sábado, 16 de abril de 2022

PARÁBOLAS DEL PODER

 

Por Eduardo García Aguilar

A un amigo le decía esta semana que he sido muy escéptico en política y por eso escribo casi siempre de literatura, historia, arte, pensamiento y de asuntos que ya han sido decantados por el tiempo histórico. Borges dijo una vez que la democracia es un abuso de la estadística y pienso que para la gente honrada y de buen corazón es muy difícil ejercer la política, pues la búsqueda del poder llama a las más oscuras pasiones tanto para obtenerlo como para conservarlo.

Casi siempre quienes creen con demasiada ingenuidad en líderes o caudillos o incluso en figuras benévolas que llegan al poder, terminan por detestarlos y la vida es para ellos una interminable sucesión de frustraciones y amarguras. Por eso idealizan a veces los que mueren, son asesinados o son derrotados antes de tomar el poder porque no lo ejercieron y nunca sabremos lo que hubiera pasado si hubiesen gobernado.

Gobernar cualquier país o región debe ser una verdadera pesadilla y más en estos tiempos donde todo se sabe mucho más rápido que antes y cuando cualquier acción emprendida, discurso pronunciado, silencio o lavada de manos genera de inmediato todo tipo de reacciones emocionales y airadas de los opositores e incluso de los partidarios. Quien gobierna siempre será es un instrumento de fuerzas maléficas que lo superan. Por eso Darío Echandía preguntó: ¿El poder para qué?

Todo eso se remonta a los tiempos antiguos desde mucho antes de que Roma dominara el mundo conocido y enviara a las regiones o países lejanos a gobernadores o prefectos que, como Poncio Pilatos y tantos otros, debían tomar decisiones en las que era obligado tener en cuenta el juego de los poderes económicos y religiosos locales para evitar asonadas, revoluciones ciegas o disturbios generalizados.

Muchos autores, entre ellos el Anatole France en el Procurador de Judea o el Mijáil Bulgákov de El Maestro y Margarita, han abordado con diferentes versiones imaginarias la decisión que tomó Poncio Pilatos, al lavarse las manos y dejar que se ejecutara a Jesucristo, pese a que tras hablar con él, según el autor ruso nacido en Kiev, pudo haberse sentido seducido por su palabra e hizo todo lo posible ante el Sanedrín para evitar su sacrificio.

Bulgákov y otros aseguran que Poncio Pilatos se arrepintió y cargó eternamente con la pena, por lo que su condena ficticia habría sido la de seguir eternamente en un más allá nebuloso la conversación con aquel mártir loco que expresaba sus ideas utópicas con claridad y sin miedo, como si estuviera iluminado.

Igualmente quienes dieron la orden de matar al Che Guevara en Bolivia y lo ejecutaron cuando era un pobre diablo preso e inerme, nunca imaginaron que ese hombre greñudo y sucio, perdido en los Andes, terminaría por convertirse en un ícono mundial de su tiempo. Al ejecutarlo pensaron que el fracasado argentino pasaría directamente al olvido y nadie se acordaría de él o lo reivindicaría, cuando por el contrario tuvieron que cargar con el estigma hasta el fin de sus días.

Algo similar pasó con el padre colombiano Camilo Torres muerto un año antes en las montañas. Toda la vida Alvaro Valencia Tovar, entonces coronel y después general amante de las letras, buscó lavar su responsabilidad directa o indirecta en el suceso tendiendo puentes con el bando opuesto, como demuestra su calurosa correspondencia posterior con Tulio Bayer.

Por eso me gustan tanto las memorias de gente como Saint Simon, Fouché y Chateaubriand, entre otros muchos hombres de letras y poder en el mundo, que cuentan desde dentro lo que es ejercerlo y que en sus escritos recuerdan a veces con amargura las decisiones injustas tomadas al dar órdenes de gobierno que les amargaron el resto de sus días como traiciones, ejecuciones de amigos o enemigos y represiones sangrientas.

De ahí que circularan tantas ficciones sobre lo que hubiese pasado si el emperador Maximilano de Habsburgo no hubiera sido fusilado en el cerro de las Campanas por orden del líder mexicano Benito Juárez, y leyendas sobre famosos condenados a muerte que tras perder el poder se salvaron in extremis y vivieron vidas secretas en lejanas antípodas. 

Y así ha sido siempre desde mucho antes de Babilonia, Egipto, Grecia y Roma y después hasta nuestros tiempos. Por eso hay que leer a los clásicos y si es posible estar lejos del poder y de la política leyendo los libros de todos los tiempos que nos enseñan tanto, o escuchando a un sabio que como Diógenes se dio el lujo de poner en su lugar a Alejandro Magno y le pidió moverse de ahí para que no le ocultara los rayos del sol que son gratuitos y eternos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de abril de 2022.
* Ecce homo, imagen del pintor Antonio Ciseri (1821-19891), cuadro realizado en 1871.

viernes, 8 de abril de 2022

NECESIDAD DE FRANCIA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar

Pase lo que pase en las próximas elecciones presidenciales, se puede decir que los resultados electorales en las legislativas y las consultas del 13 de marzo pasado significaron un gran cambio cultural y político necesario para Colombia. Por primera vez en la historia una nueva ola generacional logró expresarse para llevar al Congreso a una bancada compuesta por jóvenes y personalidades diversas de la sociedad civil, regiones marginadas, indígenas, afrodescendientes y luchadores sociales, entre ellos valiosas mujeres, debido a la paridad con que se hicieron las listas del Pacto Histórico, impulsado por Gustavo Petro y Francia Márquez.

Esa bancada, impensable hasta hace poco, variada, colorida, nueva, regional, estudiantil, universitaria, raizal, aliada con otras fuerzas alternativas, será la más grande en el Congreso y abrirá un gran espacio que antes era inexistente en esas instancias legislativas que desde hace décadas, durante el auge narco-paramilitar, fueron cooptadas y controladas por mafias oscuras, clanes familiares y maquinarias nefastas compradoras de votos.

Frente a esta nueva bancada alternativa estará presente también un poderoso grupo de partidos tradicionales y del establecimiento, moderados y radicales, por lo que habrá grandes debates como en los viejísimos tiempos de la República liberal en la primera mitad del siglo XX, cuando en los años 20 y 30, en un contexto mundial caracterizado por la lucha entre las esperanzas socialistas y laicas y las derechas totalitarias y conservadoras, también se expresaron nuevas fuerzas alternativas.

