Universidad de Lovaina, que Gabriel le advirtió muy preocupado y en secreto que se trataba de un cura. ¡Es un cura, le dijo!

Tachia se casó con el ingeniero de petróleos Charles Roussof, con quien vivio 40 largos años y residían en un apartamento en un piso alto de un edificio de la rue du Bac, casi esquina con Saint Germain des Prés, frente al cual está situada ahora la plaza que lleva el nombre del colombiano, inaugurada con pompa hace algunos años por la alcaldesa de París.

Se habían conocido un 21 de marzo de 1955, cuando el colombiano quedó varado en Europa tras el cierre del diario El Espectador por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y vivía como tantos jóvenes en la pobreza recogiendo botellas para vender o cantando en tabernas y bares canciones de su tierra vallenata, que interpretaba muy bien.

El colombiano vivía con otros latinoamericanos que huían de las dictaduras en un hotel donde les fiaban, situado en la rue de Cujas, y Tachia en un apartamento de la rue de Assas, donde se le fue instalando en esas frías jornadas aquel muchacho flaco, pobre, tierno y soñador caribeño que escribía y cantaba todos los días.

Tachia ya había vivido una larga historia de amor con el conocido poeta español Blas de Otero, y era poeta, actriz, activista cultural en torno a la cual se reunían artistas de distintos orígenes y nacionalidades que después se volverían famosos como el músico griego Mikis Teodorakis, Antonio Saura y el artista venezolano Jesús Soto, también amigo del costeño y con quien recorría las tabernas en dúo en busca de unas monedas.

Tachia es una fuerza inigualable y es ella más allá de la anécdota de su romance con Gabriel. Ella es poesía, vida, vino, ficción y realidad. Por eso al verla ahí en el consulado de la rue de Berri, a un lado de los Campos Elíseos, sentí la alegría de reencontrarla y evocar los brindis en su casa, poblada de cuadros, amigos y copas que tintinean en el aire de la noche al calor del vino, el afecto y la literatura.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de mayo de 2024.




lunes, 20 de mayo de 2024

EL FANTASMA DE JOSÉ INGENIEROS


Por Eduardo García Aguilar

En la primera mitad del siglo XX, en la biblioteca de los jóvenes lectores de entonces, que eran muchos en América Latina, figuraban además de los clásicos de todos los tiempos, especialmente griegos y latinos, franceses, rusos o italianos, a veces acompañados por bustos de sus autores o cuadros referentes a sus historias, otros libros del mundo hispanoamericano de escritores como José Enrique Rodó, Miguel de Unamuno, Enrique Gomez Carrillo, Jose María Vargas Vila, que era el best seller de esos tiempos, y José Ingenieros (1877-1925), nacido en Italia con el nombre de Giussepe Ingegneri.
Médico psiquiatra formado en Buenos Aires, profesor de psicología experimental y neurólogo, estudió también en París, Lausana y Heildelberg, Alemania, convirtiéndose en una eminencia de su época que influyó en la reforma de la universidad argentina, y fue cercano a las ideas comunistas al principio y anarquistas después, y durante su corta vida de solo 48 años apasionado antiimperialista, por lo que fue leído con entusiasmo por los jóvenes en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.

Como los hombres de su época, era muy elegante, llevaba bigote retorcido, camisas de cuello almidonado con corbata y sombreros de diversos tipos, pareciéndose a un dandy finisecular y decimonónico. Así vestían otras estrellas de su tiempo como el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, Gómez Carrillo, José Eustasio Rivera y Vargas Vila, entre otros.

Me recuerdo muy bien de él porque en la biblioteca de mi padre Alvaro García Cortés, estaban varios de sus libros, entre ellos el que lo hizo famoso, El hombre mediocre, y Las doctrinas de Ameghino, sobre un argentino de origen italiano como él para quien la humanidad apareció en la pampa argentina, o sea que ese país era la cuna de la humanidad, propiciando la creencia entre sus contemporáneos de que Dios era argentino, mucho antes de la aparición mítica del Che Guevara, Maradonna y el papa Francisco, primer pontífice latinoamericano.