Estas fuerzas alternativas inspiraron a los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, para la realización de grandes cambios como la ampliación de la educación, el fortalecimiento de la Universidad Nacional en su nuevo campus, la creación de escuelas normales abiertas y laicas, bibliotecas y programas sociales que contribuyeron a la movilidad social y al progreso del país.

También durante el Frente Nacional, un interesante experimento de relativa concordia tras la era de la terrible Violencia, el Congreso colombiano albergó a muchas figuras políticas con ideales, elocuentes, ilustradas, formadas, técnicas, liberales y conservadores u opositores progresistas del Movimiento Revolucionario Liberal o la ANAPO, todos ellos notables personas que discutían con altura sobre los destinos del país, pero todo eso ya es una foto sepia del pasado, porque de aquellos honorables senadores y representantes no quedó ni la sombra y fueron reemplazados poco a poco, salvo alguna excepciones, por ignaros hampones al servicio de turbios intereses y la corrupción.

El fenómeno expresado el pasado 13 de marzo también se caracterizó por el surgimiento de nuevos liderazgos que dan voz a las poblaciones afrodescendientes e indígenas de las periferias marginadas, como el de la joven candidata a la vicepresidencia Francia Márquez, quien se dio el lujo de sacar más votos ella sola que varias figuras poderosas del establecimiento.

Francia Márquez es de la estirpe de Angela Davis, Martin Luther King y Nelson Mandela y su existencia es necesaria para terminar con el Apartheid racial y de clase que ha existido en Colombia. Tiene talento, carácter, belleza, carisma, elocuencia, empatía y además nombre y apellidos bellos. Su elegancia en prendas y adornos coloridos y alegres es proverbial y genera tendencia.

Esta abogada y lideresa social, reconocida en el mundo, ganadora del Premio Goldman de Medio Ambiente, se ha hecho a pulso con sus propios méritos y contra viento y marea desde la pobreza y la marginación en el Cauca hasta las aulas universitarias, las giras internacionales y su actual auge político. Liderados por Francia Márquez, todos los suyos, los raizales, los marginados, los humillados, los nadies de los que hablaba Eduardo Galeano, entran por fin con fuerza en la historia de Colombia.

Verla junto a la gran pianista antioqueña Teresita Gómez esta semana en Medellín, es un símbolo maravilloso de cambio de una época y el inicio de la reivindicación y el reencuentro con esas poblaciones en una Colombia sin clasismos ni racismos, donde reine por fin la meritocracia y se extinga la hegemonía patriarcal de los nefastos gamonales y sus delfines y los usos y costumbres de la discriminación de clase y de raza heredados de la Colonia.

Con Teresita Gómez y Francia Márquez, están de plácemes precursores como Leonor González Mina, llamada la Negra grande de Colombia, y desde el más allá Delia y Manuel Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, Oscar Collazos y otras figuras de la cultura afrodescendiente colombiana.

Muchos nunca pensamos ver en nuestras vidas la emergencia de esos nuevos liderazgos, apoyados por los jóvenes y muchos miembros de las clases medias urbanas de todo el país, que están al tanto de los cambios que en ese sentido se han dado en el mundo en las últimas décadas y entre los que se incluyen también la reivindicación de los derechos de las mujeres y de la población LGTB.

Nuestra generación creció viendo y palpando con dolor esa injusticia de la marginación racial reinante en todo Colombia, especialmente en los departamentos de las Costas pacifica y atlántica, y en los territorios indígenas, pero ahora se abre una luz de esperanza impulsada por las nuevas generaciones que derrumban con alegría los muros, ante el estupor de anacrónicos hidalgos nostálgicos del pasado, la servidumbre, la discriminación y el odio.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de abril de 2022.


 