Mirando algunos de los archivos de mi padre, que nació en Marquetalia, Caldas, en 1913, vivió largo tiempo en Manizales y murió en la capital colombiana en 1991, y quien amaba los libros y la literatura con pasión, he tratado de imaginar a todos esos lectores jóvenes de esa época plagada de grandes acontecimientos mundiales, las guerras de 1914-1918 y 1939-1945, conflictos y explosiones sociales y políticas que sacudieron los países del continente y por supuesto a Colombia.

Siempre ha habido la tendencia a olvidar aquellas décadas que se caracterizaron en todo el continente por una febril lucha de ideas que reproducía y enriquecía las luchas ideológicas y bélicas de Europa y se relatan en la gran literatura de su tiempo en obras cumbres como La marcha de Radetzky de Joseph Roth, La Montaña mágica de Thomas Mann o los libros de Hermann Broch y otros muchos.

Parte de aquellos jóvenes que despuntaban al mundo en los años 30 y 40, querían demarcanse del mundo agrario, autoritario  y tradicional de sus padres y abuelos, que trabajaron en las fincas y pampas continentales, tumbando monte y cuidando ganado,  y su rebelión consistió en irse a las ciudades, donde se escuchaban los tangos de Carlos Gardel, figura también a la que imitaban en su forma de vestir elegante, con trajes hechos a la medida por sastres, y el mismo corte de pelo engominado, sombrero Stetson como Edward G. Robinson y Al Capone, chaleco, mancuernas y mocasines superlustrados.     

Algunos de los hombres de esa generación pudieron realizar estudios universitarios y los que solo terminaron el bachillerato para después dedicarse a trabajar, se caracterizaron por ser profundos autodidactas, humanistas, coleccionistas de libros y lectores empecinados amantes de la literatura, el pensamiento y las ideas en boga que circulaban por el mundo y el continente. Mi padre era uno de ellos, liberal de ideas progresistas, laico, abierto a las diversas tendencias de la época, librepensador lector de los clásicos y de figuras como Rousseau, Voltaire y los pensadores positivistas o socialistas que pululaban en América Latina. En su biblioteca me formé, cuando en las frías tardes y noches de Manizales exploraba aquellos libros que descubría y leía con pasión en esos tiempos.

Además de los libros de José Ingenieros, estaban los de Vargas Vila y Unamuno y entre los colombianos los primeros de su amigo y copartidario liberal Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos y Testimonio de un pueblo, que leí muy temprano. También figuraban entre los libros de los colombianos las obras magníficas de Germán Arciniegas y de Indalecio Liévano Aguirre, los ensayos y obras de Bernardo Arias Trujillo, Hernando Téllez, Rafael Maya y José Hurtado García, entre otros muchos.

Gracias a  esa biblioteca devoré desde muy tempano Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y Los comuneros de Arciniegas y la saga Los conflictos sociales de nuestra historia, la biografía de Simon Bolívar y el estudio sobre la Doctrina Monroe de Liévano Aguirre, que los jóvenes liberales humanistas como mi padre leían con entusiasmo.

Hago estas remiscencias porque anoche, depués de la presentación del libro Del famoso y nunca igualado corrido de Quicón Uriate, del autor mexicano Miguel Tapia (1972), en el Instituto Cultural de México, nos fuimos a celebrar y hablé entre otros con el escritor argentino Edgardo Scott (1978), quien a su vez se refería a la biblioteca de su padre.

De repente nos vimos en medio del tintineo de las copas hablando de José Ingenieros, algo surrealista y absurdo en estos tiempos. Dos latinoamericanos de París, un siglo después de Alfonso Reyes, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Alejo Carpentier y Miguel Angel Asturias, rememorando a una figura olvidada y pasada de moda, que sigue tan viva como Rodó, Vargas Vila, Mariátegui, Unamuno, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Unamuno, Ortega y Gasset y tantos otros ídolos de aquella época en la que nacieron y crecieron nuestros padres lectores y humanistas.
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 Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domiungo 19 de mayo de 2024.

sábado, 11 de mayo de 2024

LOS BARRIOS MARGINALES DE MANIZALES

Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato, una de las más emocionantes experiencias fue dar clases de albabetización para adultos en los barrios marginales de la ciudad, situados por lo regular en precipicios y barrancos que daban hacia abismos y que en ese entonces, y tal vez en la actualidad, solo saltaban a la fama cuando ocurría un deslizamiento y morían familias enteras arrastradas por el pantano y la tierra removidos por los aguaceros andinos.