jueves, 31 de marzo de 2022

MÉXICO Y LAS ATROCIDADES DE LA CONQUISTA


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana estalló una polémica en los medios de prensa españoles y mexicanos debido a las cartas que el mandatario de México Andrés Manuel López Obrador envió al rey de España y al Papa pidiéndoles excusas a la Corona y al Vaticano por las atrocidades cometidas durante la conquista, que cumple este año 500 años de iniciada con la llegada de Hernán Cortés a la tierra de Cuahtémoc y Moctezuma y concluyó en 1521 con la caída de la fabulosa capital azteca Tenochtitlán.
En estos tiempos de injurias y veloces respuestas por las redes, tiempos de gritería e histeria, no tardaron los energúmenos en saltar a la palestra atacando al presidente mexicano con insultos o descalificaciones, como lo hicieron respectivamente los escritores Arturo Pérez Reverte y Mario Vargas Llosa, entre otros. El primero tildó de "imbécil" al mexicano, cuyo abuelo era español, y el otro le dijo que debió escribirse la carta a sí mismo, sin comprender el contexto simbólico y cronológico en que el mandatario hizo el gesto, los 500 años de la Batalla de Centla ocurrida en 1519 entre las huestes de Cortés y los indios chontales.
Medio siglo después del llamado Descubrimiento de América y de la Conquista posterior, los irascibles espíritus hispanos, ibéricos e hispanoamericanos siguen tan encendidos como siempre, incapaces de escuchar al otro y de tratar de reflexionar con serenidad sobre aquellos acontecimientos históricos que tantas polémicas, debates, discursos, riñas, batallas, guerras, panfletos y libros han producido y sin duda producirán a futuro. Hernán Cortés, quien lideró con brío la conquista de México, es un héroe para los españoles, pero los mexicanos guardan la herida y en ningún lugar hay un monumento o calle a su nombre. Sus huesos reposan casi escondidos en una modesta iglesia del centro histórico de la capital mexicana.
La misma reacción ha ocurrido a veces con las reivindicaciones de las poblaciones negras contemporáneas cuando pidieron excusas a los países europeos por haber generalizado la trata de esclavos en aquellos tiempos, enriqueciéndose con los cargamentos de seres humanos adquiridos en las costas africanas para vender después en los territorios americanos necesitados de mano de obra tras el exterminio o la muerte masiva por enfermedades de muchos indígenas.
El comercio triangular del esclavismo partía de prósperas ciudades como La Rochelle, Burdeos, Nantes o Saint Malo en enormes barcos llenos de textiles y mercaderías europeas que eran vendidas en las costas africanas a los jefes de aquellas poblaciones. Luego esos jefes o caciques africanos vendían a los europeos esclavos que eran trasladados a América en condiciones atroces y allí iniciaban el largo camino de unas vidas de sumisión, trabajo forzado y miseria. Los barcos regresaban luego cargados de viajeros, riquezas y productos frutos a veces del saqueo y el robo. El esplendor de ciudades como La Rochelle, Saint Malo y Nantes muestran la inmensa riqueza acumulada por los negreros y los beneficios que la nobleza y la realeza de la época ganó con esa trata infame, en la que invirtieron y participaron notables figuras de la época.
Palacios, castillos, mansiones, puertos, avenidas, catedrales, muebles, cuadros, joyas, monumentos, entre otras muchas cosas, pueden visitarse y verse hoy como testimonios de las riquezas producidas aquel tiempo por el tráfico esclavista, y en Nantes, en el viejo Palacio de Isabel de Bretaña, se instaló un museo sobre la esclavitud, que aun causa polémica entre los descendientes de aquellos esclavistas. En una reciente visita a ese palacio con motivo de una exposición dedicada al Oro de Colombia, varias señoras de la región me expresaron su molestia por el museo y el dinero invertido por el Estado en él, ya que según ellas no tenían la culpa de que hubiera existido tal negocio siglos antes.
Lo mismo parecen decir los airados gachupines que lanzan el grito en el cielo, porque con motivo del medio siglo de aquel sangriento encuentro el presidente mexicano recordó, desde una pirámide maya situada en la región donde él nació en el estado de Tabasco en 1953, aquel sangriento encuentro que destruyó de tajo muchos rastros de aquellas civilizaciones prehispánicas, obligadas a renegar de sus dioses y a convertirse al catolicismo a sangre y fuego.
No solo los españoles destruyeron sus ciudades y templos, que luego fueron devorados por la jungla, sino que incineraron cientos de miles sino millones de códices escritos e ilustrados que guardaban de generación en generación y donde contaban su pasado y acumulaban sus conocimientos y saberes a través de milenos, pues se trataba de civilizaciones tan importantes como las que existieron en Egipto, Persia, India, Japón y China. Y nadie puede negar que la Colonia fue un saqueo permanente de las riquezas americanas con las que la Corona logró un gran esplendor y dominio en el mundo.
No todos los españoles de aquella época actuaron como los sangrientos conquistadores e hidalgos terratenientes y hay que mencionar al fraile dominico Bartolomé de las Casas, quien describió en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias los crímenes cometidos en Ultramar por los súbditos de la Corona, razón por la cual los mexicanos lo recuerdan con cariño y lo homenajean en la Ciudad de San Cristóbal de las Casas, epicentro de la rebelión indígena zapatista.
Cualquier jefe de Estado inteligente haría lo mismo con motivo del aniversario 500 de un acontecimiento tan importante y buscaría recordar a la humanidad los crímenes del pasado para que no se repitan, como ocurre con el Holocausto, la esclavitud, el genocidio armenio y el exterminio atroz de los indígenas norteamericanos, entre otros sucesos crueles de la historia humana.
López Obrador, quien se graduó en Ciencias políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, tiene en sus venas sangre española e indígena y en ese sentido es un mestizo americano. El presidente mexicano, que durante tantos años luchó por su causa y fue perseguido por ello, tiene derecho a expresarse como jefe de Estado a nombre de los indígenas de su país. Ya ante sus críticos ha dicho que el Estado mexicano también pedirá perdón a los indígenas mexicanos por la discriminación que han sufrido no solo después de la independencia sino hasta los tiempos recientes donde el racismo, la explotación y la indiferencia siguen vigentes. Su mensaje puede aplicarse a todos los países del continente americano.

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Publicado el 31 de marzo de 2019 en La Patria. Manizales. Colombia. 

sábado, 26 de marzo de 2022

LEER EL QUIJOTE DE LA MANCHA

Por Eduardo García Aguilar

Todos deberíamos leer con cierta frecuencia el Quijote de la Mancha, la obra crepuscular de Miguel de Cervantes que se convirtió en uno de los más grandes clásicos de la humanidad al lado de la Biblia, La Ilíada, La Odisea, los libros sagrados asiáticos El Mahabarata y El Ramayana y las sagas europeas y prehispánicas de todos los tiempos, desde Los Nibelungos hasta el libro maya Popol Vuh.

Cervantes escribió esta obra ya anciano para su tiempo siendo un sexagenario que pasaba por grandes dificultades como la cárcel y cargaba la acumulación de muchas frustraciones, entre ellas el haber sido secuestrado, participado en guerras donde perdió el uso de su brazo, y no ser nombrado funcionario del reino en Cartagena de Indias. Si hubiera cumplido el deseo de viajar a América su destino económico habría sido otro, pero no existiría la magna obra que aun nos maravilla y que comenzó a redactar en una celda fracasado y sin futuro alguno.

Cuando voy a Sevilla me encanta visitar el Archivo de Indias y caminar por esas calles tan familiares que se parecen a las de las grandes ciudades coloniales latinoamericanas. También gozo la vista de la catedral sevillana, que fue reproducida en muchas de las urbes del Nuevo Mundo. Lo mismo siento en la Gran Canaria, el lugar donde paraban antes de cruzar el Atlántico Cristóbal Colón y otros viajeros y conquistadores que se aventuraban hacia lo desconocido.

En uno de esos viajes por casualidad me topé con una muestra dedicada al escritor y pude ver de cerca las cartas y documentos donde pedía con insistencia un puesto en ultramar y pude ver su firma y su letra junto a objetos, enseres y complejas cajas fuertes de esa época, fabricadas en Alemania. En el Archivo de Indias uno viaja en el tiempo y parece estar cerca del viejo escritor cuya vida fue una lucha interminable. Y en Madrid me hospedé en el maraviloso Hostal Fernández, un sitio muy barato que semejaba el apartamento de una abuela y desde mi cuarto podía ver al frente la casa donde murió el autor.  

Tuve la fortuna de cruzarme con el Quijote muy temprano gracias a la edición que tenía mi padre, gran lector y admirador de ese libro, tal vez su preferido.  De manera que muy temprano tuve conciencia de la magnitud de esa historia y en especial la fuerza de sus palabras. Desde entonces lo he leído varias veces y en cada ocasión he sentido los efectos, pues lo que uno escribe sale mejor después de haber estado en contacto con su prosa. Cuando en bachillerato me expulsaron del Instituto Universitario y además los profesores me pulverizaron en las calificaciones, me refugié en la Biblioteca Municipal para leer partes de la obra en una edición enorme e ilustrada con los dibujos del gran Gustave Doré.