Nuestra generación y otras anteriores y posteriores, han estado caracterizadas en nuestro país por tener una conciencia social que despierta desde la infancia cuando quienes tuvimos la fortuna de no carecer de nada nos enfrentábamos por primera vez al dolor de la pobreza generalizada y la romería nocturna de niños, mujeres o ancianos que tocaban en las puertas de nuestras casas para pedir los "sobraditos", en diminutivo.

Lo que más me impresionaba era que casi nunca se veían los rostros de quienes esperaban en silencio y en la noche junto a la puerta a que la madre o la abuela llegaran con la comida caliente que siempre les ofrecían. Esa misma escena ocurría en casi todas las casas de la "ciudad de arriba", lo que muestra la magnitud del hambre y la pobreza escondida desde siempre en los barrios periféricos de las hondonadas del norte, junto a la quebrada de Olivares, o más abajo de Hoyo Frío y las laderas del sur que bajan al río Chinchiná.

Empecé a visitar esos lugares de día, cuando con mi amigo León Duque y los hermanos Buriticá y otros compañeros de la infancia nos aventurábamos a correr con nuestras ruedas de caucho hacia aquellos alejados lugares del norte en cuyas laderas se olía el cisco de la Trilladora de café o el aroma de la cerveza que fluía hacia los precipicios desde la fábrica situada en El Carretero o más allá del barrio San José o de la estación del Ferrocarril, entonces ya abandonada y en ruinas.

Así algunas veces llegamos al famoso puente de Olivares, lugar de leyendas y fantasmas de suicidas, al que se accedía por los caminos de La Avanzada, zona sulfurosa de tolerancia y malevaje que suscitaba todo tipo de especulaciones. Y en otras ocasiones nos aventurábamos a recoger musgo en el Monte de León, que ahora casi ha sido devorado del todo por el cemento y la urbe, o llegábamos a un lejano barrio aparte, Minitas, situado cerca del matadero, a donde acudían los arrieros con el ganado subiendo las empinadas lomas desde el barrio Asunción, como en los tiempos de la colonización.

Ya más grandes, cuando se avanzaba en el bachillerato, descubrimos otros barrios del sur situados en las hondonadas que daban a Villamaría o al Morro de San Cancio, barrios recientes surgidos de invasiones, cerca de Fátima  o Aranjuez, a donde llegábamos a presentar las obras de teatro que montábamos con Antonio Leyva y Pedro Zapata, una de ellas, Soldados, basada en un texto del barranquillero Alvaro Cepeda Samudio.

Gracias a la efervescencia internacional provocada por el Festival Internacional de Teatro Universitario y al auge del arte comprometido en boga entonces, pudimos conocer uno a uno todos esos lugares marginales donde nos presentábamos y conocimos así la otra cara siempre oculta de Manizales, los rumbos de más allá de la fábrica de tejidos Única o la lejana cárcel blanca, donde actuamos para los presos.

Y ya animados por la emoción inigualable e inolvidable de sentirse útil en la sociedad al enseñar a leer y escribir a adultos atentos, mujeres y hombres ancianos de miradas profundas y tiernas, rostros marcados por el trabajo, el sol, el sufrimiento y la pobreza, una noche caímos en una redada al acudir de madrugada a presenciar una invasión en alguno de esos precipicios que daban hacia Villamaría, por lo que mi primo Olmedo Pineda García me dice, bromeando y señalándolos con la mano izquierda mientras conduce, que soy uno de los fundadores de esos barrios.

Unos diez imberbes muchachos amantes de la poesía y el teatro fuimos capturados por el ejército y encerrados varios días con sus noches en dos calabozos pútridos de la Permanencia de Hoyofrío, de donde nos sacó por fin después de una angustiante espera y cuando en la radio nos acusaban de ser peligrosos terroristas y guerrilleros, el alcalde Ernesto Gutiérrez Arango, quien conocía mundo y sabía bien que éramos solo unos niños que soñábamos con un país mejor sin tanta injusticia y miseria.

Más tarde, cuando con mis amigos Carlos Eduardo Hoyos Gómez y Alberto Giraldo fundamos en el Colegio Gemelli el periódico Conflictos, nos atrevimos a hacer un reportaje nocturno en la zona de tolerancia de Arenales, junto al bailadero Tico Tico o el legendario bar del marica Alberto, a donde nos internamos en algún prostíbulo para entrevistar, con la autorización irónica de la dueña del antro, a jóvenes menores de edad que se prostituían y a las que pensábamos sacar de ahí y redimir con la inocencia febril y utópica de la adolescencia. No olvidaré nunca la mirada de esa muchacha con la que hablé en Arenales, ni el rostro oculto de quienes pedían comida en la puerta, ni la mirada profunda de los adultos analfabetos sedientos de letras. ¿Qué habrá sido de todos ellos?
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de mayo de 2024.

sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.

domingo, 28 de abril de 2024

VARGAS VILA: EL OFICIO DE RABIAR


Por Eduardo García Aguilar

Jose María de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla (1860-1933) salió rabiando de su tumba barcelonesa y viajó a la tierra que lo vio nacer para descansar eternamente. Ministro plenipotenciario de dos países distintos al suyo, este enjuto y diminuto personaje de antiparras quevedianas, triste mirada de hipotético célibe, labios estrechos, grandes orejas y escaso cabello, considerado por Anatole France como el Victor Hugo de las Américas, fue incorruptible y terco liberal de prolífica pluma envenenada, iconoclasta y provocador profesional impugnador de la débil y mediocre burguesía colombiana, enemigo declarado del imperialismo yanqui (“estoy solo, casi  solo en mi campaña contra el imperialismo yanqui”) y del teatro, pues decía que Bernard Shaw era un “ejemplo de insanidad”: “Desprecio tanto al teatro que confundo en él al autor y a los auditores”.
El presidente Eloy Alfaro lo nombró representante diplomático de Ecuador en Roma, y Nicaragua, para protegerlo de los gringos, cónsul general en Madrid. De Colombia dijo que “nada tiene que darme y yo nada tengo que pedirle”. En una una de sus últimas entrevistas  expresó que “hace como diez años no leo un periódico del terruño. Es que no me queda tiempo sino para leer cosas grandes”. Admirado por liberales radicales y anticlericales, leído en muchos países de América Latina y en España, el panfletario logró instituir uno de los fenómenos editoriales más impresionantes de la época. Sus obras completas editadas por Sopena le posibilitaron vivir holgadamente de sus derechos de autor y al morir dejó una fortuna de setenta millones de pesetas.
Fue leído y lo es áun en capas populares, admiradas por una prosa que parecía contactarlas con profundos problemas filosóficos, enrevesados tejemanejes eróticos, además del misterio de un malditismo prohibido. Hasta hace unas décadas se decía en las escuelas a los niños que quien lo leyera vería su lengua convertida en sapo. Si bien es meritoria su actitud rebelde contra dictadores e injusticias y necesario reconocer su imagen de iconoclasta en medio de una cultura de agachadores de cerviz, Vargas Vila llevó a ultranza el tradicionalismo retórico, grandilocuente, retorcido y cornetudo que caracteriza a muchos prosistas colombianos (bastaría leer, con todo el perdón de sus admiradores, a Jorge Zalamea, por ejemplo), aplicándolo afortunadamete a fines más desinteresados que sus contemporáneos. 
Construyó así un castillo de palabras seudofilosóficas, manidos conceptos dulzones y rimbombantes; mañosos, caprichosos, rabiosos y ligeros fraseos como “son los epiciclos del Silencio y no los de la Soledad del pensador, los que causan la aflicción de los espíritus, habituados al reflejo misericordioso de esa constelación de su Palabra, iluminado hasta las esferas más ciegas de la más remota contemplación” (Elogio de los pensadores), logrando así deslumbrar a amplias capas de la sociedad, deseosa de leer en su “salsa” conceptos más elaborados por otros pensadores.
Sus ataques contra Dios, las mujeres, su idea de la muerte, la vida, lo eterno, la infinitud o la noche rayan a veces con la ingenuidad y el sentido común (Ars verba). Si en lo que respecta a la literatura sólo tuvo, según Borges, un contacto en una frase afortunada sobre un fatigador de infamias, que el patíbulo no quiso admitir, sobreviría tal vez su obra panfletaria: Los Césares de la decadencia (París, 1907), sobre déspotas colombianos y venezolanos de diversa calaña o Ante los bárbaros (París, 1902), visionario texto sobre el futuro y sanguinario poder americano. “Es necesario abrir los ojos del mundo, sobre esta gran noche profunda, que es la tiranía de América” -decía-.
Al final de sus días el fogoso anciano se encerró en una odiosa melgalomanía y pensaba que cada una de sus frases y opiniones podían y debían conmover al mundo. Se cubrió con los laureles del incorruptible y es sabido de todos que los incorruptibles son hacedores de guillotinas y patíbulos. Vargas Vila, trastornado por la gloria, deseaba incienso, se solazaba en su soledad, en ese desprecio de los otros humanos, porque él se consideraba el profeta, el sabio, el verdadero, el único, el carente de pecado, el perfecto, inasible demiurgo.
 Con Vargas Vila los huevos fríos de la razón terca encontraron su nido y sólo la insensibilidad (“todo amor y toda ambición han muerto en mi corazón”) podía ser la partera de esa neurótica y abstracta defensa de la libertad con mayúsculas. Un hombre que decía que “de todos los animales, el más peligroso para ser dejado en libertad es la mujer. La mujer podrá llegar a ser libertina, no llegará nunca a ser libre. La mujer no debe tener derecho sino a un voto: el del macho con el cual va a propagar la especie”, no puede arrogarse el derecho de la incorruptibilidad.
Leyendo a ese solitario engreído renacen las lengüetas suicidas de la nueva inquisición. Un extraño halo de “intolerancia progresista” exhudan sus textos: soberbia injusta, sus declaraciones. En el cementerio literario colombiano reposan desde un 23 de mayo (fecha de su fallecimiento), los huesos de un profesional de la rabia, las cenizas de un constructor frustrado de guillotinas.
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Excélsior, Ciudad de México, 1981

LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES: MEDIO SIGLO

Por Eduardo García Aguilar

Hace medio siglo, el 25 de abril de 1974, la Revolución de los claveles en Portugal causó una fenomenal efervescencia en el continente europeo, pues fue una rebelión pacífica animada por militares que llevaban flores en sus fusiles, muchos de los cuales saltaron rápidamente a la fama por derribar la hegemónica y larguísima dictadura del Estado Novo, vigente durante más de medio siglo, y cuya principal figura fue Antonio de Oliveira Salazar.

Portugal, el país de la saudade, es muy especial pues fue clave desde muy temprano en la aventura viajera en los mares lejanos del sur, como lo atestigua la aventura de Magallanes (1480-1521), cuya expedición de tres años entre 1519 y 1522 logró por primera vez dar la vuelta al mundo al atravesar la punta sur de América por el estrecho que lleva su nombre. También la aventura mundial portuguesa en su camino a convertirse en potencia se puede leer en la extraordinaria recopilación de memorias, que bajo el título de Historias trágico-marítimas cuenta múltiples naufragios ocurridos a viajeros portugueses en la ruta hacia Oriente, pasando por el Cabo de Buena esperanza. Otra gran figura y emblema nacional es la de Vasco de Gama, primero en realizar el viaje por ruta marítima hasta la India, entre 1497 y 1499, inaugurando el imperio portugués que monopolizó el comercio de las especias durante siglos, antes de que otras potencias le disputaran la supremacía.

La saudade es precisamente esa nostalgia o tristeza nacional anclada en las glorias pasadas de un imperio que poco a poco fue perdiendo aquella importancia global, hasta reducirse a una franja de la península ibérica que mira hacia el Atlántico y hacia ese otro territorio de ultramar también perdido y grande, el genial y exuberante Brasil amazónico. Visitar en Lisboa los viejos palacios, el antiguo puerto, las magníficas edificaciones oficiales y eclesiásticas de aquel tiempo nos impregna de esa gloria pasada, especialmente en el convento de Los Jerónimos, donde se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del gran poeta portugués de la saudade, Fernando Pessoa, cuya obra vasta y variada resume todas esas sensaciones a través de sus heterónimos, como en el poema Oda Marítima. 