Cuando caemos en desgracia, cuando las vida nos da palizas, cuando el rumbo deseado nos es esquivo, cuando todo parece oscuro y cubierto por la bruma de la melancolía, no hay mejor remedio que leer El Quijote para que vuelvan los ánimos y uno se sienta como un caballero andante capaz de recorrer todos los caminos con la adarga al aire para vencer las injusticias y enderezar el rumbo. Por eso todos los que dedican sus vidas a luchar por la justicia, la igualdad, el bienestar para todos y fracasan en el intento, son hijos de la utopía y a todo honor están unidos para siempre al impulso quijotesco.

Entre muchas de las aventuras que suceden en esa obra, todas disfrutables, siempre me encantaba en especial la del gobierno de Sancho en la Insula Barataria, donde el personaje mostraba dotes de ser gran estadista. Desde entonces siempre supe que muchas veces, a diferencia de los tecnócratas o los delfines hijos de las élites, los que menos parecen preparados para llevar las riendas de un gobierno, pueden convertirse en los mejores, pues han vivido la vida desde abajo y conocen los verdaderos sufrimientos de las clases populares, los marginados, los que son invisibles porque nadie los ve ni los tiene en cuenta, como los pobres de todos los orígenes, los indígenas y los esclavos negros que vinieron amarrados en galeras desde Africa. 

Pero sin duda alguna lo fascinante de esta obra magna tan actual, es la fuerza utópica del protagonista, el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a lo largo de la historia se dedica a "desfacer" entuernos y a inmiscuirse en las mejores causas, como defender desvalidos y castigar matones. De punta a punta vivimos las aventuras del manchego y nos queda grabada para siempre la fuerza de su idealismo como un ejemplo para la humanidad.

Por eso cuando hablaba con mi amigo el poeta Juan Carlos Acevedo sobre una frase que pudiera condensar esa energía magistral de un desfacedor de entuertos, no dudé en apostar por la que me salió al instante como en los juegos automáticos de los surrealistas: Si todos llevamos un Quijote de la Mancha en nuestro corazón, sobreviviremos a las tempestades y conjuraremos todas las catástrofes y los apocalipsis del mundo.
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Publicado el domingo 27 de marzo de 2022 en La Patria. Manizales. Colombia. 


sábado, 19 de marzo de 2022

EL OSTRACISMO LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

No hay duda de que las mujeres escritoras latinoamericanas del siglo XX siempre fueron ocultadas por un sistema que era diseñado por y para el brillo de los hombres, fueran jóvenes lobos en ascenso o viejos patriarcas instalados en sus cómodas poltronas. Nuestra generación, que fue la primera en que empezaron a abrirse puertas a algunas autoras, vivió en carne propia lo que era ese reino absoluto y voraz de los patriarcas literarios del siglo desde Lugones, Vasconcelos, Reyes, Borges, Bioy, Gallegos, Neruda, Asturias y Paz, hasta las estrellas ultramasculinas del boom.

Salvo en el mundo literario anglosajón, donde ya en la primera mitad del siglo XX se dio la irrupción de extraordinarias autoras como Virginia Wolf, Anais Nin, Djuna Barnes, Doris Lessing, Nadine Gordimer, entre otras muchas, en el resto de las lenguas y en la nuestra en especial siempre los reflectores se dirigieron a hombres que encarnaban países como padres de la patria idolatrados y cubiertos de incienso, amantes del poder y los honores, casi todos blancos, burgueses, pomposos, encorbatados y urbanos.

En el mundo hispanoamericano esa fue siempre la regla y la existencia de clanes masculinos en cada país y en la región entera contribuía a sobredimensionar sus obras, que eran aplaudidas a su vez por una crítica de predominancia masculina en el marco jerárquico y petrificado de las universidades y la prensa. Y se crearon así poderosas sociedades de elogios mutuos en torno al gran jerarca nobelizable del momento, a donde se ingresaba por cooptación y servil espíritu de cortesanía.

Nuestra generación vivió dentro de ese sistema como si fuera algo ineluctable y los nuevos escritores, narradores, poetas y ensayistas construían a su vez  nuevos clanes y se preparaban para subir al trono a medida que fueran desapareciendo esas figuras totémicas que reinaron sin compartir el poder a lo largo del siglo XX. Las mujeres escritoras solo estaban invitadas al banquete como observadoras, musas, esposas o groupies de los ídolos.

Los grandes poderes editoriales hispanoamericanos eran a su vez controlados en Barcelona, Buenos Aires o México, salvo excepciones, como fue el caso de Carmen Balcells, por hombres que en pleno apogeo clánico definían ascensos y caídas, premios, condecoraciones y consagraciones. Pero Balcells, aunque mandaba como la Gran Mamá Grande de la literatura en castellano, estaba totalmente al servicio de los futuros patriarcas que ella inventaba y empujaba a la fama y a la riqueza y junto a los cuales no había ni por equivocación una sola mujer escritora.

Igual ocurría en las rancias academias de la lengua dominadas por empolvados carcamanes trajeados de saurios que se cooptaban unos a otros desde los tiempos inmemoriales y duraban más tiempo que las tortugas de Galápagos para defender lo castizo decimonónico y la ortodoxia literaria.

En los departamentos de humanidades y literatura en las universidades también reinó hasta hace poco una hegemonía legitimadora de esa dictadura patriarcal y miles de tesis dirigidas por académicos mandarines proliferaban como conejos desbocados al por mayor, y solo servían para rendir homenaje repetitivo en monótona cantinela a los mismos patriarcas triunfantes, como si no hubiera nada más y la literatura solo fuera asunto de poderosos machos alfa cargados de condecoraciones.


Las mujeres estaban ahí y escribían durante el siglo XX, pero nadie las veía. Siempre los bombos fueron para los infatuados ídolos del éxito y los nuevos escritores hombres emergían generación tras generación como promesas y medraban en las antesalas del poder antes de caer en la desgracia y el olvido y aun hoy siguen muy inocentes y muy esperanzados como gallos que mueven sus crestas y afilan sus espuelas, sin saber que son ya una especie en extinción.

Todo eso lo sentíamos y lo veíamos, pero solo ya entrado el siglo XXI, comienzan a cambiar los paradigmas culturales. Muchas de esas mujeres ocultas son rescatadas del ostracismo: entre las narradoras Elena Garro y Amparo Dávila en México, Elisa Mujica, Helena Araújo, Albalucía Angel y Fanny Buitrago, en Colombia, y así sucesivamente se pueden hacer largas listas en cada país. Y eso sin contar a las magníficas poetas latinoamericanas que siempre fueron ocultadas de manera deliberada por la crítica y el poder literario en el marco de los grandes movimientos. 

Hubo algunas excepciones, como fue el caso de varias poetas y escritoras uruguayas, brasileras y argentinas, Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Clarice Lispector, Olga Orozco, en países del cono sur donde mucha gente descendía de los barcos que traían inmigrantes europeos, o el fenómeno milagroso de Gabriela Mistral, que fue la excepción que confirmaba la regla a lo largo del siglo XX. Todo eso está cambiando por fortuna en este siglo y por fin las escritoras de las nuevas generaciones ya no pueden ser ocultadas, ninguneadas, escondidas detrás de las cortinas y borradas del mapa. Esa es la revolución coperniciana de la literatura hispanoamericana de hoy y eso hay que celebrarlo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de marzo de 2022.
* En las fotos Gabriela Mistral, Olga Orozco y Victoria Ocampo.

 

viernes, 4 de marzo de 2022

FRANCESCA GARGALLO, SICILIANA DE MÉXICO

Por Eduardo García Aguilar

La escritora y ensayista italiana Francesca Gargallo (1956-2022), quien nos dejó esta semana, era una increíble siciliana que publicó en 1980 el primer libro de cuentos en su lengua materna, pero decidió viajar a México para adoptar la lengua española y dedicar su vida a la escritura, la docencia y la militancia feminista e indigenista en la capital mexicana y en varios países latinoamericanos que recorría con frecuencia de un lado para otro, entre ellos Colombia, donde tenía muchos amigos.

Gargallo llegó a México en el mejor momento, cuando la vida cultural y literaria del país estaba en su apogeo, con la presencia de los grandes clásicos mexicanos en plena actividad, a los que se agregaban decenas de grandes escritores centro y suramericanos recién acogidos en el país tras huir de las dictaduras militares. Estas figuras alimentaron con su talento las universidades y las publicaciones culturales, donde ya brillaban desde hacía décadas los grandes transterrados del exilio español.

La ciudad de México era una universidad abierta para todos los jóvenes de diversas nacionalidades que inundábamos presentaciones de libros, fiestas, salones de clase, museos y recintos culturales de toda índole que brillaban en medio del auge económico y el impulso especial que el gobierno y las universidades daban a las actividades editoriales y culturales. También estaban vivos Maria Félix y Cantinflas, el creador del mambo Dámaso Pérez Prado y entre los pintores, el gran Rufino Tamayo.

Todos los diarios tenían excelentes suplementos y secciones culturales y aparecían muchas revistas patrocinadas por instituciones y universidades, por lo que en esos medios los extranjeros nos fogueábamos al lado de los jóvenes escritores mexicanos. Entre esa generación creció la escritora siciliana, que tuvo una amplia actividad universitaria y editorial a lo largo de su vida. Entre sus libros figuran, publicados en su mayoría por la prestigiosa editorial Era de México, novelas como Días sin casura (1986), Calla mi amor que vivo (1990), Estar en el mundo (1994), La decisión del capitán (1997) y, publicado en Colombia por la editorial Ediciones desde abajo, Los extraños de la planta baja (2015). 

Su larga estadía en México se inscribe en la tradición de la presencia de artistas o personalidades italianas, como la legendaria fotógrafa, militante y activista social Tina Modotti (1896-1942), su antecesora en la primera mitad del siglo y precursora del feminismo, el novelista y best seller mundial Carlo Cociolli (1920-2003), el escritor Gutierre Tibon (1905-1999), la etnóloga y arqueóloga Laurette Sejourné (1911-2003) y entre los más recientes, el poeta Fabio Morábito. 
 
Desde el comienzo asistió a la emergencia del Templo mayor azteca de la ciudad, desenterrado del subsuelo e inaugurado en 1982, impulsando el entusiasmo por la arqueología y los secretos escondidos de las civilizaciones antiguas mexicanas. Francesca estuvo alerta a los movimientos sociales del fin del siglo XX y las primeras dos décadas del siglo XXI, como la Revolución Zapatista y las actividades de las mujeres indígenas, sobre las que escribió y con quienes compartió y militó.

Ese mundo fascinante prehispánico la maravillaba, así como la vida cotidiana de los pueblos ancestrales presentes no solo en la megaurbe capitalina sino en todo el inmenso territorio mexicano, marcado por el arte sincrético que reinó durante siglos en la colonia, cuando se construían fabulosas ciudades como Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro o Morelia entre otras. Por eso le encantaba vestirse con huipiles y trajes mexicanos y expresarse con una culinaria sincrética que se podía degustar en las fiestas y encuentros que propició en sus casas de los barrios Condesa o Santa Maria la Ribera, donde vivió los últimos años.

Es difícil hablar de una gran amiga contemporánea que se va y no se ha ido, pero era inolvidable su alegría, la franqueza y el gusto por la polémica y la discusión, que acompañaba como buena siciliana con la voz alta y los gestos incesantes de las manos. Su hija mexicana Helena, cuando viajó por primera vez a Sicilia a conocer la tierra de su madre, le dijo al regresar: "Mamá, ahora ya comprendo porqué gritas tanto".

Francesca, graduada en la Universidad La Sapienza de Roma, era una aventurera permanente y recorrió varias veces el continente latinoamericano en bus de punta a punta. La última vez me la encontré en Quito, a donde había llegado con su hija y dio varias conferencias. Después seguía la ruta hacia Perú y Bolivia. Amaba Colombia y una vez llegó a Bogotá con su hija y nos llamó una noche a los amigos para decirnos que estaba hospedada en una posada en plena Candelaria, en una calle muy visitada por jóvenes aventureros europeos. Allí la encontramos con ese espíritu de joven viajera, ajena a las recomendaciones de todo tipo que le hacíamos para que cuidara la cámara fotográfica de los atracadores que en ese entonces pululaban por la zona. Así era ella, la escritora, la vitalista, la feminista italiana que amó a México y América Latina.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de marzo de 2022.  