Otra grande gloria portuguesa es Luis de Camoens, el poeta nacional autor de Los Lusíadas, quien viajó como los grandes marinos hacia el oriente, vivió pobre en la lejanía de la colonia portuguesa de Goa, participó en batallas, quedó pobre y perdido en Mozambique y regresó al fin a su tierra para terminar sus días, olvidado, precario y tuerto sin saber que en el futuro su imagen estaría en billetes, estatuas, plazas y colegios.

El dictador Antonio Oliveira de Salazar (1889-1970) había muerto cuatro años antes, tras ser desde 1926 la figura prominente de la dictadura, en la que se desempeñó como ministro de Finanzas, canciller, presidente y Primer ministro. Economista de profesión, el personaje adusto y enigmático logró encabezar la más longeva dictadura europea de entonces, superior en tiempo a la del mismo dictador y caudillo español Francisco Franco.

Pues bien, ese 25 de abril la rebelión pacífica de los capitanes derribó el régimen en unas cuantas horas, y llevó al poder a Antonio de Spínola y figuras como Otelo Saraiva de Carvalho o Melo Antunes que fueron celebrados por la juventud europea,latinoamericana y africana. Desde las capitales europeas los estudiantes tomaban buses o trenes para ir a participar en las maniffestaciones y fiestas de júbilo en Lisboa, Oporto y otras ciudades.

Como pólvora las fotos de los soldados con claveles en los fusiles cruzaron el Atlántico y fueron celebradas por estudiantes en ciudades de Estados Unidos y América Latina. Y al interior de Portugal por un momento la saudade dio lugar al júbilo. Desde el exilio regresaron líderes opositores como el socialista Mario Soares, quien poco después sería el presidente de la nueva democracia portuguesa. Y poco a poco los centenares de miles de portugueses que emigraron para evitar la pobreza en su país, autárquico durante la dictadura, empezaron a su vez a retornar, aunque muchos se quedaron para siempre en los países de Europa y América a donde se fueron, sin perder lazos con su tierra amada.

Todos ellos saben de esa grandeza perdida y por eso la nostalgia invade las calles de Lisboa, donde los viejos tranvías destartalados suben y bajan las empinadas callejuelas frente al mar, en medio de los aromas del café y los platos de la culinaria marina local. Medio siglo después de la Revolución de los claveles, Portugal mira hacia el Atlántico cargado de poesía e historia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de abril de 2024.
  
   


sábado, 20 de abril de 2024

INOLVIDABLES LOCOS CITADINOS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno despunta a la literatura y el arte, empieza a descubrir el mundo con ojos recurrentes que todo lo devoran. Al cumplir la primera década de la existencia y emprender desde entonces el camino ineluctable hacia el fin, las calles de la ciudad natal se convierten en el privilegiado escenario de un teatro iniciático. Lo mejor de la pequeña urbe son las intrincadas calles que suben y bajan y parecen tan empinadas y absurdas que desafían la gravedad, vías por donde se deprende el agua de los aguaceros o algún vehículo que ha perdido los frenos y baja loco a toda velocidad hacia los abismos.

Hay desde el inicio algunos recuerdos que uno cataloga en el fondo de la memoria. Una gran escarabajo en una pared blanca, una botella con bellas cerezas rojas en conserva traídas por el tío Migdonio, el padre afeitándose frente al espejo mientras lo carga a uno con la otra mano, las sirenas que resuenan y anuncian la caída de un gobierno, un inmenso globo aerostático que tratan de inflar en la antigua estación de ferrocarril y por supuesto los discursos airados de Leonardo Quijano, el chaplinesco loco de las calles manizalitas que dirigía un periódico llamado El Diablo.