domingo, 27 de febrero de 2022

ZOZOBRA EN EUROPA


Por Eduardo Garcia Aguilar

Muchas veces, cuando paseaba o me sentaba a descansar en bellos parques de la capital francesa como el Jardín de Luxemburgo o el Palacio Real, me dejaba arrullar por el sonido de las fuentes de agua o las cascadas y cerraba los ojos. Hacía lo mismo en otros parques más pequeños donde oía la algarabía provocada por los niños que mostraba el paso ineluctable de las generaciones humanas. Y percibía la alegría de los jóvenes felices que hacían pic nic y cantan cada año para recibir el verano, lejos de las penas vividas por sus abuelos.
Pero muchas veces, y eso desde hace ya mucho tiempo, me invadía la idea de que toda esa tranquilidad y belleza en tiempos de paz era muy frágil, ya que Europa, como todo el mundo, siempre ha vivido enfrascada entre guerras. Pensaba que era una fortuna pertenecer a una generación que no experimentó una guerra mundial, pero de repente comprendía que a mediados del siglo pasado todo este continente estaba en medio de una terrible conflagración con saldo de millones de muertos y que millones de personas fueron desplazadas y quedaron impactadas para siempre.
Imaginaba de repente que todos esos magníficos edificios antiguos perfectamente conservados y restaurados, museos, avenidas, plazas turísticas, podían algun día en el futuro ser bombardeados por alguna nueva potencia. Por lo tanto pensaba que uno mismo podía verse obligado como tantos otros a salir corriendo de aquí con una maleta, buscando desesperadamente un boleto de tren o un puesto en un barco en algún puerto Mediterráneo. Así le ocurrió al tímido Walter Benjamin y a cientos de miles de personas que viajaban a Marsella o a Casablanca con la esperanza de huir. 
Porque la verdad es que por muchos avances que se hayan logrado en el mundo, en  medio del auge del pacifismo, la ciencia, la educación y la tolerancia democrática, tarde o temprano las rivalidades e intereses de las potencias conducían primero a angustiosas tensiones diplomáticas y después a conflagraciones inevitables para definir un nuevo orden mundial. Durante las últimas ocho décadas, salvo el caso de la guerra en la ex Yugoslavia, las potencias dirimían sus problemas en regiones lejanas donde sus fuerzas se enfrentaban encarnizadamente devastando países enteros.
Tal es el caso de Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Yemen y recientemente Siria, donde todos metieron la mano durante una década dejando centenares de miles de muertos y un país destruido. En Europa  durante estas ocho décadas de relativa paz la gente ha dormido tranquila, mientras lejos, en los países del llamado Tercer Mundo, Asia, Medio Oriente, Africa y América Latina la población ha vivido las más atroces experiencias.
Estados Unidos, Rusia y las potencias europeas han apoyado o propiciado dictaduras o invadido países de su esfera de influencia, e incluso se han aventurado a crear guerras a miles de kilómetros de sus capitales y hasta hace poco muchos creían que la Europa del siglo XXI estaba a salvo. Los occidentales han estado interviniendo con frecuencia desde hace décadas en las fronteras del imperio ruso, deseosos de ampliar hacia esos territorios su influencia política y militar. El problema viene agitándose desde hace tiempo, pero esta vez el nuevo Zar ruso ha decidido dar un paso escalofriante e imprevisible, pues imagina que los occidentales no responderán y lo dejarán actuar.
Lo cierto es que este tipo de situaciones son extremadamente peligrosas y de ellas han surgido las grandes guerras que muchos pensaban evitables y que los sorprendieron de un día para otro como lo cuentan las películas y las novelas o las exposiciones nostálgicas que muestran la vida cotidiana tranquila meses o días antes de la tragedia.    
Pensaba por ejemplo en la gran novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que en su última parte relata la vida de los capitalinos cuando Alemania lanzaba bombas hacia París durante la Primera Guerra Mundial. Los personajes ricos y aristócratas que pueblan esa novela vivían en la zozobra de igual manera que los pobres de los suburbios.
Todas las novelas importantes del siglo XX escritas por Thomas Mann, Herman Broch, Robert Musil o Joseph Roth relatan las peripecias de las guerras que han desangrado sin cesar a su continente.
Y basta leer La Guerra y la paz de Leon Tolstoi o ver la destrucción en Irak, Chechenia, Afganistán, Libia, Armenia y Siria para comprender lo poco que ha cambiado el mundo. En los mismos lugares conflictivos vuelven a reaparecer una y otra vez las guerras milenios después como si nada hubiera pasado y la humanidad estuviera condenada a vivir a merced de Alejandro Magno, Atila, Gengis Khan, Napoleón, Hitler, entre otros.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de febrero de 2022
* En la imagen Alejandro Magno.

sábado, 19 de febrero de 2022

SAINT-SIMON Y EL CREPÚSCULO DE LA NOBLEZA

Por Eduardo García Aguilar

El historiador Emmanuel Le Roy Ladurie (1929), uno de los más prestigiosos renovadores del género en Francia, se hizo conocer muy temprano con una minuciosa investigación sobre la aldea occitana de Montaillou, que impulsó el auge de la microhistoria, colocando los focos en los detalles de las vidas comunes y corrientes de la plebe, a diferencia de la tradicional historiografia basada en el estudio de la vida de las cortes monárquicas, las batallas y las proezas de los héroes mitificados.

El libro sobre esa aldea insignificante del suroeste de Francia, cerca  de la cordillera de los Pirineos, en tiempos del auge de la herejía de los cátaros y su posterior represión sangrienta, inspiró a muchos jóvenes estudiantes de diversas partes del mundo que fueron alumnos de este universitario o de sus colegas y discípulos inspirados en varias generaciones de historiadores pertenecientes a la fértil corriente de los Annales.

Hasta entonces el ejercicio de la historia era por lo regular obra de pomposos escritores que elaboraban hagiografías de sus héroes, a los que plasmaban lejos de la realidad concreta de sus vidas y acciones. Predispuestos al elogio y el endiosamiento, esos autores se basaban en otros libros anteriores de la mis
ma estirpe y no dedicaban suficiente tiempo a explorar en las fuentes escondidas en los archivos de las alcaldías o notarías o en el rastreo de documentos familiares como cartas o memorias anónimas.

Eso sucedía por supuesto en Europa entre los admiradores ciegos de la nobleza y la clerecía y con mayor razón en nuestro continente latinoamericano, donde de igual forma los escritores solían idealizar a conquistadores españoles o a héroes que surgían durante la Colonia, el máximo de los cuales fue Simón Bolívar, quien inspirado en Napoleón quiso lograr la gloria liberando naciones y haciendo constituciones como solían hacerlo los románticos.