Todas las ciudades y pueblos tienen sus locos inolvidables y originales y cuando hablo con amigos nacidos en otras urbes, suelen ellos contarme de esas figuras que vieron en sus barrios y se quedaron para siempre en la memoria. Mi amiga Luisa Futoransky me habla de uno que veía en Buenos Aires y siempre está presente en lo que escribe. En México, durante varios lustros me cruzaba en el centro con dos figuras increíbles. Primero la gran poeta Guadalupe Amor, tía de Elena Poniatowska, que ya anciana deambulaba por las calles vestida como una niña gigante, maquillada y cubierta de prendas estrafalarias de muñeca. Ella llevaba siempre un bastón o un paraguas con los que golpeaba a los adultos impertinentes que trataran de abordarla, pero por el contrario siempre se detenía cuando veía niñas o niños y empezaba con ellos diálogos imposibles. El otro personaje era el liliputiense Margarito, el hombre más pequeño del mundo, que recorría las calles cantando y tocando con su mínima guitarra.

Guadalaupe Amor (1918-2000) fue una estrella y diva de la poesía mexicana en los años 40 y 50 y su obra publicada en las mejores editoriales españolas de su tiempo, pero de ser aquella bella mujer admirada y adulada pasó el tiempo y los años 70 y 80 la sumieron en el olvido, cuando otras literaturas despuntaron y arrasaron con el pasado. Vivía por Bucareli en el Vizcaya, un viejo edificio decimonónico frente al ministerio de Gobierno, cerca de las calles y avenidas donde estaban situados en el siglo XX los grandes diarios mexicanos, Novedades, Excélsior, El Universal, entre otros. 

La ancianidad se le vino encima a finales de ese gran siglo y las élites literarias le dieron la espalda, por lo que erraba como un personaje de alguna película loca de Fellini, olvidada de todos, sobreviviendo en un tiempo que ya no le correspondía, pero que ahora algunos estudiosos rescatan con entusiasmo, como Michael Schuessler, estadounidense amante de México que publicó sobre ella el libro Guadalupe amor: La undécima musa.

Lo mismo ocurrió con Leonardo Quijano, de quien se dice fue brillante promesa de la política, el arte y la literatura, pero fue devorado por los fantasmas de la demencia y la excentricidad. Uno lo veía siempre deambular por las calles y viejos cafés cargando su cartapacio de dibujos o vendiendo su periódico El Diablo, que traía publicidades de negocios o bares citadinos y publicaba textos suyos escritos en un idioma críptico e incomprensible cargado de extrañas musicalidades. 

Su periódico lo editaba en una imprenta del centro y cuando salía un nuevo número sus admiradores, entre ellos estudiantes de bachillerato y universidad, sindicalistas, abogados, políticos, lo compraban con gusto y trataban de hablar con el inasible personaje que seguía su rumbo hacia la guarida secreta donde vivía. A veces era presa de agitaciones delirantes y en la Plaza de Bolívar, junto a la gobernación, pronunciaba largos discursos en el galimatías incomprensible con que pensaba y escribía.

Quijano tuvo sus protectores y amigos como el nadaísta Mario Escobar Ortiz y el filósofo Hernando Salazar Patiño y muchos más. El hacía parte del centro histórico y como Guadalupe Amor en México, vivía allí en perfecta conjunción con ese mundo ido donde eso era posible y tolerado. Al final dicen que el poeta Wadys Echeverry lo rescató del manicomio de San Cancio y lo entregó a unos familiares que se lo llevaron a otro lugar, donde se esfumó para siempre.

Su figura me impactó en la adolescencia y siempre escuché sus discursos pantagruélicos y de tanto verlo y cruzarlo y comprarle su diario, terminó aceptándome desde su silencio como a otros de sus jóvenes admiradores. Por eso en mi primera novela Tierra de leones lo hice personaje central, imaginándome otra vida paralela en una ciudad tan extraña como la nuestra, dotada de un magnífico centro histórico propicio para la ficción. También le dediqué un largo relato bajo el título Una ciudad para Quijano, donde imaginaba otro destino para él y que fue publicado en la revista La Palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana en 1981.

Los locos citadinos siempre fueron personajes preferidos por los novelistas y sin duda el más grande de todos es el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que era también un Quijano como el nuestro. Desde el margen de sus locuras, Alonso y Leonardo Quijano y la mexicana Guadalupe Amor, con sus airadas imprecaciones callejeras y sus silencios cargados de miradas, nos interpelan y nos forman cuando despuntamos a la vida y por eso sus leyendas respectivas perviven en el desván personal de los prodigios.