Durante siglos fue necesario soportar todo esas hagiografías perfumadas de conquistadores ruines o héroes militares sangrientos que en la pluma de esos historiadores, poetas o cronistas a veces adquirían la dimensión de pegasos, mitad corceles y mitad humanos, cuando en la realidad eran por lo regular sucios, burdos y repugnantes corsarios, violadores o saqueadores ávidos de oro y poder. Muchos ingenuos idealizadores convirtieron a ignaros sanguinarios en santos o héroes que se encarnaron después en las estatuas que por fortuna desde hace un tiempo están siendo derribadas en muchas partes del mundo, donde esos colonizadores, esclavizadores o supuestos liberadores sembraron el terror e hicieron vertir tanta sangre.

Tardó mucho tiempo y ya bien entrado el siglo XX para que surgiera un nuevo ejercicio de la historia, gracias a esos maestros de los Annales, entre otros, que agotaron sus días y noches en los archivos o trataron de sacar del olvido las vidas de la peble, el campesinado, los pueblerinos y los siervos de gleba que durante siglos fueron explotados inmisericordemente por una aristocracia endogámica encabezada también por bárbaros asesinos y saqueadores que se creían de sangre azul. Con ayuda de otras disciplinas nuevas como la sociología, etnografía, antropología, estadística, revelaron nuevos secretos de la historia. 

La Revolución francesa fue el grito de esa sociedad que durante un milenio fue agobiada por nobles, aristócratas, funcionarios, militares, jerarcas eclesiásticos y adláteres que vivían en palacios en una burbuja de sueños animada por grandes músicos, actores, cocineros, jardineros de genio, sirvientes y bufones.

Por eso al leer el libro que Le Roy Ladurie dedica al brillante duque Saint-Simon (1665-1755), cronista de la corte de dos monarcas, Luis XIV y XV, y sus antecesores borbones, volvemos a encontrar no solo la prosa excelente de Le Roy y su colaborardor Jean-François Fitou, sino el estudio minucioso, desde los ángulos de las ciencias modernas, de ese vasto documento etnológico sobre el comportamiento centenario de la poderosa nobleza del Antiguo Régimen, un cuerpo de unos cuantos miles de personas que a través de los siglos acaparaba para ellos solos riquezas, cargos, tierras y en lo que respecta a los aristócratas, las doncellas. 

Saint-Simon o el sistema de la corte, como se titula el libro, nos ayuda a leer los miles y miles de datos que legó el conde en sus Memorias al describir el comportamiento de los suyos, las intrigas palaciegas y amorosas y los procesos históricos, diplomáticos, militares, financieros, que veía desde su punto conservador y subjetivo, el del respeto estricto de la genealogía y los títulos de nobleza y la sangre azul.

Desde el interior de la corte en Versailles y en otros castillos durante el reino del Rey Sol y la Regencia posterior, el autor es a la vez espía, sociólogo, policía y antropólogo de esa casta que barrrió la Revolución francesa, asunto que él predijo en sus diagnósticos sobre el fin de una época, la de un mundo aristocrático que se creía eterno.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de febrero de 2022.

martes, 15 de febrero de 2022

LOS PASAJES IMAGINARIOS

Por Eduardo García Aguilar

 
Los pasajes cubiertos de París, construidos en la primera mitad del siglo XIX, albergaban un mundo lleno de sorpresas y todo tipo de negocios legales e ilegales se congregaban allí para delicia de los acomodados habitantes de la ciudad, que los frecuentaban a salvo de intemperies, suciedad, malos olores citadinos y pantano, nieve y luvias torrenciales. Todos albergan historias simultáneas como caleidoscopios de la vida de generaciones. 
 
Algunos pasajes sobreviven. En el Pasaje Choiseul, Rimbaud fue presentado a los parnasianos y Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, tuvo allí a su editor. Louis Ferdinand Céline también frecuentó ese pasaje, que está intacto y activo y donde hay unas exquisitas papelerías y tiendas de instrumentos y materiales para la aficionados a la pintura
 
Muchos desparecieron entre tanto, pero otros quedan como Panoramas, Vivienne, Brady y tantos otros. En el Pasaje Vivienne, que abarca media manzana y está muy bien restaurado, hay una de las librerías más antiguas de la ciudad. En ese lugar vivió Simón Bolívar cuando llegó muy joven en 1805 en el marco de su periplo europeo iniciado en Madrid y tuvo en la ciudad luz la oportunidad de presenciar la autocoronación del Emperador Napoleón Bonaparte, sin duda uno de sus modelos
 
Bolívar frecuentaba el barrio, pues cerca vivía una de sus entusiastas amantes, Fanny du Villars, con la que tuvo correspondencia toda la vida y también la familia de Flora Tristán, de la que era muy cercano durante su estadía en la ciudad. Después de su viaje a Italia regresó a este mismo rumbo, pero se instaló en la calle paralela, Richelieu, al lado de la Biblioteca Nacional, donde solía leer largas horas.
 
También era la zona del Palacio Real, que sigue ahí intacto con sus magníficas arcadas, jardín y fuente, donde los nuevos jóvenes de la Ilustración, militares, escritores y libertinos solían divertirse hasta altas horas de la noche en compañía de cortesanas, disfrutando la bebida de moda que era el chocolate y más tarde la comida y los vinos que se expendían en viejos  restaurantes de los cuales uno aun funciona, el Vefour.
 
Son y han sido lugares para deabular y mirar vitrinas, pasar la tarde, tomar chocolate o comer y tomar vino, comprar zapatos, juguetes, paraguas, trajes, libros, estampillas, antigüedades, visitar al editor, comprar soldados de plomo o medallas, sombreros, kepis, partituras o instrumentos musicales. Todo ocurría adentro, citas, intrigas, amores secretos. En cada pasaje estaba el mundo, mercancías exóticas o viajeros que llegaban desde los lejanos puertos de ultramar.
 
Ese multifacético aspecto que puede equiparase al de los gigantescos centros comerciales de la actualidad donde hay de todo para los consumidores de lujo, parece en su variedad a los caleidoscopios de colores donde el observador viaja por un océano que lo devora con sus delicias cromáticas.
 
Pensaba en todo esto, porque después de reunir una serie de textos surgidos de viaje, quise poner como título al conjunto el nombre de un pasaje imaginario, que no existe y es el Pasaje Lautréamont en memoria de ese poeta nacido en Uruguay, Isidore Ducasse, muerto muy joven después de publicar su principal obra maestra y una serie de poemas impresos en el Pasaje Choiseul y que le han dado, sin que él lo supiera, la posteridad. Por eso este Pasaje Lautréamont imaginario donde todo y nada sucede, pero yacen universos condensados que de repente cambian el rumbo de una vida con su fuerza magnética. 
 
Después de publicar en 2017 a petición del poeta Fernando Denis la Poesía completa para la colección Zenocrate de Uniediciones, tras un minucioso trabajo de recopilación de plaquettes, libros publicados antes y poemas perdidos en libretas, fueron apareciendo más textos rescatados de carpetas y archivos digitales hasta conformar esta nueva colección. La componen textos que surgen al despuntar el nuevo milenio y luego siguen el camino del siglo.

Por esos tiempos había regresado a Europa después de una larga estadía de tres lustros en Estados Unidos y México y realizado largos viajes a Marruecos y la India, Portugal, Rusia, España, Alemania, Italia, cuyos testimonios figuran en estas páginas. Visitas a la tumbas de Rimbaud y Chateaubriand, paseos por la casa de Tolstoi en Moscú, visión de los cuadros de Goya en el Museo del Prado, el incendio de Notre Dame o encuentros con Leopoldo Maria Panero en las Islas Canarias, descubrimiento de bares fantásticos y tantas cosas más
 
Esta colección inédita es pues otro cuaderno de viaje, como casi todos los que conforman los anteriores libros y por eso viajan a través de los pasajes imaginarios que propician los viajes exóticos, porque la vida es cruzar túneles y puentes, perderse en encrucijadas y volverse a encontrar a la vuelta de la esquina. La vida es como la poesía, un interminable cruce de pasajes.  
 
 

sábado, 15 de enero de 2022

UNA BIOGRAFÍA DE LACAN


Por Eduardo García Aguilar


La biografía no oficial de Jacques Lacan, subtitulada Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, escrita por la psicoanalista Elizabeth Roudinesco nos lleva de viaje por el pensar analítico europeo del siglo XX, a lo largo del cual el autor de los Escritos y los Seminarios realizó una original y brillante carrera médica, psiquiátrica y psicoanalítica que terminó en la creación forzada de una corriente propia en el marco del universo general de Sigmund Freud.

Este libro de Roudinesco lo he leído ya dos veces porque además de ser una gran investigación rigurosa y documentada de esa larga gesta lacaniana concluida con un largo crepúsculo y su muerte en 1981, está escrito con una prosa ágil, flexible, apasionada y tonificante que nos hace vivir todas las luchas entre psicoanalistas internacionales y locales como si estuviéramos dentro de una novela río centroeuropea, de esas escritas por Roth, Broch o Musil donde se rastrea un tiempo de cambios fundamentales.

Lacan (1901-1981) no solo fue un médico excepcional que trabajó en los hospitales psiquiátricos durante décadas viviendo en el terreno las perturbaciones mentales de sus pacientes, sino que a su vez perteneció a las sociedades psicoanalíticas internacionales que como verdaderas Iglesias se consideraban portadoras únicas del pensamiento del genial psicoanalista vienés autor de Tótem y Tabú y La interpretación de los sueños y realizaban anualmente concilios para dictar las reglas de comportamiento de los miembros de la cofradía.

Diferentes figuras, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos comandaban aquellas poderosas instituciones mundiales que pedían a sus miembros una ortodoxia y una fidelidad a toda prueba con los líderes, a veces hombres mediocres momificados o arrogantes ancianas amazonas de alto poder que parecían llevar como lenguas de fuego apostólicas el aura de la legitimidad otorgada desde el más allá por el maestro y fundador de una de las ciencias más fascinantes del último siglo.

Lacan fue un renacentista multifacético que tuvo de joven relación con el movimiento surrealista y con otras figuras literarias de su tiempo, como George Bataille, cuya esposa, después de la separación del ensayista, contrajo nupcias con el joven médico que llamaba ya la atención en todos los cenáculos por su inteligencia, lucidez, sus nuevas líneas de investigación, sus exploraciones de la figura paterna y el uso de una prosa eléctrica y explosiva llena de secretos, algoritmos matemáticos y sorpresas que ganaba aplausos en las reuniones de de sus colegas de Roma, Viena, Londres o Nueva York.

Pero a esa originalidad desbordada y la creación de nuevos conceptos mostrados en la rica serie de Seminarios y en sus Escritos, publicados en 1966, y que se convirtieron en un best seller mundial, irritaba mucho a los pontífices de la Sociedad sicoanalítica internacional y a los rivales en su propio país que intrigaban tras bambalinas en contra de quien solía además llevar una rica vida mundana y amaba las fiestas de disfraces.

Fueron incontables los paseos inolvidables y las fiestas en sus casas de campo marcados por su gran apetito por las mujeres, el dinero, el lujo y la vida bohemia, asuntos ellos que hacían parte de su pasión  por la libertad y el deseo tal y como ocurrió también con el inicial Círculo de Viena creado alrededor de Freud, cuyos apóstoles solían llevar una desbordada vida libertina.

Tarde o temprano Lacan, bajo el pretexto entre otras cosas de optar por sesiones psicoanalíticas cortas, fue expulsado del templo como hereje, defenestrado, ilegalizado y condenado a crear su propia escuela y a convetirse en un nuevo papa del freudismo. Pacientes de todo el mundo acudían a París para hacerse analizar por él y centenares de discípulos se disputaban un lugar para realizar sus "controles" en su gabinete. Su nueva escuela también viviría las intrigas y el nuevo papa Lacan tuvo que lidiar con el futuro de su legado, mientras llegaba la decrepitud y la agonía.

La sucesión la tomaron su brillante yerno y su hija a mediados de esos años 70, cuando sus enseñanzas ingresaron a la Universidad de Vincennes donde yo estudiaba en ese tiempo, por lo que vi varias veces deambular al elegante e imponente Lacan como un fantasma por los caóticos corredores o tomar café solitario de pie entre los estudiantes que lo admirábamos pero no nos atrevíamos a abordarlo, como si fuera un ídolo de las Islas de Pascua rodeado de huracanes y rayos.

Por eso la lectura del libro de Roudinesco es un viaje a esos tiempos en que estaban vivos Sartre, Beauvoir, Levi-Strauss, Barthes y Foucault, entre otros miembros de la pléyade y se realizaban drásticos cambios culturales y sociológicos en el mundo. O sea un viaje sentimental a una época de aprendizaje a través de la prosa de la gran escritora Roudinesco.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de enero de 2022.